A propósito de: El tiempo de la revuelta

 

En los últimos años, desde 2018 con los Chalecos Amarillos, diversos países de varios continentes fueron y son atravesados por amplios procesos de movilización. Es el segundo ciclo de lucha de clases desde que estalló la crisis capitalista de 2008 y comenzó la fase terminal de la hegemonía neoliberal. Desde aquel entonces los procesos de movilización y las revueltas son parte ineludible de la situación mundial; una tendencia que se ha reactivado con fuerza luego de la pausa por las restricciones de la pandemia. Sobre estos fenómenos, la filósofa italiana Donatella Di Cesare ha publicado en castellano este 2021 el libro El tiempo de la revuelta (originalmente en italiano, Il tempo della rivolta). En estas líneas haremos un repaso sobre algunos de los debates que plantea.

Di Cesare analiza la irrupción de la revuelta y encuentra en ella varios elementos comunes. Estos serían la manifestación de un “claro ‘no’ de un rechazo global al mundo global” y buscarían la reconfiguración del espacio público desde las plazas, en los actos de desobediencia o en la apertura de “espacios libres” en los intersticios del capitalismo. Aunque no hace referencias explícitas a los fenómenos neorreformistas o “populistas de izquierda” de los últimos años, señala que “la antipolítica, encerrada en las instituciones representativas y atrincherada en el juego electoral, resultó ser un intento extremo y paroxístico de preservar y restaurar el orden de la política”. Para Di Cesare, la revuelta, en cambio, no solo es “extrainstitucional, sino que se sitúa en los márgenes de la política”.

La autora parte de una polémica entre Byung-Chul Han y Toni Negri, donde el primero polemizaba con el segundo para explicarle “por qué las revoluciones ya no son posibles”. Según Byung-Chul Han, el neoliberalismo estableció de forma definitiva su dominación, eliminando no solo la posibilidad de la revolución, sino incluso toda resistencia. En una especie de versión 2.0 del relato posmoderno, sostiene que Foucault no hizo el giro necesario desde la “biopolítica” hacia la “psicopolítica”. Ahora el poder ya no estaría “en todas partes” actuando a través de mecanismos disciplinarios como planteaba aquel; la dominación se ha interiorizado en cada individuo porque el neoliberalismo “explota principalmente la psique”.

La filósofa italiana recupera, contra este tipo de escepticismo, la persistencia de la protesta a nivel global como marca de estos nuevos tiempos. Los detonantes son disímiles: otro caso de violencia racista en Estados Unidos, el aumento del precio de los combustibles en Francia o en Ecuador, la subida de la tarifa del metro en Chile, etc. Por sí mismos no explican la irrupción profunda de la ira. “No hay revuelta que se pueda reducir a una sola causa. Todas surgen de la combinación y el entrelazamiento de diferentes razones, no solo económicas, sino también políticas y existenciales” [1].

La lectura del libro de Di Cesare permite algunas reflexiones interesantes, ya sea sobre la dinámica de los procesos actuales de la lucha de clases, sus potencialidades y límites. Sin embargo, su abordaje, aunque opuesto desde un punto de vista al de filósofos como Byung-Chul Han, y más cercano a un Antonio Negri, comparte con ambos el presupuesto fundamental de que, en el capitalismo, así como el poder, “el centro está en todas partes y en ninguna”. Frente a un poder que ya “no tiene rostro ni dirección”, sería infructuoso intentar tomar el “Palacio de invierno”, asegura.

Bajo esta óptica las revueltas remiten exclusivamente a la posibilidad de resistencia. Sin embargo, por sobre estos límites autoimpuestos se abre el amplio campo de la estrategia, la relación –compleja, por cierto– entre revuelta y revolución. Desde aquí, nuestro contrapunto con Di Cesare.

La ilusión gradualista de la revuelta

Di Cesare es una de las tantas autoras que destaca la ocupación de las plazas como elemento distintivo de las revueltas de los últimos años, y lo es. La cuestión es cómo leerlas. Para la autora de El tiempo de la revuelta:

Si la lucha frontal parece anticuada, esto no significa que no existan márgenes de disidencia que puedan consolidarse gradualmente. Basta cambiar un poco de perspectiva, mirar más desde afuera, desde los bordes de la política, para ver espacios de resistencia, plazas en las que se escenifica la solidaridad, se articula el deseo de comunidad.

El primer problema estratégico es que detrás de las plazas se esconden realidades diferentes. La Puerta del Sol en Madrid con los Indignados (2011), o la Plaza de la República en París con el Nuit debout (2016), incluso en la Plaza Taksim en Estambul (2013), lograron cierta permanencia producto del bajo nivel de enfrentamiento. Pero estos escenarios se modificaron radicalmente allí donde hubo mayor nivel de violencia y represión. Uno de los ejemplos más claros fue la plaza Tahrir que vio batallas campales durante el proceso revolucionario en Egipto en 2011, derrotado luego de un breve interregno por el cruento golpe de Estado de Al Sisi. Esta relación puede rastrearse, en diversos niveles, también en las democracias “occidentales”. Basta comparar aquellas plazas de los Indignados con los infaltables enfrentamientos en los alrededores del Arco del Triunfo protagonizados por los Chalecos Amarillos (2018), o los choques finales en cada marcha a la Plaza Italia en Chile (2019). Que también entre ellas guardaban diferencias significativas. El Arco del Triunfo era territorio innegociable para el gobierno francés, la Plaza Italia de Chile era el espacio “permitido” para las manifestaciones en contraposición a la “blindada” Plaza de la Constitución donde se encuentra el Palacio de la Moneda.

Lejos de una “consolidación gradual” de la disidencia, los procesos del primer ciclo de revueltas ya dieron otro tipo de resultados. Hubo salidas bonapartistas, desde las más extremas como la que mencionábamos en Egipto, hasta el autogolpe de Erdogan en Turquía en 2016. Pero también, asimilaciones por parte del sistema político de la energía desplegada por los movimientos de revuelta, como en los casos de Grecia o el Estado Español, que hicieron surgir formaciones neorreformistas como Syriza o Podemos que terminaron ignominiosamente. Entre esos polos también se juegan muchos procesos actuales. En Colombia, por ejemplo, durante los dos meses de lucha y movilización, el gobierno de Duque desplegó una amplia represión con decenas de muertos, al tiempo que se mantuvo una política conciliadora de las direcciones del Comité Nacional del Paro. En Chile, ante las dificultades para sostener el original “estamos en guerra” de Piñera en octubre de 2019 se planteó la convocatoria a un proceso constituyente amañado; sin embargo, las recientes elecciones a la Convención Constituyente expresaron de manera distorsionada la relación de fuerzas que dejó el levantamiento y, en este marco, formaciones neorreformistas como el Frente Amplio –que colaboraron con la “cocina” parlamentaria– pretenden repetir la misma estrategia de Syriza y Podemos.

Ahora bien, la constatación de que la revuelta no encuentra el cauce evolutivo o gradual para la resistencia que imagina Di Cesare no es más que el inicio del debate, la cuestión es por qué.

Las plazas y las fábricas

A partir de su análisis de las plazas, Di Cesare se pregunta: “Pero ¿por qué ocupar las plazas?; ¿por qué no las fábricas o las universidades siquiera, como sucedía hace tan solo unos años y como sucede de forma cada vez más esporádica?”. Su explicación es que ese alejamiento de los lugares de trabajo y estudio, así como de “muchos nudos estratégicos en los que podían unirse primero las fuerzas en conflicto” se debe a un cambio de época. Sería “el reconocimiento de que, en la era del capitalismo avanzado, de la deuda global, de las industrias deslocalizadas, del trabajo precario ubicuo, el trabajo mismo ya no crea comunidad”.

Aquí llegamos al segundo problema estratégico. La mirada obnubilada por las plazas adolece de una aproximación estereotipada a lo que suele llamarse “espacio público”. En cambio, si partimos de una idea de espacio público entrelazada con la geografía económico-social, vemos, por un lado, que en los procesos más recientes fueron cobrando protagonismo también los suburbios y las zonas periurbanas. Desde los piquetes de los Chalecos Amarillos en Francia, pasando por los incesantes enfrentamientos de los jóvenes en “las poblaciones” con los carabineros y el ejército en Chile en 2019, o los recientes cortes de ruta en Colombia, nodos fundamentales del levantamiento y en muchos casos de la represión. Como trasfondo está el fenómeno de la expulsión de buena parte de la clase trabajadora de los grandes centros urbanos hacia la periferia, que para el caso de Francia ha sido expuesto por el controvertido geógrafo Christophe Guilluy en su libro No Society [2].

Esta fragmentación geográfica se combina con un proceso de fragmentación social. La clase trabajadora se extendió como nunca antes en la historia a escala internacional, pero de la mano de la ofensiva neoliberal se hizo mucho más heterogénea y sufrió un amplio proceso de fragmentación (efectivos, contratados, tercerizados, sin contrato, desocupados, nativos, inmigrantes, etc.) generando una división entre trabajadores “de primera” y “de segunda”. Golpeados por el exponencial crecimiento de la desigualdad, trasfondo de las revueltas, existen, como hemos llamado en otro lugar, “perdedores relativos” de la “globalización”: los que de alguna manera lograron algún avance (aunque más no sea salir de la pobreza) y vieron sus expectativas de progreso frustradas por la crisis. Y “perdedores absolutos”: sectores empobrecidos, precarizados, cuando no desempleados, especialmente de clase trabajadora, jóvenes muchos, que quedaron virtualmente por fuera del “pacto social” neoliberal. Con la pandemia, estos sectores se han extendido ampliamente con el incremento de la precariedad y el empobrecimiento, alimentando un profundo descontento social que está en la base de nuevas protestas.

En este contexto, bajo el argumento que “el trabajo mismo ya no crea comunidad” –como si alguna vez lo hubiera hecho por fuera de la organización de la clase trabajadora–, Di Cesare presenta como una novedad, fruto de transformaciones sociológicas, lo que en realidad es uno de los problemas estratégicos principales que atraviesa a las actuales revueltas: la falta de hegemonía de la clase trabajadora que, aunque fragmentada, continúa detentando todas las “posiciones estratégicas”. Es decir, aquellas que retomando críticamente la definición de John Womack [3], podemos definir como las posiciones en la producción, la circulación y los servicios que determinan el funcionamiento del amplio entramado de la sociedad capitalista (el transporte, la industria, servicios esenciales, etc.) y que no solo hacen a la clase trabajadora capaz de paralizarla (huelga general) sino también, en perspectiva, de reorganizarla sobre nuevas bases.

Son justamente aquel tipo de divisiones, que en aproximaciones como la Di Cesare aparecen como “naturales” o “de época”, las que hacen que los procesos de movilización se expresen mayormente bajo formas atomizadas (ciudadanas). En esta atomización se basan las clases dominantes y sus diferentes regímenes políticos para intentar canalizar y dividir las protestas entre los manifestantes “buenos”, “legítimos”, y los “violentos” e “incivilizados”. Para los primeros está la posibilidad de ensayar algún tipo de concesión buscando sacarlos de la calle, para poder aislar a los segundos y criminalizarlos. Una operatoria que se reitera en cada uno de los procesos.

Política y policía

Desde este punto de partida, la pregunta sobre ¿por qué ocupar las plazas y no las fábricas o las universidades?, que en Di Cesare se responde naturalizando la barrera que las revueltas encuentran a la hora de entrar en los lugares de trabajo y de estudio, en nuestro caso nos lleva a un tercer problema estratégico.

Para la filósofa italiana, la revuelta con su despliegue devela el carácter policial del Estado. Desde el operativo antidisturbios en Francia contra los chalecos amarillos, sin precedentes en las últimas décadas, a la brutalidad policial en Estados Unidos. Esta represión que ahora se manifiesta de forma abierta y en el centro de las ciudades tiene puntos de continuidad con una violencia policial sistemática sobre las periferias urbanas, hacia las poblaciones migrantes y racializadas, la juventud pobre, etc. Esto es un hecho, y aunque la autora no se detiene en el caso de Latinoamérica, uno de los rasgos distintivos del último ciclo de revueltas ha sido la acción redoblada de las fuerzas represivas, y en particular el despliegue del ejército para la represión de la protesta callejera. Di Cesare plantea que la cuestión va más allá:

La policía preventiva de las relaciones, ese blindaje reglamentado que alcanza su cúspide en la abolición del contacto con el otro, posible enemigo, foco de contagio, es ya continuamente norma y sello de la democracia inmunitaria en la que se aleja el peligro de la masa viva e incontrolable, el peligro de la comunidad abierta, el fantasma de la revuelta.

En este sentido la policía, emparentada con la noción de biopolítica, inficiona todo y caracteriza a la democracia como “democracia inmunitaria”, concepto que desarrolla –mucho antes de la pandemia, cabe aclarar–, entre otros, el filósofo italiano Roberto Esposito y según el cual –dicho muy someramente– lo común pasa a ser una amenaza, surgiendo la exigencia de “inmunidad” como confinamiento individual [4]. De ahí el “peligro” que representa la revuelta al plantear un principio alternativo de “comunidad abierta”. Pero la cuestión es que el punto de llegada en este planteo coincide con uno de los fundamentos clásicos del pensamiento antiestratégico. Dice Di Cesare:

La pregunta crítica «dónde está el poder» de la que surge en gran medida la crisis actual de la política, sigue sin respuesta en la democracia de la globalización. No porque se haya debilitado el poder –de hecho, se ejerce con más vehemencia que nunca–, sino porque el origen ya no se puede ubicar en ningún lugar.

Ahora bien, en su formulación de “policía preventiva” deja de lado una que ha cumplido un papel fundamental condicionando el curso de cada uno de los procesos y que muestra “al poder” como algo mucho menos ubicuo. Nos referimos a la que surge de la estatización de las organizaciones del movimiento obrero y los movimientos sociales. Como señalara Gramsci –también lo hará Trotsky– con “la formación de amplias burocracias estatales y “privadas” (político-privadas, de partidos y sindicales) […] partidos ‘políticos’ enteros y otras organizaciones económicas o de otro género deben ser considerados organismos de policía política, de carácter investigativo y preventivo” [5]. Pensar la dinámica de la revuelta, y su relación con “las fábricas y las universidades”, por fuera de la acción de estas burocracias que en el movimiento obrero, estudiantil y en otros movimientos buscan limar los ribetes más radicales de las protestas equivale a cerrar los ojos ante un fenómeno esencial. Lo vimos en el caso de Francia (2018), donde no solo las burocracias amarillas como la de la CFDT, sino la dirección supuestamente “combativa” de la CGT, se cuidaron de mantener distanciados a los sectores sindicalizados del movimiento de los Chalecos Amarillos. O en Ecuador (2019) con la Conaie retirando de las calles de Quito al movimiento indígena en el momento más álgido de los enfrentamientos contra el gobierno. En Chile (2019), donde las burocracias sindicales, estudiantiles y sociales de la “Mesa de Unidad Social” pugnaron por entrar al diálogo con el gobierno, mientras en las calles resonaba el “¡Fuera Piñera!”. También en Colombia (2021) donde el “Comité Nacional del Paro” contribuye a mantener una fachada de diálogo mientras el gobierno de Duque redobla la represión.

Revuelta y revolución

Esto nos lleva a un cuarto problema estratégico más general que hace a la relación compleja entre revuelta y revolución. Di Cesare retoma la famosa anécdota en que Luis XVI, la noche del 14 de julio de 1789, luego de la toma de la Bastilla, le pregunta supuestamente al duque de La Rochefoucauld-Liancourt “¿Es una revuelta?” y este le responde: “No, señor, es una revolución”; respuesta que de algún modo está en los anales del significado moderno de revolución. La autora agrega que esta anécdota muchas veces es leída en el pensamiento político como una antinomia, como si la revolución, para ser reconocida tuviera que contraponerse a la revuelta. El señalamiento que hace es sumamente pertinente, aunque Di Cesare termina por invertir los términos de aquella crítica dando primacía a la revuelta, pero manteniendo la oposición entre ambos. Si es ilusorio que la revuelta pueda reemplazar a la revolución como medio para que una clase oprimida pueda transformarse en clase dominante, también lo es pensar que existe un muro entre ambas.

Al respecto, en la convulsiva Francia de mediados de 1930, Trotsky hace una variación, por demás actual, de la anécdota mencionada. Dice:

Según la leyenda, a la pregunta de Luis XVI: «¿Pero esto es una revuelta?», uno de sus cortesanos respondió: «No, majestad, es una revolución». Actualmente, a la pregunta de la burguesía: «¿Es una revuelta?», sus cortesanos responden: «No, no son más que huelgas corporativas». Tranquilizando a los capitalistas, Blum y Jouhaux [dirigentes del PCF y la CGT respectivamente] se tranquilizan a sí mismos [6].

Hoy podría decirse algo similar en relación al arco del neorreformismo, el “populismo de izquierda” y las conducciones burocráticas de los sindicatos y movimientos sociales –así como de la izquierda que se les pliega–, para quienes las masas movilizadas son a lo sumo una “masa de maniobra” para impulsar cambios dentro de los regímenes capitalistas instituidos. Pero también frente a quienes, como Di Cesare, hacen loas a las revueltas mientras proclaman que la revolución está perimida y que el movimiento obrero ha quedado “epocalmente” fuera de la escena.

El planteo de Trotsky que citábamos es pertinente para pensar momentos clave del ciclo de lucha de clases de los últimos años. Por ejemplo, el 12 de noviembre de 2019 en Chile, la jornada de paro más importante desde el fin de la dictadura. Este despliegue, parcial y de solo un día, de la fuerza obrera, ya no simplemente como parte de la “ciudadanía”, junto con los importantes enfrentamientos que se dieron en “las poblaciones”, marcaron un salto en el proceso de conjunto. Obligaron a los partidos del régimen a encerrarse a negociar el llamado “Acuerdo por la paz social”, con sus plebiscitos y constituyente amañada, para frenar la escalada. Otro momento clave fueron las jornadas de huelga contra la reforma previsional que conmovieron a Francia a finales de 2019, donde el gobierno y la burocracia sindical en sus diferentes variantes hicieron todo lo que estuvo a su alcance para evitar que se transforme en una huelga indefinida que articule un verdadero movimiento popular capaz de derrotar la reforma. Por otro lado, entre los ejemplos más recientes, está Myanmar, uno de los puntos más álgidos de la lucha de clases actual donde la clase trabajadora es una de las principales protagonistas de la resistencia al golpe bonapartista, en lo que es uno de los mayores levantamientos populares de la ya convulsiva historia del país.

Poder constituyente y autoorganización

En su libro, Di Cesare contrapone el espacio de la revuelta al de la política institucional. De un lado, pura espontaneidad; del otro, procesos electorales e instituciones. Pero en buena medida la “ilusión de la política” es la otra moneda de la “ilusión de lo social”. En el tiempo de la revuelta siguen actuando partidos y burocracias, se intensifica el juego de acción y reacción por el cual los diferentes regímenes apuestan o bien liquidar o bien a asimilar los procesos de movilización. Retomando el ejemplo de Chile, es un hecho que sin la rebelión del 2019 no hubiera habido Convención Constituyente [7]. Pero si la revuelta impuso la Convención (como importante concesión para evitar una caída de Piñera por la vía de la huelga general), la encrucijada vuelve a estar planteada: sin la movilización y autoorganización será imposible enfrentar las trampas de las nuevas cocinas que plantean la derecha y la Concertación pero también el reformismo para subordinar la Convención a los poderes constituidos. Retomar ese camino de lucha en las calles será fundamental para conquistar el programa de octubre. Nuevamente se trata de que el movimiento no sea ni base de maniobra de políticas neorreformistas o “populistas de izquierda”, ni quede confinado a la mera resistencia.

Y esto nos lleva al quinto problema estratégico que queríamos destacar: cómo quebrar la relación circular entre procesos de movilización y de institucionalización para dar lugar a un desarrollo políticamente independiente frente a las diferentes fracciones que en cada lugar se disputan la administración del capitalismo. Es decir, recorrer el camino que lleva de la revuelta a la revolución. Este pasa por desarrollar nuevas instituciones para la unificación y coordinación de los sectores en lucha, por quebrar la resistencia de los aparatos burocráticos, y desplegar una estrategia de autoorganización capaz de articular aquello que se ha fragmentado durante décadas de ofensiva neoliberal, los diferentes sectores de la clase trabajadora (precaria, desocupada, sindicalizada, etc.) junto con el movimiento de mujeres, estudiantil, medioambiental, antirracista, etc., en la perspectiva de constituir consejos o soviets que sean la base de un poder alternativo capaz de derrotar al (no tan ubicuo) Estado capitalista.

Aquí y ahora

A partir de las premisas que desarrolla en su libro, Di Cesare plantea que es necesaria “otra forma de entender la dinámica revolucionaria. Es inútil pensar en la revolución, imaginada como la toma del Palacio de Invierno, esperando cambiar la vida: la forma de la vida ya puede cambiar”. Soluciones aquí y ahora, supuestamente más realistas que aquella revolución socialista que considera imposible. Sin embargo, las mismas se reducen a escabullirse de la ley, iniciar la fuga, aunque sea de forma individual o intentar abrir “espacios libres” en los intersticios del capitalismo retomando el viejo concepto de “zonas de autonomía temporal” de Hakin Bey [8]. Pero las experiencias autonomistas de “espacios liberados” dentro de los límites del capitalismo no han logrado nunca tener más que una existencia efímera ya que terminan asimiladas por el Estado o brutalmente eliminadas por este.

Pero más allá de esto, los nuevos procesos de lucha de clases y las fuerzas sociales que comienzan a ponerse en movimiento plantean posibilidades que van mucho más allá de la utopía de conquistar una zona de autonomía en el medio de la miseria capitalista. La pregunta estratégica es: ¿cómo hacer para que toda la energía de los procesos no sea contenida en los marcos de los regímenes políticos capitalistas o se terminen imponiendo salidas reaccionarias, o peor aún, contrarrevolucionarias, sino al contrario que abran a las nuevas revoluciones?

Y aquí, a los problemas estratégicos que fuimos enumerando, queremos agregar un sexto y último. En su famoso prólogo a la Historia de la Revolución Rusa, donde Trotsky sintetiza algunos elementos de una teoría de los cambios políticos revolucionarios; al contrario de lo que podría dictar el sentido común, lo que toma como punto de partida es el carácter profundamente conservador de la psiquis humana. Las instituciones no cambian jamás en la medida en que la sociedad lo necesita. Este carácter crónicamente rezagado de las ideas y las relaciones humanas respecto a las condiciones en las que están inmersas es lo que hace que cuando aquellas condiciones se desploman catastróficamente haciendo al orden establecido insoportable para las mayorías y estás irrumpen en el escenario político, los cambios en la conciencia en pocos días superen a los de años de evolución pacífica.

Esta compleja discordancia de tiempos entre las crisis económicas, las crisis políticas y la subjetividad del movimiento de masas, es lo que hace indispensable la preparación estratégica. Trotsky, que algo sabía de revueltas y revoluciones, decía que: “Solo estudiando los procesos políticos sobre las propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos y los líderes que en modo alguno queremos negar. Son un elemento, si no independiente, sí muy importante, de este proceso”. Y agregaba: “Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero, sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor” [9]. De aquí que no se trata de esperar pasivamente que llegue el momento de la radicalización e imaginar la revolución simplemente como la toma del Palacio de Invierno, como sugiere Di Cesare. La preparación y los combates librados en el aquí y ahora son determinantes para definir el curso de los procesos una vez que se agudiza el enfrentamiento de clases, tanto si inicia como revuelta para el pasaje a la revolución, como para la revolución misma. Las revueltas muestran que aquella energía de la que hablaba Trotsky ha comenzado a desplegarse, la cuestión es si se disipa, ya sea en combates aislados sin continuidad o en los intersticios del capitalismo, o bien se concentra para hacer saltar por los aires la estructura burocrática que se yergue sobre el movimiento obrero y de masas. Si da lugar al desarrollo de organizaciones revolucionarias capaces de lograr que los futuros procesos revolucionarios de nuestro siglo pongan fin a la barbarie capitalista.

 

NOTAS AL PIE
[1Di Cesare, Donatella, El tiempo de la revuelta, Siglo XXI, 2021 (edición digital).
[2Guilluy, Christophe, No Society. El fin de la clase media occidental, Taurus, Madrid, 2019.
[3Ver: Womack, John Jr., Posición estratégica y fuerza obrera, México, FCE, 2007, p. 50 y ss. Y para una crítica del abordaje de Womack, ver: Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, Estrategia socialista y arte militar, Bs. As., Ediciones IPS, 2017, p.79 y ss.
[4Esposito, Roberto; Pensamiento viviente, p. 295. El concepto de “democracia inmunitaria” recibe un tratamiento especial en Di Cesare en su libro El virus soberano. La asfixia capitalista (Siglo XXI, 2020).
[5Gramsci, Antonio; “El cesarismo” (Q13, §27), ob. cit., p. 66.
[6Trotsky, León, ¿Adónde va Francia?/Diario del exilio, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2013, p. 161.
[7Para tener dimensión de lo que implicó la intervención de la clase trabajadora el 12N en Chile y hasta qué punto afectó al régimen de la Concertación, se puede contrastar con el caso español, donde la indignación del 15M no fue suficiente para poner en jaque la constitución del 78. También podemos ver un ciclo completo del accionar del neorreformismo con Podemos, que irrumpió en la política española prometiendo un proceso constituyente y terminó blindando la vieja Constitución monárquica, en especial contra el desafío que constituyó el movimiento democrático catalán.
[8El concepto de Zonas de Autonomía Temporal (TAZ) fue elaborado por el anarquista Hakin Bey a principios de los años ‘90, con la idea de crear espacios de autonomía en los intersticios del capital, ya sean estos reales –la ocupación temporal de un territorio o de un edificio– o virtuales –espacios para compartir datos en la web. Bey considera que las TAZ son una “una forma de sublevación que no atenta directamente contra el Estado, una operación guerrillera que libera un área –de tierra, de tiempo, de imaginación– y entonces se autodisuelve para reconstruirse en cualquier otro lugar o tiempo, antes de que el Estado pueda aplastarla”. Y argumenta que “el realismo nos impone no solo dejar de esperar ‘la Revolución’, sino incluso dejar de desearla”.
[9Trotsky, León, Historia de la Revolución Rusa (Tomo I), Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2017, pp. 16-17.

 

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