1°)¿Y si el fuego lo descubrió una mujer? –✪–2°)Escritoras.Clarice Lispector revolucionó la literatura brasileña

Ilustración de una mujer andina prehistórica cazando animales.

Ilustración de una mujer andina prehistórica cazando animales. Universidad de California

¿Y si el fuego lo descubrió una mujer? El libro que cambia la visión patriarcal de la prehistoria

La reputada prehistoriadora francesa Marylèn Patou-Mathis relata en su nueva obra los prejuicios que pesan sobre la mujer prehistórica y cómo las investigaciones arqueológicas los están derribando.

David Barreira
 

En noviembre del año pasado, un equipo de arqueólogos estadounidenses y peruanos anunció el descubrimiento en el distrito de Puno, en los Andes, de la tumba de una mujer joven de hace unos 8.000 años que había sido inhumada con armas y objetos de piedra cortantes. El hallazgo y los resultados de la revisión de otro centenar de enterramientos resultaron de gran interés porque demostraba que las féminas prehistóricas también cazaban, al menos en América, y porque ponían en jaque la idea predominante de que en las primeras comunidades humanas existía la división de tareas, en las que los hombres llevaban la batuta de las actividades físicas.

Un estudio publicado poco más de un mes antes por investigadores de las universidades de Alcalá de Henares, Granada, Autónoma de Barcelona y Durham (Reino Unido) también probó que las mujeres participaron en la creación de las pinturas rupestres del refugio rocoso de Los Machos, ubicado en el municipio granadino de Zújar. Otros trabajos científicos desarrollados en la última década han obtenido resultados en la misma línea: muchas de las manos documentadas en las paredes de las cuevas prehistóricas de Francia y España son de mujeres. Cada vez quedan menos dudas de que ellas también eran artistas.

Los avances en el conocimiento sobre la vida de los antepasados del ser humano están confirmando las hipótesis que la arqueología de género lleva años defendiendo y derrumbando el, hasta hace bien poco, incuestionable androcentrismo de la prehistoria. ¿Y si quien descubrió el fuego fue una mujer? ¿Y si no fue un hombre el que pintó los bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux? ¿Y si eran ellas quienes cazaban? Y, de ser resultar afirmativas todas estas cuestiones, ¿cuándo y por qué se impusieron la división sexual del trabajo y la jerarquización de los sexos en detrimento de la mujer, convertida en el eslabón débil?

La prehistoriadora francesa Marylène Patou-Mathis este miércoles en Madrid.

La prehistoriadora francesa Marylène Patou-Mathis

«Hay muchos mitos en el imaginario popular que están ligados a la prehistoria y es muy importante mostrar que muchas de esas creencias no son realidades antropológicas. Sigue habiendo cosas por descubrir, sobre todo relacionadas con la posición de la mujer, que hasta ahora no existía: solo existía el hombre prehistórico». Así lo explica a MagasIN una voz autorizada en la materia: Marylène Patou-Mathis, directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) y especialista en el comportamiento de los neandertales.

La investigadora y arqueóloga francesa no tiene ninguna duda al respecto: la prehistoria, como disciplina, bebe del modelo patriarcal que establecieron sus creadores decimonónicos. Así lo evidencia en su libro El hombre prehistórico es también una mujer (Lumen), una obra en la que atropella con erudición, evidencias científicas —desde los vestigios arqueológicos hasta los últimos análisis de ADN— y preguntas ineludibles los prejuicios sobre los que se sustentan esas ideas de que ellas solo se dedicaban a coger frutos, a las tareas livianas.

Figuración de una mujer neandertal en el Museo Arqueológico Nacional.

Figuración de una mujer neandertal en el Museo Arqueológico Nacional. MAN

 

«En el siglo XIX los historiadores eran todos hombres y decidieron que las mujeres eran las recolectoras y las que se encargaban de las cuevas, mientras que ellos tallaban, descubrían el fuego, cazaban… Es la visión que tenían en aquel momento, la visión patriarcal, y ese modelo lo transfirieron directamente a las sociedades prehistóricas«, valora Patou-Mathis en la cafetería de un céntrico hotel madrileño, a donde ha venido para presentar la edición en español de su libro.

Debates académicos

La arqueóloga gala es una de las figuras que encabezan esta suerte de revolución feminista del enfoque a través del cual analizar las primeras sociedades humanas. Una perspectiva que ya intentó desarrollarse en la década de los 70 pero que se ha consolidado en los últimos años. «Cuando empecé a trabajar como prehistoriadora tenía tan integrado el modelo patriarcal que no me planteaba más. Después, cuando me fui especializando en el hombre neandertal, me di cuenta de que era todo ‘hombre, hombre, hombre’, ¿pero y si también hay mujer? Comencé a descubrir que en los libros de texto, los documentales, quienes hacían fuego, iban a cazar, tallaban las herramientas o pintaban las cuevas eran solo hombres, no había mujeres ahí», relata.

En su discurso, Marylène Patou-Mathis tiene muy presentes a los pioneros de una disciplina que ha dado un vuelco radical, a los prehistoriadores e historiadores del XIX que «borraron a las mujeres» y les otorgaron un papel inferior por naturaleza, como ya lo había hecho la religión por cuestiones de orden divino —bendita paradoja: ciencia y fe de la mano—. «La sociedad es la que ha presionado para que esto se vea de otra forma», asegura la prehistoriadora, que dice que sus hipótesis, en las conferencias públicas en las que participa, son acogidas de forma favorable.

Portada del libro de Patou-Mathis.

Portada del libro de Patou-Mathis. Lumen

 

«En el ámbito científico hay gente que está más abierta, pero hay un núcleo de investigadores, formado por muchos hombres y algunas mujeres, que dicen que no es posible, que no hay pruebas científicas que demuestren que las mujeres cazaban o pintaban», lamenta. «Pero yo contesto que tampoco hay pruebas que demuestren que son los hombres. Hay que abrir el campo hipotético porque los vestigios arqueológicos no son categóricos en la autoría masculina». En los nuevos hallazgos, los análisis genéticos y los avances tecnológicos recae el arduo cometido de desvelar una prehistoria más igualitaria de lo imaginado.

Pero también en la necesidad de derribar los mitos y las imágenes falsas que envuelven el remoto periodo. Marylène Patou-Mathis despide la charla con una reflexión conciliadora: «Hay algo muy importante que digo siempre: el sistema patriarcal se ha agotado, ha quedado obsoleto y hay que cambiarlo. Pero no podemos proponer un enfrentamiento: si establecemos una rivalidad entre hombres y mujeres, las cosas no van a funcionar».

 

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Escritoras.Clarice Lispector revolucionó la literatura brasileña de la segunda mitad del siglo XX

En Río de Janeiro muere el 9 de diciembre de 1977 un día antes de cumplir 57 años. Había nacido en Ucrania y llegó a Brasil de pequeña. Escribió libros de cuentos como Felicidad clandestina y novelas como La pasión según G. H. y La hora de la estrella.

Liliana Vera IbáñezRedacción LID @liluzlisam / IG: @Pisotomia

Nacida en Chechelnyk, Ucrania, Chaya Pinjasovna Lispector ( conocida como Clarice Lispector) llegó a Brasil cuando era bebé, en 1922, con su familia. Casada con un diplomático brasileño, vivió fuera del país de 1944 a 1959 (Italia, Suiza, Inglaterra y Estados Unidos). Cuando se separó, regresó a Brasil, donde vivió hasta su muerte, el 9 de diciembre de 1977, un día antes de cumplir 57 años. Novelistas y periodista perteneció a la Generación del 45 brasileña y ha escribió infinidad de novelas, relatos, poesías, libros infantiles, incluso pinturas.

“La mujer más pequeña del mundo” es un cuento de Clarice Lispector (compartimos abajo ) que relata el encuentro entre Pequeña Flor, la mujer más pequeña de todos los pigmeos, y el explorador francés Marcel Pretre, quien afirma que la ha descubierto y le da su nombre. «Allí estaba una mujer que ni la glotonería del sueño más refinado habría podido imaginar jamás»: con traducción de Paula Abramo, compartimos uno de los cuentos más increíbles de Lazos de familia

La mujer más pequeña del mundo

En las profundidades del África Ecuatorial, el explorador francés Marcel Petre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Más sorprendido, pues, quedó al ser informado de que un pueblo de tamaño aún menor existía más allá de florestas y distancias. Entonces, él se adentró aún más.

En el Congo Central descubrió, realmente, a los pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de otra caja, dentro de otra caja— entre los pigmeos más pequeños del mundo estaba el más pequeño de ellos, obedeciendo, tal vez, a una necesidad que a veces tiene la naturaleza de excederse a sí misma.

Entre mosquitos y árboles tibios de humedad, entre las hojas ricas de un verde más perezoso, Marcel Petre se topó con una mujer de cuarenta y cinco centímetros¹, madura, negra, callada. «Oscura como un mono», informaría él a la prensa, y que vivía en la copa de un árbol con su pequeño concubino. Entre los tibios humores silvestres, que temprano redondean los frutos y les dan una casi intolerable dulzura al paladar, ella estaba embarazada.

Allí en pie estaba, pues, la mujer más pequeña del mundo. Por un instante, en el zumbido del calor, fue como si el francés hubiese, inesperadamente, llegado a la conclusión última. Con certeza, solo por no ser loco, es que su alma no desvarió ni perdió los limites. Sintiendo la necesidad inmediata de orden y de dar nombre a lo que existe, la apellidó Pequeña Flor. Y para conseguir clasificarla entre las realidades reconocibles, pasó enseguida a recoger datos relacionados con ella.

Su raza está, poco a poco, siendo exterminada. Pocos ejemplares humanos restan de esa especie que, si no fuera por el disimulado peligro de África, sería un pueblo muy numeroso. A más de la enfermedad, el infectado hálito de aguas, la comida deficiente y las fieras que rondan, el gran riesgo para los escasos likoualas² está en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en silencioso aire como en madrugada de batalla. Los bantúes los cazan con redes, como lo hacen con los monos. Y los comen. Así, tal como se oye: los cazan con redes y los comen. La pequeña raza de gente, siempre retrocediendo y retrocediendo, terminó acuartelándose en el corazón del África, donde el afortunado explorador la descubriría. Por defensa estratégica, habitan en los árboles más altos. De allí descienden las mujeres para cocinar maíz, moler mandioca y cosechar verduras; los hombres, para cazar. Cuando un hijo nace, se le da libertad casi inmediatamente. Es verdad que, muchas veces, la criatura no aprovechará por mucho tiempo de esa libertad entre fieras. Pero también es verdad que, por lo menos, no lamentará que, para tan corta vida, largo haya sido el trabajo. Incluso el lenguaje que la criatura aprende es breve y simple, apenas esencial. Los likoualas usan pocos nombres, llaman a las cosas por gestos y sonidos animales. Como avance espiritual, tienen un tambor. Mientras bailan al son del tambor, mantienen una pequeña hacha de guardia contra los bantúes, que aparecerán no se sabe de dónde.

Fue así, pues, que el explorador descubrió, toda en pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió, porque esmeralda ninguna es tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico del mundo puso ya sus ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que la golosina del más fino sueño jamás pudiera imaginar. Fue entonces que el explorador, tímidamente, y con una delicadeza de sentimientos de la que su esposa jamás lo juzgaría capaz, dijo:

—Tú eres Pequeña Flor.

En ese instante, Pequeña Flor se rascó donde una persona no se rasca. El explorador —como si estuviese recibiendo el más alto premio de castidad al que un hombre, siempre tan idealista, osara aspirar—, tan vivido, desvió los ojos.

La fotografía de Pequeña Flor fue publicada en el suplemento a colores de los diarios del domingo, donde cupo en tamaño natural. Envuelta en un paño, con la barriga en estado adelantada, la nariz chata, la cara negra, los ojos hondos, los pies planos. Parecía un perro.

En ese domingo, en un departamento, una mujer, al mirar en el diario abierto el retrato de Pequeña Flor, no quiso mirarlo una segunda vez «porque me da aflicción».

En otro departamento, una señora sintió tan perversa ternura por la pequeñez de la mujer africana que —siendo mucho mejor prevenir que remediar—, jamás se debería dejar a Pequeña Flor a solas con la ternura de aquella señora. ¡Quién sabe a qué oscuridad de amor puede llegar el cariño! La señora pasó el día perturbada, se diría que poseída de la nostalgia. A propósito, era primavera, una bondad peligrosa rondaba en el aire.

En otra casa, una niña de cinco años, viendo el retrato y escuchando los comentarios, quedó espantada. En aquella casa de adultos, esa niña había sido hasta ahora el más pequeño de los seres humanos. Y si eso era fuente de las mejores caricias, era también fuente de este primer miedo al amor tirano. La existencia de Pequeña Flor llevó a la niña a sentir —con una vaguedad que solo años y años después, por motivos bien distintos, habría de concretarse en pensamiento—, en una primera sabiduría, que «la desgracia no tiene límites».

En otra casa, en la consagración de la primavera, una joven novia tuvo un éxtasis de piedad:

—¡Mamá, mira el retratito de ella, pobrecita!, ¡mira como ella es tristecita!

—Pero —dijo la madre, dura, derrotada y orgullosa—, pero es tristeza de bicho, no es tristeza humana.

—¡Oh, mamá! —dijo la joven desanimada.

En otra casa, un niño muy despierto tuvo una idea inteligente:

—Mamá, ¿y si yo colocara esa mujercita africana en la cama de Pablito mientras él está durmiendo? Cuando despierte, qué susto, ¿eh? ¡Qué griterío, viéndola sentada en su cama! Y nosotros, entonces, podríamos jugar tanto con ella, haríamos de ella nuestro juguete, ¿sí?

La madre de este niño estaba en ese instante enrollando sus cabellos frente al espejo del baño y recordó lo que una cocinera le contara de su tiempo de orfanato. Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le dieron baños y comiditas, le impusieron un castigo solamente para después poder besarla, consolándola. De eso se acordó la madre en el baño y dejó caer las manos, llenas de horquillas. Y consideró la cruel necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser felices. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que habremos de matar por amor. Entonces, miró al hijo sagaz como si mirase a un peligroso desconocida Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y para la felicidad. Así fue que miró ella, con mucha atención y un orgullo incómodo, a aquel niño que ya estaba sin los dos dientes de adelante: la evolución, la evolución haciéndose diente que cae para que nazca otro, el que muerda mejor. «Voy a comprar una ropa nueva para él», resolvió, mirándolo, absorta. Obstinadamente adornaba al hijo desdentado con ropas finas, obstinadamente lo quería bien limpio, como si la limpieza diera énfasis a una superficialidad tranquilizadora, obstinadamente perfeccionando el lado cortés de la belleza. Obstinadamente apartándose y apartándolo de algo que debía ser «oscuro como un mono». Entonces, mirando al espejo del baño, la madre sonrió intencionadamente fina y pulida, colocando entre aquel su rostro de lineas abstractas y la cruda cara de Pequeña Flor, la distancia insuperable de milenios. Pero, con años de práctica, sabía que este sería un domingo en el que tendría que disfrazar de sí misma la ansiedad, el sueño y los milenios perdidos.

En otra casa, junto a una pared, se dieron al trabajo alborotado de calcular, con cinta métrica, los cuarenta y cinco centímetros de Pequeña Flor. Y fue allí mismo donde, deleitados, se espantaron: ella era aún más pequeña de lo que el más agudo en imaginación la inventaría. En el corazón de cada uno de los miembros de la familia nació, nostálgico, el deseo de tener para sí aquella cosa menuda e indomable, aquella cosa salvada de ser comida, aquella fuente permanente de caridad. El alma ávida de la familia quería consagrarse. Y, entonces, ¿quién ya no deseó poseer un ser humano solo para sí? Lo que es verdad, no siempre sería cómodo, hay horas en que no se quiere tener sentimientos:

—Apuesto a que si ella viviera aquí, terminaba en pelea —dijo el padre sentado en la poltrona, virando definitivamente la página del diario—. En esta casa todo termina en pelea.

—Tú, José, siempre pesimista —dijo la madre.

—¿Ya has pensado, mamá, de qué tamaño será el bebé de ella? —dijo ardiente la hija mayor, de trece años.

El padre se movió detrás del diario.

—Debe ser el bebé negro más pequeño del mundo —contestó la madre, derritiéndose de gusto—. ¡Imagínense a ella sirviendo a la mesa aquí en casa! ¡Y con la barriguita grande!

—¡Basta de esas conversaciones! —dijo confusamente el padre.

—Tú has de concordar —dijo la madre inesperadamente ofendida— que se trata de una cosa rara. Tú eres el insensible.

¿Y la propia cosa rara?

Mientras tanto, en África, la propia cosa rara tenía en el corazón —quién sabe si también negro, pues en una naturaleza que se equivocó una vez ya no se puede confiar más—, algo más raro todavía, algo como el secreto del propio secreto: un hijo mínimo. Metódicamente, el explorador examinó, con la mirada, la barriguita madura del más pequeño ser humano. Fue en ese instante que el explorador, por primera vez desde que la conoció, en lugar de sentir curiosidad o exaltación o victoria o espíritu científico, sintió malestar.

Es que la mujer más pequeña del mundo estaba riendo.

Estaba riéndose, cálida, cálida. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba teniendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía. No haber sido comida era algo que, en otras horas, le daba a ella el ágil impulso de saltar de rama en rama.

Pero, en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso a una acción —y el impulso se había concentrado todo en la propia pequeñez de la propia cosa rara—. Y entonces ella se reía. Era una risa de quien no habla pero ríe. El explorador incómodo no consiguió clasificar esa risa, y ella continuó disfrutando de su propia risa apacible, ella que no estaba siendo devorada. No ser devorado es el sentimiento mas perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. En tanto ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba perturbado.

En segundo lugar, si la propia cosa rara estaba riendo era porque, dentro de su pequeñez, una gran oscuridad se había puesto en movimiento.

Es que la propia cosa rara sentía el pecho tibio de aquello que se puede llamar Amor. Ella amaba a aquel explorador amarillo. Si supiera hablar y le dijese que lo amaba, él se inflaría de vanidad. Vanidad que disminuiría cuando ella añadiera que también amaba mucho el anillo del explorador y que amaba mucho la bota del explorador. Y cuando este se sintiera desinflado, Pequeña Flor no entendería por qué. Pues, ni de lejos, su amor por el explorador —puédese incluso decir su «profundo amor», porque, no teniendo otros recursos, ella estaba reducida a la profundidad—, habría de quedarse desvalorizado por el hecho de que ella también amaba su bota. Hay un viejo equívoco sobre la palabra amor y, si muchos hijos nacen de ese equívoco, muchos otros perdieron la única posibilidad de nacer solamente por causa de una susceptibilidad que exige que sea de mí, ¡de mí!, que el otro guste. Pero en la humedad de la floresta no existen esos refinamientos crueles y amor es no ser comido, amor es hallar bonita una bota, amor es gustar del color raro de un hombre que no es negro, amor es reír del amor a un anillo que brilla. Pequeña Flor guiñaba sus ojos de amor y rió, cálida, pequeña, grávida, cálida.

El explorador intentó sonreírle en retribución, sin saber exactamente a qué abismo su sonrisa contestaba, y entonces se perturbó como solamente un hombre de tamaño grande se perturba. Disfrazó, acomodando mejor su sombrero de explorador, y enrojeció púdico. Se tornó de un color lindo, el suyo, de un rosa-verdoso, como el de un limón de madrugada. Él debía de ser agrio.
Fue, probablemente, al acomodar el casco simbólico cuando el explorador se llamó al orden, recuperó con severidad la disciplina de trabajo y recomenzó a hacer anotaciones. Había aprendido a entender algunas de las pocas palabras articuladas de la tribu y a interpretar sus señales. Ya lograba hacer preguntas.

Pequeña Flor le respondió que «sí». Que era muy bueno tener un árbol para vivir, suyo, suyo mismo. Pues —y eso ella no lo dijo, pero sus ojos se tornaron tan oscuros que ellos lo dijeron—, es bueno poseer, es bueno poseer, es bueno poseer. El explorador pestañeó varias veces.

Marcel Petre tuvo varios momentos difíciles consigo mismo. Pero, al menos, pudo ocuparse de tomar notas. Quien no tomó notas, tuvo que arreglarse como pudo:

—Pues mire —declaró de repente una vieja cerrando con decisión el diario—, yo solo le digo una cosa: Dios sabe lo que hace.

 

 

Fuente:https://www.laizquierdadiario.com

 

 

 

 

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