EEUU: el suicidio de la derecha

EEUU: Irracionalismo y pulsión de muerte de la derecha ante el Covid-19

Samuel Farber

Desde el estallido de la pandemia de COVID-19 en los EEUU, hemos sido testigos del suicidio por motivos políticos e ideológicos de la derecha estadounidense por su rechazo irracional de las precauciones más básicas contra el contagio, desde el simple uso de una mascarilla, hasta mantener la distancia social. Aunque este rechazo por razones ideológicas es suicida por sus posibles y probables consecuencias, el suicidio nunca aparece como un objetivo explícito -no, por ejemplo, en la reciente muerte de Herman Cain, ex candidato republicano a la presidencia y copresidente de Black Voices for Trump. Cain asistió a un mitin de campaña de Trump en Tulsa, Oklahoma y expresó su indiferencia en las redes sociales sobre las precauciones de seguridad, poco antes de que le dijeran que había sido infectado con el virus. También ha sido el caso de otras ideologías suicidas de derecha en otros países, como el presidente de extrema derecha de Brasil, Jair Bolsonaro, quien, descartando el peligro mortal científicamente probado del virus COVID-19, adoptó una política criminalmente negligente frente al virus, pero no tardó en infectarse, así como un número récord de brasileños. Algo similar le había ocurrido antes al primer ministro conservador británico Boris Johnson, quien, sin tener en cuenta los consejos científicos, se negó a tomar medidas para prevenir la propagación temprana del virus en el Reino Unido y acabó teniendo que ser hospitalizado. Jeanine Àñez, la no electa presidenta de Bolivia, de extrema derecha, también dio positivo del virus COVID-19 a principios de julio.

No es que la izquierda estadounidense haya carecido de sus propias versiones ideológicas de suicidio (aunque todavía ninguna haya surgido en el contexto de la actual pandemia del virus COVID-19). Sin embargo, es interesante que, a diferencia de la derecha, se hayan articulado explícitamente sus objetivos de autoinmolación. Un ejemplo fue el llamamiento del dirigente de las Panteras Negras, Huey Newton, en 1970, para que los negros cometieran «suicidio revolucionario», argumentando que era mejor morir luchando contra las condiciones sociales y políticas asesinas que esperar pasivamente a que esas condiciones los mataran.

El llamamiento de Newton encontró eco en el reverendo Jim Jones, quien adoptó una versión caricaturesca como líder de su Templo del Pueblo, un culto en su mayoría de fieles de minorías étnicas, izquierdista y de salvación por la fe en San Francisco, que terminó como una comuna religiosa en Jonestown, Guyana, en la década de 1970. Impulsado por su creciente paranoia que le hacia creer estar él y su comuna bajo la inminente amenaza de fuerzas fascistas, ordenó a sus sicarios que asesinaran al congresista demócrata liberal de California Leo Ryan, que se había desplazado a Jonestown para investigar las acusaciones de abusos de derechos humanos en la comuna en noviembre de 1978, junto con varios miembros del culto que habían abandonado la comuna e iban a regresar a casa. Inmediatamente después, Jones dirigió el suicidio y asesinato masivo de 918 miembros de la comuna, 304 de ellos, niños. Jones también se suicidó.

Esta forma completamente paranoica de asesinato-suicidio fue exclusiva de Jones y muy poco común en las izquierdas. Mucho más común ha sido el suicidio de izquierdistas ante situaciones desesperadas sin alternativas. Walter Benjamin, por ejemplo, se suicidó en Portbou, España, huyendo del nazismo ante la imposibilidad de obtener un visado para viajar a Portugal y de allí a Estados Unidos. Al diplomático soviético Adolf Joffe, cercano personal y políticamente a León Trotsky, las autoridades estalinistas le negaron viajar al extranjero para  tratar su grave enfermedad y se suicidó en noviembre de 1927, cuatro días después de que Trotsky fuera expulsado del Partido Comunista. El elogio fúnebre de Trotsky ante la tumba de Joffe fue el último discurso que pronunció en suelo soviético. A veces, el suicidio puede ser un llamamiento muy dramático a la acción política contra la corrupción gubernamental como fue el caso del líder cubano Eduardo (Eddy) Chibás, quien se suicidó en agosto de 1951 (Fidel Castro era un líder secundario del Partido Ortodoxo de Chibás y comenzó sus actividades insurreccionales contra la dictadura de Batista (1952-1958) invocando el legado político de Chibás).

El fenómeno del suicidio se ha abordado habitualmente a partir de los factores psicológicos que inducen a los individuos a suicidarse. Sin embargo, el suicidio también tiene una dimensión social como producto de fuerzas sociales que generan diferentes tendencias al suicidio entre grupos en diferentes situaciones. El enfoque social del suicidio fue iniciado por el sociólogo francés Emile Durkheim en su clásico Suicidio. Al descubrir que las tasas de suicidio variaban entre los diferentes grupos sociales, así como entre los protestantes y los católicos europeos de su tiempo, teniendo los protestantes europeos una tasa de suicidio más alta en comparación con la de los católicos europeos, Durkheim procedió a buscar el mecanismo social que pudiera explicar esas diferentes tasas. En el caso de las religiones protestante y católica, Durkheim argumentó que este mecanismo se basaba en la estructura social de cada grupo, siendo el protestantismo una religión individualista y el catolicismo más una comunidad en la que sus miembros podían encontrar apoyo para enfrentar las dificultades.

La presente discusión sobre la tendencia suicida de la derecha también se basa en un enfoque sociológico, aunque Durkheim nunca escribió sobre ni identificó ningún tipo de suicidio político-ideológico, y es prematuro intentar medir con qué frecuencia ocurre este y en qué grupos. Presento esta tendencia suicida como producto de una ideología —una construcción social— que ha convertido al mercado capitalista en un fetiche, es decir, que atribuye poderes mágicos al mercado capitalista a la hora de autocorregir y solucionar todos los males económicos y sociales. Esta ideología tiene sus raíces en las poderosas fuerzas materiales de la competencia entre individuos y empresas, la búsqueda de la tasa de ganancia más alta y la acumulación de capital. Es una doctrina que aboga por una mínima intervención gubernamental en una sociedad dirigida por el mercado capitalista, incluso cuando trata de salvaguardar la vida de las personas, incluidas las vidas de los propios políticos de derecha, del contagio de un virus potencialmente mortal que ya ha provocado cientos de miles de muertes en los Estados Unidos y en otros lugares.

Este fetichismo del mercado capitalista, particularmente en su preocupación por la búsqueda continua de ganancias y la acumulación de capital, fue articulado ejemplarmente por el vicegobernador Dan Patrick de Texas, quien, en marzo de este año, declaró a Fox News que preferiría morir del nuevo coronavirus antes que el sistema económico entrase en crisis en su estado. En una entrevista con Tucker Carlson de Fox News el 20 de abril, Patrick volvió sobre ​​su declaración de marzo, argumentando que “hay cosas más importantes que vivir. Cómo salvar este país para mis hijos y mis nietos y salvar este país para todos nosotros ”y agregó que no“ quería morir, nadie quiere morir, pero hombre, tenemos que correr algunos riesgos y volver a movernos y hacer que este país vuelva a funcionar». ¿Estaba Patrick propagando un culto de la muerte? Sí, pero de forma laica capitalista. No estaba promoviendo las virtudes intrínsecas de la muerte, y mucho menos contando historias sobre las maravillas de la otra vida, como hacen, por ejemplo, los terroristas de inspiración religiosa. Patrick afirmó que quería salvar Estados Unidos para sus descendientes mediante la continuación de la única actividad económica incesante sin fin que podía concebir, el capitalismo estadounidense. Y como Mao Zedong cuando proclamaba que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, si miles de personas tienen que morir, que así sea.

Con políticos como Patrick marcando el tono, las empresas de Texas comenzaron a reabrir en mayo. Pero a medida que las hospitalizaciones aumentaron drásticamente en junio y julio (con 10.133 tejanos muertos por el virus Covid-19 ya el 13 de agosto), el gobernador Greg Abbot se vio obligado a dar marcha atrás, deteniendo los planes de reapertura y cerrando otras de nuevo en junio. Aunque Abbot insistió en que cerrar negocios debería ser «la última opción» (Texas Tribune, 9 de julio de 2020) llegó a decretar el uso de mascarillas en todo el estado, lo que provocó una gran reacción en contra de la derecha republicana, incluida la condena de grupos republicanos en ocho condados de Texas (New York Times, 23 de julio de 2020).

Mientras tanto, en el vecino estado de Oklahoma, el gobernador republicano Kevin Stitt siguió rechazando la imposición del uso de mascarillas en todo el estado y, en marzo, incluso publicó una foto de él con sus hijos en un restaurante lleno de gente, ignorando descaradamente los protocolos de distancia social. El 15 de julio, sin embargo, se convirtió en el primer gobernador en dar positivo del virus COVID-19. El mismo día, el estado anunció 1.075 casos nuevos, superando su propio récord anterior del día anterior. A mediados de julio, el estado había registrado más de 21.000 casos de contagio, un aumento indudablemente vinculado a que el gobernador permitió la apertura de tiendas y peluquerías el 24 de abril, restaurantes, cines y lugares de culto el 1 de mayo y de bares el 15 de mayo.

Un corolario importante de este fetichismo del mercado capitalista en los Estados Unidos es el individualismo extremo que refleja la afirmación común de los derechistas de que los individuos tienen el derecho absoluto e incondicional de decidir si usan o no mascarilla. De acuerdo con esta versión extrema de individualismo, no se tiene en cuenta el hecho de que el derecho supuestamente individual a decidir si usar o no mascarilla afecta el derecho individual a la vida de los demás al someterlos al riesgo de ser contagiados por personas infectadas sin mascarilla. Mucho menos tiene en cuenta los costes sociales que genera, incluida la hospitalización y convalecencia de los propios contagiadores y de las personas a las que han infectado.

Hay otras ideologías y prácticas políticas y culturales además del individualismo extremo y el fetichismo del mercado que han reforzado esta ideología suicida de la derecha. Una es la noción de que la adopción de medidas de protección contra la propagación de COVID-19 implica, como ha señalado el sociólogo W. Bradford Wilcox, cobardía y falta de virilidad. Esto también encaja con la versión machista que busca demostrar la hombría mediante un comportamiento imprudente y peligroso sin tener en cuenta sus consecuencias mortales. Se trata, por cierto, de otra forma de culto de la muerte, pero en este caso, con claros orígenes precapitalistas.

Quizás incluso más importante que el machismo es la aversión a la ciencia y el irracionalismo generalizado en los círculos de derecha, comenzando por la propia Casa Blanca de Trump. Así, por ejemplo, Trump, a pesar de dar marcha atrás en el tema del uso de mascarillas, ha seguido oponiéndose a las pruebas generalizadas. La directiva de Trump también demuestra su cínico esfuerzo por minimizar y ocultar la cantidad de infecciones por COVID-19 conocidas públicamente haciendo que se comuniquen los nuevos casos a la Casa Blanca en lugar de al Centro para el Control de Enfermedades (CDC). Trump rechaza descaradamente la relación científica epidemiológica de las pruebas con el rastreo y el aislamiento de posibles portadores del virus. Su oposición a las pruebas sin duda se ve reforzada por la ignorancia, la desconfianza y la oposición a la ciencia generalizadas en la derecha estadounidense, como lo demuestra el movimiento antivacunación. Es probable que tal irracionalismo de derecha incluya incluso una hostilidad hacia naciones extranjeras, que asocia las medidas de protección contra el contagio con culturas extranjeras, particularmente asiáticas, que no se ajustan a la cosmovisión y la forma de conducirse «apropiada» que se esperan de los estadounidenses «de pura sangre». A diferencia del fetichismo del mercado y el individualismo extremo asociado con él, es más probable que el rechazo de la ciencia por parte de la derecha tenga su mayor influencia y encuentre una recepción positiva no en los círculos del gran capital sino entre la clase media baja y otros sectores sociales sujetos a la influencia de medios de comunicación pseudo-científicos, literatura popular y programas de televisión sensacionalistas. Sin embargo, es indudable que las ideas y los valores anticientíficos han aumentado su influencia en toda la cultura estadounidense y en sectores importantes de la propia izquierda, como se manifestó cuando el científico de izquierda Alan Sokal puso al descubierto las ideas anticientíficas y la ignorancia de los editores de la revista Social Text en 1996, a lo que hay que añadir las falacias científicas defendidas con orgullo por el posmodernismo.

El hecho más lamentable es, sin embargo, que esta respuesta suicida de derecha a las epidemias de COVID-19 no solo conduce a la autodestrucción potencial de quienes sostienen esa ideología; también se ha convertido en una forma de homicidio, en la medida en que su comportamiento suicida ha provocado el contagio y la muerte de otras personas, especialmente de aquellas que no comparten sus ideas, y lo más importante, de aquellas que no están en condiciones de resistirse o protegerse de ellas, como los trabajadores «esenciales», que en su mayoría son personas de color. No es casualidad que un número muy desproporcionado de los que han muerto por contagio del virus COVID-19 sean afroamericanos y personas de origen y ascendencia latinoamericana.

Más allá de eso, la reacción de la derecha al virus es un ejemplo condensado y cristalizado de la actitud suicida en general de la derecha estadounidense ante fenómenos históricos como el deterioro del medio ambiente y el cambio climático concomitante. Sin embargo, mientras que el cambio climático y el deterioro del medio ambiente tienden a hacerse evidentes en un período de tiempo relativamente más largo, la actual crisis de salud ha revelado el resultado potencialmente mortal de la hostilidad de la derecha hacia la ciencia, su racismo y su priorización de las ganancias sobre las necesidades humanas, en un lapso de tiempo dramáticamente breve.

Junto con la extrema derecha, la respuesta a la pandemia de COVID-19 y, en general, la protección del medio ambiente por parte de quienes toman las decisiones y crean opinión, ya sean republicanos o demócratas, es una señal poderosa de la decadencia capitalista. Revela la incapacidad sistémica de un sistema social para asegurar su propia supervivencia a largo plazo, para proporcionar una alternativa seria y una solución a las crisis ecológicas, económicas y sociales que aumentarán considerablemente la probabilidad de pandemias, y para planificar una solución eficaz y efectiva que permita una respuesta igualitaria de salud pública frente a estas pandemias. Sin embargo, en el caso de Estados Unidos, la decadencia capitalista, como el propio capitalismo, se desarrolla de manera desigual combinada. Por un lado, presenta la financialización de la economía y un sistema de atención médica, educación y servicios sociales cada vez más deteriorados. Por otro lado, presenta indudables avances en campos como las telecomunicaciones, la ciencia médica y la alta tecnología en general. Por tanto, esta combinación oculta u oscurece el estado de deterioro general del sistema. Como resultado de ello, la “virtud” de la pandemia COVID-19 es nuevamente mostrar la incapacidad del sistema para brindar una atención rápida y eficaz a los ya afectados, así como a la población en general. Además, como ha demostrado El Monstruo Llama a Nuestra Puerta, de Mike Davis, las pandemias prosperan en la expansión capitalista, ya que elimina las fronteras entre la naturaleza y la sociedad «civilizada», exponiendo así a la humanidad a un número creciente de virus previamente desconocidos. Sin embargo, este importante aspecto de la decadencia capitalista solo es evidente para los sectores políticamente más conscientes de la población.Samuel Farber nació en Marianao, Cuba. Profesor emérito de Ciencia Política en el Brooklyn College, New York. Entre otros muchos libros, recientemente ha publicado The Politics of Che Guevara (Haymarket Books, 2016) y una nueva edición del fundamental libro Before Stalinism. The Rise and Fall of Soviet Democracy (Verso, 1990, 2018). Fuente: https://spectrejournal.com/right-wing-suicide-in-the-u-s-today/ Traducción: Enrique García

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