Árboles y poesía: eso es la felicidad

por Javier Morales

El escritor Walt Whitman.

De Emerson y Thoreau a Emily Dickinson y Walt Whitman. De Joaquín Araújo a Jorge Riechmann. Seguimos sin poder salir a los bosques, así que os invitamos desde esta sección de FSC  a dar un paseo por la poesía inspirada en los árboles. «Cuando hayamos aprendido a escuchar a los árboles, nos sentiremos en casa”, escribió Herman Hesse. “Eso es la felicidad». “Necesito vivir en un país / que no haya renegado de sus árboles, / necesito vivir en una tierra que envejezca a su sombra”, ha escrito el poeta extremeño Basilio Sánchez.

Aparte de los abrazos, una de las cosas que más echo de menos estas semanas de confinamiento son los árboles. Tocarlos. Respirar cobijado entre sus sombras. Escuchar la vida que albergan en esta primavera que en parte pasará de largo. No solo la vida humana, también la literatura es deudora de los árboles, de las montañas. “Nuestras vidas son caminos que se internan en el bosque. Todos los escritores tenemos una deuda inmensa con los árboles, pues ellos han publicado nuestros libros” , asegura Joaquín Araújo. Este naturalista, campesino y poeta se ha definido siempre como un “hombre emboscado”. “Miro con dos grandes gotas de agua. La misma en la que nadan mis ideas y emociones. Respiro bosques. Me atalantan los espacios abiertos tanto como las zambullidas en cualquier soledad”.

A pesar de los malos augurios, el papel sigue siendo fundamental en la literatura, sobre todo entre los lectores. Es verdad que el ordenador ha desterrado en gran parte al papel a la hora de escribir. Son pocos quienes siguen escribiendo hoy a máquina o a mano. Pero entre esos pocos están los poetas. “El poeta, conservador de los infinitos rostros de lo viviente”, anotó uno de los grandes, René Char. Y entre los rostros de lo viviente que hay que conservar sin duda está la naturaleza emboscada. “Mi mesa de madera es del tamaño de un nido”, asegura Basilio Sánchez. Esa madera sobre la que reposa la página en blanco y en la que poco a poco se perfila un poema.

Un poema que busca la belleza. “La creación de la belleza es el arte”, escribió Emerson en Nature. El padre del trascendentalismo plasmó esa fusión entre los bosques, la naturaleza y la belleza en sus poemas, como en estos versos de Notas del bosque:

“Cuando el pino arroja sus piñas / que entonan sus notas de cascada, / se apresura a los senderos del bosque, / les habla a las aves y a los árboles”.

Uno de sus discípulos, Thoreau, se aisló durante algo más de dos años en una cabaña, cerca del lago Walden, y de ahí salió uno de los ensayos más influyentes de todos los tiempos. ¿Se puede ser un pensador sin amar la poesía? Thoreau también cantó a la naturaleza y a los bosques y nos recordó en sus poemas el vínculo de los humanos a la tierra que nos ha dado la vida:

“Dos fuertes robles quiero decir, uno al lado del otro, / Soportan la tormenta del invierno, / Y a pesar del viento y la marea, / Nace el orgullo de la pradera, / Por tanto ambos son fuertes.

Por encima de ellos apenas se tocan, pero socavan / Hasta su fuente más profunda, / Su admiración se encontrará / Sus raíces están entrelazadas / Inseparablemente”.

Hay pocos poetas que hayan meditado tanto sobre la complejidad de la naturaleza y su trascendencia como Emily Dickinson:

“Naturaleza es lo que vemos- / La colina- la tarde- / La ardilla- el eclipse- el abejorro, / No, naturaleza es el cielo- / Naturaleza es lo que escuchamos- / El tordo charlatán- el mar- / El trueno- el grillo- / No, naturaleza es armonía- / Naturaleza es lo que sabemos- / Y todavía no somos capaces de decir- / Tan impotente es nuestra sabiduría- / ante su simplicidad”.

Al fin y al cabo los humanos somos naturaleza. No somos más que los demás seres vivos, aunque nos empeñemos en creerlo y destruir lo que crece a nuestro alrededor. Somos tan importantes como una hoja de hierba. Lo sabía muy bien Walt Whitman:

“Creo que una hoja de hierba, no es menos / que el día de trabajo de las estrellas, / y que una hormiga es perfecta, / y un grano de arena, / y el huevo del régulo, / son igualmente perfectos, / y que la rana es una obra maestra, / digna de los señalados, / y que la zarzamora podría adornar, / los salones del paraíso, / y que la articulación más pequeña de mi mano, / avergüenza a las máquinas, / y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha, / supera todas las estatuas, / y que un ratón es milagro suficiente, / como para hacer dudar, / a seis trillones de infieles”

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El escritor Joaquín Araújo.

La contemplación del bosque y de los árboles no solo nos lleva a una exaltación de los sentidos, también nos incita a la reflexión y a veces a la melancolía, como nos cuentan estos versos de Álvaro Valverde:

“No sé que es más hermoso / si la visión de estos bancales / rojizos de cerezos que resaltan al sol / entre el tono oro viejo / de castaños y robles / o el recuerdo de aquéllos / que hace meses brillaron / blanco puro en lo azul.

Las hojas son ahora / como brasas que cuelgan. / Entonces eran llamas / ascendiendo a lo alto. / Allí todo era ímpetu / y promesa incumplida. / La esperanza del fruto / que celebra el verano. / Aquí el acabamiento / del invierno que llega. / Allí, la desazón. / Aquí, el sosiego”.

Y sin embargo, en este mundo que se ha vuelto en contra de la naturaleza cada vez necesitamos más a la naturaleza. Una naturaleza machacada por un sistema depredador que devora la esperanza. Para invocarla, de nuevo necesitamos detenernos, dar un paso atrás, dejar que la vida retome el ciclo perdido. Quizás haya que echarse a un lado para “oír” el silencio de los árboles, nos recuerda Jorge Riechmann:

“Borrarse / para dejar hablar al lenguaje / proponía el hermano Mallarmé.

Ah, borrarse / para dejar hablar al silencio / de los árboles”.

¿Quién querría vivir en un país sin árboles? Un país sin árboles es un país sin vida, sin cultura, sin cobijo, desprotegido y sin futuro. Sin luz. Un país que ha arrancado una parte de nosotros mismos. Cómo no estar de acuerdo con el poeta extremeño Basilio Sánchez…

“En el valle, un castaño / ha elevado sus hojas / sobre el tejado rojo de una casa / y ahora puede mirar al horizonte.

La noche entre los árboles / es una oscuridad iluminada, un silencio de pájaros / en los que confiar, una espesura / de ramas transparente, / de pañuelos azules, / de animales benévolos.

Necesito vivir en un país / que no haya renegado de sus árboles, / necesito vivir en una tierra que envejezca a su sombra”.

Muchos poetas han cantado a los árboles desde el origen de los tiempos. Al fin y al cabo, somos árboles y juntos hacemos un bosque, nos dice Viviana Paletta, escritora argentina residente en Madrid:

“Todo el que tiene cuerpo / tiene un árbol. / Y dos que se juntan, bosque.

La suavidad sumaria de la hoja. / El rostro informe de la lluvia. / La tierra que se expande / como un pétalo / nocturno. / Un instante febril cuando el sol cae”.

Sin embargo, los humanos estamos sordos, ya no escuchamos el silencio de los árboles que reclamaba Riechmann, como se lamenta la poeta nicaragüense Esthela Calderón:

“El sonido de la primera palabra fue la de un árbol, / y los animales y las aguas respondieron.

El primer hombre era sordo. / No escuchó el soplo de la corriente vital.

Desde entonces, heredamos la sordera”.

«Los árboles son santuarios», escribió Herman Hesse. «Cuando hayamos aprendido a escuchar a los árboles, nos sentiremos en casa. Eso es la felicidad».

¿Acaso vamos a renunciar a la felicidad?

https://elasombrario.com/arboles-y-poesia-eso-es-la-felicidad/

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