Uruguay – Sistema prostitucional, mercantilismo y patriarcalismo.

  • Pablo Guerra

 

El papel del igualitarismo y de las nuevas masculinidades.

 

Ilustración: Mariana Escobar

 

Pocos temas tan polémicos y sostenidos en el tiempo como el relacionado al sistema prostitucional. Respecto a las características que asume este fenómeno en la época contemporánea, los argumentos esgrimidos a favor y en contra se han presentado fundamentalmente bajo paradigmas polarizados. Es así que a principios del S. XX se era regulacionista o se era abolicionista; o desde el feminismo militante se es radical o liberal, dejando algunos de los viejos parteaguas (por ejemplo, izquierda y derecha) absolutamente des-norteados o al menos insuficientes para dar cuenta del fenómeno.

Mi entrada analítica al fenómeno se dispara sobre comienzos del milenio. Para entonces el Parlamento Nacional comenzaba a analizar un proyecto de ley sobre el trabajo sexual presentado por el Diputado colorado García Pintos que en 2002 se convierte en la vigente Ley 17515 sobre Trabajo Sexual.

Una mezcla de curiosidad y sorpresa me despertó la escasa discusión generada en el recinto parlamentario, algo que por ejemplo contrastó con la discusión de la Ley 8080 de 1927 (también vigente, aunque con cambios) sobre proxenetismo. Un segundo dato que también me resultó curioso fue la nula referencia a datos empíricos respecto sobre todo a las dimensiones sociales que afectan a las personas que ejercen la prostitución.

Estas dos razones son las que me llevaron a convencerme de la necesidad de una investigación profunda que indague más al respecto, poniéndole voz a sus protagonistas. Su fruto fue la publicación de “¿Mujeres de Vida Fácil?. Las condiciones de la prostitución en el Uruguay” (Ver Guerra, 2006), un libro que recoge 120 entrevistas realizadas por mis queridos/as estudiantes entre 2002 y 2004. Diez años después, apliqué similar estrategia y métodos de investigación para publicar otra investigación con una base de datos esta vez de 188 entrevistas en profundidad (ver Guerra, 2016) a lo que sumé técnicas de observación en burdeles, casas de masajes y whiskerías de Montevideo. Y como no hay dos sin tres, en 2017 publico una nueva investigación, esta vez sobre cómo vivencian el trabajo sexual las mujeres trans, para lo cuál reunimos 63 entrevistas en profundidad (ver Guerra, 2017).

 

Fetichismo de la mercancía y machismo

 

Como ya dijimos, estas temáticas suelen estar dominadas por discursos tajantes en el escenario público. Mis certezas al respecto, sin embargo, son escasas. La primera y quizá la que más implicaciones conlleva desde el punto de vista del feminismo y del igualitarismo, es que el sistema prostitucional se ha convertido en uno de los enclaves en los que aún se manifiesta a sus anchas la cultura patriarcalista y machista. La segunda certeza, es que se expresa en un mercado radical en el que a la persona se le rebaja al estado de mera mercancía. De esta manera, el mercado prostitucional, recurre a estrategias de marketing del tipo “happy hour”; “2 x 1”; “besos gratis”; y “sorteos de chicas”.

Cada uno de estos ejemplos son reales y han sido documentados. ¿Quedan dudas sobre el estado de mercancía (Warenfetischismus al decir de Marx) de estas personas y sobre el patriarcalismo de fondo? Las famosas vitrinas del barrio rojo de Amsterdam, donde las mujeres (fundamentalmente inmigrantes) se exhiben al potencial cliente parecen ser lo suficientemente alienantes como para continuar con la argumentación. La versión criolla más emblemática, por su parte, podría haber sido aquella propuesta de trabajo ofertada por Diva´s buscando un “catador de chicas”, compitiendo en el ranking de la chantada y el agravio, con el sorteo promovido por un prostíbulo de Artigas en el que se rifaba “una de nuestras chicas” que el (in)feliz ganador podría “disponer” para lo que obviamente debía comprar un número a tan sólo 50 pesos. Aunque parezca increíble, esta pieza de marketing se difundió por una radio local. Y no sucedió décadas atrás. Fue en 2016.

La exacerbación del mercado, se expresa entre otros asuntos, también en la tendencia a ampliar el espectro de las mercancías que se ofrecen, pasando de servicios tradicionales años atrás (sexo oral, vaginal y anal) a diferenciar otras mercancías como besos, desprendimiento de prendas, con o sin protección, e infinidad de “extras” que se ofrecen de acuerdo a un detallado listado de precios. Una de las novedades de los últimos años, por ejemplo, es el “trato estilo novios” un ofrecimiento sobre todo de escorts jóvenes que consiste al decir de una de ellas, en asegurar al cliente “muchos besos y caricias”.

 
 

Figura 1: prostíbulo ofreciendo “beso en la boca” gratis por cada consumición de sexo. Este volante me lo entregaron cerca de la Universidad, en 2016.

 

El mercado del sexo y la prostitución concretamente, muestra entonces profundas conexiones con las dimensiones patriarcalistas y mercantilistas, pero también con las dimensiones del poder y del aprovechamiento de las vulnerabilidades. Lo sucedido recientemente con la Operación Océano, es otra muestra de lo que esconde nuestra sociedad. Las figuras del “sugar daddy” y “sugar baby” revelan la relativa facilidad con la que la explotación sexual se reinventa, ahora también de la mano de las aplicaciones por internet, exhibiendo nuevas vulnerabilidades que van más allá del contexto socioeconómico por parte de las víctimas (1).

 

Proxenetismo, lucro y explotación

 

El otro aspecto en el que el ejercicio del poder se entronca con el patriarcalismo y el mercantilismo (en este caso expresado en la motivación del lucro) es el proxenetismo, un fenómeno que sigue muy presente en nuestra realidad, toda vez que cualquier “persona de uno u otro sexo explote la prostitución de otra, contribuyendo a ello en cualquier forma con ánimo de lucro, aunque haya mediado el consentimiento de la víctima…” (Ley 8080). Nuestro país está en deuda con esa Ley de 1927 en la que incluso participó la brillante pluma de la Dra. Paulina Luisi. Su posición frente a la trata, así como su postura feminista y abolicionista es clara. Como también su visión de la prostitución como una expresión mercantil despreciable a la que se arrojaba a la mujer.

Para Luisi, justamente el abolicionismo es un movimiento que se ha organizado “con objeto de perseguir la abolición del lenocinio patentado”. Estas palabras, publicadas en Acción Femenina en el año 1920, tendrán impacto en el citado Art. 1 de la Ley del 27 de Mayo de 1927, de neto cuño abolicionista. Lamentablemente para sus seguidores, la Reglamentación de la Ley desvirtuó parte de ese espíritu y abrió espacio a un perfil más reglamentarista y policíaco, tendencias que luego también influirían en el contenido de la Ley 17515.

Aún así, es claro que quien explote la prostitución de otra, contribuyendo a ello en cualquier forma con ánimo de lucro, aunque haya mediado el consentimiento de la víctima, es un proxeneta.

Podemos conceder de todas maneras que estamos frente a un verbo que provoca muchas interpretaciones. Aunque para Abadie Santos, “explotar” significa obtener un provecho propio; para los partidarios del “laissez faire” se trata de un término muy vago. A continuación un ejemplo de cómo un abogado defiende a su cliente proxeneta justificando su actividad como la de cualquier empresario:

Si el verbo nuclear explotar, en el delito de proxenetismo, incluyera actividades como las que realizaba AA para gerenciar su negocio, no quedaría en Uruguay ninguna whiskería al amparo de la ley. Se trata de empresarios que persiguen un fin de lucro y que, legítimamente, se benefician de la prostitución que se desarrolla en su establecimiento” (Suprema Corte de Justicia, 2019).

 

A nuestro modo de ver, mal que le pase al autor de semejante defensa, ningún local debería seguir funcionando en esas condiciones, y sus dueños, en caso de recibir porcentajes del trabajo sexual, califican como proxenetas (2).

Por nuevas masculinidades y más igualitarismo

 

Luego de definir el igualitarismo no como la mera eliminación de las diferencias sino como la búsqueda de una sociedad libre de dominación, esto es, “una sociedad donde ningún bien social sirva o pueda servir como medio de dominación”, Michael Walzer nos invita a reflexionar acerca de lo que el dinero puede y no puede comprar para lo cual nos entrega una lista de aquellos intercambios obstruidos, prohibidos y censurados de acuerdo a los valores y convenciones sociales.

 

En esta lista nuestro autor incluye algunas categorías de intercambios obstruidos que pueden ser de interés para el caso de la prostitución. Uno de ellos es el referido a los “tratos de último recurso”, esto es, la prohibición que las sociedades suelen hacer de aquellos “intercambios desesperados”, aspecto que reconoce como una restricción a la libertad del mercado “en bien de cierta concepción comunitaria de la libertad personal, una ratificación de la prohibición de la esclavitud a un menor nivel de pérdidas” (Walzer, 1997: 113). Así como las sociedades establecen “normas básicas más abajo de las cuáles los trabajadores no pueden ofrecer su trabajo a otros” (Walzer, 1997: 113), también es posible pensar que desde este punto de vista las sociedades quieran avanzar en la prohibición de ciertos trabajos cuyas características avalen el vínculo con los intercambios desesperados.

 

Ahora bien, ¿qué tan desesperados son los intercambios generados por el sistema prostitucional? Es larga la lista de publicaciones científicas que vinculan las vulnerabilidades como factor predisponente. En lo particular, he constatado esa “desesperación” en personas que ya no tienen qué comer, cómo pagar su alquiler o cómo vestir a sus hijos. También es el caso de quien busca con desespero saciar una adicción.

 

Digamos que la idea del intercambio desesperado nos será de utilidad para dar cuenta de una parte importante de personas que ejercen la prostitución como último mecanismo de sobrevivencia, pero que nos deja sin mayores argumentos para dar cuenta de aquella cuota parte del mercado del sexo operado por agentes racionales que a partir de un cálculo costo – beneficio y aplicando su capacidad de agencia, deciden prostituirse.

 

Un nuevo argumento igualitarista entonces viene de la mano de Debra Satz, una autora a la que he criticado algunos de sus conceptos, como aquel tan inocente en el que dice no encontrar mayores diferencias de explotación entre quien se dedica a la prostitución y quien trabaja en Wall Mart (he tenido la oportunidad de visitar prostíbulos y supermercados y puedo testificar que las diferencias son demasiado groseras como para siquiera debatir este asunto). A pesar de ello, creo que da en la tecla cuando señala que la prostitución, al igual que la pornografía, deben ser condenadas en tanto contribuyen a colocar a las mujeres en un estatus inferior al hombre, como “siervas” al servicio de los deseos del varón, lo que contribuye a su vez en la creencia de que el hombre es el que tiene incontrolables impulsos sexuales que debe saciar una mujer.

Este argumento, es igualitarista –sostiene Satz- pues no ocurre entre los hombres una práctica similar, esto es, en nuestra cultura no se concibe al hombre como satisfactor de los deseos sexuales de la mujer (y de hecho, explica la autora norteamericana, la mayoría de los hombres que se prostituyen atienden a varones), por lo tanto la prostitución ofrece una imagen de desigualdad de género al colocar a la mujer en una posición inferior, un estereotipo resultado de los valores predominantes, de lo que resulta que las mujeres en general (como “grupo”) son afectadas por la prostitución.

 

Siguiendo esa línea, creo que deberemos esforzarnos por avanzar en ese plano de una mayor igualdad, cuestionando aquellos mercados que no solamente estereotipan, sino que además constituyen tierra fértil para el comportamiento machirulo y capitalista que somete y reduce a la persona (fundamentalmente a la mujer) a una suerte de fetiche de la mercancía, “algo” que podemos comprar para satisfacer nuestros deseos. Dicho en otras palabras, debemos comprender a la prostitución como un mercado desigual a pesar de los adalides de la libertad de contrato y de ese individualismo neoliberal que rezaba el credo del “hacé la tuya”.

 

Las nuevas masculinidades

 

Es aquí donde el cambio cultural exigirá repensar los roles de género y avanzar hacia formas más igualitaristas de relacionamiento. El freno a la exacerbación mercantil y a los mandatos patriarcalistas vendrán de la mano de nuevas masculinidades que deconstruyan siglos de predominancia machista. ¿Cómo? Por ejemplo, distribuyendo de forma justa los tiempos de trabajo en el mercado, pero también en el hogar y lo que hoy denominamos los trabajos de cuidado. Cuestionando la idea de que hay un orden natural en las relaciones de género en el que al varón le corresponde siempre ser el fogoso, el viril, el que debe tener relaciones sexuales por “imperativo hormonal”. Contribuyendo a borrar frases del tipo “los hombres somos así” que tiene además como correlato el “los hombres son todos iguales”. Indignándose y haciendo frente a planteos misóginos del tipo “si le pasó tal cosa seguro que se la buscaba”; “a esta histérica seguro le falta un macho” o en el plano que nos atañe en este artículo, “salir con prostitutas es más barato que mantener a una mujer” entre tantos otros comentarios que forman parte de un lamentable folclore en nuestro día a día. Una nueva masculinidad tendrá que desbaratar también el discurso de quien razona comentando sin sentido crítico que “es normal que la prostitución exista”; o “en definitiva es una transacción comercial como cualquier otra” (al fin y al cabo estamos en un sistema capitalista ¿no?).

 

Ahora bien, las nuevas masculinidades no necesariamente están enfrentadas a la dinámica comercial del sexo. Probablemente estas tendencias a superar cierta masculinidad hegemónica darán lugar a dos escenarios posibles. El primero de ellos, consolidando otras masculinidades no prostituyentes que cuestionen al sistema prostitucional y por lo tanto se vayan afiliando a salidas de corte neoabolicionistas. El segundo, mientras tanto, es un escenario en el que las nuevas masculinidades podrían expresarse en diferentes perfiles de consumo en el mercado del sexo (véase el perfil de “cliente amigo” en Gómez, Casado y Pérez, 2015), obligando en tal sentido a cierto cambio en la oferta por influencia de una demanda “aggiornada”, aunque igualmente afectada por la lógica consumista y mercantilista.

 

En conclusión, para quien escribe es un hecho que avanzaremos en nuevas expresiones de masculinidad, así como es un hecho que mucho se ha cambiado respecto al ejercicio de una sexualidad más desinhibida. Pero si no incorporamos una lectura más amplia sobre cómo afecta el sistema prostitucional y la expansión del espacio mercantil en la búsqueda de una mejor sociedad, perderemos una buena posibilidad de incidir en sus desigualdades estructurales.

 

* Pablo Guerra. Sociólogo, Doctor en Ciencias Humanas. Profesor en Sociología del Trabajo y Economía Solidaria (Licenciatura en Relaciones Laborales, Facultad de Derecho, UdelaR). Investigador Activo del Sistema Nacional de Investigadores.

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Notas

 

1. El perfil socioeconómico tanto de las adolescentes explotadas como de los adultos explotadores en la Operación Océano marca un hecho relevante y probablemente haya explicado la notoriedad pública del caso, en contraste por ejemplo, con la muy impresionante investigación liderada por Purtscher “Un secreto a voces” donde se relata el fenómeno de la explotación sexual comercial en Montevideo Oeste. (Purstcher et alt, 2014).

2. También hemos mostrado en nuestras investigaciones que la mayoría de los propietarios de esos locales se comportan como empleadores, estableciendo las tarifas, los horarios, las condiciones de trabajo e incluso sancionando el incumplimiento. De hecho, en 2018 el Tribunal de Apelaciones del Trabajo de 1er Turno, confirmaría la relación laboral entre una trabajadora sexual y sus empleadores, citando algunos de nuestros hallazgos.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

Abadie Santos, Horacio (1932). Represión del Proxenetismo, Montevideo, Impresora Moderna.

Guerra, Pablo (2006). ¿Mujeres de vida fácil? Las condiciones de trabajo de la prostitución en Uruguay, Montevideo, FCU.

Guerra, Pablo (2016). La prostitución en Uruguay. Entre el trabajo y la explotación sexual, Montevideo, CSIC.

Guerra, Pablo (2017). “Transgénero y trabajo sexual en Uruguay. Aproximaciones sociológicas”, Documento de trabajo N. 15, Facultad de Derecho. En https://publicaciones.fder.edu.uy/index.php/sdt/issue/view/61

Gómez Suárez, Á., Casado-Neira, D. y Pérez Freire, S. (2015). “Consumo de prostitución y construcción de las masculinidades contemporáneas en España”. Revista Colombiana de Ciencias Sociales, 6(1), 34-58.

Purstcher, Luis et alt (2014). Un secreto a voces. Investigación sobre las percepciones de la explotación sexual comercial en Montevideo Oeste, Montevideo, INAU.

Satz, Debra (2015). Por qué algunas cosas no deberían estar a la venta. Los límites morales del mercado, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores.

Suprema Corte de Justicia (2019). “Sentencia 1.299/2019”, Montevideo.

Walzer, Michael ( 1997). Las esferas de la Justicia, México, FCE.

 

Fuente:  HEMISFERIO IZQUIERDO

 

 

 

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