Con su grito hinchado de esperanza, la insurrección de África se congela

X  Vijay Prashad

09/2021

El 26 de agosto, dos ataques mortales en el perímetro del aeropuerto internacional de Kabul mataron a más de cien personas, incluyendo a trece soldados estadounidenses. Las explosiones afectaron a personas desesperadas por entrar al aeropuerto y huir de Afganistán. No mucho después, el Estado Islámico del Gran Jorasán (ISIS-K) se atribuyóel atentado. Diez días antes de este episodio, los combatientes talibanes habían entrado a la prisión Pul-i-Charkhi de Kabul y ejecutado al líder de ISIS-K, Abu Umar Khorasani, también conocido como Zia ul Haq. Dos días antes de su ejecución, mientras el Talibán avanzaba hacia Kabul, Abu Umar dijo al Wall Street Journal: “Me dejarán libre si son buenos musulmanes”. En cambio, el Talibán lo asesinó a él y a otros ocho líderes de la organización.

Desde su formación en octubre de 2014, ISIS-K —que opera en Afganistán y Pakistán— ha realizado más de 350 ataques contra objetivos afganos, pakistaníes y estadounidenses en estos países. Los líderes iniciales del grupo, Hafiz Saeed Khan y Sheikh Maqbool, llegaron desde Tehrik-e Taliban (TTP) de Pakistán y se unieron al excomandante talibán, Abdul Rauf Khadim, para crear ISIS-K en la provincia oriental de Nangarhar en Afganistán. En 2018, un informe de la ONU señaló que los líderes de ISIS-K en Irak y Siria facilitaron “el traslado de algunos de sus agentes claves hacia Afganistán”, incluyendo a Abu Qutaiba desde Irak y a otros combatientes desde Argelia, Francia, Rusia, Túnez y cinco países de Asia central. En 2016, el gobierno de Estados Unidos declaró a ISIS-K como una organización terrorista; tres años después, dicho país lanzó una gran bomba sobre las posiciones de ISIS-K en Nangargar. El 27 de agosto, EE. UU. bombardeó objetivos en Nangarhar en represalia por los atentados en Kabul. “No sabemos de ninguna víctima civil”, dijo con soltura el Comando Central de EE. UU. Unos días más tarde, un dron estadounidense, que supuestamente atacaba objetivos de ISIS-K, mató a diez civiles afganos, incluyendo a niños pequeños.

Desde 2014, los talibanes controlan cada vez más territorio en Afganistán. En este periodo, las fuerzas de ISIS-K se enfrentaron a las de los talibanes en múltiples ocasiones. ISIS-K ha disputado la reivindicación del Islam político por parte de los talibanes y ha profundizado los ataques sectarios contra las minorías en Afganistán. La ejecución de Abu Umar Khorasani y la victoria de los talibanes ciertamente incitaron a que ISIS-K lleve a cabo los ataques mortales en el aeropuerto de Kabul. Hay poco peligro de que se vuelva a la guerra civil de la década de 1990, ya que los cientos de combatientes de ISIS-K simplemente no tienen la capacidad de disputar el poder a los talibanes. Sin embargo, tienen el fanatismo para causar daño a un país que ya ha sido devastado por la guerra y la corrupción.

Lejos, al sudoeste de Nangarhar y al otro lado del mar Arábigo, están las provincias del norte de Mozambique. Aquí, combatientes armados arrasaron con la provincia de Cabo Delgado en 2017, atacando la ciudad de Mocímboa da Praia. Los combatientes se llamaban a sí mismos al-Shabab [La Juventud], y no tenían conexiones con la organización terrorista del mismo nombre de Somalia. Rápidamente, los guerrilleros llevaron su guerra a seis de los principales distritos del norte de Mozambique, tomando cinco de sus capitales. La única capital que no fue capturada en el primer momento, Palma, es el centro de un enorme proyecto desarrollado por la empresa de energía francesa Total y por la estadounidense ExxonMobil. Estas compañías tienen participación en una de las mayores reservas de gas natural de África, que tiene un valor de más de 120.000 millones de dólares. Ambas empresas suspendieron sus operaciones cuando los combatientes se acercaban a Palma, que finalmente tomaron en marzo de 2021.

Investigadores del Observatório do Meio Rural (OMR) y Cabo Ligado han mostrado que estos combatientes son de la región y que no están afiliados a ningún proyecto islamista internacional. João Feijó de OMR señala que estos líderes de al-Shabab son principalmente de Mozambique, aunque unos pocos son de Tanzania. El principal líder de su organización es Bonomade Machude Omar, quien nació en Palma, fue educado en escuelas públicas y escuelas islámicas de Mocímboa da Praia, y entrenado en el ejército de Mozambique antes de que comenzara a convocar a muchos jóvenes para combatir la pobreza extrema de las provincias del norte de Mozambique. Así formaron al-Shabab.

Después del rápido desarrollo de al-Shabab, Bonomade Machude Omar es conocido por haber hablado sobre su conexión con el Estado Islámico, aunque no hay evidencia de ningún vínculo organizacional entre los grupos de Asia occidental y el norte de África. No obstante, el 6 de agosto, el Departamento de Estado de Estados Unidos declaró a al-Shabab —o ISIS-Mozambique, como lo llama EE. UU.— una organización terrorista y a Bonomade Machude Omar un terrorista global especialmente designado. Una vez que al-Shabab fue descrita como ISIS-Mozambique, toda la fuerza militar podía desplegarse en el norte de Mozambique.

Un alto asesor de la Comunidad de Desarrollo de África Meridional (SADC por su sigla en inglés) me dijo que las capitales africanas palpitaban con el temor de que Estados Unidos y Francia lanzaran un asalto al norte de Mozambique para proteger los activos de Total y ExxonMobil. “Tal vez es por eso que han denominado a los combatientes como ISIS-Mozambique”, me dijo el día que los talibanes entraron a Kabul. El 28 de abril, el presidente de Mozambique, Filipe Nyusi, se reunió con el presidente de Ruanda, Paul Kagame, en Kigali para conversar sobre al-Shabab. Diez días más tarde, los oficiales de Ruanda llegaron a Cabo Delgado en una misión de reconocimiento, seguida poco después de 1.000 tropas ruandesas. El asesor dice que Estados Unidos e Israel —que son cercanos a Kagame— autorizaron la misión. Poco después, SADC envió una misión a Mozambique (SAMIM) con tropas de países de SADC (Botswana, Lesoto y Sudáfrica) y tropas de Angola y Tanzania, que ha debilitado el control de al-Shabab en las ciudades del norte de Mozambique.

Tanto Stergomena Tax de la SADC (cuyo mandato como secretaria ejecutiva finalizó el 31 de agosto) como la ministra de Defensa de Sudáfrica, Nosiviwe Mapisa-Nqakula, se quejaron de la decisión unilateral de Ruanda de intervenir. Aunque tanto Ruanda como la SAMIM son intervenciones de Estados africanos, la principal institución del continente —la Unión Africana (UA) — no ha deliberado al respecto en su Consejo de Paz y Seguridad (el presidente de la UA, Moussa Faki Mahamat, sí aplaudió la intervención de Ruanda). Ni Mozambique, ni la SADC, ni la UA han elaborado un plan global en relación con el norte de Mozambique; los problemas del país tienen su origen en la desigualdad, la pobreza y la corrupción, intensificadas por la influencia de las empresas energéticas transnacionales francesas y estadounidenses.

El dossier del Instituto Tricontinental de Investigación Social sobre la intervención de los ejércitos de Estados Unidos y Francia en el continente africano ofrece un marco para comprender el rol de los intereses comerciales de ambos países. En junio, el francés Emmanuel Macron dijo que retiraría la mitad de las tropas francesas de la Operación Barkhane en Mali. Este tipo de “retirada” es parte de la campaña presidencial de Macron para las elecciones de 2022 y no una retirada real. De hecho, la verdadera intervención de Francia es la creación de plataformas como el G-5 Sahel (un proyecto militar liderado por Francia conformado por Mali, Níger, Mauritania, Chad y Burkina Faso), cuya existencia socava el avance de la Unión Africana y de la soberanía africana. Grupos como el G-5 Sahel justifican su existencia diciendo que luchan contra grupos como el Estado Islámico. No declaran honestamente sus objetivos: mantener el control sobre regiones y países clave del continente y, con ello, conservar el acceso exclusivo a sus recursos minerales y naturales.

La ONU tiene razón al afirmar en su informe de julio que la expansión del Estado Islámico en África es un “hecho sorprendente”. Pero aún más llamativos son los problemas subyacentes: el control y el robo de los recursos y los problemas sociales concomitantes producidos por este robo, es decir, la gran desgracia que experimentan los pueblos de África. Por ejemplo, la mitad de la población de la República Centroafricana (RCA) luchacontra el hambre; la entrada de tropas ruandesas en el país en 2019 difícilmente es la solución a la crisis. En Afganistán, al igual que en la RCA, la mitad de la población vive en la pobreza y un tercio sufre inseguridad alimentaria, mientras que dos tercios carecen de acceso a la electricidad.

En Mozambique, por su parte, se calcula que el 80% de la población no puede permitirse una dieta adecuada, mientras que 2,9 millones de personas se enfrentan a altos niveles de inseguridad alimentaria aguda. Los verdaderos problemas de seguridad son la inseguridad alimentaria y las humillaciones que trae consigo la pobreza, que producen todo tipo de disturbios, incluido al-Shabab.

La liberación de Mozambique en 1975 comenzó en Cabo Delgado, que ahora está desgarrado por el conflicto actual. Esa guerra de liberación duró desde 1962 y fue dirigida por el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO). Una parte importante de la guerra de liberación fue la guerra de descolonización de la cultura, que produjo la moçambicanidade, la sensibilidad de la nueva revolución. Noémia de Sousa fue una de las grandes poetas de la moçambicanidade, cuya obra se publicó en O Brado Africano [El rugido africano]. Sus palabras de 1958 resuenan en todo este boletín:

Si quieres entenderme

ven a descubrir mi alma africana,

en los gemidos de los negros del muelle

en los frenéticos golpes de tambor de los muchopes

en la rebeldía de los machanganas

en la extraña melancolía que evoluciona

de una canción nativa en la noche profunda…

 

Y no me preguntes más,

si es que me quieres conocer…

Que no soy más que una caracola de carne,

donde la revuelta de África congeló

su grito hinchado de esperanza.

periodista, historiador y activista indio, es director ejecutivo del Instituto Tricontinental de Investigaciones Sociales y responsable editorial de LeftWord Books. Autor de una treintena de libros, el más reciente de los cuales es No Free Left: The Futures of Indian Communism (Nueva Delhi, LeftWord Books, 2015).

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