Los miserables y el Uruguay actual

Por Marcia Collazo.

El cambio de gobierno en Uruguay, con todo lo que conlleva en términos de propuesta política, de contenidos ideológicos, de intenciones y de concepciones sobre la sociedad y en especial sobre los más vulnerables, anunció de entrada -e incluso no anunció, sino que ocultó hasta último momento- una transformación drástica en todos los aspectos. Es cierto que no contó con el aluvión de la pandemia, pero supo utilizarla rápidamente.

Desde marzo hasta acá, se viene aprovechando el relativo silenciamiento y aislamiento a que nos somete el coronavirus y el manto de incertidumbre que se tendió sobre el ánimo de todos los uruguayos. Más allá de la polémica sobre las bondades y maldades del pretendido aislamiento, y más allá también de las contradicciones e hipocresías que encierran los mensajes, las acciones y los planes de acción de cara a la pandemia, una cosa es clara e indiscutible: los más vulnerables han sido y siguen siendo quienes más caro pagan el revolcón, en términos de desempleo y de miseria creciente. Lo peor es que esto no ha hecho más que empezar; a la cuestión específica y puntual de la pandemia y de las medidas y prevenciones sanitarias, se han venido sumando oportunismos de todo calibre, que se aprovechan de la confusión y contradicción reinantes para abusar a fondo de todo aquello que puede ser objeto y sujeto de abuso.

Parece obvio que cuando hablamos de miseria no nos referimos únicamente a la material, aunque ésta sea la más urgente y dramática; sino también a la miseria moral de los que se aprovechan, mienten, ocultan, tergiversan y manipulan a más no poder, sin que les importen en lo más mínimo los devastadores efectos de sus maniobras sobre la calidad de vida del grueso de la población.

La situación me hace revivir ciertas obras literarias que han pasado a ser clásicos en su género, precisamente porque han sabido exponer y denunciar esas prácticas destructivas e impiadosas, de una manera tan incisiva y diáfana, que mantienen una indudable vigencia. Entre esas obras se encuentra Los Miserables del escritor francés Víctor Hugo, publicada en 1862. Se trata de una novela de estilo romántico, con pasajes y escenas cargadas de una sensiblería que, por momentos, abruman al lector y lo inducen al escepticismo. Y sin embargo, la discusión que deja planteada mantiene su actualidad, puesto que el autor incursiona en una poderosa reflexión sobre la miseria humana –la material y la moral- en la que tienen cabida no solamente el bien y el mal, sino también la política y la ley, la justicia y la ética, la hipocresía de su tiempo, las burdas contradicciones que la acompañan, los prejuicios y los estereotipos.

Víctor Hugo se ocupa, por ejemplo, de la pena de muerte; entre nosotros, ese asunto se podría traducir en la ya conocida criminalización de la pobreza, que se agiganta día a día y se manifiesta en un impúdico desprecio por la suerte y las necesidades de los ciudadanos más desprotegidos.

En suma, en uno y otro caso se trata de la opresión, del abuso, el engaño y el cinismo, que no se molesta en disimular sus intenciones. Por el contrario. Vivimos bajo la amenaza de un perpetuo y agravado atropello a los derechos, a las garantías y conquistas en pro del bienestar social, que nos empuja día a día a esa zona degradante situada por debajo del umbral de la vida buena, de la vida digna, de la tierra prometida de las necesidades básicas satisfechas y del mantenimiento de los derechos sociales conquistados. En este sentido, Los Miserables se ocupa de las iniquidades y atropellos contra el prójimo y de las consecuentes reacciones que conducen a rebeliones y protestas populares.

Hoy en nuestro país, los ricos son más ricos y están en vías de seguir aumentando sus capitales, a costa de la creciente pobreza de la abrumadora mayoría de la población, con todos los efectos devastadores que tal pobreza supone, y que no se limitan a no poder poner el pan en la mesa, a no poder brindar una educación de calidad a sus hijos, a no sostener planes de crecimiento a futuro, a no visualizar otra cosa que mayor opresión y merma de sus legítimas expectativas.

La rebelión de la que habla Víctor Hugo ya había ocurrido, para cuando escribe su obra. Se trata de los sucesos conocidos como la Insurrección de junio de 1832 en París, cuando se produjo una sublevación antimonárquica, abonada por una serie de sucesos fatídicos, como las malas cosechas, la escasez de alimentos y el brutal aumento en el costo de vida, que creó un imparable descontento en la sociedad. Esa es una de las caras de la novela –la injusticia y la desigualdad- inspirada en sucesos históricos, pero que va más allá del mero registro documental.

Víctor Hugo muestra también, a través de las conductas de diversos personajes, que el ser humano más hundido, más alienado, más desesperado, es capaz de elevarse a las mayores alturas imaginables –la libertad y la ética, en todas sus expresiones-. Los miserables no son, como podría parecer de buenas a primeras, los pobres y oprimidos, sino los poderosos de turno, que actúan con la impunidad de quienes se sienten amos indiscutidos del mundo.

Las actitudes de tales poderosos, en una escala que admite varias gradaciones, han enarbolado hoy como una de sus principales banderas la obsesión de descalificar en toda su extensión la obra del gobierno saliente, y para lograr este propósito no han trepidado en destruir, con indisimulada hostilidad, una serie de instituciones y de obras sociales y económicas que constituyen verdaderos logros en las más diferentes áreas del acontecer nacional. Si para conseguir esa meta deben arrasar con derechos, garantías y conquistas, poco importa. En ello radica el meollo de la creciente desigualdad e injusticia.

La enumeración de las medidas que el gobierno ha tomado en aras de su objetivo excedería largamente el espacio de este artículo, pero alcanza con precisar que todas ellas son reveladoras de una profunda miseria humana, que a todos debería cubrirnos de vergüenza. Los Miserables de Víctor Hugo es una obra que, en tal sentido, denuncia varias cosas: el ataque cuasi criminal a las libertades personales, a la educación, a la salud y al trabajo; la intención, en definitiva, de sumir al pueblo en la ignorancia y en la necesidad, so pretexto de derribar todas aquellas realizaciones del gobierno saliente que redundaron en la búsqueda del bien común y de las mayorías.

Hay que recomendar con el mayor fervor la lectura de esta novela, de cara a la situación actual, para recordar que las enseñanzas de la literatura universal permiten echar luz sobre el comportamiento de las personas, especialmente cuando ese comportamiento se basa en la búsqueda –miserable en sí misma- de obtener réditos y ventajas personales a todo trance. Más allá del romanticismo, en buena medida empalagoso, que emana de la obra de Víctor Hugo, se trata de una novela que habla de nosotros y no de aquellos europeos de la mitad del siglo XIX. De nosotros los perdedores y los ganadores, de los abusadores y de los indefensos, de los justos y de los injustos, del camino del deber y del camino de la opresión, de la ley interpretada para someter y de la ley interpretada para liberar.

Por último, quisiera referirme a otro escritor, el mexicano Octavio Paz, que en su ensayo El laberinto de la soledad se ocupa en analizar las raíces de la identidad de México a mediados del siglo XX, pasada ya la revolución de 1910. La identidad es para Paz un laberinto, es decir un camino complejo, sinuoso, pleno de trampas, de vueltas y revueltas. En suma, un problema a resolver.

En Uruguay han existido muchas reflexiones en este sentido, algunas de cierta magnitud, como por ejemplo los ensayos de Carlos Real de Azúa, de Arturo Ardao, de Alberto Methol Ferré, de Lucía Sala de Touron, de José Luis Rebellato y de Andrea Díaz Genis, entre otros. Así como lo ha hecho Real de Azúa en producciones como El patriciado uruguayo, El impulso y su freno, o en Política, poder y partidos en el Uruguay de hoy, Octavio Paz explora en ciertas circunstancias históricas como la formación de los modelos políticos, económicos y sociales, los movimientos migratorios, los símbolos y rituales de la cultura, para sostener que el ser mexicano se funda en la soledad como orden vital y como soporte del imaginario colectivo. Una soledad que, hoy por hoy, se exacerba por imperio de la pandemia; una soledad que paraliza, induce al miedo e impide hallar los derroteros de la auténtica conciencia y de la verdadera libertad; una soledad que oculta al ser humano el real propósito de su vida y de su historia. Como dice Víctor Hugo, “la primera justicia es la conciencia”. Y ya que hablamos de justicia, y por ende de ética, dice también que “hay personas que observan las reglas del honor como quien observa las estrellas… desde muy lejos”.

Fuente: https://www.carasycaretas.com.uy

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