Revista ALTERNATIVAS / ⭐- 01/02/2022

✰1) Y  ahora en Ecuador !!!

✰2) Ambiente, extractivismos y desarrollo impiden debatir alternativas

✰3) A siete años de la liberación de Kobanê

✰4)Ucrania- Los dirigentes de las grandes potencias juegan con fuego

 

Y ahora en Ecuador !!!

La rotura de un oleoducto privado causa un derrame en territorios indígenas de la Amazonia ecuatoriana

31 Ene. 2022

En Ecuador, la empresa que opera un oleoducto privado ha suspendido el bombeo de crudo pesado después de que dicho oleoducto sufriera una rotura en la Amazonia ecuatoriana. La empresa Oleoductos de Crudos Pesados (OCP) de Ecuador afirmó que el derrame se había producido en un área no conectada a vías fluviales, pero miembros de la comunidad indígena Kichwa compartieron un video que muestra la contaminación que el vertido provocó en los ríos de su territorio. Estas fueron las palabras expresadas por el ambientalista Juan Pablo Fajardo.

Juan Pablo Fajardo: “Nos dimos cuenta de que había un derrame de alta magnitud. Se considera que hubo afectación a fuentes directas y también hubo afectación a terceros. Así que se lo considera como un derrame tipo 3. Eso es lo que se ha hecho; se han pedido medidas de contingencia al operador”.

En Perú, un juez prohibió la salida del país de cuatro ejecutivos de la petrolera española Repsol después de que el 15 de enero se vertieran al océano casi 12.000 barriles de petróleo. El derrame se produjo tras el tsunami causado por una erupción volcánica en Tonga. Es el desastre ambiental más grande de Perú en años.

Mientras tanto, las autoridades en el este de Tailandia están intentando evitar que un derrame de unos 50.000 litros de petróleo dañe los frágiles arrecifes de coral y llegue a una isla turística muy concurrida.

 

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Ambiente, extractivismos y desarrollo impiden debatir alternativas

Por Eduardo Gudynas*

Tierra Viva, 31 de enero, 2022.-

El especialista en alternativas de desarrollo Eduardo Gudynas desarma los prejuicios de los defensores del modelo extractivo, aquellos que tildan de “prohibicionistas” a las comunidades locales. Recuerda que desconocen la información acumulada en los últimos 20 años sobre los balances negativos que generan estas actividades a nivel económico y ambiental en los países del sur global e invita a debatir sin falsas premisas.

La discusión sobre la gestión de los recursos naturales aunque siempre presente, se ha acentuado después de las protestas ciudadanas contra la minería en Chubut o frente a la intención de explotar petróleo en la costa atlántica. En ese contexto, dos académicos, Roy Hora y Juan Carlos Hallak, publicaron en la prensa porteña una columna sobre cómo “conciliar” la “explotación” de los recursos naturales con el “cuidado” del ambiente. Ese aporte, desde la academia, y específicamente desde la economía y la historia, es bienvenido en tanto demostraría una mayor atención a la problemática ambiental desde el mundo universitario.

Sus conclusiones, tales como señalar la carencia de credibilidad institucional, también son atendibles. Esos señalamientos no son novedosos, porque han sido repetidos desde por lo menos la década de 1980, mientras que las oposiciones entre fines económicos y preservación ambiental son todavía anteriores, desde los años sesenta.

Sin embargo, el modo por el cual estos autores abordan los conflictos sobre desarrollo y ambiente expresan varias limitaciones que merecen analizarse. Algunas tal vez se deban a que desconocen la evidencia e información acumulada en las últimas décadas en el campo de las políticas ambientales, en tanto estos autores provienen de otras disciplinas. Pero lo preocupante es que su abordaje no es inusual sino que expresa concepciones que, en vez de contribuir a un mejor manejo de los recursos naturales, alimentan y repiten los problemas actuales que desembocan en conflictos socioambientales.

Es así que los autores plantean una interrogante inicial que condiciona las respuestas. Se preguntan si las personas están conscientes de las pérdidas de empleo, ingresos fiscales y divisas que ocurrirían cuando se cancelan proyectos extractivos mineros o petroleros. En esa pregunta se da como un hecho verdadero que esas actividades tienen esos beneficios netos en empleo y dinero. Sin embargo, esa es una premisa errada.

A medida que se acumula más información, sea en Argentina como en otros países, se encuentra que los balances económicos de los extractivismos son modestos o incluso negativos. Las esperadas ganancias en la práctica se reducen e incluso se anulan por los subsidios explícitos o implícitos que el Estado otorga a esas empresas, o cuando se contabilizan sus impactos ecológicos y sociales. Argentina está repleta de ejemplos en ese sentido.

Desde aquella postura, Hora y Hallak afirman que las granjas de salmón o la megaminería en la Patagonia no sólo son posibles, sino que además son “deseables”. Redoblan su apuesta porque ellos ya sabrían que pueden llevarse adelante con “sólidas salvaguardas ambientales”. Otra vez hay juicios previos anclados en asumir que esas actividades son ventajosas económicamente, que existe tecnología que puede manejar o anular sus impactos, y que ello aseguraría el desarrollo. Pero en todo eso aún no hay certezas ni conclusiones finales.

En efecto, la experiencia de actividades similares en Argentina o en la región (por ejemplo para los salmones basta a mirar a Chile), muestra que los beneficios económicos son limitados como ya se indicó, que los riesgos de impactos son altos, y que los accidentes se repiten, y que los efectos terminan siendo sufridos o financiados por la sociedad y el ambiente.

¿Para salir del “subdesarrollo” hay que apostar a más extractivismo?

El artículo avanza con otro juicio previo: “Argentina está muy lejos del desarrollo” y, por esa razón, sus necesidades de bienestar y empleo obligarían a exportar sus recursos naturales. O sea, que para salir del “subdesarrollo” se debería ser más extractivista.

Otra vez debe señalarse que para muchos la vinculación es exactamente la inversa: seguir exportando materias primas acentúa la pobreza, el subdesarrollo y la subordinación a la globalización. Disponemos ahora de información recopilada en las últimas décadas sobre las desigualdades ecológicas en el comercio global, de cómo los países del sur global terminan padeciendo desproporcionadamente más impactos sociales y ambientales.

Otra dificultad conceptual análoga ocurre cuando esos autores sostienen expresiones como “prohibicionismo” o “extractivismo” implican una banalización. Es difícil saber a qué se refieren con la etiqueta de “prohibir”, porque hay muchas actividades que por sus impactos están sujetas a regulaciones que las limitan. Por ejemplo, prohibir arrojar residuos tóxicos en un arroyo es legítimo o necesario; nada hay de banal ni extremista en ese tipo de regulaciones.

Pero es todavía más sorpresivo que se diga que usar la palabra “extractivismo” es una polarización o una banalización. Esa palabra corresponde a modos específicos de apropiación de recursos naturales; la megaminería, la explotación petrolera o el monocultivo de soja son extractivismos, y esa es la calificación adecuada. No usarla, rechazarla o cuestionarla, puede deberse a manías académicas o maniobras políticas para disimularlos, pero no anula sus severos impactos ambientales ni la subordinación global.

El pedido de Hora y Hallak de una nueva institucionalidad ambiental tambalea si se funda en impedir que se utilicen ciertos términos o se anula la posibilidad que existan actividades que deban ser prohibidas por sus impactos sociales o ambientales. Al mismo tiempo, parecería que el artículo por momentos no tiene en cuenta informaciones acumuladas en los últimos veinte años en ecología política. Es como si nos regresaran a posiciones de fines de la década de 1990.

¿Conciliar con las comunidades locales o con las empresas extractivistas?

Llegar a la conclusión que las instituciones públicas tienen un déficit de credibilidad en su capacidad de control es obvio. Eso se viene denunciando en Argentina y en los demás países desde hace décadas. Distintos arreglos institucionales se han ensayado, desde ministerios de ambiente a agencias autónomas. De organismos de contralor a tribunales, y más. Pero ninguna de ellas ha resuelto los problemas de fondo ni evitado los conflictos. La cuestión es, por lo tanto, ¿Por qué se repiten esos fracasos bajo todo tipo de ideologías políticas?

Ante esas situaciones, lo que asoma en estos años es que eso se debe a que la política convencional aunque puede producir distintos arreglos institucionales, a la vez los limita o condiciona. Se los blinda por medio de posturas previas y metas que se dan como obvias o válidas, con componentes que no están dispuestas a cuestionar, y asuntos que sistemáticamente se evitan. De ese modo, las contradicciones entre ambiente y desarrollo se repiten, y eso hace que una y otra vez estallen los conflictos ambientales.

Toda esta explicación sirve para mostrar que el artículo de Hora y Hallak demanda una alternativa, pero lo hacen desde juicios previos que son funcionales a la explotación de la Naturaleza e impiden alternativas de desarrollo. Entre ellos está el de indicar que hablar de extractivismo es un extremismo banalizador, que deben aprobarse proyectos de salmoneras o mineras, que hay tecnología que anula los impactos, que hay beneficios económicos indudables, y así sucesivamente.

Esa mirada hace que ese intento de “conciliar” muchas veces caiga en el extremo de habilitar la depredación ecológica y excluir a las comunidades locales. El drama es que la conciliación puede terminar operando como un apaciguamiento de la protesta local. Aquel es un reclamo de alternativas condicionado por ideas previas, muchas de las cuales son causantes de los problemas ambientales actuales.

De ese modo, cualquier institucionalidad ambiental organizada desde aquellos juicios previos entorpece o hace imposible atender adecuadamente los impactos sociales y ambientales, y muchas demandas ciudadanas. Entonces a esos actores no les queda otra salida que movilizarse.

Una verdadera alternativa no solo debe permitir, sino que debe poner en discusión todo el espectro de ideas, llegando a las bases conceptuales que sostienen al desarrollo y el papel de los extractivismos. Cualquiera de sus componentes debe revisarse, desde los justificativos económicos al papel de las soluciones tecnológicas, y así sucesivamente. Habrá, por lo tanto, opciones conciliables y otras que no lo serán. En ese esfuerzo deben participar todos los interesados, también sin exclusiones.


* Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES).

Publicado en Tierra Viva el 27 de enero de 2022. Fuente: https://bit.ly/3ul4bMR

Tomado de: https://clajadep.lahaine.org

A siete años de la liberación de Kobanê

La batalla estratégica en la ciudad de Kobanê (Rojava, Kurdistán sirio) tuvo lugar entre el 15 de septiembre de 2014 y el 26 y el 27 de enero de 2015, cuando fue liberada luego de que el Estado Islámico (ISIS) intentara tomarla por la fuerza.

El asedio

Los mercenarios de ISIS lanzaron el primer ataque contra Kobanê en la noche del 14 y la madrugada del 15 de septiembre de 2014. El asedio duraría hasta los días 26 y 27 de enero de 2015. Esos meses de batalla serían testigos de una defensa de los valores de la humanidad con un espíritu épico de autosacrificio, que ya ha pasado a la historia.

El 15 de septiembre por la mañana, ISIS lanzó un ataque en el frente sur. A diferencia de los anteriores ataques simultáneos desde los tres frentes, las bandas terroristas entonces desplegaron armas y militantes también en las partes sureste y suroeste, e iniciaron una ofensiva desde cinco frentes.

Vamos a ganar esta guerra

No se tardó en ver la dimensión de esta ofensiva. Los y las comandantes de las Unidades de Protección del Pueblo y de las Mujeres (YPG/YPJ) comprendieron que no se trataba de un movimiento ordinario de ataque y ocupación. También fueron testigos de una desigualdad técnica y numérica en un nivel impresionante. Cuando las bandas de ISIS lanzaron esta ofensiva con todas sus fuerzas y armas, quedó claro que su objetivo era asegurar una ocupación completa de Kobanê en poco tiempo. La comandante de las YPJ, Meryem Kobane, hacía este análisis: “Esta no será una batalla ordinaria, sino un enfrentamiento entre el salvajismo dominante, y el poder espiritual y la voluntad de la modernidad democrática. Vamos a ganar esta guerra”.

Un símbolo en Miştenur

La colina de Miştenur fue alcanzada por armas pesadas y tanques, y estallaron enfrentamientos entre los grupos de ISIS que se infiltraron en la colina y los combatientes de las YPG/YPJ. Miştenur es un terreno sagrado para el pueblo de Kobanê, y se convirtió en testigo de la tenaz resistencia de las YPG y las YPJ. La colina cayó bajo el control de ISIS el 5 de octubre, después de días de resistencia contra los fuertes ataques terroristas.

La comandante de las YPJ, Arin Mirkan, estaba furiosa porque la colina de Mishtenur había sido ocupada por ISIS. Pensó que había que golpear duramente a los terroristas y decidió llevar a cabo una acción de sacrificio. Se preparó con gran determinación, y se infiltró de forma experta entre las bandas. Llegó a su punto de reunión y allí detonó los explosivos que llevaba pegados en su cuerpo, ultimando a decenas de mercenarios.

Los grupos de ISIS que habían llegado a la ciudad entraron en pánico y miedo ante tal forma de resistencia y sacrificio. A medida que ISIS avanzaba, los terroristas perdieron la fe en que tomarían la ciudad en una semana. Además,  comprendieron que iban a pasar un infierno en Kobanê.

El infierno para ISIS

Después de Miştenur, las bandas terroristas comenzaron a entrar en el barrio de Kaniya Kurda, desde el este. Al oeste, la colina de Izae había caído en manos de ISIS y los combatientes de las YPG/YPJ habían tomado posiciones en las trincheras excavadas por la colina de Til Sheir. Hacia el sur, los mercenarios habían llegado al cementerio del mártir Dicle, cerca de la entrada de la ciudad.

Durante esos días, la comandante Meryem Kobane afirmó: “ISIS entrará ahora en la ciudad por Kaniya Kurda. Pero esta ciudad será un infierno para ISIS. Serán expulsados de Kaniya Kurda”.

La resistencia, en ese momento, ya estaba organizada en toda la ciudad. Cuando Kobanê no cayó en una semana, los medios de comunicación turcos y el gobierno turco del partido AKP intentaron crear un aire de que “si ISIS llega al centro de la ciudad, Kobanê habrá caído automáticamente, y no habrá resistencia”. Porque el entonces primer ministro y actual presidente, Recep Tayyip Erdogan, había expresado sus expectativas y deseos de que “Kobanê está a punto de caer” cuando ISIS comenzó a entrar en la ciudad.

Erdogan se retorcía las manos y expresaba su más profundo deseo. La comandante general de las YPJ, Meysa Ebdo, le respondió: “Kobanê caerá sólo en sus sueños. La resistencia está empezando ahora. Kobanê será un infierno para ISIS y sus partidarios”.

Con la entrada de ISIS en la ciudad, las palabras de Meysa Ebdo se hicieron realidad con la resistencia y el heroísmo sobrehumanos de los comandantes y combatientes de las YPJ y de las YPG.

En los tres primeros meses de resistencia, los combatientes de las autodefensas kurdas mostraron su resistencia. Fue el momento también de que las YPG/YPJ lanzaran la ofensiva en Kaniya Kurda, que llevaría a declarar Kobanê como el infierno de ISIS. Esta acción se produjo a principios de diciembre de 2014, bajo el nombre de “Operación de Emancipación de Kobanê”.

Tiempo de la operación

En el marco de esta operación, las YPG y las YPJ abandonaron sus posturas defensivas. Esto creó una gran moral y entusiasmo entre los y las milicianas. A partir de ese momento, limpiaron la mayor parte de la ciudad de las bandas de ISIS, y al final alcanzaron la colina de Miştenur. En ese lugar se cumplieron los sueños de los mártires Givara, Cudi, Dicle y muchos otros. Después de Miştenur, la segunda maniobra a gran escala fue la operación del frente sur. Esta operación despejó completamente de terroristas esa zona.

Todo listo para el golpe final

El segundo día de la operación, el comandante del frente oriental Mazlum Kobanê dijo: “Anunciaremos la libertad en cuatro calles”, y así fue. El tercer día de la operación, se completaron los preparativos para asestar el golpe final y mortal a ISIS. La declaración de la libertad de la ciudad llegaría a tiempo para el aniversario de la declaración de la autonomía del cantón, el 27 de enero.

A las pocas horas de iniciada la operación Kaniya Kurda, empezaron a sonar cánticos por la radio: “Biji Serok Apo”, “Biji Berxwedane Kobanê”. Un combatiente saltó de alegría: “¡Las camaradas han tomado Kaniya Kurda!”.

Kobanê iba a ser declarada libre tras la toma de Kaniya Kurda. Las y los combatientes estaban inquietos por la emoción. No fue fácil. Durante más de cuatro meses, lucharon con uñas y dientes, con el dedo en el gatillo en todo momento, a través del frío, sin dormir, con poca comida, con munición insuficiente. Siempre insistiendo en vivir libremente, marchando hacia la muerte, en una resistencia que casi desafía las leyes de la naturaleza. Lucharon contra mejores armas y logística, contra un número mayor de terroristas que aplicaban métodos inhumanos.

La bandera de las YPG ondea en Kaniya Kurda

Las y los combatientes de las YPG y las YPJ se apresuraron a controlar la colina de Kaniya Kurda para colocar una bandera gigante de las YPG, coreando “Biji Serok Apo” y “Biji Berxwedana Kobanê”. La bandera gigante fue colocada y un grupo anterior de combatientes ya había dejado carteles del líder del pueblo kurdo Abdullah Öcalan.

Después de que Meryem Kobane dijera “declararemos al mundo entero en la colina de Kaniya Kurda que desde que entraron en la ciudad, Kobanê será un infierno para ISIS”, sus palabras se hicieron realidad en el día 134 de la implacable resistencia. La resistencia de Kobanê creó una división de “antes” y “después”. Porque la historia se interrumpió en Kobanê y se reescribió.

FUENTE: ANF / Edición: Kurdistán América Latina

Crisis en Ucrania

Los dirigentes de las grandes potencias juegan con fuego

Fuentes: Al-Quds al-Arabi

No es exagerado decir que lo que ocurre actualmente en el corazón del continente europeo nos sitúa en el momento más peligroso de la historia contemporánea y el más cercano a una tercera guerra mundial desde la crisis de los misiles soviéticos en Cuba en 1962.

Es cierto que hasta ahora ni Moscú ni Washington han amenazado con utilizar sus armas nucleares, pero no cabe ninguna duda de que estos dos países han puesto en estado de alerta sus arsenales nucleares a la vista de las circunstancias. También es cierto que el grado de alerta militar en EE UU todavía no se halla en el nivel que alcanzó en 1962, pero la concentración de tropas y pertrechos militares rusos junto a la frontera de Ucrania supera los niveles jamás alcanzados en alguna frontera europea en los momentos más calientes de la guerra fría, al tiempo que la escalada verbal occidental contra Rusia ha alcanzado un nivel peligroso, acompañado de gesticulaciones y preparativos militares que dan pie a una posibilidad real de conflagración.

Los dirigentes de las grandes potencias están jugando con fuego. Vladímir Putin puede pensar que esto es como mover la dama y la torre en un tablero de ajedrez a fin de forzar al oponente a abandonar sus piezas; Joe Biden puede creer que es una buena oportunidad para pulir su imagen en EE UU y en el mundo, muy deteriorada tras su bochornoso fracaso con la retirada de las tropas de EE UU de Afganistán; y Boris Johnson tal vez opine que los pretenciosos alardes de su gobierno son una manera barata de desviar la atención de sus problemas políticos internos. Sin embargo, el hecho es que en estas circunstancias los acontecimientos adquieren rápidamente su propia dinámica y hacen sonar los tambores de guerra: una dinámica que escapa al control de todos los actores individuales y comporta el riesgo de provocar un estallido que ninguno de los protagonistas había deseado inicialmente.

Las tensiones actuales entre Rusia y los países occidentales en Europa han alcanzado un nivel que no se veía en el continente desde la segunda guerra mundial. Los primeros episodios de una guerra europea acaecida desde entonces ‒las guerras balcánicas en la década de 1990‒ nunca alcanzaron el grado de tensión y de alerta prolongada que estamos observando hoy. Si estallara una guerra a raíz de las tensión actual, por mucho que inicialmente se librara únicamente en territorio ucraniano, la ubicación central y la extensión misma de Ucrania bastarán para crear un peligro grave e inminente de que el incendio se expanda a otros países europeos colindantes con Rusia, así como al Cáucaso y Asia Central.

La causa principal de lo que ocurre actualmente tiene que ver con una serie de fenómenos cuya responsabilidad primigenia y principal recae en el actor más poderoso que tenía la iniciativa, que por supuesto es EE UU. Desde que la Unión Soviética entró en estado de agonía terminal bajo Mijaíl Gorbachov, y más todavía bajo el primer presidente de la Rusia postsoviética, Borís Yeltsin, Washington se ha comportado ante Rusia como un vencedor despiadado ante un vencido al que el vencedor quiere impedir que jamás vuelva a levantar cabeza. Esto se tradujo en la expansión de una OTAN dominada por EE UU mediante la incorporación de países que antes habían formado parte del Pacto de Varsovia, dominado a su vez por la URSS, en vez de disolver la alianza occidental paralelamente a la disolución del pacto oriental. También se tradujo en una política económica de terapia de choque impuesta por Occidente a la economía burocrática rusa, provocando una profunda crisis y un colapso socioeconómico.

Estas premisas son las que con toda naturalidad condujeron al resultado contra el que uno de los consejeros más prominentes de Gorbachov, el antiguo miembro del Soviet Supremo y del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Georgi Arbatov, había advertido hace treinta años, cuando predijo que la política occidental frente a Rusia conduciría a una nueva guerra fría y al establecimiento de un régimen autoritario en Moscú que daría nueva vida a la vieja tradición imperial rusa. Esto ha sucedido realmente con el ascenso al poder de Putin, quien representa los intereses de los dos bloques más importantes de la economía capitalista rusa (en la que se mezclan el capitalismo de Estado con intereses privados): el complejo militar-industrial ‒que emplea a una quinta parte de la fuerza de trabajo industrial de Rusia, aparte del personal de las fuerzas armadas‒ y el sector del petróleo y el gas.

El resultado es que la Rusia de Putin practica una política de expansión militar que va mucho más lejos que la que prevaleció en tiempos de la Unión Soviética. En aquel entonces, Moscú no desplegó tropas de combate fuera de la esfera que controlaba desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, hasta que invadió Afganistán a finales de 1979, una invasión que precipitó la agonía mortal de la URSS. En cuanto a la Rusia de Putin, después de recuperar vitalidad económica gracias al aumento del precio de los combustibles con el comienzo del nuevo siglo, su ejército ha intervenido fuera de sus fronteras con una frecuencia similar a la de las intervenciones militares estadounidenses antes de la derrota de Vietnam y entre la primera guerra contra Irak en 1991 y la salida vergonzante de las fuerzas estadounidenses de este país veinte años después.

Las intervenciones e invasiones rusas ya no se limitan al extranjero cercano, es decir, a los países adyacentes, que habían estado dominados por Moscú a través de la URSS o el Pacto de Varsovia. La Rusia postsoviética ha intervenido militarmente en el Cáucaso, concretamente en Georgia, en Ucrania y recientemente en Kazajistán. Pero también ha combatido en Siria desde 2015 e intervenido bajo cobertura transparente en Libia y más recientemente en África subsahariana.

Así, entre la renovada beligerancia rusa y la sempiterna arrogancia estadounidense, el mundo se halla ahora al borde de una catástrofe que podría acelerar enormemente el fin de la humanidad, al que nuestro planeta está acercándose por la vía de la degradación ambiental y el calentamiento global. Solo nos cabe esperar que prevalezca la razón y que las grandes potencias lleguen a un acuerdo que tenga en cuenta las preocupaciones rusas en materia de seguridad y vuelva a crear las condiciones de una renovada coexistencia pacífica que reduzca la temperatura de la nueva guerra fría y evite que esta se transforme en una guerra caliente que sería una catástrofe colosal para la humanidad entera.

Artículo publicado originalmente en Al-Quds al-Arabi.

Traducción del inglés:viento sur

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