Los negacionistas –

LECTURAS DE LA PANDEMIA

 

A casi un año de declarada la pandemia de la covid-19 es posible que muchas personas no hayan tenido contacto con una persona infectada, pero sería extraño encontrar a alguien que no haya oído hablar de las teorías negacionistas. No me refiero a las versiones conspirativas más ridículas, como las que sostienen que la causa de la pandemia está en la telefonía 5G o que el virus SARS-CoV-2 no existe y todo lo vivido no es más que el producto de un inmenso operativo para implantarnos un chip.1 Hablamos de variantes un poco más matizadas, que intentan desmarcarse del conspiracionismo más tosco con aclaraciones del tipo: «Nadie discute la existencia del virus». De lo que se trata, afirman, es de denunciar la desproporción de las medidas adoptadas para enfrentar la pandemia y el plan oculto que hay detrás. ¿Acaso no tenemos derecho a pensar con cabeza propia y cuestionar lo que se nos impone si creemos que está equivocado?

Es un hecho que la rápida propagación de un virus desconocido causó un gran desconcierto mundial y dio lugar a un abanico de respuestas de muy diverso alcance en los distintos países. Sin tener idea de las vías y la velocidad de propagación, el grado de infectividad real ni el poder infeccioso del virus fuera del cuerpo humano, se fueron multiplicando las medidas de confinamiento, al tiempo que llegaba información sobre el colapso de los servicios de salud en Italia y España. No era extraño, en ese contexto, que muchos tomadores de decisiones optaran por caminos que parecían hacer correr un menor riesgo para la salud, aunque, vistos en perspectiva, resultan exagerados. Lo vivimos en nuestro país con el mantenimiento del cierre de los espacios educativos una vez que se supo el bajo riesgo que la enfermedad significaba para los niños, sin haber valorado adecuadamente el déficit educativo y el severo desajuste en la vida familiar que traía aparejado.2 Del mismo modo, el cierre de algunos espacios públicos de esparcimiento, incluidas las playas, con el extremo absurdo de multar a los surfistas en las playas de Rocha, fue una evidente sobrerreacción, un gesto mucho más demagógico que efectivo, que sólo buscaba el aplauso fácil de un sector atemorizado de la población.

Pero no es de este tipo de objeciones que estamos hablando. Uno podrá ser más o menos crítico con el tenor de algunas medidas adoptadas, pero no por ello perder de vista que se estaban ensayando respuestas a una crisis sanitaria excepcional.

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Lo que caracteriza a los negacionistas de la pandemia no es una divergencia sobre las estrategias a seguir, sino un desacuerdo sobre las características propias de la crisis. Según ellos, no estamos frente a una crisis sanitaria, sino frente a una operación global creada intencionalmente, que utiliza como excusa un clima de pánico injustificado por una enfermedad, que no sería más grave que una simple gripe estacional, con la finalidad de imponer medidas de corte autoritario en la población, limitar las libertades y establecer el estado de excepción como norma.

Uno de los primeros en sostener estas ideas fue el filósofo italiano Giorgio Agamben, quien ya en febrero de 2020 publicó en Il Manifesto un breve texto titulado «La invención de una pandemia». Refritando algunas ideas de Michel Foucault, como las de biopolítica y medicalización de la sociedad, varios de sus escritos fueron publicados en el libro ¿En qué punto estamos? La epidemia como política. A juzgar por estos escritos, Agamben es el tipo de filósofo que no se molesta en distinguir entre hechos, problemas, hipótesis y alegorías. Veamos un pasaje: «Al igual que el capitalismo y a diferencia del cristianismo, la religión médica no ofrece perspectivas de salvación y redención. Por el contrario, la curación a la que aspira sólo puede ser provisional, ya que el Dios malvado, el virus, no puede ser eliminado de una vez por todas; al contrario, muta constantemente y asume nuevas formas, presumiblemente más riesgosas. La epidemia, como sugiere la etimología del término […], es, ante todo, un concepto político, que está a punto de convertirse en el nuevo terreno de la política –o de la no-política-mundial–. Es posible, en efecto, que la epidemia que estamos experimentando sea la realización de la guerra civil mundial que, según los politólogos más cuidadosos, ha tomado el lugar de las guerras mundiales tradicionales. Todas las naciones y todos los pueblos están ahora permanentemente en guerra consigo mismos, porque el invisible y escurridizo enemigo con el que están luchando está dentro de nosotros».

Para Agamben, las medidas de distanciamiento suponen haber resignado la libertad en pos de la seguridad y haber aceptado vivir en un estado de miedo permanente. Y una sociedad en estado de excepción permanente «no es una sociedad libre». Para no andar con chiquitas, parafraseando a uno de los voceros locales más entusiastas de estas teorías, lo que estamos viviendo no es otra cosa que una dictadura. Perdón, «la peor de todas las dictaduras».3

Ante este panorama desolador, embriagados por un aura mesiánica y antisistema, los negacionistas utilizan una retórica de resistencia repleta de términos como farsa, plandemia e infectadura, y expresiones como la mayor estafa del siglo, la ortodoxia covid y la narración de la pandemia, a las que contraponen la verdad de su contrarrelato. Como suelen ser personas con formación humanística, parten reconociendo que carecen de los conocimientos técnicos como para opinar sobre el coronavirus y sus consecuencias médicas. Pero al mismo tiempo afirman, con toda contundencia, que las recomendaciones de los expertos, y, en particular, las de la Organización Mundial de la Salud, no resultan «coherentes ni confiables». Lo que sí les resulta coherente y confiable es la afirmación, no basada en evidencias, de que toda la información difundida sobre la pandemia y las medidas propuestas para combatirla son parte de un megaoperativo intencional que esconde «intereses globales muy poderosos».4  

Pero ¿es justo calificarlos como negacionistas o se trata de un recurso tramposo, dada la carga simbólica negativa del término? Si nos atenemos a la definición aceptada por la Real Academia Española: «Actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes», parece claro que negar la existencia de la pandemia como un hecho real, transformándola en un simple relato, justifica plenamente el uso del término, sin ninguna intención peyorativa.

Los negacionistas no reniegan de la ciencia de manera explícita, como se ve obligado a hacer un terraplanista o un antivacunas, sino que acuden a un modo más solapado, que consiste en criticar la «ciencia», así, entre comillas. Con este gastado recurso, cuestionan lo que denominan ciencia oficial, a la que identifican con intereses espurios de organismos burocráticos y políticos funcionales al poder. Confrontando esta ciencia entre comillas, la de la ortodoxia covid, reivindican una ciencia alternativa, como si existieran dos bandos más o menos equivalentes en disputa. Sin embargo, como veremos, la otra campana suele ser representada por voces marginales y desacreditadas entre sus pares. Veamos algunos ejemplos.

En un video que circuló frenéticamente a mediados de 2020, titulado «Plandemia: la agenda oculta detrás del covid-19», la viróloga estadounidense Judy Mikovits condensaba buena parte de los postulados negacionistas: la pandemia habría sido planificada (de ahí el ocurrente neologismo adoptado luego como muletilla) para crear un estado de pánico y dominar a la población; el virus habría sido manipulado en un laboratorio; la vacuna de la gripe favorecería la infección del coronavirus; usar tapabocas sería inseguro, porque «activa» el propio virus, etcétera. Posiblemente, el pasado tormentoso de Mikovits contribuyó a que el video fuera retirado no sólo de Youtube y Facebook, sino también de los sitios de algunos negacionistas locales que lo difundían como verdad revelada. El perfil antivacunas de Mikovits, un confuso pasaje por la prisión y un estudio sobre el síndrome de fatiga crónica, del cual fue coautora, publicado en la revista Science y luego retirado hicieron sospechar rápidamente que la heroína de las teorías conspirativas dejaba enormes dudas sobre su promocionado prestigio académico.5 La Academia Estadounidense de Medicina de Emergencia (AAEM) y el Colegio Americano de Médicos de Emergencia (ACEP) emitieron un comunicado conjunto en el que condenan las afirmaciones de los médicos Daniel Erickson y Artin Massihi, que aparecen como testigos clave en el video, por publicar «datos sesgados y no revisados por pares para promover sus intereses financieros personales sin tener en cuenta la salud pública».6

Uno de los promotores locales de estas teorías presentaba hace poco al doctor Roger Hodkinson como un «experto y reconocido patólogo canadiense».7 Se trata de un señor que saltó a la fama en las redes sociales por cometer exabruptos como decir que la covid-19 es «el mayor engaño que jamás se ha perpetrado contra un público desprevenido», que es una enfermedad no más grave que una gripe y que el uso de tapabocas es inútil. Lo que olvidaba destacar la nota referida es que el Colegio Real de Médicos y Cirujanos de Canadá emitió una advertencia pública para desmarcarse de las afirmaciones de Hodkinson8 y que lo mismo hizo la Asociación Médica de Alberta (AMA, por sus siglas en inglés).9 Es decir, de un lado, las voces del colegio nacional, que reúne a más de 44 mil profesionales, y la AMA, que representa a unos 14 mil médicos organizados; del otro, un excéntrico patólogo con su original contrarrelato. No está de más reparar en que las afirmaciones de Hodkinson sobre la inutilidad del tapabocas eran apenas opiniones propias sin estudios detrás, mientras que la eficacia de su uso, como medida de protección, está basada en evidencias recogidas en múltiples estudios arbitrados.10

Otro personaje presentado como un «prestigioso microbiólogo» es el estadounidense Sucharit Bhakdi, profesor en la Universidad de Mainz, de Alemania, y coautor del libro Corona, ¿falsa alarma?, junto con su esposa, Karina Reiss. Bhakdi fue duramente cuestionado por la prestigiosa revista médica Medical Tribune, que consideró «poco científicas» sus apreciaciones, y en octubre de 2020 la Universidad de Mainz emitió una declaración por medio de la cual se desvincula de sus opiniones. En octubre la Sociedad para la Investigación Científica de las Pseudociencias le otorgó el Premio de Oro, un galardón negativo con el que se burla del engendro pseudocientífico más asombroso del año.

El doctor Michael Yeadon, exempleado de Pfizer, presentado erróneamente como su exvicepresidente (fue, en realidad, vicepresidente del Área de Investigación Respiratoria y Alergias), es otra de las fuentes preferidas de los negacionistas. En un artículo publicado en un blog opositor a las medidas del gobierno británico afirmó, en octubre, que la pandemia estaba terminada en Reino Unido, justo cuando comenzaba la segunda ola de contagios con la nueva variante del coronavirus descubierta. Para valorar la capacidad predictiva de Yeadon basta ver la gráfica de muertes diarias en Reino Unido (la línea punteada indica la fecha de su fallido anuncio del fin de la pandemia). Otra de sus afirmaciones más difundidas, la de que «es absolutamente innecesario vacunar a la población», explica por qué es un infaltable en todas los sitios de detección de bulos y fake news, como Politifact, AFP Factual, Chequeando.com, Maldita.es, etcétera.11

Parece claro que las fuentes confiables no son el fuerte del negacionismo, y algo similar sucede cuando son ellos mismos quienes proporcionan los datos. Uno de los impulsores más notorios de estas teorías en nuestro país afirmaba, en un artículo en el semanario Voces, que no ha habido un aumento real de casos de coronavirus en nuestro país, porque este «se corresponde con un proporcional aumento de la cantidad de test que se realizan».12 Sin embargo, cualquier persona que acceda a la página del Sistema Nacional de Emergencias podrá verificar que esto no es cierto. En el primer semestre del año la tasa de positividad se mantuvo estable por debajo del 1,5 por ciento; en mayo fue del 1,11, y en octubre, del 1,3. Pero en noviembre prácticamente se duplicó, pasando, en promedio, a un 2,35 por ciento, y en diciembre se triplicó, pasando a un 7,7, siendo el promedio de la última quincena un preocupante 8,6.

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La marginalidad de todas estas teorías se manifiesta en su total incapacidad para convencer a algún cuerpo colectivo y plural de carácter científico, como colegios de médicos o biólogos, institutos de investigación públicos, academias de ciencias, universidades especializadas y gremios de trabajadores de la salud. La existencia de grupos como Médicos por la Verdad no sirve de contraejemplo ni debería ser motivo de orgullo para sus defensores. Hasta la más oscura secta y la Asociación Tierra Plana logran reunir la firma de algunos miles de profesionales que los respaldan. Del mismo modo, tampoco consiguieron convencer de su verdad a las autoridades de ningún país del mundo. El uso de tapabocas y las medidas de distanciamiento se han adoptado tanto en Estados Unidos como en Corea del Norte, tanto en la Venezuela de Maduro como en la monarquía absoluta de Arabia Saudita, tanto en Alemania como en Cuba, tanto en Noruega y Afganistán como en Uruguay. Ningún país del mundo, independientemente de los regímenes políticos, las tradiciones culturales y los estadios de desarrollo técnico-científico, ha podido zafar de la nefasta manipulación de la ortodoxia covid.

Pero está, además, lo irrazonable de sus argumentos. ¿De qué manera se beneficia un sistema capitalista basado en el intercambio comercial y la globalización con medidas que van en un sentido contrario, como el confinamiento, el cierre de fronteras y el enfriamiento de las economías? ¿Quién promovía hasta ayer nomás el enlentecimiento de las economías: los poderosos dueños del mundo del foro de Davos o los jóvenes de la subcultura hípster y los altermundistas con sus barricadas en las calles? ¿En qué momento decidieron los dueños del poder dar un giro de 180 en sus estrategias de dominación? Algunos han balbuceado que esto favorece a las multinacionales farmacéuticas, a las de comunicaciones y a los fabricantes de productos de limpieza. Podríamos agregar a Amazon, Netflix y los vendedores de alcohol en gel. Pero no se puede confundir una trivialidad, como que en toda crisis habrá quienes encuentren un nicho de oportunidades para su propio beneficio, con probar la responsabilidad de estos grupos ejerciendo una presión indebida en los gobiernos para torcer sus políticas.

Y, además: ¿son ellos, entonces, los oscuros titiriteros que manipulan entre bambalinas al mundo entero? ¿Es razonable pensar que estamos a merced de ese reducido grupo de empresas objetivamente beneficiadas, las cuales, además, lograron embaucar a todos los medios de comunicación, las instituciones educativas y la comunidad científica mundial? La idea de que la pandemia fue planificada para satisfacer intereses globales muy poderosos es lógicamente insostenible.

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Tres aclaraciones antes de terminar, para evitar intercambios inútiles.

Uno. Nada de lo antedicho supone un acuerdo con todas y cada una de las medidas adoptadas en nuestro país para enfrentar la pandemia, como fue aclarado al inicio, y menos aún con medidas mucho más draconianas implementadas en otros países. Sería una absoluta necedad no reconocer que algunas respuestas de los sistemas político y sanitario se fueron acomodando un poco a los tumbos, por el desconocimiento del virus o por la impericia de los decisores.

Dos. Tampoco se propone una aceptación acrítica de los discursos oficiales ni de las políticas de control de contenidos en Internet. La censura de algunas publicaciones «por violar las normas de la comunidad» hace tiempo ya que se transformó en un asunto muy delicado que merece un amplio debate. Parece claro, a esta altura, que la forma de combatir las fake news, las teorías conspirativas y la ciencia basura no puede sustentarse en el filtro de los algoritmos de las plataformas digitales, sino en más transparencia y una política de difusión de la ciencia más sistemática y eficaz.

Tres. Combatir los relatos conspirativos no implica, en modo alguno, ignorar las serias consecuencias educativas, familiares y psicológicas que traen aparejadas las medidas de distanciamiento ni las graves consecuencias económicas en la vida de los sectores más afectados. Un Estado prácticamente ausente a la hora de compensar económicamente a las familias que vieron brutalmente disminuidos sus ingresos es un pésimo augurio para la convivencia social. Desconocer estos aspectos colaterales de la pandemia sería caer en otra forma de negacionismo.

Ahora bien, la fantasía del complot mundial, este contrarrelato del terror sanitario creado artificialmente para dominarnos, es, además de inverosímil, maquiavélico y de una debilidad argumental inquietante. Su matriz conspirativa, esencialmente dogmática, lejos de promover la duda y el escepticismo sanos, que están en la esencia de la mentalidad científica, fomenta un estado de sospecha permanente y erosiona la confianza en los sistemas de salud, las autoridades sanitarias, los medios de comunicación y la ciencia misma. Y es, antes que nada, una demostración de arrogancia intelectual patológica, contra la cual más vale andar siempre vacunados.

  1. Me referí a estas versiones conspirativas en una columna anterior: «Conspiravirus, la otra pandemia», Brecha, 29-V-20.
  2. Este estudio del British Medical Journal muestra que el riesgo de que los niños requieran atención hospitalaria es pequeño y menor aún lo es el de que se enfermen de gravedad: «Clinical characteristics of children and young people admitted to hospital with covid-19 in United Kingdom: prospective multicentre observational cohort study».
  3. Marcelo Marchese, «Un gobierno siervo de los organismos internacionales», Uy Press.
  4. Hoenir Sarthou, «Guste o no guste», Voces.
  5. La retractación del estudio de Mikovits se encuentra en «Retraction», Science, 23-XII-11.
  6. «AAEM-ACEP Joint Statement on Physician Misinformation», http://www.aaem.org.
  7. Aldo Mazzucchelli, «La gran prensa ante la pandemia», Uy Press.
  8. Royal College Staff, «Updated: Clarification on statements made regarding covid-19 by Dr. Roger Hodkinson», newsroom.royalcollege.ca.
  9. AMA en Twitter: «Re: public comments made recently by a pathologist that may leave an impression to the contrary, the Alberta Section of Laboratory Physicians does not share any of the views of the individual in question. 1/2 #COVID19AB».
  10. Derek K. Chu y otros, «Physical distancing, face masks, and eye protection to prevent person-to-person transmission of SARS-CoV-2 and COVID-19: a systematic review and meta-analysis», The Lancet.
  11. «No, ni el expresidente ni el exvicepresidente de la farmacéutica Pfizer han dicho sobre el coronavirus que “no hay necesidad de vacuna, la pandemia ha terminado”», http://www.maldita.es
  12. Sarthou, citado.

 

     Fuente: https://brecha.com.uy/los-negacionistas/

 

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