Colombia: liberando a la madre tierra

Raúl Zibechi 
  

  La pandemia agita las aguas del mundo indígena, con particular intensidad en el sur de Colombia. Se intensifican las masacres, hasta alcanzar las 56 en los primeros nueves meses de 2020. Pero también avanza la recuperación de tierras en el norte del Cauca, que son “liberadas” de la cárcel de los monocultivos y de la producción depredadora para el mercado.

Las palabras se repiten una y otra vez, como mantras: despojo, violencia, masacres, por un lado; armonía, equilibro, madre tierra, en contraposición. Quizá el mejor concepto para explicar lo que sucede en el Cauca —que está muy lejos de ser una guerra porque no hay dos ejércitos enfrentados sino solo uno con varias cabezas, como la hidra—, es el de “liberación”.

“Le pusimos Liberación de la Madre Tierra porque es un nombre que tiene más impacto”, dice Don Pedro, en referencia al proceso de recuperación de las tierras robadas por los actuales terratenientes. “Después de la masacre de El Nilo, en 1991, que fue una lucha por tierras, donde nos mataron a 20 compañeros, se llega a un acuerdo con el Gobierno para la entrega de 15.500 hectáreas en los municipios del norte del Cauca. Pero no cumplieron”.

No cumplieron, pero desataron una guerra por la apropiación de los territorios, reconocidos como “resguardos” en la Constitución colombiana. “Entre nosotros no existía la guerra sino el equilibrio y la armonía, pero la llegada de los colonos fue el comienzo de una guerra por el territorio”. Don Pedro desgrana cada palabra con la misma paciencia del agricultor cuando separa las semillas del maíz o, como decimos los urbanitas, la paja del trigo.

“En el norte del Cauca despojaron 400 mil hectáreas por la violencia y nos empujaron hacia la cordillera a tierras pedregosas en laderas. Lo que nos robaron está en manos de grandes ingenios azucareros que nos han declarado la guerra través de paramilitares y de la desaparición forzada”, interviene Miguel Gómez, sentado a su lado.

Un mar verde tapiza el valle del Cauca, desde Cali hacia el sur, hasta que aparecen las primeras montañas que rompen la monotonía del monocultivo. Se trata de una de las regiones más fértiles del país, donde hace apenas dos décadas se extendían los cafetales. Tierras que fueron rigurosamente despojadas a sus habitantes originarios, por la Colonia primero, por la República después. Despojo multiplicado por dos décadas de neoliberalismo.

A medida que entramos en geografías quebradas, aparecen los cultivos campesinos tradicionales, territorios de diversidades casi infinitas. Los cafetales crecen a la sombra de los plátanos. A ras de tierra la yuca, los frijoles y algo más arriba la caña y el cacao, dan forma a un tejido que podríamos llamar la “geografía de la alimentación”, que tan bien contrasta con la “geografía de la especulación”, monocultivos destinados a producir combustibles baratos.

Por encima de los cultivos de pancoger [cultivos que satisfacen parte de las necesidades alimenticias de una población], como protegiéndolos, sobresalen las ceibas y los samanes de copas gigantes y troncos imposibles de enlazar con los brazos, pero también los árboles floridos que comparten terrenos ondulados con las guaduas, bambúes para entendernos, que en estas geografías lucen espigadas y altísimas.

Consiguieron desarticular a los hacendados, arrancándoles las tierras que les habían robado, pese a que se protegían con sus guardias privados, bendecidos por una iglesia colonial. Años después, el despojo empuña otras armas, como las retroexcavadoras

Don Pedro vive en Caloto desde hace 60 años. Sirvió a su pueblo como gobernador del cabildo de Huellas, alcalde mayor y secretario, y ahora forma parte del proceso de Liberación de la Madre Tierra. Pertenece a la primera generación de luchadores nasa que dieron vida al Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), nacido en 1971 en plena lucha contra los terratenientes que los explotaban a través del terraje, una modalidad por la cual trabajaban varios días en las tierras del hacendado, sin recibir paga, a cambio de poder cultivar otros días sus pequeñas parcelas para sobrevivir.

Consiguieron desarticular a los hacendados, arrancándoles las tierras que les habían robado, pese a que se protegían con sus guardias privados, bendecidos por una iglesia colonial. Años después, el despojo empuña otras armas, como las retroexcavadoras que laceran la tierra para llevarse minerales, con paramilitares y narcos que hacen sus negocios en territorios de los pueblos.

Cuando le pregunto a Don Pedro, que por edad y experiencia recibe el título de “don”, cómo ve el futuro, hace una mueca de disgusto. “Somos los mayores, como nos llaman, y vemos cómo la política del Estado nos asesina y nos pone leyes que nos limitan. Hay políticas sistemáticas contra los pueblos ancestrales. Ellos quieren acabarnos, como sucedió siempre en la historia, desde la llegada de los españoles hace cinco siglos”.

Luego relata las historia de resistencia, desde La Gaitana y Juan Tama, referentes en la resistencia al conquistador, hasta Quintín Lame, el impulsor de una de las más notables movilizaciones campesino-indígenas en las montañas del Cauca, que a principios del siglo XX se convirtió en inspiración para su pueblo y en el pánico de los hacendados.

“La liberación de la madre tierra es la forma de reconstruir nuestra historia, reconstruyendo nuestro territorio”, sentencia Don Pedro. “No queremos guerra pero tenemos que defendernos. Para nosotros, defendernos es recuperar tierras y reconstruir nuestra memoria histórica es nuestro modo de enfrentar esta política neoliberal de destrucción”.

Uno de los lemas del CRIC reza: “Cuentan con nosotros para la paz, nunca para la guerra”. Una frase que, repetida una y otra vez en Colombia, el país de las mil masacres, puede sonar extraña o, según la izquierda al uso, ingenua. “Si tomamos las armas sencillamente no somos diferentes, seríamos igual que los otros o peores que ellos”, tercia Miguel que a sus 44 años, Miguel vive en el resguardo de Lópezadentro, que se formó en los años 70, con casi tres mil comuneros, compartiendo territorio con la población afro.

De ingenuos no tienen nada: “El Estado ha creado una estrategia a través de la educación para someternos y para que perdamos nuestra cultura. Nos matan los paramilitares y nos matan ideológica y políticamente con la educación”, explica Don Pedro.

“No queremos guerra pero tenemos que defendernos. Para nosotros, defendernos es recuperar tierras y reconstruir nuestra memoria histórica es nuestro modo de enfrentar esta política neoliberal de destrucción”

“Pero nosotros hemos avanzado, existimos, somos 64 pueblos reconocidos, pero en realidad somos más de cien pueblos. A pesar de la guerra de exterminio, existimos y nos reconocen”. En la cosmovisión nasa la vida son los ríos, los bosques, la luna el sol el viento y todos los animales. La Guardia Indígena, sigue, “es una estrategia política para cuidar el territorio y es también algo simbólico. El objetivo es seguir perviviendo y la guardia se encarga de proteger la comunidad. Pero a veces toca pelear y salir a la ofensiva.

—¿Qué entiende por ofensiva?

—Es una ofensiva entre comillas, son paros, mingas, para que se entiende que aquí estamos y tenemos territorio y el Estado ha firmado acuerdos que no ha cumplido, en salud, en educación y en tierras. El Estado no tiene en cuenta a los pueblos y entonces toca salir.

Los jóvenes son el sector del pueblo nasa más interesado en la liberación de la madre tierra, porque el crecimiento demográfico es otra forma de despojo. Desde 2015 el ejército y la policía han matado 12 compañeros, se quejan Miguel y Pedro. “Con este Gobierno ha recrudecido el paramilitarismo en todo el país, pero el Gobierno dice que no pasa nada”, asegura Miguel.

En los últimos cinco años recuperaron alrededor de 4.000 hectáreas, una mínima fracción de lo despojado. Ha costado mucho esfuerzo y dolor, porque entre los nuevos terratenientes figuran los hombres más ricos de Colombia, además de multinacionales que se enriquecen con jugosos negocios. En total recuperaron 12 fincas, en las que despejaron la caña y las familias ya cultivan alimentos.

“La decisión de liberar la madre tierra fue tomada con los mayores y las mayoras”, dice Miguel. Además de los asesinados, tenemos más de 600 heridos y muchas pérdidas de cultivos y de propiedades de las familias. Cada finca que liberan implica años de trabajos previos, la movilización de miles de personas y de sus guardias, que siempre están presentes en los momentos difíciles.

La diferencia

Para los nasa, sigue Miguel, lo fundamental es la defensa de la vida que es también defensa de la tierra. “El no tomar el arma no es un síntoma de debilidad sino una cultura y una cosmovisión diferentes a las del opresor. Los movimientos revolucionarios que empuñan las armas terminan siendo muy parecidos a los paramilitares y los militares”. No habla desde una posición ideológica, sino que está resumiendo la historia viva de un país desangrado, durante cinco siglos, y destruido por una guerra de sesenta años que no produjo nada positivo.

En los últimos cinco años recuperaron alrededor de 4.000 hectáreas, una mínima fracción de lo despojado. Ha costado mucho esfuerzo y dolor, porque entre los nuevos terratenientes figuran los hombres más ricos de Colombia

“Nosotros hablamos de construir, de manera conjunta, pero los alzados en armas quieren construir a través de la fuerza de las armas y hablan de tomarse el poder, mientras nosotros hablamos de administrar bien, de nuestra vida sencilla. Esa guerra no es de nosotros, nos la quieran imponer e involucrar a nuestros jóvenes. El Estado nos mata con leyes y con armas, pero también nos matan aquellos movimientos que hablan de defender al pueblo…”.

—¿Esta forma de ver el mundo la aprendiste en la organización?

—La aprendí de mi padre que estuvo en la fundación del CRIC y ya tiene 89 años. Me llevaba a las fincas que iban recuperando y ahí me fue quedando ese espíritu de lucha. Lo aprendí de manera práctica en la tulpa (encuentro alrededor del fuego), en las conversaciones con los mayores, en los procesos… porque por desgracia o por suerte no pude ni terminar la primaria. Aquí decimos que caminamos tras las huellas de los mayores. Hoy acompaño los procesos de liberación porque me apasiona trabajar con los jóvenes y los niños para recuperar lo que es nuestro y sanar a nuestra madre que está enferma.

Miguel y Don Pedro trabajan cada uno en sus fincas, cultivando maíz, frijol, plátano, yuca y tomate. Pedro vive en Bodega Alta, una comunidad de 103 familias que además de parcelas familiares tierra tierras colectiva para producir en minga, “que es una manera de restar un poco la estrategia del Estado que todo lo hace pagando”. Una comunidad muy joven que se formó en 1986 en tierras recuperadas.

—¿Qué le diría a los que viven lejos, en las ciudades?

—Queremos mostrarles que hay otras formas de los pueblos de vivir una vida sencilla, con autonomía, dice Miguel, haciendo énfasis en un concepto clave para los pueblos originarios.

A su lado, Don Pedro sentencia:

—Sí, es bueno que conozcan otras formas de vivir que son mucho mejores que el capitalismo.

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