México – LAS MUJERES y LOS PROCESOS DE ORGANIZACIÓN DE LA RESISTENCIA DE SUS TERRITORIOS

El Topil. Num. 40. Saberes femeninos y feministas en defensa de la vida.

Astrid Paola Chavelas

 

Red de Defensoras y Defensores Comunitarios de los Pueblos de Oaxaca

Las mujeres somos la mitad de cada pueblo

J. Paredes

Dentro de las poblaciones originarias, las mujeres y sus constantes luchas manifiestan el uni verso femenino que entretejen en complicidad con otras muje- res, a partir del cual construyen y fortalecen sus espacios comuni- tarios y sus prácticas colectivas; como explica Julieta Paredes, la comunidad “es otra manera de entender y organizar la sociedad y vivir la vida”, subordinada ese cialmente a la reproducción de sus formas y modos de vida. Las mujeres son parte vital del entra- mado social comunitario, son sujetas activas que construyen en colectivo los rituales en torno a la dimensión simbólica de sus espacios cotidianos, dentro de los entramados sociales, eco- nómicos y culturales que han cobrado vida desde sus ancestras, mucho antes de que el modelo estructural hegemónico y su sis- tema de explotación amenazara la vida y las regiones naturales de las poblaciones originarias a las que pertenecen.

Han articulado procesos de resis tencia desde los cuales han respondido, a partir de sus saberes comunitarios, lo que aprendieron de sus abuelas, organizándose de manera colectiva, acuerpándose, en esa serie de espacios físicos, simbólicos y sociales donde la violencia las golpea y ha pretendido conquistarlas. Las mujeres pertenecientes a las comunida- des originarias, además de trascender, son trascendentales en la construcción de la identidad, conservan y enseñan su lengua materna, son la raíz que sujeta gran parte de los procesos de or- ganización en la defensa de sus territorios, son articuladoras de la diversidad de elementos que construyen ese pluriverso que alimenta la diversidad y la identidad cultural y política de los pueblos originarios.

La participación de las mujeres dentro de las comunidades, ha ido variando en el tiempo y dentro de los espacios públicos comunitarios, se ha diversifica- do y actualmente se subscribe a espacios políticos como las Asambleas y el Sistema de car- gos, la forma tradicional de elegir autoridad mediante el consenso de la asamblea comunitaria y los procesos de resistencia contra el modelo económico neoliberal, donde, a fuerza de constancia, se han apropiado y han hecho aportes fundamentales en la de- fensa de sus territorios.

Ellas son las que alimentan las relaciones de reciprocidad que representa la defensa y la resis- tencia contra las dinámicas de despojo y acumulación capita- lista. La labor que desempeñan dentro de su cotidianidad, desde el trabajo doméstico y la economía de cuidado es vital no sólo para la producción de lo común, de acuerdo con Mina Navarro, sino porque son estas prácticas las que dan sentido a la gestión comunitaria que tendría que proyectarse sin las percepciones discriminatorias, asistencialistas y de compensación social que existen en los programas guber- namentales.

Las mujeres construyen resistencia a partir de sus prácticas y saberes ancestrales, organizan alternativas comunitarias a las dinámicas de consumo, propues- tas que apuntalan la narrativa que permite la visibilización de sus experiencias, de su trabajo, de sus labores de cuidado, todas estas, como otras formas de en- tender la realidad que las rodea.

Acompañar procesos donde ellas representan un eje fundamental en la construcción y articulación de las resistencias, me ha permitido observar cómo, desde sus espacios cotidianos, elaboran ejercicios colectivos de concien- tización y reconocimiento res- pecto a la violencia simbólica, sistémica y estructural que las atraviesan. Al final, presiento, no hay teoría o metáfora que sirva para esbozar el alcance de la ex- periencia de sus procesos de organización en torno a la defensa de su territorio.

En la Sierra Norte destaca la par- ticipación política de las mujeres dentro de los procesos comunitarios como en Santa Catarina Lachatao, donde la presidenta municipal comunitaria Regina Alavez comparte el proceso de organización que han realizado tras iniciar un proceso de autonomía de las instituciones gubernamentales. La comunidad ha vuelto a elegir sus autoridades a través de la Asamblea y el Siste- ma Normativo Interno, donde las personas dan servicio a la comu- nidad a través de cargos comu- nitarios. La presidenta también comparte la importancia de cui- dar el territorio de las empresas transnacionales que  pretenden su explotación: “anteriormente, las mineras extraían el oro y la plata, el paisaje que tenemos, es muy bonito como para permitir que vengan a destruirlo, además, de la tierra nos alimentamos. La idea de nuestras abuelas fue for- talecer y cuidar nuestra tierra”. Ella comparte que esta visión de preservar su territorio se plasma en las actividades que desarro- llan dentro de la comunidad, desde su propuesta de turismo comunitario,  donde  un  comi-   té elegido por la comunidad se hace cargo de las instalaciones, los ingresos que se generan son para el apoyo de la escuela comunitaria. A partir de estas experiencias podemos entender el ejercicio de poder comunitario desde la autonomía y la partici- pación política de las mujeres,  es posible que los pueblos y las co- munidades originarias decidan sobre su territorio, fuera de los poderes institucionalizados que les vulneran.La experiencia de las compañeras del COPUEDEVER ha dado constancia por más de once años de la organización de los pueblos de la Costa Oaxaqueña, a partir de sus prácticas comuni- tarias, su mística y su espirituali- dad, han fortalecido la resistencia al despojo de su territorio desde las distintas comunidades que integran el Consejo de Pue- blos en Defensa del Río Verde. La compañera Eva Castellanos comparte: “En la cuestión organizativa, cuando yo era chiquilla no tomaban en cuenta la participa- ción de las mujeres dentro de las asambleas, casi todos los acuerdos los tomaban los ciudadanos, las mujeres no teníamos mucha participación, mucho  menos de tener un cargo comunitario, nunca una mujer formaba parte del cabildo de las comunidades o en ningún otro comité, des- pués de la lucha en contra de   la presa esto sí ha cambiado, la participación de nosotras es más visible”. Observamos cómo los procesos organizativos comunitarios en torno a la defensa de sus territorios, se ha traducido en una mayor participación política de las mujeres dentro de su co- munidad..

En el Istmo de Tehuantepec, en Rancho Gubiña, Na Guadalupe Ramírez comparte que son las mujeres en Defensa de la Vida y del Territorio de Unión Hidalgo, quienes han recuperado mucho de su organización en el proceso de resistencia contra la imposición de consultas para validar proyectos eólicos, además de organizar una cocina comunitaria que les posibilita facilitar espa- cios de cuidado para otras muje- res, niñas y niños.

El Comité de Mujeres en Defensa de la Vida del Comité Ixtepeca- no, además de organizarse para impedir la imposición de un pro- yecto extractivo minero dentro de su territorio, han integrado un Comité por la recuperación de las viviendas y la reactivación de la economía en apoyo a las familias afectadas por el sismo, han colaborado tanto en el diseño parti- cipativo de sus viviendas a partir del Guendalisaa, la ayuda mutua o reciprocidad, uno de los pila- res fundamentales de la cultura Binnizá, las mujeres han buscado organizarse para defender la vida dentro de su territorio y para llenar los vacíos institucionales.

Las compañeras de Monapaküy, desde la zona lagunar, se han or ganizado para defender la laguna y el territorio Ikoots de San Mateo del Mar, además se han preocupado por atender a la pobla- ción que saben vulnerada, y han acompañado el proceso del ta- ller de artesanas, han impulsado un cine comunitario a partir de documentales que les permitan fomentar la conciencia en las ni- ñas y los niños en la importancia de la defensa del territorio, han difundido campañas de prevención de la salud en estos tiempos de pandemia. Volvemos a Julieta Paredes, son “comunidades de mujeres creando comunidad”.

Responden al desentendimiento del Estado en materia de salud pública, educación o vivienda. Además de sus labores cotidianas, donan su tiempo, dan te- quio y responden a las necesida- des de su comunidad. Acuerpan el dolor, los miedos, los ataques, las amenazas que se han vuelto lenguaje cotidiano, y valerosas, encaran la vida.

El sentido comunitario es lo que sostiene a las comunidades. Enun proceso de resistencia, la comunidad se organiza y responde. Si bien la perspectiva y el senti- do de comunidad  se  centra  en  el trabajo de las mujeres y los hombres, es innegable que para que los hombres puedan ejercer el servicio comunitario, es nece- sario el trabajo de  las  mujeres,  la triple jornada que a veces tie- nen que sobrellevar, además del cargo  y  del  trabajo  dentro  de la producción de economía comunitaria, ellas también son las encargadas de las labores de cui- dado. Es importante mencionar esto, porque darlo por sentado es volver a invisibilizarlo, como dice Julieta Paredes, es “naturalizar la discriminación, las desigualda- des, la explotación y la opresión de las mujeres, es considerar na- tural que las mujeres cumplan esos roles, y por consecuencia natural que estén subordinadas”.

Como explica Julieta Paredes: “Los campos de acción y lucha política nos permitirán transformar las condiciones materiales de la subordinación y explota- ción de las mujeres en nuestras comunidades y sociedades”. Ellas, desde lo individual y lo colectivo, han trascendido sus miedos por la constante persecución a la que son sometidas las personas de- fensoras de los territorios, se han articulado en experiencias de re- sistencia, que no serían posibles sin el trabajo, la fuerza, la sangre y el corazón de estas constelacio- nes de mujeres subversivas que, entre el calor de sus manos, mol- dean la historia de sus comunida- des.

Las comunidades indígenas han sido las más afectadas por las dinámicas de despojo y margi- nación desde que los megaproyectos extractivistas empezaron a imponer dentro de sus territorios, hay un antes y un después evidente dentro de la geografía física y social de las comunidades, los cambios en la infraestructura son significativos, no sucede lo mismo con los cambios sociales, al contrario de lo prometido, se han desgastado la economía y el tejido comunitario, las brechas de desigualdad se profundizan y las posibilidades, ante las dinámicas que se gestan desde el capitalis- mo y su lógica de consumo, se reducen para las comunidades.

Las mujeres de las poblaciones originarias han impulsado la re- sistencia y la lucha social de los pueblos originarios en  contra de los proyectos extractivos que amenazan e invaden su territorio. Las jóvenes, niñas, ancianas, to- das ellas entrañan la resistencia, la fuerza y la decisión de otras mujeres, herencia y sabiduría milenaria. Mujeres – semilla, son la matria que cobija con sus ternuras y que rebela su rabia ante la injusticia, la dominación de sus cuerpas y sus territorios, se autosustentan y se acompañan. Ellas que saben tejer en colectivo la historia y la memoria que articula la dignidad de sus pueblos.

El Topil. Num. 40. Saberes femeninos y feministas en defensa de la vida.

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