Una semblanza

Un acto fallido de Julio Louis 

 

 

   x  Fernando Moyano

A mediados de la década de 1950 se inició en el Partido Socialista una renovación política e ideológica, distanciándose de las posiciones de Emilio Frugoni con su estrategia de «picana de la burguesía» y su postura cercana a la socialdemocracia europea y EEUU. Hubo un giro hacia posiciones obreristas, anticolonialistas y tercermundistas. La Juventud Socialista fue produciendo varias camadas de militantes que se iban convirtiendo sucesivamente en dirigentes del partido, y detrás venían otros. Generalmente se menciona a Raúl Sendic, Guillermo Chifflet, José Díaz, Reynaldo Gargano, Carlos Machado, Jorgelina Martínez, Carlos Riverós, Ignacio Huguet, Garabed Arakelián, Julio Louis, y otros. No era una cohorte homogénea tampoco, gran virtud.

El XXXI congreso en 1957 fue un punto de inflexión. “En Latinoamérica el rol histórico del socialismo consiste precisamente en organizar y dirigir la lucha de masas contra el sometimiento imperialista”, siendo necesaria una tercera fuerza “tajantemente diferenciada de la solución capitalista y la solución soviética…(en la cual estarían) los movimientos revolucionarios con signo socialista en las colonias y semicolonias, los partidos socialistas de las metrópolis decididos a luchar en el auténtico frente de la revolución proletaria, y aquellos movimientos de liberación”.

Algunos creyeron necesario dar un paso más. Raúl Sendic, 34 años, quería que también se llevase a la Internacional Socialista la propuesta de expulsión de la Sección Francesa (luego partido Socialista Francés) por su posición de sostener la intervención colonialista en Argelia. «¿Te parece llegar a tanto?» le dijeron. Pero consiguió el apoyo del entonces Secretario General de la Juventud, de 18 años, Julio Louis, que había empezado a militar a los 15. Presentada por el mínimo necesario de dos mocionantes la audaz propuesta fue al fin aprobada en el Congreso. Por supuesto que no tuvo ningún andamiento en la Internacional. Así, en 1960 el XXXII Congreso decidió romper con esta.

Luego, en setiembre de 1965 se produjo el «Treintaycrac Congreso», y la mitad nos fuimos.

Julio murió de un cáncer prolongado en las primeras horas del 11 de julio, cuando comenzaba el «Día del Padre». Fueron unos cinco años de declinación, con grandes dificultades porque el Fondo nacional de Recursos le negó los medicamentos de alto costo, una colecta sindical solidaria suplió eso. Estuvo activo todo lo que pudo.

Fue historiador, analista político y profesor. Su producción teórica abarcaría 50 años, comenzando en 1968 con «Batlle y Ordoñez, apogeo y muerte de la democracia burguesa» (su tesis de grado) y terminando en 2018 con «China, pasado, presente, ¿futuro?». No vamos a detallar toda esa gruesa producción, sería imposible. Debemos decir que, mirada retrospectivamente, tiene errores. Por ejemplo hablar de la muerte de la democracia burguesa como algo casi inminente, por la superación por otra forma de democracia. Pero hay veces (era el 68) en que el mejor análisis se contamina de las ganas de que eso pase.

Tampoco vamos a detallar sus sucesivas parejas aunque están entreveradas en esta historia. No sólo de cambios políticos vive el hombre. Tres hijas de dos de esos matrimonios con la «pausa forzosa» en el medio, chancletero.

Fue un militante sindical en el CEIPA y en Federación de Profesores, pero antes que nada fue un militante político. Comenzó en el Partido Socialista, luego el Movimiento de Unificación Socialista Proletaria, luego en Movimiento Marxista, luego la cana en 1975.

Ni bien salió en 1985, junto con la militancia sindical y teórica, fue la Izquierda Democrática Independiente y al mismo tiempo Propuesta Marxista, luego un breve acercamiento a Convergencia Socialista, luego Tendencia Marxista y al mismo tiempo la Corriente de Izquierda, y en la última etapa intentó un nuevo nucleamiento con Guillermo Chifflet y otros compañeros. En varias de estas organizaciones participé con él, en otras no. Encuentros, desencuentros y reencuentros. Reflexiones.

– Eso del 65, irnos del Partido porque perdimos un Congreso por 5 votos, un disparate. Si ellos no tenían ni gente, era cosa de esperar seis meses.

Después de irnos de ahí, y durante algunos años, nos reuníamos en la casa de Julio todos los domingos a las 7 de la mañana, con rigurosa puntualidad. Allí pude conocer publicaciones de varias partes del mundo que él recibía. Muchos años después estuvimos juntos en algo que fue, en mi opinión, la experiencia más rica, que no era una organización político-partidaria. La revista Alfaguara. Allí escribió también, y fue durante un tiempo su redactor responsable.

Quiero terminar contando cómo cayó preso. Cuando el MUSP prácticamente se estaba desintegrando, Julio logró reunir algunos de sus ex integrantes más otros compañeros venidos de otros lados, y formó un grupo muy pequeño, el Movimiento Marxista (yo allí no estuve). Por pequeño que fuese, ese grupo comenzó en plena dictadura una experiencia de lucha armada, en una forma bastante distinta a las otras porque sus acciones (robos, principalmente, para conseguir recursos) eran disimuladas como robos comunes (sin nada de la «propaganda armada» de otras experiencias habidas).

Un error de algunos de sus integrantes (realmente estúpido, que no da ni para contarlo) provocó que la caída del pequeño MM fuese inminente. Julio se hizo cargo de la organización de la salida al exilio de todos sus militantes, quedando él para el final. Recuerdo el caso de otro valioso compañero que tenía muchas dudas en eso de irse, decía que sería más útil acá.

– Mirá – le dijo Julio -, no estoy para discutir, te vas, es una orden.

Y el verticalismo de Julio lo salvó. De la misma forma que a varios más.

Entonces, luego de haber cumplido esa tarea y quedando para el final, Julio se ocupó de su propia huida.

La decisión orgánica era que la «dirección militar» (el término puede parecer exagerado a esa altura pero no importa) no debía caer con vida, para evitar el peligro de no resistir la tortura (lo que no pasó). Julio fue hasta Salto para tratar de cruzar a la Argentina. Teniendo en cuenta el peligro de caer preso, y decidido a cumplir con la consigna, preparó un cóctel de somníferos en altas cantidades y lo guardó en un frasquito.

No encontró en Salto la ayuda que esperaba (omitamos también eso) y tuvo que largarse solo a cruzar el puente, apostando a la posibilidad de que la información del puesto de control no estuviese actualizada, como a veces ocurría. Pero estaba.

La súbita actitud nerviosa del milico que controlaba la documentación le advirtió a tiempo. Escapó corriendo hacia el río, los milicos detrás. Cruzar a nado era completamente imposible. Había entonces que cumplir con lo resuelto.

Escondido entre los arbustos de la orilla mientras los milicos lo buscaban, tomó el cóctel y esperó. Y esperó. Pero no pasaba nada. Tenía más pastillas, pero no podía tomarlas en seco. Salió del escondite, fue hasta el río. En eso estaba cuando una bala le salvó la vida.

En el equipo de fútbol de la cárcel jugaba de golero, por dos razones. Le gustaba mucho el fútbol (hincha de cuadro chico, como correspondía) y no evadía los puestos de responsabilidad. Queda claro que sus conocimientos médicos dejaban mucho que desear, el hombre tenía sus fallas.

Pero tan tonto no era. Ganas de vivir, ganas de pelear. Y para sabotear la rigurosa disciplina, había allí adentro un infiltrado.

Fallar cuando acertar sería fallar, la naturaleza es sabia.

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