Uruguay – La libertad ahogada en la dictadura de los ofendidos

Marcelo Marchese
12.06.2020
Nunca escuché el programa «Los galanes» y por lo que vi del cuplé aludido, lo único que me hizo gracia fue lo de china Zorrilla, pero no se trata de defender el derecho a hablar o hacer humor «de los nuestros», se trata de defender el derecho a hablar o hacer humor para todos, pues es muy fácil defender el derecho de Les Luthiers, Los hermanos Marx o Los tres chiflados, lo difícil es defender el derecho al humor cuando el humorista no está el nivel de aquellos genios.

Así que sobre los que no defienden el derecho de Cotelo porque Cotelo por 15 años hizo humor políticamente correcto, digo que sus broncas personales les impiden ver el bosque, y que caen ellos mismos en la corrección política que condenan.

No es grave que Cotelo haya hecho un chiste que no hizo reír a casi nadie, ya que hacer reír es algo difícil, lo realmente grave es la reacción que generó, esta punta de un iceberg que a uno lo deja en estado de intensa preocupación.

Si alguien impulsara un plebiscito para anular la libertad de expresión, vencería de forma abrumadora. Esto significa muchas cosas, pero la primera, es que la escuela, el liceo y la universidad han fracasado estrepitosamente. No se entiende qué significa libertad de opinar y menos aún se entienden los innumerables beneficios de dejar a la gente expresarse libremente.

Vayamos a un ejemplo candente, el tema de las razas. Supongamos que haya uno que piense, radicalmente en contra de la corrección política, que la especie humana está conformada por varias razas y que cada raza tiene sus fortalezas físicas: ésta tiene más resistencia a la hora de correr, esta otra más habilidad a la hora de nadar, y supongamos que esa persona concluyera que si hay ciertas habilidades innatas, es muy posible que haya ciertas modalidades de la inteligencia más desarrolladas o visibles en una razas que en otras, pues la inteligencia tiene más de una faceta.

Esta idea podría llegar a ser peligrosísima, pero lo realmente peligroso, y lo que conduciría a sus aspectos más negativos, sería prohibirla. Si la idea fuera correcta o parcialmente correcta, nada perderíamos, y si fuera falsa, la mejor manera de demostrar que es falsa es mediante el razonamiento. Por lo tanto, al prohibir una idea «mala», estamos impidiendo desterrarla de la mente de los hombres, o al menos, estamos impidiendo destruir sus fundamentos lógicos.

Por otra parte, si se estableciera que hay ideas malas e ideas buenas ¿Quién estaría en el tribunal que juzgaría lo malo y lo bueno? No hay otro tribunal que la humanidad, ante la cual, hay que dejar que comparezcan los testigos con absoluta libertad.

Estamos hablando de ideas. Esta libertad a la hora de pensar no tiene nada que ver con acusar a alguien de algo indebido y sin aportar pruebas, pues esto es una cosa muy grave llamada difamación, y ese es un límite muy bien puesto a la libertad de expresión. La libertad de pensar, también debemos aclararlo, es algo muy diferente a la libertad de actuar. Como dijo un sabio «Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.»

La idea del progreso nos ha hecho creer que lo conquistado fue conquistado para siempre. Craso error. Las libertades hay que resguardarlas y dependen siempre de las ideas que prevalecen en una sociedad. El derecho a hablar es algo que debemos defender, aunque perderemos ese derecho en un proceso irreversible. De hecho, hay un consenso a modo de ukase en las ciencias sociales, por el cual el que admita la existencia de las razas es un enfermo mental que se opone a una verdad establecida para siempre. Esa cosa tan «libre» llamada «ciencia» ostenta, sin embargo, sus dogmas, pues toda institución humana tiende a una de estas dos estructuras: la Iglesia o el Ejército.

Otro ejemplo elocuente del peligro es este arrastrarse en el pantano de la literalidad. Es la capacidad de simbolizar y de abstraer lo que nos ha hecho humanos. Si una persona pone un ejemplo para ilustrar una idea y el receptor se queda en el ejemplo y no enciende la chispa que lo lleve a la idea, ha perdido la capacidad de simbolizar, que implica la capacidad de pensar, de imaginar, de soñar, de anudar las infinitas cosas que conforman nuestro mundo y que nos llevan a obrar en nuestro mundo.

Es preocupante que no se entienda que lo que dice un personaje no necesariamente es lo que piensa el autor que ha creado el personaje, pues anuncia una férrea incapacidad de simbolizar.

El tercer dato que anuncia, como una bocina insoportable, que caeremos en el abismo donde medran los tiburones y los cocodrilos, es el ataque al humor, un ataque a una antigua terapéutica de la humanidad y un ataque a nuestra capacidad de simbolizar.

Haciendo, en los hechos, una defensa de nuestra capacidad de simbolizar, no defenderé el humor directamente, sino que citaré a eminencias que lo atacaron.

El primero es Platón, un simpático pensador que escribió sobre su régimen político ideal, y en ese lindo régimen político ideal, el poder estaría en manos de los filósofos (conviene recordar que, casualmente, Platón era filósofo) Estos filósofos establecerían lo que pueden o no hacer los poetas y los músicos. Los músicos deberían encargarse de hacer marchas militares, y en cuanto a los poetas, deberían dedicarse a glorificar a los dioses, escribir mentiras bajo el dictado de los filósofos y en cuanto a las emociones que deben generar, deben obrar con cuidado pues «Tampoco es necesario que sean amigos de la risa. Porque cuando alguien se entrega a una risa violenta, casi seguro que sufre después una alteración violenta».

Siguiendo estos lindos preceptos, en el siglo V se escriben Reglas Monásticas donde puede leerse esta advertencia: «La forma más terrible y obscena de romper el silencio es la risa, si el silencio es virtud existencial y fundamental de la vida monástica, la risa es gravísima violación». Un siglo después, el bueno de San Benito nos dice lo siguiente: «Cuando la risa está por estallar hay que prevenir, sea como sea, que se exprese. O sea que, entre todas las formas malignas de expresión, la risa es la peor.»

Con esto es suficiente, pero resta agregar algunas cosas.

Lamento profundamente el pusilánime pedido de disculpas por parte de Cotelo, pero eso no obsta para que defendamos su derecho (nuestro derecho) a hacer el humor que le salga.

Es saludable establecer que en nuestro País se hablaba el castellano, se hablaba, y mucho, el portugués y portuñol, y se hablaba el guaraní. Gracias a José Pedro Varela perdimos el guaraní y se ha hecho lo imposible para que perdamos el portugués y el portuñol. Afortunadamente, la gente de la frontera logró mantener el portugués y el portuñol, y eso es algo que debemos agradecerles, pues llevaron a cabo una resistencia cultural al mismo tiempo que defendieron su propia forma de ver el mundo.

Por último, te recuerdo que cuando se liquidó a los charrúas que quedaban luego de sucesivas liquidaciones, nadie dijo nada, y apenas si hubo alguna queja porque con toda maldad, de los charrúas que trajeron a Montevideo para esclavizarlos, se separaba a las madres de los hijos y había que ser de piedra para no apiadarse de esas madres y esos hijos, y así y todo, se apiadaron muy pocos. Te recuerdo que hubo un amplio porcentaje de personas que apoyaron el Golpe de Estado, hubo un 40% que le dio el «SÍ» a la dictadura en el Plebiscito del 80, y luego hubo un amplio porcentaje que votó por dejar impunes crímenes abominables perpetrados por una institución, el Estado, cuyo objetivo declarado es defendernos de los crímenes abominables.

Son cosas a tener en cuenta. Antes de andar señalando con el dedo, preguntate qué cosas estás haciendo vos en esta vida. No sea que por fijarte en la espiga en ojo ajeno, no veas el tronco que tenés en el propio.

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