Revista ALTERNATIVAS- cultura – 06/03/2022

1) Final: la muerte de Pasolini

2) “Hoy la literatura argentina sería diferente si le sacaramos a Saer”

3) Osvaldo Bayer – “Antes que periodista, mucho antes que historiador, fui poeta”

4)  Uruguay/ homenaje a Eduardo Darnauchans

 

 

 

 

 

Cultura

Pier Paolo Pasolini.

Foto: s/d de autor

 

Final: la muerte de Pasolini

Tengo recuerdos nítidos de la mañana del 2 de noviembre de 1975 cuando supimos que Pier Paolo Pasolini había muerto. Era un domingo –esto lo veo ahora buscando en un calendario huellas de aquel día– y yo tenía seis años. Desde hacía pocos meses mi familia se había mudado a un barrio residencial en las afueras de Roma, muy cerca de la playa de Ostia donde fue encontrado su cuerpo. A menudo, en los años sucesivos, fuimos a visitar aquel espacio que por décadas fue un basurero hasta que, a principios de los años 2000, a raíz de una petición ciudadana, fue transformado en un parque de la memoria.

Aquel día de noviembre de mi niñez está relacionado a una insólita sensación de palabras susurradas e insinuaciones, a una tristeza sombría. En mi mente esta incertidumbre queda representada en un cuadro brumoso de imágenes en blanco y negro en la pantalla de una flamante televisión con carcasa naranja, y en las caras consternadas y sorprendidas de mis padres. Habían matado a Pasolini, e incluso siendo una niña percibí que había un escándalo en esa muerte, un abuso que no podía explicarme en aquel momento.

Es raro, o tal vez no, que a la hora de hablar de los 100 años del nacimiento del escritor, poeta, autor y director de cine y teatro italiano no pueda dejar de evocar su homicidio. Un crimen que aún ahora, y a pesar de tantas especulaciones y sospechas, parece inexplicable y sin sentido, tan definitivo en su estupidez, tan enorme e infinito como el vacío que ha dejado. Un crimen consumado en el espacio de unos minutos en un suburbio del extrarradio, a pocos pasos de edificios de hormigón con vistas al mar, en un descampado junto a pobres viviendas no autorizadas. A 30 kilómetros del centro de Roma.

La historia de Pasolini y Roma comenzó el 28 de enero de 1950 en los andenes de Termini, la estación central de ferrocarril; es un poeta prometedor, poco conocido y sin dinero que huye de una acusación de obscenidad en lugar público y corrupción de menores. El encuentro con la ciudad eterna destapa en Pasolini la urgencia de conectarse con su alma más profunda. A partir de ese momento, su vida humana se entrelaza inextricablemente con la vida urbana, social y cultural de la ciudad, especialmente sus suburbios y barrios obreros, que se convertirán en fuentes inagotables de inspiración artística y existencial. Empiezan 25 años de una relación de empatía visceral y tormento que dejará huellas indelebles en la vida y en la muerte del artista.

En Roma nace el intelectual, el disidente, el perseguido. Empieza dando clases en escuelas privadas, pero pronto se publican sus obras y se vuelve famoso. Corta sus lazos con la clase burguesa y mantiene contacto con los intelectuales. Mientras tanto, forja relaciones, en las esquinas más lúgubres, con desheredados y ladrones, prostitutas e indigentes, para él guardianes –en su violencia verbal y existencial, en su lucha por llegar a fin de mes y en su promiscuidad– de una espontaneidad preindustrial, de un lenguaje puro porque libre de la homologación de la televisión y la escuela. Vincula inextricablemente su cuerpo tan divisivo a la cultura primitiva del subproletariado y lo consuma en la batalla por salvaguardar la pureza de las clases bajas. Si la respetabilidad de aquellos años oscilaba entre la reprobación y la remoción de su homosexualidad como vicio privado, Pasolini hizo público y revolucionario lo más íntimo y reprobable de sí mismo, y de esa experiencia extrajo las razones de su batalla política y cultural.

De esa lucha y de sus demonios hablan sus últimas horas.

A las seis de la tarde del 1º de noviembre de 1975 se despide de Furio Colombo, periodista del diario La Stampa. En el apartamento de via Eufrate, donde el poeta vive con su madre, habían pasado la tarde trabajando en una entrevista; Pierpaolo sugiere un título: “Por qué todos estamos en peligro”.

Luego sale y se encuentra con Ninetto Davoli en la trattoria Pommidoro, en el barrio de San Lorenzo. Paga la cena con un cheque de 11.000 liras que nunca se cobrará. Tras la cena vuelve a subir a su coche, un Alfa GT, y se dirige a la cercana estación de Termini. En una esquina está Pino Pelosi, de 17 años. Sube al auto del escritor y se dirigen a la trattoria Il Biondo Tevere, en la via Ostiense. Ya es tarde, las once y media. El posadero Vincenzo Panzironi les da la bienvenida y les toma nota. Pelosi come spaghetti aglio e olio, Pasolini pide una cerveza y un plátano. Panzironi y su esposa Giuseppina son los últimos en ver a Pasolini con vida. Su cuerpo descuartizado reaparece a la mañana siguiente.

La carnicería de la noche del Idroscalo, que sugiere un deseo de borrar al hombre, ha cristalizado en el cuerpo del artista: él, que había anulado completamente la distancia entre cuerpo-privado y cuerpo-político, el cuerpo en el cual residía un deseo inaceptable y revolucionario, el cuerpo inconforme, intolerable, ahuecado, esculpido, pulcro, frágil y temible.

Pasolini ha muerto, su cuerpo político está más vivo que nunca.

Tomado de:https://ladiaria.com.uy/cultura/

 

Literatura.Martin Prieto: “Hoy la literatura argentina sería diferente si le sacaramos a Saer”

 

El año pasado el docente e investigador de la UNR publicó “Saer en la literatura argentina”. Conversamos con Martin Prieto desde el lugar que ocupa el escritor santafesino en la literatura nacional hasta el diálogo con los jóvenes autores contemporáneos. De la aparición sorpresiva de José Pedroni a la defensa de Borges. Del realismo de Roberto Arlt a un terreno poco explorado por la crítica como la política en la obra de Saer. De la censura por la iglesia santafecina en el 59, a su llegada a la Facultad de Filosofía y Letras en Rosario.

Lautaro Pastorini@lautarillodetormes

Miércoles, 10:30 de la mañana. Nos encontramos con Martin Prieto en la puerta de la histórica Facultad de Humanidades y Artes de Rosario, donde da clases de Literatura Argentina II en la carrera de Letras, y donde Saer, temporalmente en Rosario entre 1959 y 1960, cuando la Facultad aun se llamaba de Filosofía y Letras, cursó un año de Filosofía y rindió una sola materia, aunque la estancia le valió un importante grupo de amigos – escritores, profesores, intelectuales- muy relevantes tanto en su vida personal como en su vida de escritor.

Yo estoy tímido. Martin Prieto también. Nos sentamos en el bar del Centre Català que da a calle Entre Ríos, con el barullo de los colectivos y los autos de fondo. Actualmente está trabajando en una recopilación de poemas y canciones sobre el río Paraná, desde Brasil y Paraguay hasta el Tigre y que incluye al entrañable Juan L. Ortiz. Acaba de publicar su último libro en 2021 “Lo que no debió pasar y pasó”, en la editorial Neutrinos, una serie de poemas narrativos a los que llama sus “epitafios políticos”, luego de su proximidad y cercanía con los gobiernos progresistas en la provincia de Santa Fe.

Este es su tercer libro sobre el autor santafecino. En 2016 publicó “Juan José Saer, una forma más real que la del mundo. Conversaciones compiladas”, que reúne una treintena de entrevistas que van desde 1966 hasta el 2005. Y en 2017 la antología de cuentos “A medio borrar”, una selección orientada a los estudiantes secundarios.

En el libro contás que en el año 1980, como joven estudiante de Letras, vos te compraste “Nadie nada nunca”, y que inmediatamente te generó las ganas de escribir a la manera Saer. Noé Jitrik dice que Saer genera esa mimetización en los jóvenes autores.

Sí, “Nadie nada nunca” es el primer libro de Saer que yo leí cuando se publicó. Ya había leído previamente algunos otros libros suyos: “El limonero real”, “La vuelta completa”, “La Mayor”, “Cicatrices”. Pero no en el momento en el que se habían publicado. Yo tenía diecinueve años cuando leí “Nadie nada nunca”. Quedé deslumbrado. Y, tiene razón Noé, hay una tendencia en los jóvenes a mimetizarse con los escritores a los que se admira. Esto también se ve en la crítica: la crítica sobre Cortazar en los años 60 era una crítica muy cortazariana, la crítica sobre Borges una crítica muy borgeana: sus críticos hasta adjetivaban como Borges. Lo que me atrajo de Saer, muy tempranamente, fue su prosa, su sintaxis, sus personajes, las acciones de los personajes, las conversaciones que tenían esos personajes y el ambiente donde sucedían esas acciones y esas conversaciones. El entorno, tanto el entorno ciudadano, la “ciudad de Santa Fe” (nunca nombrada en sus libros, pero reconocible por calles y espacios públicos) como el de la costa y de la isla.

Es un libro que concentra bastante el programa Saer.

Territorio, sintaxis, personajes: eso a mí me interesó inclusive antes de saber que era un programa. Hay que decir también que ese programa, que hoy cualquier buen estudiante puede recitar en un examen, en un momento, muy tempranamente, estaba solo en su cabeza. Y eso lo ves, retrospectivamente, cuando notás que un espacio muy significativo en la obra de Saer (el cuarto de Tomatis del que cuelga una reproducción de “Campo de trigo de los cuervos”, de Van Gogh, que va ser fundamental en la nouvelle “La Mayor”, de mediados de los años 70) ya nos es presentado a los lectores en un cuento de “En la zona”, su primer libro, de 1960. Ese programa, que María Teresa Gramuglio, en su extraordinario ensayo “El lugar de Saer” describe en el año 1984, Saer lo tiene en la cabeza en el año 1960. Esto quiere decir que no es una obra basada solamente en la inspiración, aunque es una obra muy inspirada también: entusiasmo, ideas, derivas. Es decir, pese a haber un programa, no es de ninguna manera una obra teleológica, que persigue un fin. Y a su vez, esa imaginación, esa inspiración, esa deriva están todas incluidas en un programa que las antecede.

(Saer en la inundación de Santa Fe. Fuente Pagina 12/Conexión Saer)

¿Cómo empezaste a trabajar este libro? ¿Por qué este enfoque de Saer y la literatura argentina?

En los orígenes de este libro hay una tesis. Toda tesis te obliga a formular una pregunta. ¿Cuál es la pregunta que la tesis busca responder? Ahí para mí fueron muy importantes las conversaciones que tuve con Nora Catelli, que dirigió la tesis y a quien le dedico el libro, más, por supuesto, por las conversaciones que por las formalidades de una dirección. Cuando yo empecé a pensar la tesis (y el libro) la obra de Saer ya había sido muy bien leída y estudiada por muchos de los más importantes críticos literarios argentinos: Jitrik, Gramuglio, Beatriz Sarlo, Jorge Panesi, Ricardo Piglia, la misma Nora. Qué preguntas nuevas se le podían hacer a esa obra y, sobre todo, qué preguntas nuevas podía hacerle yo, después de 40 años de lecturas, de apuntes, de libros subrayados. Y entonces se me ocurrió juntar mi interés por la obra de Saer con mi interés por la historia y por la historiografía de la literatura argentina. Y de ese doble interés surgen estas dos preguntas: ¿Qué le pasa a un autor cuando entra en la literatura nacional? ¿Qué le pasa a esa literatura nacional cuando entra un autor?

Un gran autor mejora a la literatura nacional, y una prueba de que un autor es un gran autor es cuando, en efecto, incide en la conformación de esa literatura nacional. La cambia. La mejora. No se trata solamente de escribir bien, escribir bien escriben miles de escritoras y escritores. El colombiano Fernando Vallejo decía en una entrevista que Manuel Mujica Lainez era uno de los mayores prosistas de la lengua castellana, pero que no era un gran escritor. Entonces, no se trata “solo” de escribir bien o de escribir virtuosamente (sintaxis, concordancia, adjetivación), sino también, sobre todo, de crear un mundo. Y, en el marco de contención y proyección de esa literatura nacional, ver cómo ese mundo nuevo se relaciona, en términos de filiaciones y afiliaciones con los mundos del pasado y cómo a su vez incide en la creación de nuevos mundos, futuros. Cómo, en este caso, la literatura de Saer se relaciona con la de José Pedroni, con la de Arlt, con la de Borges, con la de Juan L. Ortiz, que son los casos que yo tomo en el libro, pero también con la de sus contemporáneos Antonio Di Benedetto o Hugo Gola. Y cómo se proyecta esa obra hacia el futuro de la literatura argentina. Hoy la literatura argentina sería diferente si le sacaramos a Saer, si Saer no hubiera existido como autor.

Y en ese diálogo con el futuro ¿Cómo ves la relación entre la obra de Saer y los jóvenes autores contemporáneos? ¿Hay legado, continuidades o rupturas?

Yo creo que todos los grandes autores son para un escritor joven un modelo y una restricción. Pero a su vez la idea de “modelo” cambia con el tiempo. Para la generación de escritores que empezamos a escribir y a publicar en los años 1980 Saer era modelo y restricción. En la tensión entre ambas fuerzas, Alan Pauls, Sergio Chejfec, Oscar Taborda, Matilde Sanchez, D. G.Helder lograron, de algún modo, “saerizar” la literatura argentina. Es probable que como reacción lógica o mecánica una nueva generación de escritores se proponga desaerizarla. Hace dos o tres años, Selva Almada contaba en una columna que va cada tanto de vacaciones a la casa de unos amigos en Colastiné, un barrio de Santa Fe donde vivió Saer durante un tiempo. Y que cada vez que dice que va a Colastiné no falta quien comente con nostalgia: “¡Ah! ¡los pagos de Saer!” Y Selva, para sus adentros, piensa si el pago de Saer no era París, donde vivió desde 1968 hasta su muerte, en 2005. Puede ser, de parte de Selva, una broma. Pero, como pasa casi siempre con las bromas, es muy significativa, porque mandarlo a Saer a París importa limpiar el territorio: en su caso, doblemente. El de la literatura argentina y el de referencia de parte de su obra: el litoral.

En el libro vos citas a Pedroni, Borges, Arlt y Juan L. Ortiz. Me llamó la atención la inclusión de Pedroni, y me pareció bastante novedoso. ¿Por qué Pedroni?

Es que para mí también lo fue. Puede leerse, como indicio de los intereses de Saer, la galería de personajes-escritores de los poemas biográficos de “El arte de narrar”, en la que aparecen, por ejemplo, Ruben Dario, Dylan Thomas, Cervantes, Rimbaud, Li Po, Sartre, Dante, Quevedo, Dostoievsky: todos influyentes en su obra. En esa galería no parecería haber lugar para un escritor menor como José Pedroni. Un poeta posmodernista, sensible, territorial. Sin embargo en el prólogo a una edición de los “Poemas completos” de Pedroni, Saer cuenta que cuando tenía 16 o 17 años lo llamó por teléfono a Pedroni para ir a conocerlo. Se tomó un colectivo desde Santa Fe hasta Esperanza y lo fue a visitar. Y que cuando le abrieron la puerta y lo invitaron a pasar, entró, dice Saer, “con el mismo paso inseguro, en la casa de José Pedroni y en la literatura”. Es interesante esa sinonimia entre el nombre de Pedroni y la literatura: entré en la casa de Pedroni y en la literatura. Y en efecto, la figura de Pedroni le da mucho a Saer. Sobre todo territorio y nación. Porque la de Pedroni es una obra territorial (la llanura, el río Paraná, el río Salado) pero no es una obra regionalista. Y además es una obra de alcance nacional. Imagino que ambas cosas (territorio no regionalista y proyección) deben haberle atraído a Saer.

Sin embargo vos citas en el libro que en el año 1957, en una encuesta realizada por la revista Punto y aparte a poetas de la ciudad sobre las “exigencias esenciales e individuales que demandan la poesía contemporánea”, Paco Urondo nombra a Juan L. Ortiz, y Saer dice Borges.

¡Claro! Una revista de Santa Fe, no muy conocida. Publicaron un número especial debido a un encuentro de artistas e intelectuales que organizó Paco Urondo para la UNL en 1957. Y le preguntan a Saer y él no dice Pedroni, no dice Juan L. Dice Borges. Es muy interesante esto sobre todo si lo contextualizamos con los grupos de amistad de Saer en esos años: “Contorno” y “Poesía Buenos Aires”. Los contornistas estaban en contra de Borges: lo consideraban un escritor brillante, pero pasatista, autor de una obra no comprometida con la realidad del país. La contrafigura de Borges para ellos era Arlt. Y los de “Poesía de Buenos Aires” sostenían que Borges era un poeta artificial, mentalista, cerebral, con una obra desprovista de intimidad y de emoción. Y su contrafigura era Juan L. Y Saer se manifiesta en contra del anti-borgismo de sus amigos, que eran unos diez años mayores que él, y que por lo tanto ejercían, sobre él, cierto magisterio. Hay entonces un cruce de filiaciones y afiliaciones que se produce en esos años en el joven Saer: es artltiano, como los contornistas, juanelista, como su amigo-maestro Hugo Gola, como Paco Urondo y como los poetas de “Poesía Buenos Aires”. Pero también es borgiano, en solitario en relación a esos dos grupos de referencia. Y pedroniano. En esa especie de mezcla, donde aparecen elementos refractarios unos con otros, se arma lo que hoy podríamos llamar la poética saeriana. Los antecedentes más evidentes de la poética de Saer.

(Saer con Juan L. Ortiz. Fotografía tomada por Esteban «Pucho» Courtalón. Fuente: Facebook Fotos de Juanele)

 

¿Qué toma Saer de Roberto Arlt?

Hay dos personajes de Saer, Alfredo Barrios, de “Responso” y Luis Fiore, de “Cicatrices” a los que me interesó seguir. Los dos son sindicalistas, o mejor exsindicalista, caídos en desgracia después del golpe de 1955 y la intervención o el cierre, por parte de la dictadura, de los sindicatos “de Perón”. Son dos caídos en desgracia. Tipos que pierden entidad e identidad. Están descentrados. Como dice Beatriz Sarlo, en Saer la política no es “telón de fondo” sino motor de las acciones de los personajes. Y es interesante ver la empatía de ambas novelas hacia esos personajes. No hacia sus acciones (Barrios traiciona a su mujer, Fiore mata a la suya y se suicida) sino al modo en el que la política de la dictadura del 55 había vaciado sus vidas de sentido. Pareciera haber en Saer, que no era peronista (de hecho, en esos primeros años 60 estaba próximo al Partido Comunista) la misma empatía hacia los caídos en desgracia que hay, por ejemplo, en la obra, manifiestamente peronista, de Leónidas Lamborghini. Y, más que Fiore, Barrios es para mí un personaje de matriz arltiana: traición, humillación, la ropa que viste, brillos de manchas de grasa en el traje, puños de la camisa sucios, uñas renegridas, parecen representaciones que provienen del mundo de Arlt.

En relación a la cuestión política en la obra de Saer, me hiciste acordar del personaje de Washington en “Glosa”. Saer cuenta que, proveniente de las corrientes socialistas y anarquistas, en el año 46 rompe con su grupo de izquierda (sin nombrarlo el PC) y entra en fracción al peronismo con un plan de “disolver la Duma y el partido y organizar al pueblo en soviet”

Sí, hay política -como motor y como representación- en “Responso”, en “Cicatrices”, en “Glosa”. Tal vez más de la que se leyó en un principio, porque uno no diría de Saer, como de González Tuñón, de Walsh o de Lamborghini, que es un escritor político. Y sin embargo… Hay un poema en “El arte de narrar” que se llama “Trelew”.

TRELEW

Soy
la sangre de los vencidos
que se propaga y tiñe el todo
corroborando, lenta, el delirio.

Los sacaron, de esta red de prisiones,
en un caballo pálido.

Pero “Trelew” no cumple del todo con la función del poema político, que es muchas veces intervenir en la realidad política. O por lo menos tener esa intención. De hecho, el poema no está dedicado a los presos políticos fusilados en Trelew el 22 de agosto de 1972 por la dictadura del general Lanusse. Sólo se llama “Trelew”.

Hay un antecedente. Juan L. escribió un poema que se llama, como su primer verso, “No, no la temas…”. Ese poema, le dice Juan L. a su editor, Rubén Naranjo, está inspirado en el asesinato del Che Guevara o, más bien, en los diarios del Che en Bolivia, cuando la muerte lo persigue. “No le temas a la muerte”, sería una síntesis muy gruesa del “contenido” del poema. Naranjo, por supuesto, entreviendo cuánto levantaría, coyunturalmente, un poema de Ortiz en memoria del Che a fines de los años 60, que era cuando se estaba editando en Rosario “En el aura del sauce”, le sugiere a Juan L. que explicite de alguna manera, tal vez a través de una dedicatoria, esa relación. Y Juan L. le dice que no. Que eso condicionaría la lectura del poema y que él quería que el poema se leyera como tal, y que no interfiriera en su lectura la simpatía o la antipatía que se tuviese por el Che. Es una lección de Juan L. muy acorde con su obra. Y Saer entonces escribe, simplemente, “Trelew”. Es probable que en unos años sólo los viejos sepamos qué pasó en Trelew, pues así funciona la historia. La sangre de los vencidos, dice Saer, la derrota, el fusilamiento, corrobora “el delirio”. Es un palabra muy significada: delirio. ¿Saer piensa que los movimientos insurreccionales de los años 70 y sus organizaciones armadas ERP, FAR, Montoneros, eran delirantes? Por otro lado, la palabra “delirio” aparece también en un poema anterior de Saer, escrito a principios de los años 70, “Diálogo bajo un carro”. Rafael y José acostados bajo un carro, después de haber comido y tomado unos vinos, hablan sobre el país: “qué tentación, hermano, de echarme a morir,/ separarme para mirar, callándome, por fin, desde la orilla, el delirio”. Los nombres de los personajes y la cuarteta del “Martín Fierro” que abre el poema nos dan indicios para pensar que Rafael y José son los hermanos Hernández y que por lo tanto ese “pan en llamas”, ese “delirio” es el país de los años 70 del siglo XIX: el de las guerras civiles. La reaparición del término en un poema dedicado a un episodio del año 1972, en un poema fechado en 1980, en Rennes, nos hacen pensar, en cambio, que el “delirio” de ambos poemas refiere a los hechos del siglo XX y no a los del XIX. Que es muy probable que, desde una perspectiva de izquierda, aun, marxista, aun, con ambiciones de revuelta y revolución, Saer -como muchos otros- pensara que de ningún modo en los años 70 del siglo XX estaban dadas las condiciones materiales, objetivas, para una insurrección armada. Que era un delirio. Algo, dirían los diccionarios, carente de sentido común. Que los fusilamientos de Trelew, desde la perspectiva de Saer, corroboran. Sin embargo, y acá cabe volver a usar la palabra que usé para referirme a los exsindicalistas de Responso y Cicatrices, es notoria la empatía de Saer hacia los caídos en Trelew, que puede proyectarse hacia los asesinados y desaparecidos durante la dictadura de 1976. Independientemente de no acordar, no con los objetivos sino con la oportunidad de la insurrección: “soy la sangre de los vencidos”. Me resulta conmovedor.

Es Ángel Leto también esa época.

Ángel Leto, el personaje de “Glosa”, que en una especie de fast-forward de la novela, se toma una pastilla de cianuro cuando se ve rodeado por los militares. Como se dijo, durante muchos años, que había muerto Paco Urondo en Mendoza. Hasta que se comprobó que lo habían asesinado. En Leto, en esa escena extraordinaria, Saer homenajea a Urondo. Pero no al militante montonero, sino al amigo. En cuanto al montonero, escribe en “El río sin orillas”: “Conociéndolo desde mediados de los años cincuenta, de la época en que, tomando un vino jovial, discutíamos sobre Char, sobre Juan L. Ortiz, Apollinaire o Drummond de Andrade, en las orillas del río Paraná, todavía hoy, quince años después de su muerte, me interrogo a menudo, perplejo, no sobre sus motivaciones, que le pertenecían íntimamente, sino sobre sus posibilidades de dialogar con esa masa obtusa de instinto de muerte, de oportunismo y de megalomanía que eran los dirigentes Montoneros. Esos individuos contra los cuales los argumentos son innecesarios, porque la trayectoria misma de sus vidas, de las que ningún oprobio está ausente, es suficiente para condenarlos. ó nunca”. Si ves las biografías y los testimonios de los amigos de izquierda de Paco Urondo, nunca entendieron eso.

(Saer en su casa de Colastiné en 1963. Fotografía de Esteban Pablo Courtalon)

En 1959 Saer arma la sección de Cultura en el diario El Litoral, y por la publicación del cuento «Solas» es censurado y se viene a Rosario a estudiar Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras.

Si, Saer publica “Solas” (que incluye una muy discreta escena homoerótica entre dos prostitutas) y la iglesia organiza una movilización a la redacción del diario, pidiendo la cabeza de Saer. Fabián Herrero, un historiador de Santa Fe, me contó ahora que sus abuelos tenían un cine en Barranquitas, un barrio de Santa Fe. Y que una vez programaron una película que no era del agrado de la Iglesia. Y entonces el cura del barrio armó una procesión “de protesta” hacia el cine. Se ve que era un modus operandi característico de la Santa Fe clerical. El asunto es que el abuelo de Fabián salió a la puerta del cine y le dijo al cura “tú en tu negocio y yo en el mío”. Y asunto terminado. El director de “El Litoral”, en cambio, fue muy sensible al reclamo de la movilización. Llamó a Saer a su despacho y le dijo: “Santa Fe es una ciudad mediocre, El Litoral es un diario mediocre y su suplemento cultural tiene que ser mediocre también”. Y lo echó. Saer entonces se vino a Rosario. En Rosario había mucho movimiento en esos años alrededor de la carrera de Letras. Profesores que venían de Buenos Aires, muchos de ellos del grupo Contorno (David Viñas, Adolfo Prieto, Ramón Alcalde), alumnos que más tarde serán figuras superdestacadas como profesores o investigadores (María teresa Gramuglio, Nicolás Rosa, China Ludmer), profesores invitados, como Augusto Roa Bastos y Ángel Rama, otros profesores y escritores y pintores que andaban tanto en la Facultad como en los bares de la zona (Juan Pablo Renzi, Aldo Oliva, Quita Ulla, Gladys Onega, Rafael Ielpi, Jorge Conti, Rubén Sevlever). Y Saer. Que se anota en Filosofía (rinde una sola materia), vende libros a domicilio y se hace amigo de todos. Es una amistad personal: Bibi Castellaro, su primera mujer, por ejemplo, era compañera de carrera de Gramuglio y Ludmer, para dar una idea. Pero también una amistad literaria, intelectual. Saer dedica un libro a Oliva, otro a Prieto, otro a Renzi, también: para dar una idea. Es el grupo del que, en esos primeros años, Saer espera respaldo, reconocimiento y apoyo.

Fuente:https://www.laizquierdadiario.com/Martin-Prieto-

A 95 años del nacimiento de Osvaldo Bayer

“Antes que periodista, mucho antes que historiador, fui poeta”

Fuentes: Revista Haroldo – Foto: Osvaldo Bayer con la periodista Stella Calloni en «El Tugurio»

Identidad. Anarquismo. Socialismo. Libertad. Palabras que resuenan en la mente y en la vida de Osvaldo Bayer. “’El deber no es otra cosa que pelear por la verdad, nombrar la realidad. Nunca simularla y nunca callar’, nos enseñará el historiador durante una de esas cálidas mañanas de mates y encuentro”, afirma Mariana Dufour, autora del libro Revolución es la Palabra, del cual hoy Revista Haroldo publica un fragmento.

Aunque pocos lo sepan, el periodista fue, antes que nada, poeta. «De adolescente solamente quería ser poeta. No quería escribir prosa. Cuando empecé a escribir poemas, mi inspiración eran los sentimientos que me atravesaban. El amor, por ejemplo. La poesía es la inspiradora de mi vida. No hay dudas. A veces interpreto todo como una gran poesía. La poesía y el periodismo me ayudan a interpretar la vida». Como el Che, Osvaldo se descubre a la poesía en los tiempos del adolecer. El primer trabajo lo escribió entre los 15 y 21 años: “Los cantos de la sed”, reeditado en 2015, reúne poemas redactados en tiempos en que Osvaldo solamente quería ser poeta. «De ninguna manera, escribir prosa».

Como causales de la vida, Javier Corcuera se topó con un ejemplar de Los Cantos de la sed en una de esas tradicionales librerías de la calle Corrientes. Primera edición con dibujos de Ana Bayer; regalo que Osvaldo recibió feliz. El libro lo llevó a un tiempo compartido junto a su hija, que nunca olvidaría. “Poseo anteojos de sabio, / cerebro de ignorante, / sexo de hombre, / alma de mujer, / impulsos de mercader, / bolsillo de poeta. / De todos los que conozco / soy el único libre, / el único poeta, / el único artista”. (III Geminis – Mignani Editore, Treviso 1997).

El tiempo de la poesía continúa para Osvaldo con sus poemas tangueros. Tangos libertarios. «Cantar a la madre pobre y soltera del barrio, al niño con hambre, al obrero preso. El canto y el baile como protesta. La palabra. La música. La poesía para cantar el derecho al trabajo (…) La caricia del arte contra la explotación del hombre por el hombre. Tangos anarquistas. La voz del pueblo. Los mártires de la lucha cantados por las obreritas. La protesta en las calles. El dolor de la derrota. Pero los ideales, poner el pecho por los demás, por un pan digno para todos y flores para el futuro». Así definió Osvaldo esa obra y ese tiempo.

El amor por la literatura nació con su padre. «Él me enseñó mucha poesía. Mi padre era un gran lector. Rubén Darío, Goethe, Schiller, los alemanes. Leía en alemán yo. Mi hermano me llevaba a la biblioteca popular que está en Belgrano, sobre la calle Pampa. ¡Para mí era un paraíso! La poesía me acompañó siempre. Le escribía al amor. La poesía es la inspiradora de mi vida. Suelo ver todo en formato de poesía. Me gusta ver la vida de ese modo».

Bayer con la cantautora Teresa Parodi

«Estoy muy contento de mi vida. De haber luchado. De haber sufrido por esa lucha en los años de exilio. Del éxito de mis obras, finalmente. Pero tengo un dolor muy grande. Mi gran dolor es que mis amigos Rodolfo Walsh, Paco Urondo y Haroldo Conti, que dieron su vida, torturados bestialmente, no pueden ver el triunfo de sus obras. Cuando me aplauden, pienso en ellos. Son ellos los que merecen esos aplausos». -Osvaldo Bayer

Y es este libro su homenaje a ellos. A ellos y a tantos más que unieron sus vidas y sus muertes a un mismo ideal.

Entre mate y mate, recuerdos y medialunas, los encuentros en El Tugurio recorrieron los senderos del arte y la protesta. Como antes, los tiempos de la Argentina son difíciles. Las batallas ganadas no lo fueron tanto. Los gritos aplacados vuelven a escucharse. Los pañuelos blancos insisten en las plazas. El arte es otra vez indispensable. Pero «siempre se puede hacer la revolución. Y el arte es la mejor arma», esperancea Osvaldo. Es que «el arte es lo más hermoso que hay. Para eso vivimos».

Bayer con el jurista Eugenio Zaffaroni, Mariana Dufour (autora del libro) y otros compañeros

Con su modo de hablar pausado, su escucha paciente y respetuosa, las reflexiones del viejo nacen de la profundidad. Tranquilo, sin apresuramientos, él va desplegando sus recuerdos con tono serio y sosegado. Como adentrándose en un tiempo que cuesta asir. Cuando parece que ya terminó de hablar, y uno se siente compelido a cubrir el silencio que queda flotando en el aire, él vuelve a tomar la palabra: «Yo me pregunto –y trato de definirlo y no puedo– qué es el arte. Qué es lo que busca del hombre el ser humano en el arte. Qué busca expresarse en qué. Es una especie de religión. Y a veces, cuando no podemos interpretarlo, nos deja desalmados. Porque hay muchos que se dicen artistas, pero hacen negocio con el arte. Entonces, es difícil todo esto, pero lo lindo es el debate. Lo lindo es meterse en el debate. Y participar. El arte. Participar. Crear arte. Volar. Sentirse que hay que crear otro mundo. Este mundo es falso. ¿Para qué vivimos? Preguntate para qué vivimos… y así empieza a surgir la palabra arte».

Bayer, la autora del libro y la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner en «El Tugurio»

Osvaldo calla por unos segundos y agrega: «Esto es poesía. Cada uno de estos encuentros es poesía. ¡Salud!».

El tiempo se ha ido, sabor a naranjas, ¿recuerdas?

Recuerdo, el tiempo se ha ido…

La lluvia mojó el umbral del estío

Con el adiós eterno a la sed de ansias.

Osvaldo Bayer

Bayer con la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner

*“Revolución es la Palabra” es un libro que surgió de encuentros, que se organizaron entre 2016 y 2017, en el «Tugurio», como era conocida la casa de Bayer en el barrio porteño de Belgrano, con Raúl Zaffaroni, Cristina Banegas, Stella Calloni, Miguel Ángel Estrella, Teresa Parodi y Víctor Heredia, Pablo Llonto y la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, entre otros.

Mariana Dufour: Es comunicadora social, gestora cultural y educadora intercultural. Ejerció el periodismo de investigación en Pinamar, desnudando los enquistados negociados del poder, lo que la obligó a dejar su lugar elegido en el mundo, su casa y sus amigxs. Es responsable del Programa Pedagógico Intercultural Araí Rugûay / Rabo de Nube implementado por más de 10 años en las Escuelas Públicas de Pinamar. Publicó los libros “Rabo de Nube, un puente entre culturas” y “Diversidad, una herramienta pedagógica privilegiada. Educación intercultural para una Escuela multicultural”.

Fuente: https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=704

https://rebelion.org/

 

15 AÑOS SIN/CON DARNO

Realizan homenaje a Eduardo Darnauchans

Este lunes 7 a la hora 20.00 en la Explanada de la Universidad de la República se realizará un acto en homenaje a Eduardo Darnauchans. Será con acceso gratuito y se titulará «15 años sin/con Darno, una posible antología audiovisual» y constará de una proyección fílmica que incluye materiales inéditos y que recreará la trayectoria del artista.

Eduardo Darnauchans.
Eduardo Darnauchans.

Por: Jorge Yuliani

El evento, iniciativa del poeta, periodista y docente Victor Cunha y de la musicóloga y antropóloga ex coordinadora del Departamento de Musicología de la Universidad de la República, Marita Fornaro, es respaldado por dependencias de la Udelar como lo son el Centro de Investigación de Artes Musicales y Escénicas del Litoral Noroeste, el Departamento de Ciencias Sociales, el Centro Universitario Región Litoral Norte y la Comisión Sectorial de Investigación Científica, en la fecha precisa en la que se cumplen 15 años en la que Darnauchans ingresaba a eso que denominamos la inmortalidad.

Eduardo Darnauchans Miralles, fallecido prematuramente a los 53 años de edad en la madrugada del 7 de marzo de 2007, ha dejado un legado que perdura y es recogido incluso por jóvenes que no tuvieron la fortuna de escucharlo cantar sobre un escenario, tímido, melancólico y adusto, entre el micrófono y la penumbra.

Una fructífera trayectoria

El Darno, fue no sólo un cantor, músico, poeta y destacado intelectual, sino también un hombre comprometido con las mejores causas populares y con una trayectoria artística de más de 36 años siempre en ascenso. Comenzó a recorrer el camino de la canción popular tras triunfar en el festival de la canción de Tacuarembó, lo que le posibilitó viajar a Montevideo para grabar en el sello Sondor. Es así que su inicio profesional puede situarse en el ciclo Los conciertos de La Rosa, en el Teatro Stella D´Italia, debutando en Montevideo junto a Leo Antúnez y el grupo  Opus Alfa. Darnauchans, quien se definía como baladista o, como dijo alguna vez, “un songwriter”, nació el 15 de noviembre de 1953 en Montevideo. Hasta los 17 años de edad vivió entre Minas de Corrales (Rivera) y Tacuarembó.

En 1971 realizó su primer recital en Montevideo (Teatro Stella D’Italia) y al año siguiente, con 18 años de edad, grabó su primer fonograma “Canción de muchacho”.

Luego vendrían “Las quemas” (1975), “Sansueña” (1978-1979), “Zurcidor” (1981), “Nieblas y neblinas” (1985), “El trigo de la luna” (1989), “Noches blancas” (1991) grabado en vivo en el Teatro Solís, Dylan –en casete (1991)– y, ese mismo año, la antología “Sin perder el tiempo”, en la que se reúne veinte años de canciones. Luego llegarían otros discos de formidable hechura, “Entre el micrófono y la penumbra” (en vivo, 2001) – “Canciones Sefaradíes” (en vivo, 2004) hasta llegar a “El angel azul”, editado en 2006 por el sello discográfico Ayuí.

En 1990 recibió el Premio Municipal de Música Edita por “El Trigo de la Luna”.

También compuso música para obras de teatro, destacándose su trabajo en “Antes de entrar dejen salir” y “Papá querido” para el Teatro de la Comuna, bajo la dirección de Antonio Baldomir en el Teatro del Anglo.

En 1990 compuso la música del filme “Color de tristecías”, dirigido por Pablo Rodríguez y exhibido en Europa, Estados Unidos y Canadá. Cantó junto a Bob Dylan en el Cilindro Municipal y junto a Paul Simon en el Estadio Centenario. En diciembre de 1993, la Editorial Arca editó “Los espejos y los mitos”, libro basado en un extenso reportaje por parte del periodista Tabaré Couto, junto a un cancionero que recoge parte de su vasta trayectoria. En diciembre de 1995, en el Teatro del Notariado, la cantante Sylvia Meyer presentó el disco “Darnauchans (un merecido homenaje)”, que contiene nuevas versiones de los clásicos de Eduardo.  En 2008 el periodista Nelson Díaz publicó «Memorias de un trovador». En 2012 Ediciones Perro Andaluz, de Angel Atienza, publicó «Darnauchans, entre el cuervo y el angel», una biografía de Eduardo Darnauchans escrita por Marcelo Rodríguez que además fue acompañada por un disco hasta ese momento inédito que recoge un recital brindado en octubre de 1989 en el Teatro del Notariado. Ese volumen, es una biografía completa, exhaustiva y detallada sobre un artista que pese a la incomprensión de las multitudes vivió hasta su último suspiro, pensando y trabajando por ellas desde su inconmensurable sensibilidad, desde su fina elaboración poética, desde su inimitable voz.

En su intensa trayectoria se presentó en los principales escenarios de la capital y el interior del país. Sus canciones figuran en múltiples antologías de la canción popular uruguaya, tales como “Canto Popular”, “Canciones del Asfalto”, “Los músicos de La República”, “Trovadores” y “Uruguay canta en Pueblo Ansina”, entre otras.

Ha musicalizado poemas o canciones de Washington Benavides, Víctor Cunha, Líber Falco, Eduardo Milán, Federico García Lorca, Nicolás Guillén, Porfirio Barba Jacob, Asunción Silva, Jorge Luis Borges, Antonio Machado, Raúl González Tuñón, Eduardo González Lanuza, Eduardo Bosco, Roque Vallejo, Jorge Manrique, Rubén Darío, Nicanor Parra, Manuel Bandeira, Humberto Megget, Pablo Neruda, César Vallejo, anónimos siglo XV español y poemas propios.

Canciones suyas son interpretadas por destacados artistas nacionales, como el dúo Larbanois/Carrero, Fernando Cabrera, Walter Bordoni,  Juan Peyrou , Ruben Olivera, Christian Cary, Niquel y Spuntone/Mendaro, entre otros.

Un cantante y compositor decisivo

Se trata entonces de uno de los compositores decisivos de la música popular uruguaya, un artista que, consciente de la función del arte, ha apostado siempre a la sensibilización de sus auditores. Darnauchans es un individuo que ha elaborado sus canciones desde un lugar estrictamente poético. Sus historias, donde suele el cantautor convalidar su yo particular, son de una hechura por momentos desgarradora y siempre, siempre con el sello del refinamiento.

Su perfil humanista le llevó a realizar cursos en Facultad de Medicina y en Facultad de Humanidades, en Montevideo y La Plata (Argentina). Adhirió al Frente Amplio desde su fundación . Durante los oscuros años de la dictadura, Darnauchans, como tantos otros, sufrió censuras y persecuciones. En su caso, se registró un episodio muy particular: le prohibieron cantar en diversos escenarios y sin embargo sus discos no fueron censurados.

Aquella triste madrugada de miércoles en la que emprendió su último viaje, tal vez a Sansueña, gran parte de lo mejor de la música popular uruguaya recibió un durísimo jaque mate. Abrumados por el infausto golpe de esa señora otra, la muerte, los melómanos uruguayos quedamos desconsolados. Darnauchans era un artista pero además era un trabajador de su arte. Se forjó a sí mismo leyendo todo aquello que llegó a sus manos, se nutrió de los cuatro vientos y procuró mantener siempre sus raíces bien sujetas al pago que le vio nacer.

Transgresor y sembrador de afectos

Cantor y poeta, un peso pesado de la intelectualidad, pero sobre todo, un ser humano de una hondura insondable. Conversar con el Darno -desde los inmemorables tiempos del viejo Sorocabana de la Plaza de Cagancha, o del Picadilly, o del Luzón, o del Sportman, La Giralda o el pub Amarcord y en sus últimos tiempos en el Lobizón o en el Mincho Bar, conversar con él era siempre una instancia de enriquecimiento espiritual, una zona de sensibilidad y aprendizaje, un placer intelectual. Sus comentarios y observaciones eran siempre críticos y agudos, así se tratara de arte, música, filosofía, literatura o política.

Inclasificable en ningún estilo determinado, su existencia fue la de un transgresor. Sembrador de afectos supo cosechar amistades aún en el disenso.

Zurcidor de amores desde Canción de muchacho al Ángel azul, supo transitar entre nieblas y neblinas en noches blancas cosechando el trigo de la luna sin perder el tiempo y sin temor a las quemas.

Se fue su palabra en el mano a mano, quedan sus obras, sus registros fonográficos de una dimensión creativa mayor. Su particular forma de cantar, su voz inconfundible, la demostración de su habilidad de zurcidor para componer canciones de melodías delicadas y luego transferirlas a su garganta con una elaborada musicalidad. Quedan sus canciones, esas que incluso muchos que le ignoraron han valorado con el paso del tiempo. Permanece indeleble  en la memoria de quienes le conocieron personalmente, queda en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de verlo cantar. Queda todo eso y queda aún más, queda su inconmensurable legado humano.

darno1
Compartir

Written by:

"Revista Alternativas", es una plataforma de reflexión, de intercambio de ideas y de información.
View All Posts
Follow Me :
Este mensaje de error solo es visible para los administradores de WordPress

Error: No se ha encontrado ningún feed.

Por favor, ve a la página de ajustes de Instagram Feed para crear un feed.

A %d blogueros les gusta esto: