Chile – La megaminería como pandemia.

Por José Pérez de Arce

El miércoles 22 de Julio, con ocasión del Día Mundial contra la Megaminería de Tajo a Cielo Abierto, se realizó un conversatorio web, con reconocidos panelistas de todo el mundo. En esta ocasión el tema central fue el proyecto de mineria de Vizcachitas Holding, perteneciente a la empresa canadiense Los Andes Copper, que amenaza el Valle de Putaendo, Chile, ya gravemente afectado por la crisis hídrica. Este holding ingresó el 2008 y hasta la actualidad se encuentra en etapa de prefactibilidad, realizando sondajes mineros, con el fin de perfilar un yacimiento de cobre y molibdeno, probablemente el más grande de Sudamérica, lo cual significaría convertir al valle de Putaendo en una nueva zona se sacrificio ambiental. Esta empresa ha sido sancionada en tres ocasiones por faltas ambientales gravísimas, entre ellas el operar sin permiso ambiental.

Existe consenso que, de todas las causas del deterioro ecosistémico que estamos viviendo, la megaminería representa un extremo de agresividad hacia el medio, debido a la magnitud de la destrucción, la aceleración del proceso, y la amplitud de sus efectos colaterales, pero también debido al blindaje que ha construido para hacer esto impunemente. En este artículo tomo los lineamientos de lo hablado en ese panel para observar el problema desde una perspectiva sistémica, utilizando la enseñanza que nos entregan los pueblos indígenas para entender y actuar sobre la realidad. La sabiduría indígena nunca ha abandonado el pensamiento sistémico, que permite observar la realidad como un complejo holístico, que nosotros tendemos a perder de vista gracias al pensamiento científico particularista, que analiza segmentando la realidad. Tendemos a entender la megaminería como la causante de una crisis, que forma parte de la gran crisis ecosistémica (crisis sanitaria, crisis climática, crisis política, crisis ambiental, crisis económica) que afecta el planeta. Verlo como crisis implica que hay algo que tenemos que arreglar, que de nosotros depende la solución. Los pueblos indígenas nos enseñan a mirar esto de otro modo. Ellos no dicen “hay una crisis”, sino dicen “la tierra está enferma”. Lo vienen diciendo desde aquel jefe Seattle que le escribió una carta al presidente de EEUU hace mas de un siglo, lo vienen repitiendo en todo el continente. Pensar así invierte el problema, no se trata de que algo “está mal” y que debemos arreglarlo, sino implica que algo debe sanarse, y que debemos ayudar al organismo a sanar. Supone ayudar en su recuperación, y que nuestra acción no es la que va a producir la recuperación, sino todo lo contrario, nuestras decisiones son las que han provocado la enfermedad, y nuestra actitud debe ser ayudar a que el organismo encuentre el modo de provocar su autoregulación, como ser vivo autónomo.

El Covid 19 nos ha enseñado que basta que nos hagamos a un lado y la naturaleza reencuentra su equilibrio, vuelve el aire a ser limpio, lo rios a tener peces, los animales y la vida a recuperarse. El covid 19 también nos enseño la palabra “pandemia”, que significa que hay enfermedades nuevas que nos involucran a todos, sin distincion de lengua, cultura o creencia. La megaminería puede ser pensada como pandemia, en tanto es una enfermedad nueva (tiene pocas décadas), que ataca a los ecosistemas, produciendo daños que nos afectan a todos, y que se expande con rapidez, sobre todo en Latinoamérica, debido a sus grandes reservas de metales. Pensar así la amenaza de la Megaminería nos permite evaluarla como una enfermedad para la cual debemos encontrar una cura, que permita al ecosistema recuperarse. Hay mucha gente que lo está haciendo, de mil maneras, en distintos lugares. Al ser los efectos de la Megaminería tan complejos, diversos, extendidos e imbricados con el territorio, la cura debe ser igualmente múltiple y diversa, porque no se trata de la salud de “la naturaleza” como otra cosa, sino la de la “naturaleza” como nosotros formando parte de un todo. Es nuestra salud, nuestro equilibrio, nuestra enfermedad. Curar, desde una perspectiva biológica, implica preocuparse por la salud del sistema completo, no sólo aliviar los síntomas. La megaminería no se va a eliminar sólo por cortar el camino para impedir que pasen sus camiones, o por hallar el modo legal de impedir el inicio de faenas. Todo eso es importante, incluso vital para la comunidad, pero no elimina la enfermedad; la empresa puede hacer otro camino y sus abogados solucionaran el problema legal. Se trata de debilitar la agresión y fortalecer el sistema para que se recupere. Para eso, es necesario identificar los síntomas, las posibles causas, para poder realizar algún diagnóstico y recetar algun tipo de “vacuna” que permita detener la infección. Usar estas metáforas permite observar problemas que, de otro modo, se diluyen o bifurcan, y ver soluciones que de otro modo no es posible concretar.

EL SINTOMA

Los síntomas que provoca la Meegaminería los conocemos hace tiempo; se refieren a territorios degradados, a contaminación de los cursos de agua, a deterioro de las comunidades humanas, de las comunidades bióticas, de los ecosistemas. Pero todo eso a su vez se ve apoyado por una sociedad enferma de cosas, de plata, de habitar el despilfarro como normalidad, de perseguir un “desarrollo” infinito, de hacer cada vez mas artificial el mundo que nos rodea. La Minería nos dice que nuestro bienestar esta hecho de minerales, que sin ella el “progreso” se detiene. Pero los síntomas de la enfermedad se han ido agravando a pasos agigantados; a medida que vamos agotando los minerales, la cantidad de energía necesaria para extraer la siguiente tonelada de mineral crece exponencialmente. Por mientras, la tecnología y la fabricación de armas exige minerales raros que requieren cada vez mayores volúmenes extractivos. La tecnología facilita los medios para hacerlo, pero exige crecientes cantidades de materiales tóxicos para tratar el mineral, y las extracciones se hacen cada vez más adentro de territorios antes inaccesibles, como la alta cordillera, con consecuencias ecosistémicas mayores porque involucran glaciares y cuencas enteras, como el caso del valle de Putaendo. Debido a esto, los síntomas abarcan el deterioro de la zona de extracción y todo el entorno geográfico relacionado ecosistémicamente con esa zona, pero también afecta ecosistemas lejanos que le proveen las enormes cantidades de agua y energía que requiere el proceso. Pero el deterioro también alcanza a las comunidades humanas que viven en los terrenos afectados, y las consecuencias que de esto derivan hacia el resto de la sociedad. Por ejemplo, Barrick Gold Co., inicia en los 1990 un proyecto en los valles de la alta cordillera entre Chile y Argentina. Una década antes (en los 1980) entabló negociaciones con ambos gobiernos para lograr un Tratado que le permitiera hacer algo ilegal (trabajar en territorio limítrofe). Una vez obtenido, contrató tres empresas; una responsable del diseño y construcción de la mina, un bufete de abogados que se encargue de los aspectos legales, y una empresa de comunicacions que se encargue de las relaciones públicas. Luego realizó una intensa campaña de financiamiento a proyectos locales (hospitales, liceos, caminos, emprendimientos), favoreciendo a quienes los apoyan (instalando a una ex-operaria de la empresa en la alcaldía del pueblo) y fracturando la comunidad opositora. Por lo tanto los síntomas nos involucran a nosotros, nuestra sociedad urbana, moderna, global, tanto como al territorio remoto en la alta cordillera.

América Latina ha liderado el proceso extractivo de la minería a nivel mundial, como parte del proceso que alimenta la industrialización del Norte Global. Como el objetivo de la empresa es la eficiencia económica, todo el proceso se realiza recortando gastos no indispensables (de acuerdo a ese criterio), como son los recortes en seguridad. A consecuencia de esto, se provocan desastres, como los millones de barriles de petróleo vertidos en Golfo de México durante las últimas décadas. Además, en procesos de tal complejidad y dimensiones, es inevitable el error, la falla, el descuido, el desgaste, y con ello un daño irreparable al ambiente. Ante eso, las leyes generalmente sólo pueden reaccionar al daño ya hecho, contemplando por ejemplo una multa, que no repara el daño, pero sorprendentemente, deja protegida a la empresa de futuras acciones legales.

Estos síntomas tienen causas profundas en la legalidad local, cuya historia no se orienta hacia el bien común, sino hacia el beneficio de un sector social privilegiado. La ley en Latinoamérica tiene un extraño inicio, cuando los primeros expañoles en el siglo XVI, antes de invadir un territorio, hacían leer a los indios el “Requerimiento” donde les explicaban que si se oponían, les harán la guerra, tomando sus mujeres e hijos como esclavos para venderlos, y harán “todos los males y daños que pudiere”. Los argumentos legales poco importaban, porque estaban escrito en español que los indios no entendían, en todo caso argumentaban que el Papa era designado por Dios como monarca del mundo, y que el Rey de Castilla era designado por el Papa como dueño del continente americano. Lo que importaba era la forma: la letra escrita en papel, el idioma castellano, la redacción legal (1512) del jurista Juan López de Palacios Rubios aprobada por el Rey, y la performance (la actuación del “requerimiento” ante los indios, con el notario presente). La misma lógica usaría Pizarro cuando entrega una Biblia al Inca Atawallpa, y espera que éste lo tire al suelo para declarar “herejía” y realizar una carnicería que acabó en una tarde lo más granado del mundo intelectual del imperio Inca, y le permitió hacerse con uno de los mayores imperios del mundo de su época. La misma lógica usaban los Virreyes de Lima o de México al recibir las órdenes reales, con la fórmula “se acata, pero no se cumple”. La misma lógica se ocupa hoy y se la llama “resquicio legal”, como cuando un empresario hace algo ilegal, paga la multa correspondiente y queda “dentro de la ley”. La megaminería ocupa esta lógica, ya instalada en nuestro medio, contratando equipos de especialistas que le permitan utilizarla de un modo impecable. La población del país percibe esto como dos modos de interpretar la ley, una para los ricos y otra para los pobres. El síntoma social, producto de esto, es una desobediencia civil asentada tras siglos de inoperancia jurídica, y creciente ante el aumento de la injusticia ambiental, en el caso de las grandes Mineras. Se genera una oposición creciente en la comunidad local, que generalmente tiene que luchar no sólo contra la Megaempresa, sino contra el Estado que la apoya. Los Estados de países latinoamericanosm facilitan la instalación de la Megaminería porque eso les permite equilibrar su balanza de pagos, empujados por los sistemas exportadores de capital no renovable e importadores de capital manufacturado que aumentan constantemente esa deuda. Este síntoma social se expresa poniendo “fuera de la ley” a quienes protestan, como una respuesta de la autoridad, pero también eliminando y recurriendo al asesinato de activistas ambientales, una práctica creciente en todo el mundo, como lo certifican los reportes de Global Witness. La violencia ha estado unida a la historia de la gran minería en nuestros países, comenzando por los millones de indios sacrificados en Potosí, Huancavelica, Quiruvilca, Zacatecas y Guanajuato, continuando con la guerra salitrera del Pacífico (1879-1883 Chile, Perú, Bolivia), la Masacre de santa María de iquique (1907 Chile), la masacre de Uncía (1923 Bolivia), la guerra petrolera del Chaco (1932-1935 Paraguay, Bolivia), la matanza de Catavi (1942 Bolivia), la Masacre de San Juan (1967 Argentina), la Masacre de Todos los Santos (1979 Bolivia), la Masacre de Navidad (1996 Bolivia). Esto nos indica que la violencia no es un factor ajeno a la industria extractiva en nuestras tierras, sino es un síntoma asociado a ese sistema.

EL DIAGNOSTICO

Al hacer un diagnóstico de la Megaminería como pandemia vemos que opera como un agente patógeno de gran poder destructivo, que opera con gran rapidez (en términos geológicos), que causa enormes daños (en términos ecosistémicos), y que se fortalece continuamente (en términos económicos), expandiéndose de continuo. Su expansión se basa en el apoyo que encuentra en los sistemas legales, administrativos, burocráticos, políticos del cuerpo infectado, que actúan protegidos por el síndrome de la hegemonía, que hace a los dominados desear lo que les ofrecen, sin percibir el dominio a que se ven sometidos. En términos terapéuticos, esto equivale a debilitar las defensas del organismo, ocupando sus flaquezas, para extender su infección, del mismo modo que lo hace el cáncer, que burla el sistema autoinmune haciéndose pasar por células sanas. Las debilidades están en la historia legal que protege a las elites locales, conectadas con la megaminiería internacional, y desprotege a los sectores sociales más afines con el territorio, como las clases populares y sobre todo las originarias. Eso permite bloquear el sistema autoinmune, compuesto por hombres y mujeres dispuestos a defender la salud de su territorio.

Pero a medida que pasa el tiempo esta situación se va haciendo cada vez más crítica, en la medida que la elite privilegiada es cada vez más reducida, y el sector que defiende el territorio es cada vez mayor, y en la medida que ese sector mayoritario no está segregado, aislado, incomunicado, como lo ha estado por siglos, sino que lo une la certeza de que el sistema legal, político y administrativo no lo representam adecuadamente. Eso genera la crisis de representatividad de los sistemas políticos, sociales y religiosos. Esa mayoría puede observar cómo la Megaminería aprovecha su poder para contratar los mejores equipos de abogados especialistas y para influir en los políticos de modo que le permitan actuar “dentro de la ley”. Este actuar los hace inmunes ante la ley, pero a costa de infectar esa misma ley, que en vez de proteger el territorio y sus habitantes, protege a los poderosos y deja indefensos a la gran población. La ley no opera para equilibrar el sistema, sino para desequilibrarlo cada vez más. El sistema se va haciendo cada vez más inestable y desequilibrado, no sólo por lo señalado, sino por todo el sistema extractivista, que incluye la Megaminería, y por el sistema capitalista, que exige un crecimiento ilimitado de la extracción. El resultado es que el sistema ha entrado en una etapa de entropía, cuyas causas las vemos como crisis climáticas, sociales o ecosistémicas. La entropía, que es el proceso de degradación de los sistemas que permite a la vida existir, gracias a que produce la muerte de los organismos para que el metabolismo de sus descendientes pueda generar una nueva vida, se ve entrampado en esta crisis en un sistema cerrado que no admite la muerte, porque la tecnología no se reintegra a la naturaleza, porque el crecimiento infinito no acepta su detención. La sociedad moderna ha eliminado la muerte de su ideario, ha construido un mundo artificial para que no muera, y se proyecta hacia la inmortalidad en todo su quehacer. El resultado, paradójicamente, es una muerte generalizada y descontrolada a causa de una entropía inevitable, pero negada por el sistema que la creó.

Desde este análisis, podemos resumir que el diagnóstico relativo al proceso iniciado por la Megaminería es de una entropía creciente que ataca a los sectores más vulnerables del sistema. Esta entropía es empujada por las necesidades crecientes de consumo y de extracción que impiden al sistema adecuar su régimen de reparación, provocando su colapso.

LA VACUNA

Encontrar la “vacuna” a la pandemia de la Megaminería implica lograr contrarestar sus efectos nocivos erradicando el factor que los provoca. Erradicar las industrias internacionales que la soportan es imposible hoy en día, porque habría que desmantelar el sistema capitalista que las sostiene, cuestión que tomará tiempo.

Por mientras, en todos los territorios ocurren luchas locales contra la Megaminería, como la que da el valle de Putaendo. Todas esas luchas y resistencias aportan sin duda a bloquear algunos proyectos nefastos, a visibilizar acuerdos nefastos, a dificultar nuevos megaproyectos antiecológicos. Pero para erradicar el factor que provoca la pandemia hay que articular todas estas acciones con el sector del organismo que ha permanecido sano, que no está infectado por las presiones que favorecen a las megaempresas a costa del medioambiente. Se trata de las comunidades que viven el territorio, que se nnutren de el, qu lo habitan, lo conocen, es su hogar. Ese sector inmune es el que posee los anticuerpos necesarios para erradicar la pandemia, porque no está de acuerdo que se introduzca una enfermedad terminal en el medioambiente que habitan. Las reacciones de ese sector que se opone al deterioro ambiental son múltiples. Ante el desequilibrio ecosistémico global, las soluciones que emergen de los sectores afectados deben ser igualmente multisistémicas. No existe una “receta” que logre revertir el sistema, sino que deben darse tantas reacciones locales como sea necesario para que cada territorio encuentre el camino a su equilibrio.

Sin perjuicio de lo anterior, hay acciones que ponen de acuerdo ciertos principios básicos que orientan la postura frente al problema. En ese sentido, existe una “vacuna” que puede aportar significativamente a erradicar de raíz el problema. La propusieron Ecuador en 2008 y Bolivia en 2010, al declarar que la Naturaleza es un sujeto de derechos en sus Constituciones Políticas. Muchos otros países como Colombia, Chile, Nueva Zelandia, Australia, lo habían debatido y desde siempre las sociedades pre-industriales del mundo lo supieron. La novedad es que Ecuador y Bolivia tradujeron en términos legales el respeto a la naturaleza, incluyendo montañas, ríos, animales, plantas y hombres. Al hacerlo, invierten la norma que ha provocado el colapso ecosistémico al considerar que sólo el ser humano posee derechos y que la naturaleza está a su servicio. Ahora existe una norma que obligua a respetar el entorno antes de explotarlo.

Si las personas e instituciones tienen que pedir permiso antes de explotar un territorio, se desbarata el sistema extractivista completo; no puede haber un pequeño sector que imponga sus medidas impopulares detruyendo el territorio, no puede haber una ley que favorece la extracción por encima de la salud del territorio. Lo mas importante es que se transforma en ley el proteger lo más importante para todos los habitantes, que es su territorio, y por lo tanto su cumplimiento no depende de las fuerzas de orden, sino de la defensa que siempre han hecho sus habitantes. Ellos operan cuidando el medio con el cariño y el cuidado de la familia, con una orientación biológica, pre-lógica, compartida con seres no humanos. La enorme capacidad de rechazo que exhibe hoy la población local frente a los proyectos de la Megaminería, se revierte a una igual capacidad de resguardar la ley y el ecosistema. La fuente mayor de conflictos del planeta, que son las causas ambientales, se puede transformar en fuentes de proyectos locales acordados en base al respeto, como siempre había sido.

Pero, más importante aún, su objetivo, que es la salud del ecosistema, no depende de las decisiones humanas, sino de que se respeten los equilibrios ecosistémicos, que las especies no disminuyan, que los ríos no sean tóxicos, que el aire no sea contaminante, que el ruido no altere los sistemas acústicos. El hombre se vuelve guardian de que el ecosistema pueda desarrollarse por si mismo, como un padre que cuida sus hijos, como lo hace una madre, un pastor, o un agricultor.

El pedir permiso implica para la Megaminería una inversión en su actitud, acostumbrada a no hacerlo. Esa inversión no es esperable que la haga por convicción, sino como producto de una revolución social, tal como la que está ocurriendo en forma espontánea permitiendo la igualdad de género a nivel mundial, o la que permitió a blancos y negros sentarse juntos en EEUU. Tan espontánea como la que sacudió a Chile en noviembre de 2019, originada en lo inmediato por unos escolares que evadieron el Metro, pero obedeciendo a una demanda gigantesca; ser escuchados, y ser tratados con dignidad. Esa orientación está renaciendo de nuevas formas, ya sea como el Buen Vivir, el Decrecimiento, la justicia restaurativa, los sistemas de autogobierno locales, todo lo cual implica una multiplicidad de las estrategias, tal como necesita un ecosistema. El fin de la Monocultura es el inicio de una restauración del ecosistema y de la Naturaleza.

A lo largo de la historia, los pueblos indígenas han sido los mas férreos defensores del territorio, y ellos están aportando a que sepamos como ayudarlo a sanar. Quechuas y aymara ayudaron a la redacción de los Derchos de la Naturaleza. Ellos saben pedir permiso y fundamentar su actuar en base a objetivos terapéuticos, en busca del equilibrio del sistema. Ya lo hicieron los kogui de la Sierra de Santa Marta, en Colombia, cuando llamaron a la BBC de Londres a hacerles un reportaje en 1962, en donde nos pidieron comportarnos como adultos respecto al respeto a la Madre Tierra. Lo están haciendo las Naciones Originarias de todo el planeta. De su aprendizaje podemos recuperar una forma de hacer de la Madre Tierra un lugar habitable para todos los seres, incluido el ser humano. Esta fórmula, propuesta aquí como “vacuna”, relativa a los derechos de la Naturaleza, es sólo una propuesta de muchas que están surgiendo simultáneamente en todo el mundo. Su ventaja consiste en formular una traducción legal (es decir, en lenguaje moderno) un sentir pre-legal común a la humanidad (es decir, en lenguaje natural). Se enlaza con muchas otras miradas desde sabidurías ancestrales de América, de Asia, de Africa y otros lugares, que ven el mundo hecho de relaciones y no de cosas, en que yo soy porque tu eres, mi salud depende de la salud del entorno, en que la diversidad es infinita y todo esta “tejido”. Se está produciendo una gran transisión que no responde a un diseño, sino que emerge espontáneamente en todo el mundo como una una combinación de dinámicas auto- organizadas. En los Andes esa transición se la llama Pachakuti, e implica el nacimiento de un nuevo mundo. Chile generará en los próximos meses una nueva Carta Fundamental. Si incluye allí los Derechos de la Naturaleza, o de la Madre Tierra, estará apoyando esta transición global, y como decía Galeano, quizás hasta Dios escuche la llamada que hizo Ecuador en 2008 “y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”. Si eso ocurre, la Megaminería estará derrotada para siempre. No por el escrito de la ley, que sabemos puede interpretarse de cualquier modo, sino por la revolución de las mentes que la hacen respetar.

agosto de 2020

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