Uruguay – Roben chocolates

Cacho Belmonte

La realidad, cómo aquello que para el individuo es real porque lo logra procesar a través de sus circunstancias y sensibilidades, es inmensurable. Eso puede ser el movimiento de la potencia contra carencia estática.

Pero hay mas…Con los pies en la tierra: los sucesos que despiertan la indignación pueden haber estado ahí frente a las narices del individuo imperturbable. Una verdad puede haber estado ahí desangrándose por días o años. Desde el primero de marzo , o desde hace quince años ¿o habrá estado ahí descomponiéndose más de un bicentenario? ¿o medio milenio?

Preguntarse eso todo el tiempo podría ser lo que edifica al individuo de cuestionamiento permanente, es un paso… Otro podría ser que muchos individuos se conmuevan en ese recorrido. Tal vez hasta adquirir dimensiones suficientes como para reconocerse como fuerza social, capaz de modificar la injusticia pacificada ¿será posible que suceda?. Me interesa esa perspectiva. Me seduce esa esperanza.Hay indicios de que la historia de las insumisiones o insurrecciones son inaprehensibles para los calendarios, como hay indicios de que algo distinto esta pasando…

Bajo la rodilla de un policía en Mineapolis se asfixia un hombre negro, otro más en siglos de genocidio negro. Pero esta ejecución, sin embargo, es el aleteo de las alas de la mariposa para este momento del mundo.Otra alza del precio de un boleto desata el fuego en las alamedas de Santiago y en el transcurso de un mes se ponen en cuestión desde los diecisiete años de dictadura hasta el encumbrado “modelo chileno”.

En Bogotá el estado militarizado intenta explicar (y explicarse) cómo es posible que otra ejecución de rutina despierte la ira.¿Cuando es el momento legítimo de un despertar?, ¿quién determina cuando es tarde o demasiado pronto?. En el país de la penillanura levemente ondulada el reciente sismo social lo provocaron historias mínimas de cientos de mujeres que escracharon el patriarcado en la cara.

Irritante, temerario y doloroso porque lo habíamos asimilado cómo parte de la vieja normalidad.

Una mujer que se roba chocolates es aprisionada contra la calle, mientras que un varón uniformado se le sienta arriba cruzado de brazos.

La situación es técnicamente insignificante comparada con las patadas y vejaciones diarias que practica la policía en los barrios de Montevideo. Es probable que ni siquiera sea denunciable penalmente. Pero configura la escena de una violencia vomitiva, desgarra el alma, provoca el odio visceral contra esos miserables.La gente reacciona y en medio del griterío se oye la acusación de “oligarcas!”, sin que en el episodio se registre la presencia de algún terrateniente o connotado dueño del Uruguay.

¿Cómo es posible que un soberbio funcionario del garrote sentado sobre una saqueadora de chocolates conduzca en pocos segundos a la compleja idea de la lucha de clases?, ¿cómo es posible que ese acontecimiento despierte más conciencia que todas las razones teóricas y culpas fundamentadas que espeté contra este sistema?.

Si hago encajar el episodio entre un rosario de calamidades e injusticias sociales, si me esmero bastante…podría incluso presagiar una próxima coyuntura prerrevolucionaria.Si me consuelo pensando que el episodio es pasajero y que la conciencia no es legítima, puedo salvar mi orgullo militante antisistémico y erguir otro monumento de mármol a una supuesta conciencia perfecta, permanente e impoluta.

Pero, tal vez se abran otras posibilidades de entender y profundizar lo que pasa (lo que nos pasa) si reconozco sin prejuicios la química que provocó la indignación en ese episodio, repetido tantas veces desde mi perspectiva, tan habitual, pero inédito para los que considero indignados recién llegados . ¿Y yo cuando dije ya basta?, es casi irrelevante, la clave es que cuando sucedió hubo otros allí para compartir generosamente mi bronca sin pedirme cuentas por el letargo.

Que los sucesos conmovedores suelen ser la presa favorita de los mercaderes de votos y administradores de rebeldías es parte de una descripción. Restarle relevancia a esa parte del escenario puede ser una buena manera de ponerlos en el lugar que merecen, y a su vez creer más en la potencia del acontecimiento.

Creer más en nosotros y en los otros, en los ladrones de chocolates y en los locos de bronca nos va a llevar a encontrarnos en las plazas. Al fin y al cabo, cómo canta Silvio: “La canción es la ola que me eleva y me hunde, que me fragua lo mismo que me funde”.

Fuente: https://www.facebook.com/100005935963975/posts/1600866230121227/?sfnsn=mo&extid=vOqR1sPKWHedp46W

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