La contaminación chovinista

04.10.2013 

 

Escucho resignado los informativos radiales (mirar los de la TV sería una auto-flagelación, que no creo merecer): ni una sola voz crítica contra el gobierno nacional uruguayo en su conflicto contra el gobierno argentino por el nivel de contaminación de la mayor planta de celulosa del mundo, UPM (ex Botnia), ubicada en Fray Bentos, Uruguay.

En ningún momento se reconoce que nuestro gobierno (en la administración Batlle) violó el Tratado del Río Uruguay, ni se critica los datos que ofrece la Dirección Nacional de Medio Ambiente, buscando fuentes alternativas en torno a la Facultad de Ciencias, donde voces muy prestigiosas en el mundo académico han criticado el proyecto de planta de celulosa desde un comienzo. Por otra parte se naturaliza con total ligereza el hecho que el Estado, más o menos de acuerdo con los estándares internacionales, utilice determinados niveles de aceptabilidad de vertidos contaminantes al medio ambiente y no se plantea que quizás debieran ser otros. Y mucho menos se critica toda la cadena productiva de la forestación, contaminante de la A a la Z.

Incluso los informativos más reaccionarios de derecha y los liberales de derecha, que permanentemente critican el apoyo del gobierno de izquierda a las poblaciones marginadas por el neoliberalismo, o que promueven la mano dura policial contra las mismas poblaciones, parecen alinearse cual soldados nacionalistas detrás del Poder Ejecutivo para defenderlo ante el «ataque» de Argentina.

Nadie cuestiona, por otra parte, la descarada manipulación y presión que UPM ejerció contra el gobierno uruguayo al amenazar con cerrar si no se le permitía ampliar su nivel de producción.

Toda una clausura del pensamiento.

En todo este panorama lamentable, el chovinismo roza la baja autoestima colectiva cuando se esputa que «no vamos a dejarnos tratar como una provincia» por Buenos Aires. Desde que la independencia uruguaya fue pactada por Buenos Aires, Río de Janeiro y sus acreedores de Londres, el esfuerzo de falsificación histórica para la construcción de un relato de predestinación independiente del Uruguay es tal que permanentemente aflora el temor inconsciente a ser descubiertos en nuestra casualidad política. ¿Por qué no asumir el azar? ¿Por qué no aceptar nuestra no-identidad, cuyo potencial pluralista sería enorme? En vez de quejarnos por el supuesto trato como provincianos que nos daría Buenos Aires -que mucho daño nos hace con esa imagen hipertrofiada del uruguayo bueno y culto, al que se le perdona cualquier violencia- deberíamos dejar de comportarnos como provincianos, en todo caso.

Blog de Andrés Núñez Leites

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