Chile- ‘Vienen por mí’ La cuarentena y los ex prisioneros políticos

‘Vienen por mí’: cómo el encierro de la cuarentena afecta a los ex prisioneros políticos de la dictadura

Publicado por Tomás García Álvarez | Jul 10, 2020 |

‘Vienen por mí’: cómo el encierro de la cuarentena afecta a los ex prisioneros políticos de la dictadura

Crisis de pánico, angustia y estrés, son algunas de las emociones que ex presos y torturados de la dictadura sienten por estos días de pandemia. El encierro en sus casas reavivó los recuerdos y repuso las experiencias traumáticas de la prisión política. En esta crónica, tres sobrevivientes narran sus días y nos adentran en las similitudes de la cuarentena y sus recuerdos dolorosos en los centros de detención.

*Ilustración: Carla Ñanculef.

El ruido de las sirenas de las ambulancias no deja de sonar desde que la pandemia se agudizó en la capital. Es el sonido que advierten la urgencia, el caos, la cercanía con la muerte. Todo eso es un calvario para Ana María Jiménez (70), porque el encierro en esta pandemia, fue volver a sentir el miedo de caer detenida. Hace varias semanas que ve, desde los barrotes de su departamento en la Villa Alberto Larraguibel en la Florida, cómo sacan de sus casas a las personas enfermas y eso le trae a la memoria recuerdos dolorosos de un pasado que se vuelve a hacer presente.

Fue en 1970, mientras estudiaba Sociología y luego Licenciatura en Música, cuando comenzó a participar de actividades políticas y años más tarde se metió de lleno en la militancia. Hasta que llegó el golpe de 1973. Luego de estar clandestina por cerca de cinco años, sin levantar sospechas y ocultándose en casas de seguridad, fue detenida arriba de una micro en la esquina de Teatinos con la Alameda. Los hombres de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) la subieron a un Fiat y la llevaron al cuartel Terranova, hoy conocido como Villa Grimaldi.

La historia que sigue no es nada amable. Anita, como le llaman sus amigos y ex compañeras de militancia, con el tiempo fue internalizando los episodios de tortura: ahogamientos, violencia político sexual y corriente en todo el cuerpo. El confinamiento por la pandemia revivió las emociones que soportó durante las largas jornadas de horror.

-En medio de la pandemia empecé a sentir un malestar en todo el cuerpo y a la vez decidí que no iba a salir a la calle porque estaba en peligro mi vida. Todo el tiempo sentí que si desobedecía me podía morir. Con el paso de las semanas, en el sueño en vela que siempre tengo, comencé a sentir que me buscaban. Varias veces me despierto en la noche diciéndole a mi pareja ‘creo que vienen por mí’. Y ella me dice ‘no pueden venir por ti porque tú no estás enferma’-, comenta.

Anita está en el grupo de riesgo de contagio de Covid-19, tiene asma y una enfermedad pulmonar obstructiva que le dificulta la respiración. Todos los inviernos le da neumonía y -en este contexto de pandemia- simplemente no puede salir a la calle. Está encerrada, completamente confinada.

Ana cuenta que su departamento es frío y oscuro, características lúgubres que le recuerdan su paso por Villa Grimaldi y luego por Cuatro y Tres Álamos, todos centros de prisión y tortura durante la dictadura de Augusto Pinochet. La baja temperatura de su casa la soluciona con la estufa y una vez a la semana, su pareja, saca de las paredes el moho y los hongos que llegan tras la lluvia. En ocasiones, los recuerdos se revuelven y la invaden. Siente rabia, tristeza, impotencia y mucho miedo. Se hacen presentes los recuerdos, como el de aquel día en Cuatro Álamos cuando el general a cargo le propinó un combo a la boca que terminó arrancándole parte de sus dientes.

-Yo vivía pensando en que no me detuvieran y con el miedo a que me mataran, hoy siento el mismo miedo a morir. Además, me da pena porque hay muchas personas que no van a volver a sus casas. Que van a terminar en un saco plástico sin que su gente los vuelva a ver ni siquiera para tener un entierro digno, así como ocurría en dictadura-, dice.

Con el paso de las semanas la presión en el pecho de Ana María se agudizó. A veces le falta el aire y, ante las malas noticias a su alrededor, le informó a su pareja que no quería que la sacaran de su casa.  Dice que si se llega a enfermar prefiere no ir a un hospital, explica que quiere morir con dignidad.

-Va a ser complicado para ti, pero métete en el otro cuarto y arréglatelas para dormir. Me das comida como puedas, le digo a mi pareja-, comenta Ana María.

Las dificultades económicas también son razón de su angustia. Anita recibe $170.000 mensuales por la pensión Valech y su pareja está cesante hace más de tres meses. Han podido mantenerse en medio de malabares con los pocos recursos que tienen y la solidaridad algunos amigos que los ayudan. La caja de alimentos del gobierno y el balón de gas de la municipalidad también les llegó.

-Quiero resistir lo más que pueda, pero de manera digna. Y también eso me lleva a hacer la relación con la cárcel, porque hoy siento, lo mismo que sentía en ese tiempo. Tengo miedo, pero quiero resistir, seguir para adelante. Y, pese a todo, me alegra estar viva-, confiesa.

***

Hace dos lunes atrás la lluvia cortó el suministro eléctrico en la comuna de Santiago y la casa de Rodrigo Salinas (53) quedó completamente a oscuras. No pudo cocinar, ni tampoco prender la televisión. Un aparato, que a estas alturas, es para él una compañía trascendental.

 -Con la tele me hago la idea de la presencia de más personas. Será la película o el programa más estúpido, pero lo estoy escuchando. Y sé que, en una teleserie, por ejemplo, hay diálogos-, explica.

Pero ese día no había luz y fue tanta la desesperación producto del silencio, que sacó un permiso cualquiera para salir a caminar por el barrio y tomar aire, Ese día también estuvo al borde del colapso, no pudo más.

Rodrigo vive solo en un departamento de un ambiente en una torre cerca del metro Santa Isabel. Su casa siempre estaba llena de amistades y la mayoría del tiempo lo pasaba en la calle visitando a sus conocidos. Tuvieron que pasar algunos días, luego de la cuarentena obligatoria, para que Rodrigo entendiera que volvería a estar físicamente solo. Completamente aislado, igual como lo dejaban después de recibir puñetazos, golpes con palos y puntapiés en la cara hace décadas atrás.

Él también vivió la prisión y la tortura. Cuatro veces cayó detenido, pero dos de aquellas detenciones, lo estremecen por completo cuando las narra. En diciembre de 1982, tenía solo quince años y llevaba dos militando en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). En ese tiempo fue detenido junto a otro compañero mientras acopiaban bombas molotov en una iglesia del centro de Santiago, horas antes de una “Marcha del Hambre”.

Lo golpearon, torturaron y fue testigo de cómo abusaban sexualmente de quien era su compañera en ese entonces.

Ese episodio lo marcó emocionalmente. Las marcas físicas llegaron cuatro años después en Valparaíso, cuando fue brutalmente golpeado y lanzado en lo que hoy se conoce como “Camino La Pólvora”, se salvó porque sus aprehensores pensaron que estaba muerto.

Aunque la terapia que lleva hace un par de años le permite organizar esos recuerdos, el confinamiento y la soledad, le decolvieron el malestar físico que alguna vez sintió.

-La detención y la tortura tienen elementos claves para funcionar: la desorientación, el silencio y el aislamiento. Todo eso he vuelto a sentir estas semanas. Cuando uno está preso, tirado desnudo en el piso, hecho mierda, el frío es horrible. Te penetra por todos lados. Cuando estás encerrado en una pieza, obligado al encierro, vuelves a pasar por esa sensación-, cuenta Rodrigo.

Hay noches en las que siente que alguien le aprieta el pecho, le falta el aire, pero además palpa el miedo que sentía cuando lo torturaban. La oscuridad trae a la memoria la venda en los ojos y la falta de sol en el día y, pese a todo, se las arregla para tener la cabeza fría.

-Mis días son despertar sin expectativas, desorganizados y acompañados de un sentimiento de odio y rabia contra este gobierno y los pacos que siguen reprimiendo. Pese a todo, mi disciplina milica me permite sobrevivir-confiesa.

Si en un principio mantenía rutinas, a ratos, las desecha por completo. No lava la ropa con la frecuencia y deja la cocina abandonada tres o cuatro días. Rodrigo dice que los horarios, la estructura del reloj, también lo trasladan a la tortura.

-El cuerpo se va insensibilizando después de pasar por todo eso, pero tiene memoria. Me pasa que una zona del vientre en el que recibí muchos golpes hoy me duele intensamente. Otros días tengo dolores musculares inexplicables como si hubiera estado haciendo ejercicios, pero no he hecho nada de nada. Mi cuerpo se volvió a conectar con los recuerdos-, comenta.

Para tranquilizar esas sensaciones, Rodrigo recuerda una playa de Pichidangui. Trasladarse mentalmente a ese lugar, a través de las imágenes que guarda en su cabeza, lo hacen calmar un poco la angustia y la ansiedad. Cierra los ojos, se imagina subiendo las rocas y que se sienta en una piedra a mirar el mar. Entonces, descansa.

La calma también la siente en los abrazos de su pareja, quien vive a kilómetros de Santiago. La visita lo que los dos permisos semanales le permiten.

 -Y valen la pena, estar con ella me hace olvidar lo malo en que se han convertido mis días-, dice antes de despedirse.

***

Son varias las situaciones que apresuraron sus recuerdos, pero el día en que fue a Rocas de Santo Domingo y tuvo que ponerse la mascarilla, lo tiene demasiado vívido. Ana Becerra (64) lloró cuando el género le rozó la boca.

-Con el solo hecho de taparme la cara me empecé a ahogar y sentir que venía crisis de pánico. Me bajé del colectivo, me senté en el paradero y tomé aire de nuevo. Estuve muchas horas así hasta recomponerme-, cuenta Ana.

En Tejas Verde, al igual que con otros prisioneros,  le ponían un saco en la cabeza. Cree que a eso se debe ser el motivo de la crisis de pánico. Al sitio, que hoy es conocido como una de las principales prisiones de la dictadura de Pinochet, la llevaron cuando tenía 17 años. Sus padres ya estaban detenidos por ese entonces. Pasó once días allí, en 1973, y a eso se sumaron cuarenta y cinco días en el centro de tortura Santo Domingo.

Ana Becerra fue torturada, pero no profundiza más allá, son recuerdos que le duelen. Ella vive con su pareja en una casa en San Antonio. Un día antes de la cuarentena, Ana comenzó a sentir un dolor muy fuerte en el estómago. Una presión incontrolable que se calmó con medicamentos, después de que un doctor le dijera que se trataba de colon irritable.

-Fueron los nervios de saber que iba a volver a estar presa. La cuarentena es un campo de prisioneros, pero de otro estilo nada más. Nos tienen presos en un lugar y tengo que trabajarlo todos los días, recordar  que es mi casa y que tengo las comodidades-, dice.

Sin embargo, los recuerdos vuelven una y otra vez. Carlos, su pareja, también vivió la prisión política durante un año y para ella verlo caminar por la casa, es revisitar episodios de la cárcel. Ana dice que lo ve ‘ir de allá para acá por el living’, igual como veía a sus compañeros cuando estaba en Tejas Verde.

-Son los gestos y la posición física. Es exactamente la caminata de la prisión-, específica con voz acelerada.

Desde que comenzó la pandemia, ella y su pareja, se preocupan de abastecer a sus familiares. Han asumido esa tarea con mucha responsabilidad. Ana sale a comprar y al día siguiente Carlos parte en el auto a dejar los víveres a sus cercanos. Esa tarea también se ha cruzado con los conocidos de Fundación por la Memoria de San Antonio. Ana cuenta que para los sobrevivientes es importante no estar ajenos a la realidad del país y si durante el estallido social organizaron brigadas de salud para la protesta, hoy reparten bolsas de mercadería y entregan donaciones a las ollas comunes de la ciudad.

Pese al trabajo solidario que la mantiene ocupada, dejó de ver a los suyos. Y eso es volver a recordar la ausencia. Es la desaparición.

-No poder ver a la gente físicamente también me produce muchos sentimientos. Nosotros vivimos el haber visto a alguien y que luego desapareciera. Entonces, nos vuelve a pasar lo mismo. Me preocupa y angustia mucho-, comenta.

Las sensaciones que atraviesan el cuerpo, las apacigua con la televisión. Cuando llega la noche busca en Netflix alguna película ‘con un final feliz’, mientras Carlos ve algún programa de animales, para distraerse y relajarse.

-No costaría nada tener una hora al día para salir a caminar. Además, nuestros músculos están tullidos y nuestra capacidad de movernos es muy restringida. Gente que no vivió la prisión política se está volviendo loca. Y no exagero. Hay gente desesperada. El encierro daña la salud mental y también está destruyendo todas las redes que veníamos construyendo-, dice.

Antes de terminar la conversación, Ana se muestra optimista y recuerda la frase que un amigo suyo siempre repite: ‘Hoy día, pese a todo, no hay nada más revolucionario que sobrevivir”.

Fuente: https://lavozdelosquesobran.cl/vienen-por-mi-

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