Las plantas y los animales en el centro de una nueva sensibilidad subversiva

Salvador Schavelzon

Se percibe actualmente una confluencia de intereses de investigación académica, activismo político, reflexión ética o filosófica, trabajos de arte o inspiración literaria, derecho y ciencias naturales en lo que se puede entender como un cambio en el lugar atribuido por la cultura y la ciencia occidental a plantas y animales; así como a la propia idea de lo que se entiende por vivir.

Acciones organizadas para liberación de animales de laboratorio, campañas en internet de boicot a empresas de producción de alimentos con maltrato animal, como el confinamiento encarcelado, además del estudio del efecto de la introducción de semillas modificadas genéticamente, con modelos impuestos por el agronegocio que afectan la dieta, la diversidad ecológica, y derivan en una acelerada contaminación y desaparición de ríos, deforestación, incendios y destrucción de ambientes, viene siendo señalada. La pandemia permitió dar visibilidad a críticas que buscan alternativas a la forma como tratamos la salud del cuerpo humano y de cómo la sociedad humana se relaciona con el medio ambiente y otras especies, silvestres o domesticadas.

Un aumento in crescendo de estas preocupaciones pueden registrarse en curiosidad herbalista, cuidados cosméticos y alimenticios, o de opciones de vida alejadas de la ciudad. Hay también un nivel más profundo de ruptura del que somos contemporáneos y del que es difícil medir en el corto plazo para dónde nos lleva, pero es alimentado y refleja por esta nueva sensibilidad.

Si la modernidad implicó una forma específica de entender la naturaleza separada del hombre, que contaría con ella como objeto mercantilizable, abierto a transformación, descripción y dominio, vemos desde diferentes campos y expresiones que la fuerte separación se atenúa y la idea de excepcionalidad y primado del hombre sobre el mundo y otras especies pierde fuerza, al menos conceptualmente.

Una mirada que reconoce la esencialidad de las plantas, la cercanía de animales no humanos, al mismo tiempo en que alerta sobre las consecuencias de continuar en el mismo lugar, busca la posibilidad de organizar de otra forma nuestra experiencia terrestre, proponiendo parámetros diferentes para pensar la sociedad humana. En ese movimiento, Sociedad, Política, Naturaleza y Humanidad son conceptos que abren su significado a redefinición y obsolescencia mientras los límites entre ellos se redibujan.

Además de cuestionar maltrato o predación irresponsable, ilegítima en sí cuando pasan a ser considerados derechos nuevos, hay una reflexión en boga sobre el empobrecimiento del mundo como resultado de la desaparición de especies, no sólo a partir de los efectos sobre ecosistemas, que son entendidos de forma más compleja, sino como crítica a lógicas colonizadoras de ser y de convivir con el entorno, en un acercamiento con formas tradicionales de convivir o considerar otras formas de vida no humana. La antropóloga Anna Tsing, por ejemplo, aporta a esta discusión comparando formas de vida humanas y no humanas en bosques de hongos Matsutake, en oposición a lógicas de la agricultura extensiva, de monocultura o plantation donde la relación con el lugar es superficial, no enraizada y en escala que impide coexistencia con otras formas de vida.

Una de las expresiones de este movimiento disperso lleva al callejón sin salida del multiculturalismo, ahora aplicado fuera del universo cultural. Reivindicación de derechos y reconocimiento dentro de un cuadro general que no es cuestionado, como poniendo un lugar en la mesa para nuevos comensales sin cambiar el menú. Hay también una estratificación entre los no humanos que adquieren derechos antes que otros, por ejemplo animales domésticos que pueden movilizar redes sociales o campañas de boicot mostrando una indignación que no aparece en defensa de especies cuya muerte cruel y masiva es aceptada. Incluso la muerte de humanos pobres, la explotación, el envenenamiento de comunidades enteras es naturalizada y mantenida al margen de una indignación selectiva.

El hombre recupera su lugar animal en una democratización perspectivista que lo devuelve a un mundo de encuentro, convivencia y también guerra contra otras especies, por ejemplo en el giro ontológico de la antropología. En el pensamiento amerindio descrito como multinaturalista por Eduardo Viveiros de Castro, vemos la posibilidad de que la condición subjetiva (humana) se amplie a otras especies, con un mundo no reducido a una episteme naturalista como única autorizada y dominante, sino al encuentro de distintas ontologías, como multiplicidad de mundos que dejan atrás también el relativismo multiculturalista donde muchas epistemes conviven sin que las bases de lo que entendemos por mundo puedan ser realmente puestas en cuestión.

Un mundo donde quepan otros mundos, al decir zapatista, que muestra los límites del antropocentrismo como consecuencia de una matriz naturalista que, para la forma occidental dominante, sólo permite variación de culturas. Con variación en el nivel del cuerpo, para los inspiradores regímenes de funcionamiento perspectivista de algunos pueblos amerindios, se abre un campo de inestabilidad epistémica que mantiene controlada la dimensión subjetiva (sin una variación cultural permanente), para poder dar lugar a que la variación esté en el orden de la naturaleza y, así, de mundos posibles porque no es sólo nuestra perspectiva que puede prevalecer.

Esta abertura y sensibilidad quizás tenga su expresión más clara en las luchas cosmopolíticas indígenas por el territorio, contra el extractivismo y el Estado, por el Buen Vivir o la autonomía comunitaria, pero no deja de interferir en ciudades, además de artes y ciencias, creando nuevos campos de pensamiento y acción. La ilusión de estar solos y disponer de otras especies y ambientes para el desarrollo capitalista y su continua expansión destruyó el planeta en una escala que llevó a que se hable de Antropoceno como era geológica determinada por la intervención humana, o de la Sexta Extinción en la historia terrestre, con el registro de un ritmo de desaparición de especies animales sin precedentes desde el fin de los dinosaurios hace 66 millones de años.

Es difícil la imaginación de alternativas o formas de intervención en este escenario, amplio como el propio mundo. Parte de esta dificultad se relaciona con los problemas derivados de cualquier solución que se encamine desde la intensificación del control y prohibición estatal. La recomendación, regulación y control estatal, por más “técnico” que pueda pensarse, mantienen al hombre en el lugar de gran gestor que tendría su superioridad ahora transformada en la de gran solucionador y amigo de las otras formas de vida.

La dificultad de pensar un cambio de rumbo o reformas con que vimos fracasar alternativas políticas para el tratamiento de asuntos sociales, ahora se encontrarían en la búsqueda de prohibiciones necesarias referentes al uso del combustible fósil, el desarrollo industrial y el agronegocio, poderes en que en realidad se apoyan y de los que dependen buena parte de quienes comandan los estados nacionales.

La regulación y demanda de límites a la destrucción es hoy un campo importante de disputas que enfrentan directamente el poder económico y político, dando lugar a escenarios que estimulan la reflexión que da cuerpo al movimiento que aquí comentamos. Propuesta de exterminio de especies con crecimiento acelerado que contribuyen al desequilibrio se encuentra con tradiciones culturales y prácticas populares, necesidad de intervención humana para preservación, y conflicto con el propio crecimiento demográfico humano hacen parte de una ecuación sin solución de escala semejante a los problemas que enfrentamos.

Así como en la época de oro de la modernidad, donde en laboratorios y plumas literarias se abría para el hombre un mundo nuevo que pasó a ser apasionadamente descrito y clasificado desde una nueva distancia que se consolidaba, hoy vemos una sensibilidad que se acerca a plantas y animales con una intuición inversa de que nosotros mismos, como seres vivos terrestres, podemos funcionar con adherencia al lugar donde estamos, no sólo reconociendo el papel vital de las plantas para la vida, sino también siendo capaces de agenciamientos con y como ellas.

Emanuele Coccia describe la vida de las plantas de una forma, en este sentido, inspiradora. Como las plantas, se trata de dejar de pensarnos como cuerpos individualizados y discontinuos, volviéndonos para la metereología atmosférica como espacio de contacto continuo, mezcla, contagio, circulación y vida común. El tipo de conocimiento que emerge no es el que imagina un mundo antes de estar en él, es el que encuentra su lugar a partir de las condiciones climáticas favorables. El saber que importa es mundano y nada está ontológicamente separado del resto. Todo cuerpo existe llevado por el curso que toma el mundo, como devenir donde todo se compenetra deshaciendo oposiciones como totalidad y particularidad, existencia y trascendencia.

Una sensibilidad latente nos lleva a cuestionar el humanismo, las cadenas de distribución de alimentos y la propia política, donde es revisada la legitimidad de excluir no humanos, o de definirlos como externos a la ciudadanía, en un modelo republicano ya agotado. Por otra parte, buscamos redefinir lo bestial, feral y salvaje con intención de repensar las bases disciplinadas de nuestra organización social. Los animales son también, así, inspiración para buscar formas nómades, colectivas, multiespecíficas de convivencia o ruptura.

Una política se abre para el cosmos como las propias plantas, en su continuo juego entre adherencia tentacular de lo subterráneo y abertura hacia la luz que, entre el cielo y la tierra, conectan el sol con el mundo y cada ser, en una respiración común. En esta cosmopolítica nos preguntamos por los que no están, no quieren o no pueden estar representados, como dice Isabelle Stengers, pero no como problema institucional o de regulación, sino de encuentro en el mundo. Como abertura más allá de la sociedad moderna, necesariamente encontramos en esta sensibilidad un cuestionamiento del mundo moderno y capitalista, que ejerce su metabolismo como máquina de dominación, exclusión y colonización de tierras, personas y seres no humanos.

Autores como Stefano Mancuso permiten llevar el modelo vegetal para una dimensión práctica y organizativa sobre el modo en que construimos o resolvemos problemas con modelos no jerárquicos o verticales. Prototipos, programas, colectivos y grandes movilizaciones funcionan mejor con funciones distribuidas sin centralización de tipo cerebral. Otras formas de funcionamiento y comando llevaron a Michael Marder a plantear una analogía entre formas de resistencia como las asambleas de Occupy con plantas o árboles que dan más de lo que sacan, oxigenando en cooperación permanente. Formas estatales, institucionales y partidarias de soberanía y poder son cuestionadas también por esta sensibilidad no moderna que ya está en otro lugar respecto al modo en que existimos y estamos en el mundo. Las plantas muestran una forma generosa de ocupar un lugar, escapando de modelos de vanguardia, dirección o determinación subjetiva como guías para el sentido y la acción. El mundo se reconoce como más abierto a lo contingente y más vivo.

Fuente: https://desinformemonos.org

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