Argentina. Servicios de Inteligencia: el sótano que condiciona a todos los gobiernos

Por Ignacio Damiani y Germán Uriarte

Como en la serie alemana Dark, los agentes de inteligencia de Argentina se mueven de forma circular a través del tiempo. Carpetazos, operaciones de prensa, armado de causas y favores que se pagan caro. Frente a la carencia de profesionalismo en los Servicios, ¿bastará una reforma judicial como la que impulsa el gobierno de Alberto Fernández sin terminar de redefinir el rol de la AFI? Una historia de alianzas, traiciones y mucha oscuridad.

La noche del 25 de julio de 2004, Gustavo Béliz tuvo un acto de arrojo. Sentado en la mesa del programa “Hora Clave” mostró el identikit del agente Aldo Stiles pero lo llamó por su verdadero nombre:

¿Quién maneja la SIDE? La maneja un señor que debería ser el hombre más público de Argentina. Cuando se lo menciona en una reunión, todo el mundo te dice ‘cuidado, no te metas con ese tipo, te puede mandar a matar, armar operaciones’. Ese hombre ha estado participando en todos los gobiernos y es Jaime Stiuso.

En clave política, el ministro de Justicia de Néstor Kirchner socializó un rostro que debía permanecer oculto. A partir de ahí, su metamorfosis ante el público comenzó a mutar de lo subrepticio a lo siniestro. El sistema judicial no tardó en desencriptar el metamensaje.

Días atrás, por encargo de Kirchner, Béliz había encarado una reforma judicial para renovar, entre otros órdenes, la justicia federal. La movida que buscaba licuar el poder de los 12 jueces federales quedó trunca de inmediato: Stiuso fue uno de los lobbistas que operó para derribarla. Al nuevo gobierno le cayó la ficha: hay quintas que no conviene pisar. En el plano personal, la audacia de Béliz no fue gratuita: debió exiliarse con su familia a Estados Unidos y empezar una nueva vida.

Con Jaime no se jode.

Ruinas circulares

Desde su creación en 1946 hasta la actualidad, la Inteligencia Argentina fue ganando un rol protagónico al costado de los gobierno de turno. La última dictadura militar fue su prueba de fuego. La SIDE aportó los mecanismos para chupar a estudiantes, sindicalistas y militantes; infiltró agentes en cuanta organización y movilización quiso y coordinó patotas que ejecutaron el terrorismo de Estado. La fórmula se conservó en formol, parte de sus cuadros y estructuras aún se mantienen intactas. Los estilos, en cambio, fueron de los más diversos: no todos los fines pueden conseguirse por los mismos medios.

Para comprender la arqueología de los servicios hay que tomar en cuenta algunos hechos y actores que han sido centrales en las últimas tres décadas. El caso del agente Jaime Stiuso es el más curioso y emblemático: un espía que tuvo un breve salto mediático cuando su razón de ser, en términos funcionales, es mantenerse en modo incógnito.

En él se personificó la relación que los gobiernos y los agentes tuvieron en la historia de nuestro país. Una métrica de amor-odio que, con una precisión quirúrgica, supo reproducir el dilema del erizo de Schopenhauer: acercarse a una distancia conveniente para protegerse del frío, pero alejarse lo suficiente para evitar sentir las púas de los demás.

Jaime se hizo de abajo. El agente, que fue el director general de Operaciones durante 34 años, pisó por primera vez la SIDE en 1972 para trabajar como cadete. Bajo la lógica maquiaveliana de que es mejor ser temido que amado, el ingeniero en sistemas hizo carrera y cerró con casi todos los gobiernos.

Exhibió sus credenciales con la explosión de la bomba en la AMIA el 18 de julio de 1994. Estaba al frente del departamento de Contrainteligencia cuando el edificio de Pasteur al 633 voló por los aires y fue uno de los agentes clave en la recolección de pruebas. En su investigación, trabajó junto a la CIA y el Mossad, construyendo –de forma obstinada– lo que se conoció como la pista iraní: probar que Hezbollah había ejecutado el atentado.

Stiuso sofisticó el  nivel de injerencia de la SIDE años después estableciendo una sociedad con uno de los actuales auditores generales de la Nación, Javier Fernández. El tándem tuvo su época de mayor esplendor en el kirchnerismo cuando cosechó lo que Fernández supo sembrar un par de años atrás como secretario privado del ministro de Justicia menemista Rodolfo Barra.

Nuevamente, la política y los servicios funcionaban como una llave para solucionar contubernios judiciales que afectaban al gobierno.

Un juez federal con vigencia en Comodoro Py lo reafirma:

—Manejaban tanto poder que ni siquiera se ocultaban a la hora de almorzar en los alrededores de Py con la jueza María Servini. La camaradería llegó a tal punto que, durante el gobierno de la Alianza, una de las hijas de Jaime trabajó en su juzgado.

La sinergia también obtuvo otros favores como la designación en 2006 de Sandra Arroyo Salgado como titular del Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional de San Isidro. En Comodoro Py suelen repetir que su nombramiento se debió a un pedido de quien por ese entonces era su esposo: Alberto Nisman, el fiscal que investigaba la explosión de la AMIA.

Todo tiene que ver con todo.

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Al binomio se le sumó Darío Florían Richarte. No conocía tanto a Stiuso, pero sí a Javier Fernández, con quien compartió su etapa universitaria en la facultad de Derecho de la UBA. Entre los tres, además de brindar juntos en cumpleaños y casamientos, formaron un power trío que marcó el bypass con el que debían moverse las causas en Comodoro Py.

A diferencia de Fernández, Richarte venía del palo radical e integró el “Grupo Sushi”, una cofradía de jóvenes correligionarios cuyo principal referente era Antonio de la Rúa, hijo del expresidente. La militancia le dio sus frutos. Cuando Fernando de la Rúa llegó a la presidencia en 1999, Richarte se convirtió en el número dos de la SIDE. Tenía pergaminos para eso: fue el que más rápido entendió cómo usar el poder de penetración mediático en los ‘90.

Si los carpetazos eran la materia prima para apretar jueces y ganar favores, los medios y los periodistas eran el vehículo para mandar mensajes y amasar opinión pública. Richarte tejió sus lazos para coparlos y comprarlos. El grupo Veintitrés fue la muestra más tajante. Los empresarios Sergio Szpolski y Matías Garfunkel eran la cara visible de un conglomerado de medios siempre dispuestos a lanzar operaciones que provenían de la SIDE. Tenía lógica: su gerente general era Juan José Gallea, un engranaje clave de los Servicios en la era delaruista.

—¿Sabes de dónde vengo yo? Vengo de la SIDE.

Decía como frase de cabecera el agente Gallea a periodistas y otros interlocutores.

Como Stiuso, Gallea sabía de las bondades que traía ser temido. Tenía espalda y billetera: administraba los fondos de la Agencia de Inteligencia, una caja negra que, gracias a un decreto de Aramburu en 1956, no debía rendir gastos.

En los dos años que duró el gobierno de la Alianza, tuvo un rol central: fue el agente denunciado por haber pagado las coimas del Senado, conocida como la “Ley Banelco”, y que terminó torciendo voluntades de varios senadores del PJ para sancionar la reforma laboral.

Años después recibió un nuevo desafío. Mauricio Macri le devolvió a Gallea su lugar en la AFI con un bonus track: firmó el decreto 656 para que los más de 2500 millones que manejaba la agencia fuesen, nuevamente, reservados.

Jaime para Néstor, Stiuso para Cristina

Cristina Fernández de Kirchner mostró que ya miraba de reojo a Stiuso desde hacía varios años. El 4 de diciembre de 2003, en su rol de senadora y primera dama, fue la última testigo en declarar en la etapa de pruebas del juicio por la bomba de la AMIA y lo dejó bien claro:

—Me daba la clara sensación de que la causa era un teatro de operaciones donde intervenían todos los organismos de Seguridad e Inteligencia.

Tenía fundamentos. En su primer paso por el Congreso Nacional como diputada había integrado la Comisión bicameral de seguimiento de la investigación del atentado, donde firmó un dictamen en disidencia para cuestionar el modo en que se llevó adelante.

Le había visto la cara por primera vez a Jaime a mediados de los 90 en uno de los edificios de la propia SIDE. Hasta allí se habían acercado los legisladores de la Comisión para entender la conexión entre pistas e información que había hecho la Inteligencia Argentina. Cristina desconfió de la limosna porque le hicieron ruido dos cosas: la sencillez con la que adjudicó el atentado a células de Hezbollah y el empeño por culpar a Irán.

La muerte de Néstor Kirchner el 27 de octubre del 2010 inició la cuenta regresiva para que CFK tomara la decisión de sacarle poder a Stiuso. El mensaje directo fue el envío al Congreso de la ley de Reforma Judicial en abril de 2013. Pero antes pasaron cosas.

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La Secretaría de Inteligencia que heredó Kirchner en mayo del 2003 tenía al stiusismo en la cresta de la ola. El presidente tardó en entenderlo poco más de un año. Si correr a Béliz de su cargo como ministro se transformó en un guiño tácito para Jaime, poner a Javier Fernández en Tribunales y Francisco “Paco” Larcher como sus laderos en la SIDE fue la palmada en la espalda que completó el mensaje.

Larcher era de Néstor. Ocupó la Subsecretaría de Inteligencia entre 2003 y 2014 y no sólo hizo migas con Stiuso sino también con otro funcionario de peso: Sergio Massa. La amistad, que años más tarde terminó por costarle caro en su carrera, trascendió la Casa Rosada. Massa y Stiuso compartieron mesa en el casamiento del hijo de Larcher.

La nueva era kirchnerista (ya sin Néstor) también se nutrió de agentes reciclados. Fernando Pocino, que había estado en el freezer durante la gestión delaruista, volvió.

A diferencia de Stiuso, Pocino tenía el pulgar arriba de Cristina. Paradójicamente se habían conocido cuando la hoy vicepresidenta integraba la comisión que seguía la investigación de la bomba a la AMIA y empezó a desconfiar de Stiuso. Pocino fue clave para que el exsecretario parlamentario del Senado en la gestión De la Rúa, Mario Pontaquarto, confesara las coimas en la ley Banelco.

—La SIDE puso el dinero, y el que pagó fui yo.

Le dijo a la periodista Fernanda Villosio de la extinta revista TXT.

Aun con sus diferencias, entre Stiuso, Larcher y Pocino hubo sintonía fina por la conducción política de Kirchner, a pesar de que ya no era presidente. Sin Néstor esos matices fueron insalvables: Cristina no iba a jugar a dos bandas.

La ruptura

El quiebre definitivo con Stiuso y Larcher fue la campaña de 2013. Sergio Massa estaba fuera del gobierno como intendente de Tigre y un sector del peronismo lo pinchaba para que jugara en las elecciones de medio término.

El tigrense no contaba sus intenciones ni a sus pares ni a los medios pero ya tenía decidido qué iba a hacer: lanzar su carrera política personal con el Frente Renovador. El dato, que podrían ignorar periodistas y políticos, no podía ser desconocido para la SIDE. Larcher había cambiado de lealtad: le había informado a CFK que Massa no iba a ser candidato. Meses después el massismo ganó las legislativas.

Cristina Fernández detectó que tendría que derribar ese sistema. Por eso abrió varios frentes a la vez. Fue por la reforma judicial, fortaleció un contrapeso para hacer frente a las líneas de Stiuso y atacó el fondo de la cuestión: enfrentar los intereses geopolíticos de la causa AMIA.

El Memorándum de Entendimiento con Irán que firmó el canciller Héctor Timerman con el gobierno de Mahmud Ahmadineyad y que el Parlamento argentino aprobó un mes después, fue la declaración de guerra. Significó un golpe para Stiuso y, por elevación, para sus verdaderos patrones: la CIA y el Mossad. Las agencias que habían convencido a Nisman que Hezbollah había puesto la bomba, ahora estaban quedando expuestas.

El Memorándum de Entendimiento con Irán significó un golpe para Stiuso. Y la disputa se tensó aún más con la muerte de Nisman

La disputa se tensó aún más cuando el fiscal Alberto Nisman apareció muerto de un balazo en su departamento de Puerto Madero, el 18 de enero de 2015. Antes de eso, había llamado varias veces a Stiuso. Pero el espía que trabajó codo a codo con él en la recolección de pruebas del caso, nunca lo atendió.

—No le contesté porque estaba en vibrador. Si lo hubiera escuchado no iba a hablar con él porque en esos días usted prendía el televisor y se decía que Nisman era un títere mío. Lo iba a terminar de hundir si lo atendía.

Contó el agente en un documental de Netflix.

Un mes antes, en diciembre de 2014, el Secretario de Inteligencia del Estado, Oscar Parrilli, le pidió la renuncia a Stiuso y obtuvo una respuesta concreta:

—Es la tercera vez que me la piden pero yo siempre vuelvo.

El retorno

Mauricio Macri heredó otros Servicios. Tenía todo a su favor para profundizar el cambio iniciado por CFK cuando creó la Agencia Federal de Investigaciones -AFI- en 2015, pero tomó otra decisión: volver para atrás. El reset del jefe de Cambiemos volteó dos aspectos clave de la depuración hecha por la expresidenta: los fondos volvieron a tener carácter de reservados y las escuchas pasaron a ser propiedad de la Corte Suprema.

El edificio de la AFI, frente a la Casa Rosada. Emblema de un poder que nadie ve.
El edificio de la AFI, frente a la Casa Rosada. Emblema de un poder que nadie ve.

Hubo otros retornos. El más estelar, Jaime Stiuso. Lo hizo en el Late Show argentino de mayor rating de ese momento, Intratables. Aprovechó el prime time para hacer un llamado en vivo e interrumpir al fiscal Moreno Ocampo, un histórico adversario suyo que supo cuestionar su rol en la investigación de la AMIA:

—Quería ver si le preguntaban al doctor si me conocía. ¿No recuerda la reunión que tuvo conmigo?

Era la primera vez que, por voluntad propia, el espía salía en los medios. La nueva versión descontracturada de Stiuso anticipó un festival de materiales de archivo inéditos que nutrió a programas y periodistas: desde las imágenes del revoleo de bolsos de José López hasta las escuchas que se encontró Luis Majul “haciendo running”.

La versión descontracturada de Stiuso anticipó un festival de archivos: desde los bolsos de José López hasta las escuchas que se «encontró» Majul

En el armado de su inteligencia, Macri se basó en el principio de la amistad de Atahualpa Yupanqui: “Un amigo es uno en el cuero de otro”. Nombró a Gustavo Arribas, socio de negocios,  como el uno de la agencia y le dio el manejo de los fondos a un viejo conocido, Juan José Gallea.

Silvia Majdalani fue la número dos. Con “La Turca”, como la apodan, volvió parte de la estructura de poder de su socio Francisco “Paco” Larcher. La Secretaría de Asuntos Jurídicos, enlace con los jueces de Comodoro Py, fue para Juan Sebastián De Stéfano, un hombre de confianza (de otro hombre de confianza) de Mauricio: el entonces presidente de Boca, Daniel “El Tano” Angelici.

El Tano extendió los tentáculos de los servicios al club que fue escenario del lanzamiento político de Macri: Richarte fue su vicepresidente. Si su socio Gallea había regresado por qué él no habría de hacerlo.

Macri, que había llegado al poder para agregar transparencia y cambiar las viejas prácticas políticas espurias, alineó a todos para desandar lo que supo hacer durante toda su trayectoria como político: espiar ilegalmente a propios y extraños.

Los nudos de Winden

La noche del 26 de julio de 2004, el día después de que Béliz mostró el rostro de Stiuso a todos los argentinos, el Jefe de Gabinete de la Nación, Alberto Fernández, lo llamó:

—Lamentablemente tengo que pedirte la renuncia por lo que dijiste.

El ministro de Justicia no tuvo alternativa. No era para Béliz el primer traspié político de su carrera. En la era menemista, cuando cumplía funciones en el Ministerio del Interior, se ganó el mote de “zapatitos blancos” porque la noche que renunció dio una entrevista donde afirmaba que había entrado “vestido de blanco” al “lodazal de la política”. En la jerga quedó marcado como un tipo que no mete los pies en el barro.

Pues precisamente por el lodo, surgió la necesidad de control político a los servicios que mutó de manera pendular gobierno tras gobierno durante la democracia.

Veámoslo así: el alfonsinismo gobernó un Estado cuyos servicios de inteligencia estaban en manos de los militares. Carlos Menem no intervino la SIDE sino que legitimó lógicas que se mantendrían con De la Rúa hasta la muerte de Néstor Kirchner. Cristina, tardíamente, fue la única que los atacó con fiereza hasta que llegó Mauricio Macri que, de inmediato, restauró las viejas prácticas de la Inteligencia Argentina. En cuanto asumió su gobierno, Alberto Fernández retomó el desarme que inició CFK.

El presidente, sin rodeos, dio indicios para limitar el accionar de los espías. Intervino la Agencia, volvió a transparentar los fondos y, mediante una resolución, ajustó las maniobras de los espías con los jueces federales.

Con todo, las inquietudes se suceden: ¿Por qué no se puede ir a fondo y terminar definitivamente con los resabios de los servicios de inteligencia?

La política en general no sabe cuál es el sentido de la Inteligencia, tanto para las cuestiones criminales como paras cuestiones defensivo militares. Intuye que modernizar eso puede traer costos políticos por miedo a la reacción de las estructuras de los servicios. Hay como un pacto tácito: yo no me meto con vos, entonces no me desestabilices, por eso no hay proceso de transformación y de reforma que pueden hacer ruido. Esto garantiza, en definitiva, la reproducción del status quo.

Afirma Marcelo Sain, ministro de Seguridad de Santa Fe y exdirector de la Escuela Nacional de Inteligencia.

En este contexto, el Gobierno busca una nueva reforma judicial que, no solo ataque los viejos puentes de comunicación entre los servicios y la Justicia federal, sino que también le agregue un cimiento de credibilidad a una institución manchada por donde se la observe.

«La política en general no sabe cuál es el sentido de la Inteligencia, tanto para cuestiones criminales como paras defensivo militares», dice Saín

Casi dos décadas después, Béliz -uno de los cerebros de la reforma- ya no deberá enfrentar a la estructura de la SIDE que lo mandó al exilio. Tampoco a la docena de poderosos jueces federales de aquella coyuntura. Hoy, Py tiene nueve de los doce jueces de aquel tiempo y uno de ellos puede eyectarse si Daniel Rafecas se convierte en procurador.

Al margen de lo nominal, ¿bastará una reforma judicial sin terminar de redefinir el rol de los servicios de inteligencia? Aunque se los limite ¿amerita sostener en democracia agentes que no aportan a sus especificidades básicas de control de la seguridad?

—Para todos los gobiernos, la tendencia siempre fue poner gente de confianza y no profesionales.

Refuerza Saín.

Para el especialista, al margen de las reformas que se puedan hacer en la Justicia de nuestro país y en paralelo a los esfuerzos que se instrumenten para marcarle la cancha a los servicios, el desafío exige -ahora más que nunca- formar cuadros políticos en la materia.

Si bien los nuevos servicios que el Poder Ejecutivo intenta domesticar poco tienen que ver con la SIDE silvestre que hoy pastorea al costado del poder, la máxima histórica que se repite en los pisos de la Agencia es que los espías de carrera nunca dejan de serlo.

Un informante vinculado al sistema, en estricto off the récord, lo confirma:

Es imposible que Stiuso esté inactivo porque sabe que peligra su vida. No tiene esa posibilidad porque si se queda quieto, en un ajuste de cuentas, cualquier sector de los viejos servicios se lo puede comer o matarlo.

Pero Jaime no es el único que está activo. Larcher también. Ambos son muy codiciados en el rubro. El primero tiene una empresa de seguridad. El segundo es el presidente para América Latina de una multinacional de espionaje privado. Hay cuadros técnicos y jurídicos que ocuparon puestos en los servicios que hoy hacen lo propio en otras estructuras. De Stéfano, por caso, fue nombrado por el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta, como director de Subterráneos de Buenos Aires Sociedad del Estado (SBASE). En paralelo, Richarte, Fernández y Gallea tienen, cada uno, sus propios vínculos dentro del poder judicial. Contenidos en una estructura tenían un cauce, desperdigados fuera de ella son operadores que compiten entre sí.

Ninguna agente está inactivo. Todos son muy codiciados en el rubro. Por eso tienen sus empresas de espionaje privado, acá y en otros países

Donde se enfoque, el modo avión no es una posibilidad latente para ellos. Frente a esta radiografía, ¿por qué la política y la justicia no establecen mecanismos para evitar sus reciclajes?

En la serie alemana Dark, los protagonistas tienen el don de moverse de manera circular a través del tiempo. Pasan de una época a otra con la capacidad de alterar el orden de los sucesos. En Argentina la historia de los servicios de inteligencia tiene la misma trama. Carpetazos, manejo de pruebas en causas sensibles, lobby judicial, operaciones periodísticas, ubicación de jueces, pago de coimas, presiones a ministros y más. Dictadura o democracia, la lógica se repite.

—Vos mandabas una persona a manejar la SIDE y te devolvían un delegado gremial de los espías.

Fue una de las conclusiones que sacó Alberto Fernández de todas las experiencias que tuvo en cargos de poder.

Y sí. Los agentes del Servicio -como los personajes de Winden- suelen hacer karaoke con nuestros destinos.

Fotos: Vicky Cuomo

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