Reflexiones rizomáticas

Los conceptos vertidos en este artículo no reflejan necesariamente la línea editorial de ALTERNATIVAS. Consideramos necesario que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral y a dar elementos en la necesaria polémica.

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Por Juana Guaraglia

Me sumo a las denuncias del montaje alrededor de esta pandemia. Jamás se han tomado medidas similares por una interminable hilera de causas que se llevan infinidad de vidas. No hay sustento histórico para tanta “responsabilidad”. Queda claro que no manejamos el trasfondo de este detenimiento social planetario.

No reniego de los infectados ni de los muertos que, a ciencia cierta, (afirmación ingenua ) nunca sabremos cuantos son. Simultáneamente se suman denuncias de médicos de las presiones que reciben para pasar los decesos por covid 19, y deducciones de que por la imposibilidad de tener un registro cabal o por estrategias de gobierno, se están dibujando los números de infectados.

La complejidad del origen del virus puede sintetizarse con un grosero margen de error en la evidencia de los beneficiados. Y las vacunas y patentes que dejaron de ser públicas para convertirse en privadas, es otro hecho que silencia cualquier seguimiento y corrompe con intereses económicos su fundamento humanitario. Dicho esto, y aunque dentro de las estratégicas de la ideología de derecha se haga uso de esta línea deductiva, yo, socialista de costumbres y no afiliada a partido alguno,  no puedo des oír las proyecciones más rudimentarias que me gritan que el detenimiento abrupto de la economía (con el ostracismo y todos sus insanos tentáculos), y el empobrecimiento

integral de las sociedades (incluso en un sistema inmunológico exageradamente debilitado por la asepsia), se llevará más vidas que el virus.

No me interesa quién utilice esta lógica y para qué lo haga. Esta lógica es la que se desprende de lo que entendemos el funcionamiento de la vida integral en sociedad y en el presente. En pos de una ética forzada e intereses de todo tipo, se derriba el constructo que hasta hoy nos incluye. Esto de reducir de cuajo los servicios de salud para otras patologías, e incluso para el diagnóstico de otras patologías, ampliar el pánico que agrava todo tipo de afecciones físicas y sicológicas, y debilita el sistema inmune, amplificar la incertidumbre en familias donde ya está instalada la violencia intramuros, debilitar la economías que enlentecerá todos los servicios de toda índole para resolver temas vinculados a calidad de vida, y la consabida multiplicación de discapacidades originadas por el pánico y su huella en la materia del cuerpo y de la psique, tendrá desorbitados efectos colaterales traducidos en enfermedad y muerte.

Si esta opinión te incomoda, te invito especialmente a continuar leyendo para ejercitar el acercamiento a opiniones disidentes. Es de la disidencia, de la escucha del otro, del afuera, de donde sacaremos nutrientes para ampliar percepción y encontrar o crear herramientas nuevas para abordar ramificaciones de problemas viejos.

La voluntad de vivir

Estamos sumergidos en una crisis planetaria lo que por inmanencia nos tiene en crisis. El disparador es el miedo. Un miedo atávico, a la vez personal y colectivo que provoca la incertidumbre sobre salud y sustento. Miedo aumentado por la exponencialidad de las comunicaciones, y gestionado de facto y según conveniencias que solo podemos vislumbrar (también con un grosero margen de error) por los gobiernos.

En general, estamos aprovechando este “tocar fondo” para un reseteo. Según la generación y la agresividad donde se dé el fenómeno, las reacciones oscilan desde una completa naturalidad y hasta grata justificación de intensificar lo que se veníamos haciendo (estar más horas frente a una pantalla, ampliando los flujos virtuales), aprovechar el sock para la reflexión y el inside, hasta el vivir aterrados por el contagio propio y de seres queridos, obsesionados por esterilizar y contabilizando infectados, muertos y aparatos de oxígenos.  Además especulando con médicos que optan a quién salvar, y sospechando allí también prime una selección que se incline por empatía de etnia o clase.

En cualquiera de estas instancias: la negación, el esfuerzo por mantener el equilibrio o el pánico, (instancias por las que pasa en mayor o menor medida cualquier sujeto adulto), se observan reacciones de ánimo similares según pasa el tiempo. Como si la tan buscada universalidad viniera a revelarse.

Indudablemente en el extremo, guerra, catástrofe o pandemia, todo lo aleatorio se ausenta y queda el núcleo duro del sujeto: su voluntad de vivir.

Acaso es una metáfora a la cual aferrarse cuando permitimos que antenas 5G se instalen sin estar seguros de sus alcances para la salud. O cuando accedemos a que se asiente un modelo extractivo que destruye al medio ambiente envenenando aguas y alimentos y debilitando el sistema inmunológico de todos, pero especialmente de quienes  no pueden  pagarse filtros de aguas, aguas minerales  y verduras cultivadas sin agrotóxicos.

Las crisis son la oportunidad, pero no me estoy refiriendo al precepto del liberalismo económico, en eso de volverse creativo. Sino a algo más simple. Una crisis integral como la del presente nos propone revisar los contenidos de nuestra psique, de nuestros pensamientos, conectarnos con las construcciones innecesarias, las que se sostienen en el miedo, vislumbrar la cadena de errores, omisiones o tergiversación de prioridades que nos condujeron al presente, desechar todo lo que no sea relevante, hacer el duelo por todo lo perdido, avergonzarnos de nuestra estupidez, de nuestra falta de coraje, y ponernos al servicio de una causa más extendida que nuestro jardín.

Una crisis como la presente nos exige un salto ético. Pensemos la crisis dentro de la poética de Deleuze

Participamos de una sociedad con estructura arbórea. El árbol da filiación, tiene un fuerte componente lineal, de las raíces a la popa. Una direccionalidad que exige orden y homogeneidad. El rizoma es un modelo anti jerárquico que plantea una estructura con múltiples raíces, la que permite multiplicidad y participación de todas sus partes. El rizoma tiene como tejido la conjunción. Está sujeto a líneas de segmentaridad y fuga que apuntan a cualquier parte y pueden ser rotas en cualquier parte y en cualquier momento y de allí surgir nuevas alianzas. Uno de los principios es la desterritorialización; ampliar nuestro territorio hasta que logre englobar todo el plan de consistencia en una maquina abstracta. ¿Podemos pensar al sistema planetario, en el presente, con todo aquello inabarcable, como si se tratara de una maquina abstracta?. Nos plantea Deleuze, el rizoma es siempre multiplicidad que no deja reducirse ni a lo uno ni a lo múltiple. No está hecho de unidades sino de dimensiones, asignifacantes y asubjetivas, de direcciones quebradas. Si bien es complejo de entender, quizás algo de todo esto nos resuene.

Esta crisis podría ejercitarnos en algunas instancias del cuerpo sin órganos Deleuziano. Por aquello de una potencia de experiencia explícita. Es realidad. La teoría está en el banco de suplente y no hay tiempo para verificaciones. Tanto el pánico, como la incertidumbre, como la impotencia, o la añoranza del otro; son

construcciones disparadas de manera volumétrica y salidas de control. Y entonces “crisis colectiva” tiene en cada una de esas emociones, pánico, incertidumbre, impotencia o añoranza, la potencia que se precisa para cualquier toma de consciencia, para cualquier interconexión hasta hoy in pensada y para cualquier paso evolutivo.

Me pregunto, qué nos sucederá con este miedo amplificado por el replique virtual en la memoria del cuerpo. Si la generación del silencio quedamos anulados como actores políticos por miedo a lo que ni siquiera vivíamos de manera directa, por los rumores o especulaciones de lo que sucedía a otros mayores (desaparición, tortura, muerte).

¿Qué nos hará este miedo? ¿Qué les hará a niños y a adolescentes este miedo naturalizado del que reniegan sin librarse?

Es hora de matar al padre una vez más

No habrá político ni líder religioso ni teoría social que desate el imbricado ovillo. No servirá el odio (ese magnífico motor de las revoluciones), porque la trama se ha disparado y tiene vida propia. Y de tan compleja no hay entendimiento que la contenga.

Ahora, si nos reconocemos como parte de la trama, de ese organismo que crece en forma amorfa, exaltándose en tecnologías y apelmazándose en lo social. Si agobiados por los hechos reconocemos nuestra incapacidad de abrazar la simultaneidad de verdades que con la revolución de las comunicaciones se volvió evidente. Si desde un acto responsable conectamos con nuestros límites y sacamos un cacho a la razón de su podio, de un reinado que entre aciertos que se cuentan en vidas y en mejoras para muchos, tiene su espantosa renguera en el principio de exclusión, de naturalizar que muchos tengan que padecer para el privilegio de unos pocos. Si asumimos la parte de competencia en este “hacer agua planetario” y nos percibimos como sustancia de ese sistema, podremos intentar (con la humildad que nos prestan tanto el miedo como la muerte) salirnos de la lógica binaria, de la teoría de los dos demonios, de lo piramidal, de los escalafones y sumarnos al flujo que tenga como base y como fin la preservación de las especies, la experimentación de su potencia, y una evolución más beática que dolorosa.

Este, el de la pandemia, puede leerse como un llamado a la puesta en discusión, a la deconstrucción de nuestra subjetividad basada en estructuras endebles y maniqueas que nos tienen mal erguidos.

Podría tratarse de una convocatoria a la entrega de sí, a bajar las defensas exaltadas, al ejercicio difícil pero no imposible de la empatía. Una oportunidad de descubrir los mecanismos reactivos de nuestra psique, esos que nos mantienen tan separados del otro y que defendemos por miedo a fundirnos con el otro. Podría ser la ocasión para disipar el espanto que nos provoca la posibilidad de dejar de ser ese croquis que somos y ser uno nuevo, ni tan autodefinido, ni tan efectivo, y sobre todo no tan

competitivo, porque nos espera el mundo entero con todas las capacidades que nos faltan, para articularse con las nuestras y ¿Construir? ¿Desarrollar? ¿Dejar fluir?

¿Amalgamar? O como más te plaza que la cosa sea, darse a una instancia menos asimétrica y más comprometida con nuestra naturaleza de partícula en un todo.

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