Uruguay – LA PERSPECTIVA DEGENERÓ

Andrés Núñez Leites

1. Yo te creo, hermana (Saussure no lo hubiese imaginado)

Luego de los martillazos filosóficos de Nietzsche y quizá Marx (a su pesar), la crítica de la razón moderna tuvo un hito en el primer giro lingüístico en el 900. Justo ayer escuchaba un audio de Ricardo Viscardi sobre el papel que tuvieron pensadores como Saussure en la ruptura de la episteme decimonónica al argumentar que era imposible conocer la totalidad de lo real y que todo conocimiento de lo real procedería siempre de un punto de vista. Entra la subjetividad al ruedo filosófico y político. El segundo giro lingüístico, tras la Segunda Guerra, tendrá efectos más profundos en la cultura: introducirá el problema del poder en nuestros esquemas cognitivos, e intentará, sobre todo con Foucault, centrar el análisis en una entidad metalingüística, el discurso, que se sitúa en el pliegue entre lo que se dice y las estructuras de las relaciones de poder.

Uno podría pensar que estos fuertes embates a la razón moderna perseguían una finalidad liberadora o incluso libertaria. Y quizá durante algunas décadas funcionaron efectivamente así: horadar el vínculo sujeto/objeto introduciendo el problema del poder en el medio de la producción de conocimiento científico, tiene un efecto subversivo en tanto deslegitima las jerarquías dominantes. Sin embargo, como diría Foucault, al movimiento de un jugador, corresponde un movimiento del jugador contrario. Así, la maquinaria mercadotécnica del mundo empresarial rápidamente se adaptó, pasando a la producción de discursos verosímiles, más allá del vínculo con la verdad, y esta lógica también permeó el campo político institucionalizado e incluso el campo jurídico. Se hace política “como si” y se legisla “como si”… Se apela a lo subjetivo desde un enfoque manipulatorio de las emociones. ¡Es el mundo de la posverdad!

Y los movimientos sociales, que tradicionalmente fueron manipulados por los servicios de inteligencia de los Estados (se sabe: la mejor forma de invadir un territorio es controlar a todos los bandos en conflicto), son ahora parcial y directamente gerenciados por los servicios de ingeniería social de los think tank y las Foundations (brazos proto académicos y filantrópicos de los grandes conglomerados del capital financiero) que encima los sostienen financieramente. Fracasado el socialismo real y la militancia por la clase obrera y su paraíso estalinista, los movimientos se repliegan en una fase de militancia narcisista, luchando contra aspectos parciales de las relaciones de dominio, fragmentándose en una miríada de identidades que por momentos se asocian estratégicamente y por momentos colisionan. El movimiento feminista es un ejemplo típico, en el pasaje del feminismo liberal, al feminismo radical de raíz marxista, al feminismo corporativo identitario actualmente hegemónico. Y un efecto sobre el discurso público es grave, con fuertes consecuencias para la convivencia: en la medida que no hay una Verdad y ni siquiera las verdades débiles que querría Vattimo, el último criterio de lo que es verdadero es la identidad de quien lo enuncia. Así, en un ejercicio de victimología, se analiza la “interseccionalidad” de las relaciones de dominación que atraviesan al enunciador: si es mujer, afro, pobre, lesbiana y migrante, su voz tendrá más autoridad que si es una mujer blanca de clase media y nacida en el lugar. Pero estas calibraciones del grado de victimismo y razón no confunden a los militantes identitarios: el enemigo es el varón blanco heterosexual y cristiano.

No es la primera vez que ocurre. Si bien el programa marxista proponía eliminar a la burguesía en tanto clase social, en los hechos no tardaron los burócratas del partido comunista soviético o del chino, en llevar a las mazmorras a todos los burgueses, e incluso a trabajadores y estudiantes, y hasta a militantes comunistas cuya alma estaba poseída por la cultura burguesa.

2. El martillo de los brujos

Hay un tipo de discurso que forma parte de una máquina de guerra y que tiene una efectividad comprobada en innúmeros conflictos: en la medida que se atribuya al enemigo una dominación, una hegemonía y una violencia estructural, todo medio para combatirlo es válido y en todo caso, los “daños colaterales” valen la pena de quienes lo sufren. Sí, amable lector, es el discurso que puede permitir legitimar un genocidio. Y el mismo, aplicado a la categoría social tomada como víctima, implica creerle, en el sentido de tener fe en su inocencia, en su carácter angélico. De ahí que, durante la santa inquisición católica, se establecía que los sacerdotes que acusaban eran santos. Sí, señores, las bestias diabólicas que determinaban que el destino de una persona fuera que se llenase su estómago de agua hasta explotar para luego, en pleno dolor morir en el peor sufrimiento al ser arrojado a las ratas, privándole así hasta de la calma del momento final de la agonía, eran tenidos por santos y su palabra como algo inapelable.

La lógica que subyace al Maleus Maleficarum es la misma detrás de leyes de protección a las víctimas de la violencia doméstica y a la “violencia de género contra la mujer”: creer en la categoría social tenida por angélica, naturalmente asociada a la verdad, invertir la carga de la prueba, hacer virtualmente imposible la defensa de los acusados. Puede ser justicia para las mujeres que realmente son víctimas de la violencia en el ámbito privado por parte de parejas y ex parejas abusadoras (que las hay, y muchas, aunque menos que otras víctimas de personas violentas), pero es un arma para el uso del Estado como herramienta de castigo, venganza y abuso por parte de mujeres inmorales que hacen falsas denuncias, así como para la pléyade de ONG y técnicos que viven del negocio.

3. Una cuenta en Instagram

En estos días Uruguay vive una conmoción pública. Una organización feminista aún anónima desarrollo una eficaz campaña mediática haciendo denuncias masivas de acoso sexual y violación a varones famosos en el ámbito del carnaval local. Utilizaron los modos eficaces de la comunicación actual en las redes sociales controlando el impacto emocional de la recepción a través de textos breves con una estética estable. Denuncias meme, podría decirse. Así se acusa con nombre y apellido aunque algunas letras se sustituyen por asteriscos, quizá en un burdo intento de evitar las consecuencias judiciales del delito de difamación, a personajes conocidos de la discreta farándula carnavalera local. Algunas acusaciones son verosímiles, como el del caso de una violación a una joven mujer fuertemente alcoholizada, que prácticamente constituye un modus operandi de muchas varones abusadores. Otras se refieren a situaciones de acoso definibles como intentos de obtener contactos sexuales con las supuestas víctimas a través del envío de fotografías de órganos genitales del victimario supuesto o frases de alto y, por el contexto, desagradable contenido sexual. Luego también acusaciones más genéricas cómo de trato discriminatorio en el trabajo en el ámbito del carnaval «por ser mujer», cosa muy difícil de probar excepto si se compara con el trato a otras mujeres con una performance profesional similar en el mismo ámbito. También aparece algún caso de lo que podría denominarse como arrepentimiento sexual, por ejemplo de mujeres que dicen haber participado de orgías con personajes del carnaval a los que llaman machos asquerosos y a los que acusan de ser los únicos que gozaban en dichos encuentros sexuales mutuamente consentidos. Llama la atención algunos elementos lingüísticos como el uso del término «chiquillas» para referirse a las jóvenes menores de edad, siendo un término más correspondiente al español peninsular que a la variedad que utilizamos generalmente en el Río de la Plata, lo cual podría indicar ora una excentricidad de la autora de algunos textos, ora la presencia de una hispanohablante de origen peninsular, o incluso la importación de un formato de denuncia preestablecido en España.

Algo une a todas las denuncias presentadas en la cuenta aludida: el escrache de las víctimas, el carácter anónimo de las denunciantes y la falta de evidencias que sostengan las acusaciones. Amén claro está de la movilización de emociones en el público principalmente femenino e incluso la presencia de algunas arengas feministas y simbología feminista combativa.

4. Autos de fe, sesiones de autocrítica, sesiones de lucha

En épocas de la inquisición católica había una última oportunidad para los acusados: el auto de fe. Consistía en una instancia de humillación pública en la cual el acusado pedía perdón por sus pecados y prometía someterse a la autoridad sacerdotal como forma de reconciliarse con Dios y la comunidad. no es el único ejemplo en la historia de este tipo de rituales de degradación y redención: en el mismo grupo puede considerarse a las sesiones de autocrítica en la Rusia soviética y a las sesiones de lucha en la China maoísta. En estas últimas los acusados eran violentados verbal y físicamente por una muchedumbre de fanáticos del partido comunista y rogaban por una oportunidad para seguir con vida y liberarse de lo que en ellos quedara del espíritu liberal burgués.

En la era «me too» los acusados intentan hacer un control de daños y evitar el ostracismo total en las redes sociales y en los ámbitos laborales y académicos a través de cartas públicas de auto humillación, reconocimiento de la culpa y pedido de disculpas. Todas parecen contener un similar estilo literario. ¡Estamos ante un género, profesores de literatura! En primer lugar el acusado reconoce que obró mal. En segundo lugar el acusado implora piedad diciendo que obró mal porque no sabía cómo obrar bien o porque en todo caso estaba poseído por el mal espíritu de las categorías sociales dominantes, por ejemplo por haber sido criado y socializado como varón blanco heterosexual y por lo tanto machista dominante y violento según los parámetros del feminismo hegemónico. En tercer lugar el acusado dice que no va a defenderse, que va a replegarse, que reconoce la legitimidad de los acusadores o en este caso de las acusadoras, y qué va apoyar su legítima lucha y sus reivindicaciones. Tras lo anterior promete estar más atento para combatir el demonio que lo posee pues, como perteneciente a una clase maldita, siempre acechará.

Ante la perspectiva de ver afectados al punto de desaparecer sus ingresos económicos, su prestigio público, su situación de pareja y en general el bienestar de sus hijos y su familia, a lo que se suma en el caso de los acusados que comulgan con la ideología identitaria de género (típicamente los progresistas de izquierda y derecha, si algo valen aún estos términos) el dolor de ser expulsado de su comunidad ideológica, los acusados optan por el mal menor y fortalecen la causa que los debilita, esperando que pase el tiempo y llegue el olvido.

5. Hoy vinieron por los carnavaleros (formas totalitarias)

El totalitarismo puede avanzar a partir de pequeños gestos, puntuales cambios administrativos, modificaciones legales aparentemente intrascendentes o cuya importancia en el sistema local no se pondera adecuadamente en el momento en que son convertidas en realidad. También cuando la población se entrega y se convence que su fuerza es inapelable. Hoy vivimos precisamente episodios de avanzada de una coalición entre poderes económicos globales, estados contratados y movimientos sociales identitarios locales que han ido construyendo una hegemonía cultural tanto en lo que tradicionalmente se denomina izquierda como lo que tradicionalmente se denomina derecha. La pérdida de garantías, libertades y derechos individuales de la población masculina debería ponernos en alerta, porque sus proponentes no están en la búsqueda de una situación de igualdad de oportunidades y derechos civiles sino de la generación de mecanismos de abuso que ponen en riesgo la libertad individual de todos, varones y mujeres. Los acusados masiva e impunemente en esta nueva modalidad de escrache mediático no están en condiciones psicológicas individuales en algunos casos y tampoco están en posiciones ideológicas que les permitan comprender la trascendencia política y social general de su situación. Por eso somos nosotros, el resto de la sociedad, o sea todos, los que debemos frenar esta locura y aún haciendo todas las críticas correspondientes a la violencia machista defender los valores básicos de nuestra civilización entre los que se cuentan la presunción de inocencia, el debido proceso de los acusados, y la defensa del valor de la libertad individual y colectiva. Si ya no podemos apelar a un Dios en el cielo o a una Ciencia en la Tierra como fuente absoluta de la Verdad, en lugar de rendirnos ante la absoluta tribalización, la vindicación identitaria y narcisista y la arbitrariedad tecnocrática de los ingenieros sociales, para conservar los logros de nuestra cultura y promover lo cambios que la hagan más libre, deberíamos pensar alguna otra forma de situarnos frente al problema del poder.

https://leites.neocities.org/20200825_la_perspectiva_degenero.html

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