Directo a la “casa grande”, como le dicen los menores infractores al Comcar.

Primario, podía haber ido al módulo 5, no digo al 9, que es el mejor, ¿pero al 11? Del 11 no hay salida. De las cárceles del interior hay salida, van al Comcar, del módulo 9 hay salida, van al 5, y así. Pero del 11, no. El 11 es el noveno círculo del infierno carcelario. Una celda con otros cinco delincuentes.

Cuando hay ganas de dañar al recién llegado, las técnicas son infinitas. “¿Querés hablar con tu familia? Tomá, usá el celular”. Tras el contacto, el número quedó registrado en el celular. Y empiezan las llamadas. “Señora, estamos acá con su hijo.

Si no nos pagan y si no nos pueden traer comida, lo vamos a violar hasta matarlo”. Y lo violan. Se turnan para dormir; y cuando la víctima no puede más de la vigilia, cae en las garras del resto. Pero esta vez fue otra cosa. Recién llegado, no había tenido ni tiempo de generar deudas por drogas, ni enojos por una mala mirada. De entrada, pasó a ser un esclavo. Cuando llegó la primera tanda de comida se la sacaron, y así seguiría siendo en los días sucesivos. Los sostenían entre varios y el otro le daba en la espalda con una tabla con clavos.

Lo patearon, le luxaron la cadera. Lean en Google: “Las dislocaciones de la cadera son muy dolorosas. El sujeto por lo general no puede mover la pierna. Cuando el fémur está desplazado hacia atrás, la pierna afectada parece más corta y está girada hacia adentro”. Cada vez que lo movían o le pegaban el dolor debía de ser insoportable.

La cárcel era horrible, se sabía, pero ¿esto? Y pasó un día y dos y tres y cuatro y cinco y seis y siete y ocho y nueve y diez. La comida seguía llegando y le tocaban migas. Cuando, una vez por semana un policía se asomaba para el control de rutina, dos presos se le ponían a cada lado, otro lo miraba de frente a la cara.

Escondían cortes carcelarios. Y la cadera que dolía, y los agujeros de los clavos que dolían. Y pasaron 11 días y 12 y 13 y 14 y 15 y 16 y 17 y 18 y 19 y 20. ¿Será que esto no se va a acabar más? ¿Morirá de dolor y de hambre? Y pasaron 21 días y 22 y 23 y 24 y 25 y 26 y 27 y 28 y 29 y 30. La cadera y los agujeros dolían, porque seguían dándole con la tabla. Y sí, lo violaban. En una ocasión, desesperado y temeroso de que lo mataran fuera a donde fuera, atinó a hacerle un gesto al guardia de turno. ¡Para qué! Cuando el policía se fue lo molieron a golpes, si es que ya no se podía considerar molido. Y pasaron 31 días y 32 y 33 y 34 y 35 y 36 y 37 y 38 y 39. Y un día, el que parecía ser el jefe de esa banda de sádicos, recuperó la libertad.

Cuando este “pesado” se fue, presos de celdas cercanas, que sabían lo que pasaba pero que no tenían más remedio que afiliar a la omertá obligatoria de las cárceles, si no querían ser ellos los torturados o algo peor, entraron por la fuerza y sacaron al desnutrido compañero de prisión.

No podían tocarlo porque era todo un dolor. Lo subieron a una carretilla y así llegó a la enfermería de la cárcel. Allí lo recibieron los enfermeros y guardias policiales que lo trataron como se debía, con respeto y cuidado. Pero hay un nombre que tiene que ser mencionado públicamente: Roberto Saporito, el médico del Comcar. Saporito, una vergüenza para su profesión, según cuentan quienes deben tratarlo todo el tiempo, terminó discutiendo con un enfermero porque no quiso internar a la víctima. Dice un testigo que apenas lo revisó y se fue luego de dejar establecido que debía volver a los módulos carcelarios.

Un hombre desnutrido al que debieron pasarle más de dos litros de suero glucosado, con agujeros en la espalda provocados por clavos, con una cadera luxada, agredido sexualmente, un médico lo manda al mismo encierro del que venía. El horror en toda su dimensión. Esta es apenas una historia de las miles que se viven a diario en las cárceles uruguayas.

Están los jóvenes violados entre varios, los apuñalados por no poder pagar una deuda, los que quieren dejar la droga o directamente no pueden acceder a ella y viven espantosos síndromes de abstinencia en celdas atestadas (ya están colocando cuchetas de a tres para meter más presos), sin ventanas, por donde se cuela el viento helado, sin colchón, durmiendo directamente sobre el piso, la locura de la abstinencia que solo sabe lo que es quien la vivió, mezclada con la locura de cárceles del medioevo, la mierda que circula por algunos módulos, las familias amenazadas fuera de la cárcel, familias que ya no tienen para comer del dinero que envían para que no maten a su hijo, familias con niños tomando tres ómnibus para llegar hasta la cárcel y esperar horas a la intemperie para entrar, las familias que no pueden verse porque están todos presos en diferentes prisiones, las familias que no están, los presos que pasan 10 años sin que nadie los visite, ni para llevarles un pan duro, la pobreza por donde se la mire, la marginalidad por donde se la huela. El horror. Nada de esto está en las sanciones establecidas en el Código Penal.

Quienes hacen las leyes, quienes las aplican, las están violando sistemáticamente. El delincuente es sometido a una serie de torturas que ninguna ley avala como castigo ni como nada. Los que votaron a los que hacen las leyes miran cada día cómo sus representantes dejan que la ley se viole y nadie dice nada, salvo algún discurso por el que se cuela sin una gota de vergüenza la palabra rehabilitación. Quizás cuando el cóctel de muchachos sin formación, la incidencia creciente del narcotráfico, la convicción de que la vida será un camino de pobreza sin retorno para toda su descendencia, lleven a buena parte de los hijos de la decadente clase media a acciones que hoy se dan mayoritariamente en sectores marginales, y quizás esa cercanía cultural con quienes van al infierno nos haga reaccionar. Quizás, en un tiempo lejano nos civilicemos al punto de tener que esconder la cara de vergüenza por lo que permitimos que pasara.

Quizás, algún día no muy lejano, el liderazgo del narco sea lo suficientemente poderoso y organizado en las cárceles como para provocar un motín o una serie de motines sangrientos tratando de emular el efecto Carandirú, cuando 111 presos asesinados y el surgimiento del PCC, hoy el principal grupo criminal del continente, fueron el precio a pagar para que las condiciones en las cárceles de Brasil mejoraran. Ese día no podremos ignorar las cárceles. Ese día seremos nosotros los que estaremos presos de ellas.

Cada cual tiene su capacidad de sorprenderse. Si eso pasara, en lo que a mí respecta, no me sorprenderá que ocurra; me sorprende que no haya ocurrido ya y de manera muy virulenta, en este país donde el simple y manido argumento de que la violencia genera violencia parece no haber sido entendido, o solo se termina de entender entre lágrimas, al pie de alguna tumba recién cerrada y con un cadáver fresco, pasado a mejor vida por presos a los que nadie considera humanos, o por expresos que salen en libertad a recordarnos que no hay condena que dure 100 años, y que tarde o temprano vendrán por nosotros, para cobrarse con sangre la ignorancia y el desprecio que por años, irresponsable e inhumanamente, les dispensamos.

 

Fuente:

foto van María Patricia Barragán Kostoff.