Por María Cristina Oleaga

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En 1915, Freud  escribe acerca de las consecuencias de la guerra para la subjetividad. Sus reflexiones iluminan algo de lo que ha traído esta nueva peste a la cultura, de sus efectos subjetivos, de la desmentida y de cómo -sin embargo- ha rasgado algunos velos.


 

 

“No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona el mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos la muerte es un accidente y, aunque la acepten, es una violencia indebida.”

Simone de Beauvoir, Una muerte muy dulce.

Conviene no saber demasiado del mañana, verlo claramente es más terrible que la oscuridad”.

“Luego, como siempre cuando caigo en mis abismos, una loca esperanza, ¿venida de dónde?, me inventa el atractivo de alguna perspectiva y una vez más me pertenezco.

             Héctor Bianciotti, El paso tan lento del amor.

En 1915, bajo el impacto de la Primera Guerra Mundial, Freud escribe: “Envueltos en el torbellino de este tiempo de guerra, condenados a una información unilateral, sin la suficiente distancia respecto de las grandes transformaciones que ya se han consumado o empiezan a consumarse, y sin vislumbrar el futuro que va plasmándose, caemos en desorientación sobre el significado de las impresiones que nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos. Creemos poder decir que nunca antes un acontecimiento había destruido tanto del costoso patrimonio de la humanidad, ni había arrojado en la confusión a tantas de las más claras inteligencias, ni echado tan por tierra los valores superiores. Hasta la ciencia ha perdido su imparcialidad exenta de pasiones”. (1)

La pandemia  no ha desatado una guerra, salvo según esa poco feliz metáfora referida al abordaje sanitario del virus. Sin embargo, puedo tomar los efectos que Freud señala y pensarlos a la luz del acontecimiento SARS-CoV-2 y de la enfermedad que nos trajo: la COVID-19. El párrafo pinta la destrucción; un estado de incertidumbre respecto del futuro; de desorientación -incluso de los científicos- por pérdida de las significaciones conocidas y aun del valor mismo de nuestros juicios. Se podría,  sin duda, aplicar a lo que hoy nos sucede.

No me voy a detener  en las teorías respecto de los orígenes del virus ni tampoco en las que plantean posibilidades a futuro. Otros lo han hecho ya muy bien y con creces. Me voy a centrar en la subjetividad y sus avatares. Quiero referirme a los dos efectos que señala Freud en su trabajo en torno a la guerra: la desilusión que provocó y el cambio de actitud hacia la muerte. Ambos puntos tienen conexión con el estado actual de la subjetividad, tal cual se encuentra atravesada por la pandemia.

Desilusión/odio

La guerra echó por tierra ideales consistentes respecto del estado de grandeza moral de la humanidad y de la cultura de ese tiempo, permeando incluso las seguridades respecto de las relaciones éticas vigentes. ¿En qué nos parecemos? No hace falta describir extensamente los casos de robos de materiales sanitarios  esenciales entre Estados/Piratas cuando su escasez hacía temer por el destino de los enfermos, ni tampoco ahondar en los episodios repetidos de discriminación violenta hacia los efectores de salud -los mismos a los que se aplaudía- transformados en peligrosos vectores en caso de que compartieran edificio de vivienda. Baste este ejemplo, para no mencionar las actitudes de odio desplegadas en manifestaciones callejeras que desprecian el cuidado del semejante. Veremos más adelante que hay razones muy profundas para que, en nuestra cultura, el odio y la falta de solidaridad dominen peligrosamente el escenario.

Para Freud,  el punto problemático son las ilusiones mismas, creadas para ahorrarnos displacer. Dice: “(…) tenemos que aceptar sin queja que alguna vez choquen con un fragmento de la realidad y se hagan pedazos” (2). A pesar de las ilusiones que podemos hacernos acerca de su grandeza, la esencia del hombre son, para Freud, las pulsiones elementales que la cultura -al menos en su época- lograba inhibir, relanzar hacia otras metas, dar destinos acordes con la convivencia en sociedad. El autor centra esa posibilidad civilizatoria en el amor. Es Eros el que permite que las pulsiones egoístas, dice a esta altura, se transformen en pulsiones sociales.  Se trata del factor interno en el proceso de humanización: se renuncia para ser amado, factor que se complementa con el externo, la educación como vehículo de exigencia cultural.

El amor juega su rol en favor de la castración.  En Freud este dato está desde el comienzo de su obra y respecto de las primeras vivencias del infans. Las experiencias iniciales de dolor, su propio grito vivido como extraño y la presencia/ausencia del que socorre se articulan en un entramado psíquico; lo que se recibe del Otro se convierte, así, en signo de su amor. En este punto, cruce entre el desvalimiento y el Otro, Freud ubica “la fuente primordial de todos los motivos morales” (3).

En 1930,  Freud retoma el tema de la operación del amor en relación con tiempos primordiales de la cultura: “La convivencia de los seres humanos tuvo un fundamento doble: la compulsión al trabajo, creada por el apremio exterior, y el poder del amor, pues el varón no quería estar privado de la mujer como objeto sexual, y ella no quería separarse del hijo, carne de su carne. Así, Eros y Ananké pasaron a ser también los progenitores de la cultura humana.” (4).Asimismo, señala el lugar del amor en la renuncia: “Originariamente, (…), la renuncia de lo pulsional es la consecuencia de la angustia frente a la autoridad externa; se renuncia a satisfacciones para no perder su amor.” (5)

Finalmente, el destino de la especie humana le parece imprevisible dado el efecto de la pulsión de “agresión y autoaniquilamiento”. No puede apostar al triunfo de  Eros.

Para el infans, es la amenaza de perder el amor del Otro  lo que funciona como traumático, en tanto esa pérdida deja al sujeto inerme ante estados de excitación que no pueden ser calmados ni por la vía de la descarga ni por la vía de la tramitación según el principio del placer. El peligro ante el cual se angustia el niño, para Freud, no es la pérdida de objeto en sí sino que ésta implica no poder con las magnitudes crecientes de estímulos a la espera de tramitación. El prototipo de esta situación es el trauma de nacimiento y su respuesta de agitación motriz, modelo del ataque de angustia. El infans es rescatado del caos inicial por el amor, la significación, el sostén del Otro. En Freud, motivos morales, renuncia y Superyó arman una serie en el camino de la humanización, que se enmarca de acuerdo a los requisitos de la cultura de la época: “(…) lo malo es, en un comienzo, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida de amor; y es preciso evitarlo por la angustia frente a esa pérdida.” (6).

Lacan, entonces, es freudiano cuando dice: “Solo el amor permite al goce condescender al deseo” (7).  Ambos destacan el lugar del amor en relación con la castración, con el pasaje del autoerotismo al Otro, y sabemos que castración y cultura/vida en sociedad se anudan.

Discurso del capitalismo

¿Por qué me dedico con tanto detenimiento al tema del amor? La especie humana -en el disloque lenguajero que lo extrae del conjunto de los mamíferos- pierde así las pistas de lo que hay que hacer para ser hombre o mujer y para gozar sexualmente, agujero al que alude el  “No hay relación sexual” lacaniano. El Nombre del Padre era lo que orientaba al sujeto a partir de  identificaciones, normas, modos socialmente establecidos de ser y de hacer.  Al avizorar la caída de este Significante Amo, su rebajamiento en nuestra cultura, Lacan pasó a considerarlo como uno entre otros normalizadores, un síntoma más, una suplencia, entre otras posibles, para colmar ese agujero de estructura y ordenar/civilizar el goce de cada quien. Este dato, de dispersión de los modos de hacer con el/los goces, es lo que le permitió afirmar: “(…) todo el mundo es loco, es decir, es delirante” (8). Recordemos que hay una relación privilegiada entre castración y Nombre del Padre y entre castración y amor. El Nombre del Padre está devaluado, su efectividad no tiene peso ¿y el amor?

En 1972, en una conferencia en Milán (9), Lacan culmina el desarrollo de un discurso nuevo y muestra su preocupación por el avance del capitalismo. Recordemos que los discursos, para Lacan, son modos posibles de establecer un lazo social, un vínculo entre seres hablantes, una manera de habérselas con lo real. No voy a ocuparme aquí del efecto liberador que ha tenido la devaluación del Nombre del Padre respecto de las cuestiones de goces y géneros, sino de otras de sus consecuencias.  La debacle del Nombre del Padre forma una dupla con la invención lacaniana del discurso capitalista. Cada uno de los cuatro elementos (S/, sujeto tachado; S1, significante Amo, Ideal que comanda; S2, el saber; a, objeto de goce) tiene una función y una característica según el lugar que ocupa en cada uno de los cuatro discursos:

Agente         Trabajo

———–       ———–

Verdad        Producción

Asimismo, hay relaciones posibles e imposibles -que en el del capitalismo se subvierten- entre los elementos en juego. No voy a entrar en la complejidad de esta construcción lacaniana de los cuatro discursos (del Amo, de la histérica, de la Universidad y del analista) sino que voy a resaltar algunos rasgos del discurso capitalista que comanda la cultura hoy.  Veamos cómo se distribuyen, en este discurso, los elementos y señalemos algunas consecuencias de esta disposición:

S/                   S2

——–         ———–

S1                   a

El S1, Significante Amo, queda en el lugar de la Verdad, que sabemos está reprimida originariamente, inaccesible. Sin embargo, en este discurso es el sujeto, verdaderamente otra clase de sujeto, el que determina  qué es verdad. Si el S1 es Amo, lo es como mandato de goce para el sujeto, una encarnación del Superyó. El sujeto no está separado de los objetos, los gadgets que le ofrece la tecnociencia para su goce autoerótico. Se vincula con ellos y no con un Otro privilegiado. El sujeto se dirige a ese saber tecnocientífico para que produzca esos objetos para su goce. Las adicciones ocupan, así, el centro de la escena; no solo en la acepción más común, la de las drogas, sino que toda forma de relación con los objetos, con las actividades y con los otros puede tomar una modalidad adictiva. En este sentido, este discurso no es un modo de hacer lazo social sino una incitación a consumir sin freno. Este discurso representa el mandato superyoico actual de gozar ilimitadamente.  El amor queda fuera de este circuito y, con él, la castración.

Estos son rasgos que priman en nuestra cultura. Los ideales afectados por la guerra, que Freud destacó, no son los mismos que funcionan en nuestra sociedad: las significaciones y los valores varían según la época. En su gran obra, El Malestar en la Cultura, Freud habla del “Superyó de una época cultural (…)” (10) para mencionar las variaciones y los orígenes de lo que se juega en una sociedad a partir de los ideales de la época. Desde luego, describe los de su época, en la que el Superyó pedía más y más renuncia, y da cuenta de los efectos sobre los sujetos de lo incumplible de ese mandato de goce en la privación. El Superyó hoy pide más y más ejercicio del goce. Es el S1 que comanda al S/. La construcción lacaniana del discurso capitalista muestra, entre otros, este rasgo. Podríamos decir que lo que ordena el Superyó siempre es incumplible ya que siempre pide más, de lo que sea. En ese “más” incoercible se trasluce su raíz pulsional.

Hoy, las rebeliones contra las restricciones al consumismo son vividas como ejercicio de autoritarismo, incluso como efectos de dictadura, en muchos lugares del planeta. La economía y su marcha sin obstáculos, el extractivismo y la destrucción del hábitat, todo aquello que garantizaba el lugar, ya no del ciudadano sino del consumidor, ha sido puesto en jaque por la pandemia y las medidas sanitarias de protección. El más superyoico -cuyos efectos han determinado probablemente la pandemia misma- ha sufrido un impasse intolerable. El goce mortífero se desata de otros modos. Podríamos decir que la desilusión respecto de los ideales de la época está teñida por el odio ante el impedimento del consumo. Recordemos que es el tener el que hoy se impone al ser.

Cambio de actitud ante la muerte/recomposición de la fantasmática

Esta es la segunda consecuencia que Freud le atribuye a la guerra. Describe la actitud negadora habitual ante la muerte propia y destaca su inexistencia para el Inconsciente. Así, es solo la muerte del ser cercano, amado, la que nos toca profundamente, tanto como para paralizarnos. Dice Freud: “La inclinación a no computar la muerte en el cálculo de la vida trae por consecuencia muchas otras renuncias y exclusiones.  Y no obstante, la divisa de la Hansa decía: “Navigare necesse est, viver non necesse!”: Navegar es necesario, vivir no lo es.” (11)

Señala el cambio que trae la guerra al no dejarnos desmentir la muerte y el desconcierto que produce el enfrentarla sin poder encontrar una nueva relación con ella. Alienta una actitud de acercamiento a la muerte: “(…) dejar más espacio a la veracidad y hacer que de nuevo la vida nos resulte más soportable. Y soportar la vida sigue siendo el primer deber de todo ser vivo. La ilusión pierde todo valor cuando nos estorba hacerlo. (…) Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.” Nos pide algo razonable, pero ¿será posible? Él mismo incluye, ya en el primitivo, la disposición para imaginar vidas posteriores, para significar la muerte del ser amado como un abandono de poderes protectores e incluso para referirla a sus propios deseos hostiles -la ambivalencia en todo vínculo- contra el ser querido y, entonces, vivirla con culpa. Parece que no lo es.

La pandemia ha desatado el miedo en relación con el virus, ha captado y concentrado sufrimiento y sentidos varios para el mismo, sin duda con toda la legalidad que podemos darle ya que el peligro en que nos ha colocado lo justifica. Sin embargo, no hemos avanzado en nuestra relación de desconocimiento con la muerte. Esa actitud de estructura no permite otra posibilidad. Todos los días aparece la cifra de muertos por COVID. Una cifra que crece y, sin embargo, no parece afectar más que a los que pierden seres amados.   Nos vamos habituando a contarlos por cientos, por miles, a decir “Dosmil y pico”, a usar expresiones que -en sí mismas- son la expresión de una desmentida atroz. No son seres, son números; no hay historias, hay cifras y cálculo estadístico.  Recomiendo, en este sentido, la página brasilera “Inumeráveis”, que hace un ejercicio contra este rechazo; se puede visitar en este mismo número. Los negacionistas, los que marchan -en todo el planeta- contra lo que consideran restrictivo y dictatorial no quieren/pueden saber. Son marchas de enfurecidos; albergan a terraplanistas y a conspiracionistas de todo tipo. Convergen, sobre todo, en el ejercicio de un odio que se dirige a objetivos diversos. Marchan juntos pero no comparten causas ni enemigos salvo el impedimento que se les ha impuesto: detestan la interrupción de su normalidad consumista. La divisa para ellos podría ser: “Consumir es necesario, vivir no lo es”.

“Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente”, decía François de La Rochefocauld. Quizás, este sea el punto que Freud advierte y, aun así, minimiza. Hay una imposibilidad de estructura. Los fantasmas, narrativas que cada quien tiene para enfrentar lo real sin sentido, varían pero están ahí como pantalla necesaria.  La religión, la fábrica de sentido más colosal, funciona a pleno para algunos. También se nutren de la pandemia los sentidos delirantes, que muchas veces se cruzan con los religiosos, abrevan en ellos o se les superponen. Los grupos coercitivos, mal llamados sectas, reclutan adeptos con facilidad. Además, las vacilaciones de la ciencia respecto de este virus multifacético y desconocido agregan confusión y fomentan significaciones insospechadas. La proliferación y la variedad son más que posibles, sin duda, en una cultura donde el Nombre del Padre no puede ya imponer su versión.

El sentido perdido y las narrativas globalizadas

El tratamiento globalizado de la información intenta recobrar el sentido perdido a favor de los grupos de poder, por ejemplo,  o recubrir la indeterminación con nuevos sentidos comunes que se mixturan y superponen a las narrativas fantasmáticas de cada uno.  Podemos considerar que un sentido es una narrativa que produce, mediante un armado significante, significados aceptablemente coherentes respecto de algo que aparece opaco. Si decimos que el tono del Superyó actual es el de empujar al goce ilimitado, aludimos seguramente a que coincide con la narrativa en la que se inscribe, la capitalista. Ésta nos dice que todo es posible para el sujeto, que su vulnerabilidad, angustia y búsqueda de seguridad son patológicas y que vivir en lo provisorio y frágil es un desafío al que debemos responder con fortaleza, con salidas individuales exitosas, de emprendedores valientes, quizás las de los chicos que andan con sus motos por la ciudad, llevando y  trayendo cosas para los que, desde casa, tienen antojos irrefrenables. Así, consumir y tener constituyen los ejes del ser. Este relato arma insensiblemente un Ideal  del “Sálvese quien pueda” que ha tenido repercusión en reacciones contra las limitaciones de la cuarentena, aquellas que reivindican, a toda costa y contra toda evidencia de peligro la inexistencia del virus y exigen la libertad individual.

Una narrativa más tibia declara que “la gente está cansada”, que ya no se le puede pedir que deje de reunirse, que circule menos, que no tome cerveza en los bares, y así con una lista que remite a una normalidad perdida. Si bien incluye el anhelo amoroso de estar con los seres queridos y con los amigos,  centra su mirada en una privación intolerable, casi en un capricho que se cumple cada vez más frecuentemente e incluye la desmentida respecto del peligro para sí mismo y para el otro al que se extraña.

En este marco, las narrativas que denuncian que volver a la normalidad anterior a la pandemia sería fatal, no pueden ser escuchadas, al menos hoy. Las paredes, en Hong Kong, lo gritaron con precisión: “No podemos volver a la normalidad porque la normalidad era precisamente el problema.”

Hay una razón de estructura para esta sordera – la muerte no tiene inscripción en el Inconsciente-  y hay una razón de coyuntura, el tono de la cultura actual. Los ideales que nutren esas narrativas chocan con el principio básico del capitalismo, el de la propiedad privada de los medios de producción, que escapa a toda norma restrictiva.  Son narrativas  que desnudan el afán depredador del capitalismo. Freud aventuró algo al respecto en 1930, cuando criticó el idealismo de los socialistas y su fe en una sociedad perfecta: “Paréceme también indudable que un cambio real en las relaciones de los seres humanos con la propiedad aportaría aquí más socorro que cualquier mandamiento ético; (…)” (12)

Una de las narrativas más pregnantes acerca de la muerte y la pandemia ha sido la desoladora pintura de los que, aislados en una UTI, mueren en soledad. Más allá de lo difícil que sea separar muerte -como momento íntimo del que nadie puede dar cuenta- y soledad, este relato nos ha horrorizado. Sin embargo, no sabemos cómo cada quien puede significar la compañía en ese momento, aunque el sentido común la suponga imprescindible. Además, pensemos cómo se podría enmarcar esa situación si la significamos como cuidado hacia los otros y no como abandono. Incluir el amor en esa soledad que suponemos nefasta puede ser un modo de dar sentido protector al que suponemos desprotegido, cambiar su lugar de víctima por el de alguien que, aun en ese momento está más unido, por amor, a los otros.

Otra narrativa que se ha impuesto es la que machaca con la incidencia traumatizante de la cuarentena, e incluso del aislamiento preventivo, en los niños, con el posible  desencadenamiento de cuadros de Estrés Postraumático (EPT). Entiendo que, en este sistema en que todo -o casi todo- se compra y se vende, las noticias son mercancía y coinciden a menudo con los dichos de predicadores retrógrados. Satisfacen la gula morbosa del telespectador medio y apuntan al miedo que puede provocar esta crisis; en consecuencia, colaboran en convertir a los padres y a las madres en enemigos militantes de la cuarentena o de cualquier restricción a la supuesta normalidad previa.

Para el Psicoanálisis, es posible definir lo traumático solo luego de que muestra sus efectos. No es lícito anticiparlo. Que algo sea traumático dependerá de varias circunstancias que no podemos definir de antemano desde el exterior del sujeto. La preparación o la falta de preparación del aparato psíquico para la elaboración de un acontecimiento se descubrirá a posteriori de su ocurrencia. O sea: no es porque un suceso nos parezca contundente que podemos decir con seguridad que será traumático. Es la falta de preparación para elaborarlo cuando sucede lo que define el desenlace, así como la dificultad de su tramitación posterior.

Los chicos tienen una gran capacidad de cura de muchos males. Son creativos, si los adultos no los tapamos con objetos, tecnología, u otros chupetes autoeróticos. En esta situación, como en cualquier otra que implique un duelo -en este caso por lo que no se puede hacer- es muy importante preguntar,  hablar, dar lugar a la tristeza, no tapar con ruido. Hablar de lo que extrañan, preguntarles mucho, porque a veces damos por sentado, creemos saber qué angustia a un chico y no es así. Cada niño puede extrañar o temer algo en particular. Hay chicos que se angustian por lo que les puede pasar a sus abuelos, a partir de lo que oyen sobre los grupos de riesgo; otros temen no poder pasar de grado, los efectos son variados e imprevisibles. También es importante hablarles del futuro, de las vacunas por venir, contarles de otras experiencias en las que no hubo vacuna y del alivio que llegó cuando sí se descubrieron, como con la polio, por ejemplo. O sea, dar esperanza respecto del futuro, hablarles de cómo se cuidan las personas por las que pueden temer, etc.

Para todo esto, es preciso que los padres puedan ayudarlos a expresar con palabras lo que les sucede -si ese fuera el caso- ya que, si no, solo les queda la manifestación motriz, la descarga de un malestar sin palabras: explosiones de rabia, berrinches o descargas motrices;  transformar ese modo de expresión en otro que pase por la palabra es elaborarlo. El lenguaje y el afecto son la arcilla con que se hace humano un bebé, es lo que va más allá del alimento. Los sucesos que conmocionan podrán ser tramitados con la palabra, si hemos nacido y crecido como humanos pudiendo creer en ella.  A veces, no es posible para los padres ayudarlos así, pero no podemos culpar a la pandemia, y mucho menos a la cuarentena, por este impedimento. En cualquier otro suceso de la vida, si así fuera, tampoco podrían contener a sus niños ni ayudarlos a elaborarlo. Según el caso, podrían aparecer, o no, síntomas que lleven a la consulta. .Pero nada de esto se puede definir a priori como necesario.  Sin embargo, los medios masivos han logrado, con esta prédica, que se pueda incluso llevar a los chicos a los patios de la escuela  o a la plaza para evitarles el trauma supuesto.

Es un tema que reenvía a la subjetividad de época. Los adultos dejan hacer, a veces porque creen que eso es promover la libertad de los chicos, a veces porque están ensimismados ellos mismos, ocupados en su mundo, casi compitiendo por ser más niños que los niños, más jóvenes que los adolescentes. El ejercicio de una autoridad que cuide y defina tiene muy mala prensa. La consecuencia es una cierta orfandad de la niñez y la adolescencia. Armar una vida para la cuarentena o el aislamiento implica también hacer que el día sea día y la noche, noche. Algo tan simple parece que no se puede garantizar ni para los adolescentes, que se duermen a la madrugada y se despiertan a la tarde, ni para los mismos adultos. Los hijos quedan, de este modo, huérfanos de lo que los enmarcaría.

Este desarreglo dice mucho de los adultos a quienes se les desarma la rutina más elemental, la del circuito circadiano. Es decir, como no hay otro que haga las veces de ordenador externo -trabajo, estudio, institución de algún tipo- que regule el día y la noche, entonces todo da igual. Esto es más grave que la cuarentena misma. O, mejor dicho, la cuarentena pone al desnudo una falta de regulación interna en muchos adultos que son los que no pueden, por ello, transmitirla a los chicos. Son los que dicen querer su libertad, son los que no pueden postergar sin sentir hostilidad hacia lo que los detiene. Es un rasgo de poca reflexión y mucha acción. Si los adultos no pueden ellos mismos manejar el obstáculo, tampoco podrán transmitir a sus hijos la tranquilidad de saber que el impedimento de salir es una forma del cuidado y no un encarcelamiento.

Ahora bien, ¿es diferente este cuadro de poca reflexión, de falta de regulación, del que encontrábamos antes de la cuarentena? No necesariamente. La cuarentena deja a los menores sin posibilidad de conocer o de interactuar con otros adultos que quizás los contengan mejor, de vivir otras experiencias en la escuela, con maestros, con otros familiares o con amigos, razón por la cual lo malo y/o lo bueno del hogar propio se potencia. Pero no es la cuarentena, es el medio en el que mayoritariamente está esa infancia el responsable de que la pasen mal o bien, así como lo es cuando no hay confinamiento.

Más allá de las narrativas que tienden a echar velos, a veces de tinte paranoide, sobre la peste de hoy, la pandemia ha desnudado la podredumbre del sistema. En la vida de muchos el virus, que no es democrático, ha pegado con más fuerza. Los intensivistas publican, en una carta abierta, su malestar, su agotamiento, y alertan acerca de la amenaza de saturación de los servicios. El personal de salud -en máximo riesgo y con muchas muertes a cuestas- merece toda nuestra atención y, sobre todo, una mejor consideración económica. Circular sin límites, como lo estamos viendo, los amenaza directamente al aumentar el número de contagios.  En las villas -un modo de vida por fuera de lo mínimamente digno, que no ha tenido año tras año más que empeoramiento-  los niños y los viejos, como siempre, fueron los más afectados. Hubo muchos muertos entre miembros de organizaciones solidarias que se exponen al virus constantemente. Los jubilados, que cobran un haber indecente,  son los más vulnerables al virus, sobre todo en condiciones de pobreza y hacinamiento. Los artistas ni siquiera ven un futuro para su tarea -a pesar de todo lo que inventan gracias a la virtualidad- sin el público.  Los desempleados y los cuentapropistas dejaron de percibir dinero y, a pesar de la ayuda estatal, se exponen -al salir a la calle sin poder evitarlo- para ver cómo pueden ganar algo más. En fin, hablamos de los desechables del sistema y hablamos de una situación sin precedentes que los muestra a la intemperie. Volver a la normalidad, si es la de antes, no los consolará. Esos desamparados no son producto de la pandemia sino del capitalismo descompuesto en el que vivimos. La pandemia puso en primer plano las condiciones del sistema, como lo hizo el niño, en el cuento El traje del emperador, al señalar que el Rey estaba desnudo. Habrá que ver si hay muchos que toleren el espectáculo y lo que harán con él. Tampoco puedo apostar, sin dudar, por Eros.

Notas

(1) Freud, Sigmund, De guerra y muerte. Temas de actualidad (1915), Obras Completas, Tomo XIV, pág. 277, Amorrortu, 1987.

(2) Ibid (1), pág. 282.

(3) Freud, Sigmund, Proyecto de Psicología (1895), Obras Completas, Tomo I, pág. 362-3,   Amorrortu 1987.

(4) Freud, Sigmund, El malestar en la cultura (1930), Obras Completas Tomo XXI, pág. 99, Amorrortu 1987.

(5) Ibid (4), pág 123.

(6) Ibid (4), pág 120.

(7) Lacan, Jacques, Seminario X. La angustia (1962/3), pág. 194, El Seminario, Paidós 2007.

(8) Lacan, Jacques, ¡Lacan para Vincennes! (1978), Lacaniana N° 11, Bs As, 2011.

(9) Lacan, Jacques, Del discurso psicoanalítico (conferencia en Milán, 12 de mayo de 1972)

(10) Ibid (4), pág. 137.

(11) Ibid (1), pág. 292.

(12) Ibid (4), pág. 138.

Fuente: http://elpsicoanalitico.com.ar/psi/home-2/subjetividad-oleaga-peste-muerte-velos/