RELEYENDO LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

 

 

¿Cincuenta años de qué?
Pablo Messina

11 junio, 2021En diciembre de 1971, se publicó por primera vez. Según lo describió el propio Eduardo Galeano, su propósito fue crear un «manual de divulgación [que] hable de economía política en el estilo de una novela de amor o de piratas». A 50 años de su publicación y sabiéndome incapaz de diferenciar una metonimia de una hipérbole, me limitaré a analizar un conjunto de elementos del clima intelectual en el que el libro se elaboró, como forma de invitarnos a leerlo desprejuiciada y críticamente.

En una entrevista publicada en Marcha el 6 de agosto de 1971, Jorge Rufinelli le preguntó a Eduardo Galeano si había abandonado la literatura por entender que había otras formas más comprometidas del ejercicio intelectual. Galeano respondió que no, que su impasse literario tenía que ver con que había decidido «consagrar cuatro años […] a trabajar en un libro de economía política». También afirmó que, para ello, había estado, entre 1967 y 1970, «metido hasta las orejas, estudiando economía e historia». Así, hizo explícitos sus propósitos y expectativas: «Fijate la importancia política que puede tener eso si sale bien. Porque significa poner la economía política al alcance del lector medio, bajar de las cumbres inaccesibles muchos de los secretos que los técnicos manejan en código».

A juzgar por el éxito editorial que tuvo el libro y por su significación en la identidad latinoamericana, no hay duda de que el proyecto salió bien. Las venas abiertas de América Latina tiene más de 77 ediciones y lleva comercializadas más de 1 millón de copias. Es el libro más vendido de la editorial Siglo Veintiuno. Además, fue traducido a más de 20 idiomas, incluyendo el esperanto. Y, más allá de lo cuantitativo, abundan ejemplos de su impacto: canciones, ensayos, expresiones militantes, cartas del subcomandante Marcos y, principalmente, la capacidad de provocar una animosidad particular en el hemisferio derecho latinoamericano, que le ha dedicado ríos de tinta. En comparación, el tratamiento académico ha sido relativamente escaso.

En este artículo, intentaré conjugar dos hipótesis posibles y complementarias para entender por qué «la crítica ha cerrado los ojos» a las obras de Galeano, como afirma Román Cortázar.1 Por un lado, Galeano elaboró un ensayo en un contexto signado por la profesionalización académica, desencuentro que, probablemente, lo llevó a cierto «antiintelectualismo». Por el otro, Las venas abiertas… se nutre de la teoría de la dependencia. El declive del dependentismo en el ámbito académico pudo haber jugado un rol importante en el escaso tratamiento del libro.

DEL INTELECTUAL CRÍTICO AL «SENTIPENSANTE»

Galeano fue una suerte de niño prodigio que con 14 años ya colaboraba con El Sol, órgano de prensa del Partido Socialista. Con 19, fue jefe de redacción. Acto seguido, pasó a trabajar en Marcha y, entre 1964 y 1965, asumió el rol de director del diario Época. También, en 1963, escribió su primera novela, Los días siguientes, y, en 1967, publicó Guatemala, país ocupado, libro que podría calificarse de periodismo testimonial.

No puede sorprender a nadie, entonces, que un intelectual de la talla de Ángel Rama tuviera un especial aprecio por Galeano y fuera particularmente elogioso con él. Cuenta Hiber Conteris que, en la breve introducción biobibliográfica al cuento de Galeano «Flores para el campeón», Rama destaca que Galeano «es de los más jóvenes y también de los más brillantes miembros de su generación». Años más tarde, reafirmó este concepto en su estudio sobre la generación crítica: allí hizo un apretado inventario de las figuras más relevantes del mapa intelectual uruguayo entre 1938 y 1969 y ubicó a Galeano en el punto óptimo de la serie de los intelectuales de la segunda promoción, destacando su precocidad en la incursión al periodismo y las letras, así como la relevancia de la reflexión política en su obra.

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Sin embargo, el autor de Las venas abiertas… rechazó, en más de una oportunidad, la categoría de intelectual. Por ejemplo, en una entrevista en Canal 12, durante la disputa del Mundial de Sudáfrica en 2010, afirmó: «La palabra intelectual me da pánico. Yo no quiero ser intelectual. Los intelectuales divorcian la cabeza del cuerpo. Yo no quiero ser una cabeza que rueda por los caminos». Acto seguido, aseguró: «La razón engendra monstruos», haciendo alusión a un grabado de la serie Los Caprichos, del pintor Francisco Goya.

Pero esta tónica antiintelectual y antiacademicista no parece haber estado muy presente en el contexto de elaboración de Las venas abiertas… En primer lugar, Galeano, como periodista vinculado a Marcha, Época y El Sol, entabló relaciones con lo más granado de nuestra intelectualidad. Además, vale recordar que fue, entre 1965 y 1973, el director del Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República. Ese también fue un espacio para estrechar vínculos con muchos académicos de nuestra universidad. Sin ir más lejos, en 1969, a pedido del Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas, escribió un texto que se publicó en la colección de fascículos Nuestra Tierra, titulado La crisis económica, que no es ni más ni menos que una versión más «accesible» al gran público del libro El proceso económico del Uruguay, que se había publicado ese mismo año y que constituye uno de los grandes hitos de la profesionalización académica de los economistas uruguayos.

En segundo lugar, en los agradecimientos de Las venas abiertas… se menciona a un conjunto de destacados intelectuales uruguayos, como Daniel Vidart, Germán Rama, Alberto Couriel, Juan Oddone y Vivián Trías, y latinoamericanos, como Sergio Bagú y Darcy Riveiro, a los que cabría agregar al alemán Gunder Frank.
En tercer lugar, si bien el objetivo central del libro era traducir «códigos» o «bajar de las cumbres» la producción académica, no puede traducirse eso como antiacademicismo. A pesar de que Galeano fue un autodidacta que no terminó el liceo, Las venas abiertas… contiene más de 300 citas bibliográficas, a lo que se suman estadísticas e informes consultados en el proceso de elaboración, de cuatro años. En ese sentido, es interesante volver a la entrevista que le hizo Ruffinelli en Marcha, en la que declaró: «Los académicos no tienen de qué quejarse: hay 350 fuentes documentales, ninguna afirmación sorprendente que no esté respaldada por autores respetables o documentos serios y el libro es resultado de la lectura –que me exigió una paciencia musulmana– de una cantidad de informes económicos tediosos y de unas obras muy espesas».

A pesar de ello, todo parece indicar que la recepción inicial de Las venas abiertas… entre los intelectuales de la época no fue la mejor. El historiador Aldo Marchesi2 afirma, como una explicación posible, que el libro se presenta como un ensayo «tardío», ya que aparece en un momento de profesionalización de las ciencias sociales en el Cono Sur en el que la renovación se estaba dando, justamente, contra el ensayismo. El propio Galeano parece reconocer esto cuando afirma: «Cuando yo publiqué Las venas abiertas…, mis amigos más queridos me trataron con indulgencia. Me dijeron: está bien, no está mal, pero esto no es algo que pueda ser tomado en serio».3

Por último, a modo de hipótesis sin muchos más fundamentos que la intuición, es posible que este conflicto con los cientistas sociales forme parte del mar de fondo del cambio en la escritura de Galeano a partir de su libro Vagamundos, publicado en 1973. De todas formas, a partir de la publicación de El libro de los abrazos, a Galeano se lo asocia con el concepto de sentipensar, como una combinación de lo racional con lo emotivo-vivencial. Sin embargo, esa asociación no constituye una superación de la categoría intelectual, sino una reformulación típica de una disputa de campo: los intelectuales «sentipensantes» existirían del mismo modo que existen los intelectuales «orgánicos» como categoría gramsciana, o los intelectuales «críticos» a lo Escuela de

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Frankfurt, o los intelectuales comprometidos de raíz sartreana o baraniana, entre otros. De hecho, la categoría sentipensante forma parte de los hallazgos de los procesos de investigación participativa del académico colombiano Orlando Fals Borda, que sigue inspirando a cientistas sociales (y activistas) en toda Latinoamérica y más allá hasta el día de hoy.

EL DEPENDENTISMO

Se trata de una escuela de pensamiento que combinó un doble proceso de radicalización política y profesionalización académica, cuyas principales polémicas versan sobre dónde ubicar las relaciones asimétricas del continente con los países dominantes (Europa y Estados Unidos). En concreto, estudia las relaciones entre naciones dependientes y dominantes: si constituyen la contradicción principal o si esta debe buscarse en las relaciones sociales en la interna de cada nación.

Las venas abiertas… es una expresión literaria de dicha escuela de pensamiento. En la primera parte, «La pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra», Galeano ahonda en las raíces históricas del subdesarrollo, ubicándolas en la experiencia colonial. Su enfoque se centra en la inserción internacional de América Latina a partir de sus principales materias primas: la plata en Potosí, el azúcar en el Caribe, el oro en Brasil, el guano en Perú, el café en Brasil y Colombia, entre otros. Cierra esta parte con el análisis del petróleo para el caso venezolano.

La segunda parte se titula «El desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes». Se trata de la «estructura contemporánea del despojo». El texto revisita las experiencias frustradas de desarrollo en el siglo XX, aunque sus trazos van, en muchos relatos, hasta mediados del siglo XIX. Los fracasados intentos de desarrollo capitalista en América Latina tienen como centro explicativo principal la injerencia de los países centrales en el siglo XIX y principios del XX; a esta frustración digitada «desde afuera» se le suma la incapacidad de la burguesía local para impulsar un desarrollo autónomo.

En ese sentido, las tesis de Galeano son esencialmente tributarias de la teoría de la dependencia. Y, a pesar de haber sido calificado demasiadas veces como un panfleto literario, la realidad es que se trata de un libro muy informado acerca de la producción dependentista de aquel entonces. Diversos trabajos académicos han intentado identificar esas fuentes. En lo que he intentado agrupar –a falta de un nombre mejor– como los dependentistas previos al dependentismo, es posible identificar a Luis Vitale en Chile, Sergio Bagú en Argentina, Mario Arrubla en Colombia y Vivian Trías en Uruguay. Galeano los incorpora a todos. Además, aparecen referencias a los trabajos de los cientistas sociales identificados como fundadores de esta escuela, destacándose Frank, Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Vania Bambirra, Orlando Caputo, entre varios otros.

Desde su génesis, a mediados de la década del 60, el núcleo principal de radiación del dependentismo fue Chile. Allí estaba la sede de la Comisión Económica para América Latina, intelectuales brasileños exiliados por el golpe de 1964 y, a partir de 1970, el gobierno de Salvador Allende. Lo más granado de los cientistas sociales dependentistas trabajó para el gobierno de la Unidad Popular; incluso aquellos más críticos y cercanos al Movimiento de Izquierda Revolucionaria lograron, en aquel entonces, dirigir centros de investigación. El golpe de estado cívico-militar comandado por Augusto Pinochet truncó, en buena medida, el desarrollo de esta corriente teórica, que cambió su centro de gravedad a México. Allí, las discusiones en torno al capitalismo latinoamericano y sus especificidades fueron cediendo lugar a preocupaciones respecto al autoritarismo y el problema de la democracia. En paralelo, las ciencias sociales del Cono Sur dictatorial se mantuvieron investigando en centros privados.

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En resistencia, corriendo muchos riesgos –entre la censura y algunos cambios en las reglas de juego, producto de tener que obtener recursos de agencias financieras internacionales–, los intelectuales dependentistas fueron mutando paulatinamente sus agendas y preocupaciones. También sus marcos teóricos. Categorías como plusvalía, excedente, imperialismo, tan caras para las ciencias sociales de principios de los setenta, fueron cayendo en desuso. En parte, porque algunas ideas fuerza del dependentismo, como la casi imposibilidad del desarrollo capitalista en países periféricos, fueron desmentidas por el despegue del sureste asiático. En parte, porque los modos más radicales de entender y practicar el cambio social que el dependentismo –y el libro de Galeano– presuponía también fueron abandonados (o derrotados). Los otrora dependentistas se reconvirtieron. Todos empezaron –y con cierta razón– a jerarquizar, en sus análisis, los factores endógenos que llevaban al subdesarrollo. En muchos casos, mantuvieron las viejas preguntas, pero cambiaron los esquemas y marcos conceptuales para darles respuesta. Algunos se convirtieron en neoestructuralistas, otros en neoinstitucionalistas, otros en neoschumpeterianos y otros hicieron virajes aún más virulentos.

Asimismo, las dictaduras fomentaron –en Chile más que en ningún otro lugar– la formación de cuadros neoliberales. La discusión económica se fue descentrando de los viejos problemas estructurales para concentrarse en problemas macroeconómicos de corto plazo. El recambio generacional terminó de hacer lo suyo y, ya en los noventa, el dependentismo pasó a ser absolutamente marginal en la academia. Al punto tal que incluso los grandes fundadores, como Ruy Mauro Marini, Theotônio Dos Santos y Bambirra, que mantuvieron su ímpetu dependentista, no pudieron reinsertarse con éxito en las universidades brasileñas, que ya hablaban en otro idioma. Y el dependentismo, al día de hoy, solo persiste en pequeños núcleos de investigación desperdigados por ahí, pero siempre desde una posición marginal. Es muy probable que la desaparición del marco teórico inspirador de Las venas abiertas… en las ciencias sociales haya profundizado el divorcio de estas con el libro.

Sin embargo, lo que no es tan cierto es que las preguntas del dependentismo no sigan vigentes. El investigador Branko Milanovic, en su texto Global Inequality, encuentra que dos tercios de la desigualdad global se explican por el lugar en el que te tocó nacer en el mundo. Con datos relativamente recientes, nos muestra que un pobre congoleño tiene un ingreso 70 veces inferior al de un pobre sueco, una brecha mucho mayor a la que un pobre sueco puede tener con un rico sueco. Incluso, sin poner en debate estos datos y metodologías complejas, podemos pensar en las enormes desigualdades entre quienes producen y acceden a las vacunas contra el covid-19 y quienes no las producen –y que, en muchos casos, no pueden acceder o lo hacen en mucho menor grado.

Pero no todo es oscuridad. Bajo el gran paraguas de lo que podría llamarse pensamiento crítico han surgido trabajos académicos que analizan las desigualdades globales: aquellos que reflexionan sobre el extractivismo como un mecanismo de intercambio desigual en términos biofísicos o planteos marxistas que ponen el foco en la renta de la tierra como parte de la especificidad de una Latinoamérica exportadora de materias primas. Finalmente, pueden nombrarse el pensamiento decolonial y, más recientemente, la nueva oleada feminista del siglo XXI como movimientos sociales globales que han logrado permear la academia.

Sin embargo, a excepción de lo que sucede con el feminismo, las formulaciones y los análisis críticos no suelen trascender los recintos académicos. En ese sentido, a 50 años de la publicación de Las venas abiertas… es importante remarcar que Galeano no pretendió negar las ciencias sociales, sino que, más bien, hizo un esfuerzo por incorporarlas y hacerlas accesibles.

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Muy distinto es lo que sucede en la actual coyuntura global, en la que muchos de los movimientos que hacen foco en las desigualdades de origen están construidos con base en planteos esotéricos, conspiranoicos y profundamente reaccionarios, negando las ciencias sociales. El asalto al Capitolio en Estados Unidos, el 6 de enero, tal vez haya sido la muestra más clara de este fenómeno, que tiene intelectuales como Olavo de Carvalho, «filósofo» de cabecera de Jair Bolsonaro. Otro tanto pasa con divulgadores ultraliberales en economía, que defienden un verdadero terraplanismo económico y justifican la desigualdad con argumentos y evidencia empírica dudosa, como Javier Milei en Argentina. Salvo excepciones, los académicos no salen a responderles.

Por lo tanto, en la medida en que las desigualdades globales continúan existiendo, reflexionar e investigar sobre ellas, hacerlas accesibles para la divulgación y operar políticamente para superarlas en sentido emancipatorio continúan siendo mandatos válidos. Volver a leer sin prejuicios ni fanatismos Las venas abiertas… puede ser un buen punto de partida para rediscutir las ciencias sociales, los intelectuales y la política en este dramático momento histórico que nos toca vivir.

* Docente de Economía en la Universidad de la República e integrante de Comuna, cooperativa de trabajo de cientistas sociales.

1. «La realidad se escribe con otras letras», de Román Cortázar, Brecha, 27-VI-14.

2. «La imaginación política del antiimperialismo», de Aldo Marchesi, Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 17, n.º 1, págs. 135-160, 2006.

3. Silencio, voz y escritura en Eduardo Galeano, de Diana Palaversich, Frankfurt, Vervuert; Madrid, Iberoamericana, 1995.

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