Revista ALTERNATIVAS-⭐- n° 696

 

1) El segundo progresismo, por debajo del primero   /  Raúl Zibechi
2) El rey que robaba y nunca fue a la cárcel
✭3)Uruguay -Roger Rodríguez: “La INDDHH está siendo acorralada desde el gobierno”
4) Diagnósticos y controversias sobre Ucrania


 

En Movimiento

Raúl Zibechi

El segundo progresismo, por debajo del primero

Hay quienes sostienen que estamos ante una segunda oleada de gobiernos progresistas en América Latina. La primera habría sido en la década de 2000, través de los gobiernos de Hugo Chavez (1999-2013), Lula da Silva (2003-2016), Néstor Kirchner y Cristina Fernández (2003-2015), Evo Morales (2006-2019) y Rafael Correa (2007-2017).

La nueva oleada parece estar encabezada por gobiernos como el de Alberto Fernández (2019), Gabriel Boric (2022) y probablemente Lula y Gustavo Petro en caso de que triunfen en las elecciones de este año. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador es distinto: demasiado tardío para ser parte de la primera oleada y demasiado conservador para aplicarle el adjetivo de progresista.

Obsérvese que en la primera oleada hay cierta sincronía: comienza en los primeros años del nuevo siglo y termina hacia la mitad de la segunda década, bloqueada por las consecuencias de la crisis de 2008 y de la creciente intransigencia del imperio.

Pero hay mucho más en común. Todos los gobiernos se apoyaron en el auge de los precios internacionales de las commodities, mejoraron los ingresos de los sectores populares y dieron pasos concretos para la integración regional, aunque ninguno encaró el menor cambio estructural, al punto de atornillar la dependencia del sector primario y promover la desindustrialización.

La segunda oleada se enfrenta a problemas nuevos, no cuenta con un escenario económico global favorable y la actitud de Estados Unidos es cada vez más intervencionista. En Argentina, el gobierno de Fernández llegó a un acuerdo con el FMI para el pago de la deuda que provocó fisuras en la alianza oficialista con los seguidos de Cristina Fernández, a sólo un año de las elecciones presidenciales que, probablemente, volverá a ganar la derecha.

Pero la muestra más clara y contundente de la pobreza política y ética de la segunda ola es el gobierno chileno de Boric. No hizo el menor gesto hacia el pueblo mapuche, ni hacia los presos de la revuelta, amenaza endurecer la represión y defendió los atropellos de Carabineros durante los primeros días de su gestión.

Si antes de asumir y pese a la enorme expectativa del pueblo chileno, se esperaba que apenas realizara “reformas tenues” (https://bit.ly/3JxS4j7), sus primeros pasos lo enfrentan al sector más consecuente del campo popular, al asegurar que va a reprimir a quienes se sigan manifestando en Plaza Dignidad (https://bit.ly/3KskrR3).

No olvida que fue gracias a la revuelta que llegó a la Moneda, pero prefiere darle la espalda a quienes luchan, como hizo en noviembre de 2019 al firmar una acuerdo con la derecha para convocar una Constituyente y debilitar de ese modo la protesta popular.

Lo que hay en común entre Boric y Fernández es que tienen enfrente a una parte creciente del movimiento social porque optaron por la continuidad, por servir los intereses de las clases dominantes.

En otras latitudes suceden hechos similares. No voy a incluir al peruano Pedro Castillo en esta somera revisión, porque difícilmente puede considerarse su gobierno como progresista, ya que desde el comienzo de su campaña electoral mostró los límites de su fuerza política y de su horizonte personal.

El caso más sintomático es el de Lula. Eligió como vicepresidente a Geraldo Alckmin, que proviene de la socialdemocracia (PSDB) de Fernando Henrique Cardoso, el partido que impulsó el neoliberalismo en Brasil. Se trata de un político de centro-derecha, conservador, que fue acusado de corrupción cuando era gobernador de Sao Paulo, incluyendo irregularidades denunciadas en el caso Odebrecht (https://bit.ly/3Kui2FL).

Es evidente que Lula busca atraer al electorado de clase media que derribó al PT en 2015, ante un previsible crecimiento de la imagen de Bolsonaro que ya llegó al 30% de las expectativas de voto. Aliarse a Alckmin es una decisión táctica inteligente, pero que impide evaluar su candidatura como de izquierda o progresista.

Lo que está sucediendo con el progresismo es patético. Ha renunciado siquiera a cambios menores o cosméticos y todo se lo juega en presentarse como alternativa a la ultraderecha, ya sea Bolsonaro, el uribismo en Colombia o Kast en Chile.

Colombia es un caso parcialmente diferente, porque nunca hubo un gobierno progresista y siempre gobernó la derecha dura y pura. Pero en países como Brasil, Argentina y Chile, donde hubo períodos largos de gobiernos progresistas sin que se registraran cambios de fondo, la nueva ola es el camino del desastre porque las derechas volverán con más fuerza y el movimiento popular estará desorganizado y sin norte.

En Colombia, Petro es una la alternativa para cerrar el ciclo uribista, como Castillo era bueno para cortar el paso a Keiko Fujimori. Pero nada más. No es lo mismo votar para evitar que gane la ultraderecha, que hacerlo con esperanzas de que hagan algo positivo. Eso sólo dependerá de la fuerza organizada de las y los de abajo, de su capacidad para persistir en medio de la peor tormenta en décadas.

Fuente: https://desinformemonos.org/

 

El rey que robaba y nunca fue a la cárcel

abril de 2022
Inmunidad, impunidad, ¿qué más da?

 

Para redondear la impunidad, el TC al ha prohibido que se discutan en sede parlamentaria, los excesos del rey. Incluso ha considerado inconstitucional que un parlamento discuta la abolición de la monarquía y que algún día llegue la república.

Joaquín Urías

Un juez británico, del país monárquico por excelencia, acaba de decir una obviedad que los jueces y fiscales españoles, con su humillante servilismo, se empeñan en negar: el rey de España no tiene inmunidad para robar, delinquir o acosar a una mujer impunemente. El magistrado británico sostiene que esos no son actos oficiales y que sería descabellado permitirle romper la ley tan alegremente. Ha tenido que decirlo un juez británico, porque, en lo que afecta al rey, nuestro aparato judicial se pasa el sometimiento a la ley y el Estado de derecho por el forro.

El caso tiene enjundia. El rey puso cien millones de dólares a nombre de su amante. Ella dice que fue un regalo, él que sólo quería que se los guardase. En cualquier caso, el asunto acaba mal: nadie es capaz de explicar por qué motivo lícito el sátrapa saudí le pagaría tal cantidad de millones a nuestro rey. Si encima los puso a nombre de ella para evadir al fisco y blanquear su origen ilícito, peor aún. La cuestión es que, como la señora no quería devolver los millones, nuestro monarca le mandó a lo más siniestro de las cloacas del Estado y al mismísimo servicio secreto. La acosaron, la amenazaron veladamente con un accidente y hasta dispararon contra su casa. Todo, para que devolviera el dinero y dejara de contar cosas del rey, que ha demostrado ser un elemento.

La antigua amante ha interpuesto una demanda civil. El rey emérito no tendrá que sentarse en ningún banquillo; no se arriesga a acabar en ninguna cárcel ni a ningún tipo de orden de arresto internacional. De hecho, incluso es posible que el caso acabe con un acuerdo extrajudicial: el antiguo jefe de Estado puede aflojar algunos millones de esos que tiene aún escondidos a Hacienda y dar algunas garantías a cambio de que su amiga especial retire la demanda. Sin embargo, es posible que el honrado juez británico tenga que investigar los asuntos y decidir si hay efectivamente prueba de todo ello. Si así sucede, la corrupción y los delitos de Juan Carlos, que nuestro jueces y fiscales han tratado insistentemente de tapar, saldrán a la luz. Y el rey, la monarquía y nuestro sistema judicial quedarán expuestos en público con toda la vergüenza de su desfachatez.

Seguramente Juan Carlos jugó hace cuarenta años un papel relevante en el diseño de nuestro sistema democrático actual. Sin embargo, eso no quita para que ese señor sea un elemento de cuidado, con pocos escrúpulos que durante décadas se ha saltado la ley ante la complacencia de nuestras instituciones.

La Constitución no dice en ningún momento que el rey pueda actuar con impunidad. Dice que es inviolable, lo que efectivamente supone que mientras ejerce el cargo no puede ser juzgado. También dice que es irresponsable, pero sólo por los actos sometidos a refrendo del Gobierno, porque de ellos responde quien autoriza la firma real. La idea de que, tras dejar de ser jefe del Estado, no puede ser juzgado por actos privados realizados cuando lo era no sólo no está en la Constitución, sino que es contradictoria con la idea del sometimiento a la ley. Sin embargo, juristas cortesanos y Fiscalía se han inventado esa interpretación evidentemente contraria al espíritu constitucional para amparar, como mínimo, los delitos de Juan Carlos. No está en la ley. Es un invento para no sentar al rey en el banquillo.

La impunidad del rey es una apuesta de la estructura profunda del Estado español. En este tema está demostrando tal suciedad y complacencia con la corrupción que sólo pueden provocar náuseas en cualquier demócrata. Todo el aparato de un Estado democrático se ha comprometido para amparar las terribles ilegalidades de ese señor y, de paso, las que pueda traernos su sucesor. Empezando por la Hacienda pública. Juan Carlos no pagaba un duro a Hacienda pero esta, saltándose la ley, le notificó varias veces que lo estaban investigando para permitirle que regularizara su situación. Luego, la Fiscalía, ante las clarísimas evidencias de una serie de delitos, se limitó a pedir a los fiscales de otros países que le enviasen sus investigaciones, sin realizar ni una mínima indagación propia. Por último, con la complacencia de numerosos juristas falderos y la colaboración entusiasta del Tribunal Supremo, se inventaron una interpretación de la inviolabilidad que no tiene ni pies ni cabeza, y que les llevó a decir que si el rey cometió delitos no se le puede castigar.

Apenas empezamos a conocer el desenfrenado apetito del rey por el lujo, los coches caros comprados y mantenidos a cargo del erario público (hasta 70), los viajes extravagantemente caros, y las amantes igualmente caras. Cuando accedió al trono, su fortuna personal era prácticamente inexistente. Hoy algunos medios hablan de que tiene miles de millones de euros, todos conseguidos siendo jefe del Estado, y no precisamente de su sueldo. A esa pasión por el dinero parece que se le suma cierta afición al chantaje a sus antiguas amantes. Una joyita de hombre.

Que Juan Carlos es un sinvergüenza que se aprovechó de su cargo de jefe de Estado para robar a manos llenas parece fuera de toda duda. El problema es defender en público que no podemos hacer nada con eso, más que aguantarnos y esperar a que su hijo sea más honesto. Lo que gran parte de la judicatura y la fiscalía defiende es que el Estado no persiga las tropelías que cometa el rey. Cuando hablan de la conducta ejemplar de Felipe VI, nos vienen a decir a todos que nos vienen a decir que que delinca o no impunemente depende de cómo sea el monarca, un tipo honesto o no. Al renunciar a perseguir a Juan Carlos, están dejando claro a su sucesor que si roba, si atropella a una persona, si acosa a una mujer o se salta la ley de cualquier otro modo, no debe temer ninguna consecuencia.

El riesgo de lo que está pasando no es ya que Juan Carlos vaya a morirse sin pagar por sus ilegalidades. Eso lo tenemos todos asumido. El riesgo es que Felipe puede volver a hacer lo mismo. Y quién sabe si no lo está haciendo ya.

Para redondear la impunidad, el Tribunal Constitucional ha prohibido terminantemente que se discutan siquiera, en sede parlamentaria, los excesos del rey. Hace una semana, incluso ha considerado inconstitucional que un parlamento discuta la abolición de la monarquía y que algún día llegue la república.

El Estado profundo y la oligarquía española, que ven en la monarquía el candado que les permite seguir ininterrumpidamente guiando el país desde 1978, no se dan cuenta de que tanta devoción es contraproducente. Han retorcido la ley para afirmar la impunidad real, silencian las críticas políticas y esconden las miserias sin ser conscientes de que el mundo ha cambiado y de que, en la actual sociedad interconectada, todo eso se puede volver en su contra. Al afirmar públicamente que Felipe VI tiene impunidad absoluta para robar o delinquir si le apetece, hacen muy difícil para ningún demócrata –de izquierdas o de derechas– aceptar la monarquía.

Hay monarquías democráticas pero se basan en que el rey o la reina no interfieran en la política ni se salten las leyes. Nuestra monarquía sigue pagando el pecado de la herencia franquista bajo la forma de la corrupción. Las oligarquías franquistas y aznarianas se empeñan en vendernos que la monarquía parlamentaria lleva necesariamente implícito un cierto grado de corrupción. Y eso, sencillamente, es inaceptable.

Joaquín Urías

Es profesor de Derecho Constitucional. Exletrado del Tribunal Constitucional.

Fuente: https://ctxt.es/es/20220301/Firmas/…

https://www.grupotortuga.com/

 

 

 

La INDDHH está siendo acorralada

 

Roger Rodríguez: “La INDDHH está siendo acorralada desde el gobierno”
Abril 2022

En el marco de la embestida contra la INDDHH encabezada por Cabildo Abierto –que abiertamente planteó su intención de derogar la ley que creó la institución- a la que se han sumado otras voces oficialistas con mayor o menor vehemencia siempre en dirección crítica con el organismo, consultamos al periodista especializado en derechos humanos, Roger Rodríguez, sobre su valoración del escenario actual, a partir del resultado del referéndum.

Roger Rodríguez es periodista formado en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí de La Habana, que trabajó en El Día, Convicción, Brecha, Posdata y La Hora, entre otros, y se ha especializado en el tema derechos humanos. Con sus investigaciones periodísticas, ha realizado aportes a las causas judiciales argentinas y uruguayas sobre el Plan Cóndor donde, tras la ubicación del niño Simón Riquelo, denunció el llamado “Segundo Vuelo” de Orletti (2002) que confirmó el traslado de los desaparecidos a sus países de origen. Fue testigo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por el Caso Gelman, en el marco del cual ubicó el centro clandestino de torturas conocido como Base Valparaíso (2005) y del Juicio contra el Plan Cóndor en Roma.

Según explicó Rodríguez al Portal del PIT-CNT, desde la aprobación de la Ley de Caducidad en 1986 y con la amnistía de militares acusados de crímenes de lesa humanidad, se comenzó a establecer una “cultura de la impunidad” en Uruguay. “Creo que la cultura de la impunidad refería al no castigo de los violadores de los derechos humanos en los años de la dictadura, pero también tiene que ver con las consecuencias que eso generó en el entorno social y político. Y en cierta medida, la sociedad se fue adaptando a esa cultura de la impunidad. A partir de los años 2000 se fue desarrollando un proceso más profundo e intenso para pelear por la verdad y confrontar la historia oficial de los dos demonios. Esa teoría -que ahora se pretende reinstalar- se fue derrotando y logrando cambiar a medida que la sociedad fue derribando la Ley de Caducidad y como consecuencia de las sentencias internacionales que evidenciaban que las violaciones a los DDHH era crímenes de lesa humanidad y no podían ser amnistiados, ni perdonados, sino que debían ser juzgados. La verdad exige justicia. Luego vinieron años de gobiernos progresistas en Uruguay y en el resto del continente, pero esos gobiernos progresistas no lograron evitar la cultura de la impunidad.

¿Por qué crees que no pudieron?

La izquierda agarró un auto llamado Uruguay dentro de una autopista; quemaba aceite, no tenía luces y se daba contra las barras laterales. Lo arregló en marcha y lo dejó funcionando a velocidad  crucero, pero nunca se cuestionó hacia dónde iba la autopista. Un error clave de esos gobiernos progresistas fue la desmovilización. Al evitar de hecho la movilización social, aquellos gobiernos no tuvieron un respaldo de la sociedad activa en las calles y se fueron quedando solos en sus despachos del Poder Ejecutivo, del Parlamento y eso fue generando –desde mi visión- una reacción del nuevo liberalismo que hoy la estamos sufriendo, pero que claramente se viene forjando desde hace muchos años. Los grupos de derecha y de ultraderecha de este país venían desde la época de la dictadura forjando su proyecto, pero en cierto momento asumieron una conducta casi clandestina en democracia. Tenían intervenciones sociales esporádicas, de vez en cuando aparecían con una amenaza, un atentando, algún episodio muy puntual en particular los 14 de abril. Sus expresiones públicas se limitaban a respaldar a los militares que comenzaban a ser citados por la justicia y poco más. En el continente el proceso de posicionarse a nivel público fue muy notorio y se fue organizando, por ejemplo, a partir de grupos de ultraderecha en Venezuela, partidos liberales conservadores, que fueron generando un proceso regional como el que ahora podemos ver. Cuando las sociedades se desmovilizan, pero además ingresan en la lógica del consumo desenfrenado, la realidad se torna favorable para los grupos de la derecha más extrema. Si las reivindicaciones quedan solamente acotadas a lo parlamentario, la ultraderecha tiene mejores chances de crecer. Acá en Uruguay, fueron resurgiendo los grupos de derecha a nivel de jóvenes del Partido Nacional, también comenzaron reuniones de grupos neonazis en algunos barrios y aparecieron algunos youtubers. Ahora tenemos una coalición que tiene a Cabildo Abierto como notoria expresión de la derecha y la ultraderecha, que acumula a todas las expresiones de grupos nazis y nacional socialistas con pequeñas expresiones de otra índole. Todos esos grupos reaccionarios reivindican las violaciones a los derechos humanos practicadas en dictadura por las Fuerzas Armadas, y si bien siempre existieron, antes funcionaban en cierta clandestinidad pero ahora actúan a nivel público y hasta reclaman el fascismo con total desparpajo. Se pronuncian en Twitter, en YouTube y se van posicionando en la sociedad. Y claramente, la sociedad recibe una sola visión de algunos temas, siempre de acuerdo al abordaje de los medios de comunicación. Hay una visión marcadamente anticomunista, con conceptos del siglo pasado, que cuestiona todo lo que implique derechos y reivindicaciones sociales. Estamos en un tiempo en el que la ultraderecha te ataca y el movimiento social está desmovilizado. Y obviamente, con los medios de comunicación abroquelados de un solo lado y defendiendo una sola visión.

Por lo tanto, creo que en este contexto, vamos a tener un 14 de abril de “celebraciones” extremas. Y no descartaría que algún grupo vuelva a hacer el saludo nazi en la plaza de la bandera. Sinceramente no lo sé.

¿Se está volviendo a instalar el lenguaje de los comunicados de las Fuerzas Conjuntas? Te lo pregunto porque algunos parlamentarios y legisladoras hablan de sedición, dicen que la Universidad está “infiltrada” y de vandalismo ante las pintadas de muros, entre tantas otras expresiones.  

Lo que pasa es que el Partido Nacional es de derecha. Tuvo en otros momentos de la historia algunos grupos o sectores más progresistas como el Movimiento Nacional de Rocha o en el wilsonismo, pero esos espacios prácticamente han desaparecido. Hoy el PN vuelve a ser el partido herrerista que siempre fue de derecha. Y lo sigue siendo afianzando además alianzas con otros sectores de derecha y ultraderecha. Por otra parte, el Partido Colorado mantiene un nivel de conservadurismo notorio, donde el batllismo no está teniendo poder. Y, como decíamos, la coalición de gobierno tiene en Cabildo Abierto una expresión absolutamente derechista. Por lo tanto, hoy vemos un nuevo escenario en el que ellos aprendieron a leer a Gramsci y están peleando por le hegemonía cultural de la izquierda. Esa lucha contra la hegemonía cultural y a favor de la jerarquía social, es sin duda la más clara lucha de clases. Están en contra de todo lo que represente igualdad, agenda de derechos sociales y sostienen que “el enemigo” es el comunista, “el zurdito”, tupamaro, Tabaré Vázquez, Mujica y todo lo que identifique con algo de izquierda. Hablan de la infiltración de la UdelaR pero ellos atacan directamente a la enseñanza pública. Y por supuesto, el Poder Ejecutivo ahora está afianzando las herramientas de la LUC en materia de represión, algo que se va a intensificar en los próximos años. Pero también me parece importante señalar que los gobiernos del FA tuvieron su responsabilidad en la situación actual por la desmovilización y porque creyeron que se podía generar una Policía más progresista. Cuando llegó la coalición despedazó esos intentos y volvieron los policías más reaccionarios que habían sido dados de baja. Hoy están de nuevo los expertos en razzias, represores, con un gobierno clasista conservador, con una sociedad consumista desmovilizada y todo apunta a que vamos tener una realidad aún más compleja.

¿Por qué reafirmás lo de la sociedad desmovilizada si en la campaña de las firmas claramente la militancia jugó un rol determinante?

El problema es que la recolección de firmas –desde mi visión- fue un ejercicio de movilización de un año y pico. Se pudo hacer ese movimiento como un acto reflejo, luego de la derrota electoral. El concepto de que el pueblo decida sigue manteniéndose como una idea democrática muy potente para la sociedad uruguaya. Pero muchos de los que firmaron después votaron para otro lado. También hay una realidad de este fenómeno llamado la grieta o como la quieran llamar, que sostiene que la izquierda y los sectores progresistas no abren puentes para el otro lado. Creo que es un error decir: ‘ah, votaste tal cosa, ahora jodete o peor aún cuando se le dice a quienes votaron No que ‘por culpa tuya ahora tenemos un país peor’. Así no convencemos a nadie. Tal vez faltaron argumentos mejores, mejores mensajes, mejor comunicación para explicar algo complejo como 135 artículos de una Ley, pero echarle la culpa a los otros no es una buena estrategia. Y más allá del peso terrible de los medios de comunicación, creo que es una torpeza creer que vas a hacer la revolución desde las redes sociales. Las redes son muy buenas para mantener o generar ideas, pero si uno mira el círculo donde cada uno está, queda claro que son todos convencidos. Y no podés convencer a los convencidos, esos son votos asegurados. Muchos se quedaron en las redes y no salieron a convencer a vecinos o a un pariente. Yo creo que ahí es donde estuvo la derrota. Y de cara al futuro, creo que falta reacción, hasta falta liderazgo en el movimiento social. Hay que abrirse a los jóvenes y a bases nuevas, a las experiencias de la recolección de firmas como a las de las ollas populares. Supongo que siempre pasa en los procesos de recambio de grandes caudillos como Vázquez, Mujica y Astori. Se tarda en conseguir recambio pero claramente es algo que va a tener que suceder.

Además de los ataques hacia los sindicatos, las organizaciones sociales, estudiantiles y los feminismos, ahora surgió con mucha virulencia un embate contra la INDDHH.

Totalmente. Es parte de lo que consideran “el enemigo”, los derechos sociales y la lucha de los DDHH. A la INDDHH la van a atacar porque es parte de su visión de lo que deben confrontar. Incluso están tratando de generar una especie de “centro de estudios” de DDHH en Uruguay pero desde una visión de derecha. La INDDHH está siendo acorralada desde el gobierno, también desde el Parlamento y hay una clara intención de anularla, en particular desde que quedó a cargo de la búsqueda de los desaparecidos. El ¿Dónde están?, sigue siendo una pregunta clave. Lo que trabaja la INDDHH es algo que beneficia a la sociedad. Pero la decisión notoria es destrozarla, cerrarla o sacarle todas potestades. El mismo vaciamiento o debilitamiento que se busca con la enseñanza pública que fue desplazada de los organismos de gobierno. La privada no, porque la necesitan para formar los líderes del futuro para los sectores conservadores. Por lo tanto, creo que estamos en una coyuntura incierta, me temo que se viene un periodo de enfrentamientos sociales donde será necesario tener la cabeza muy fría para no entrar en el juego de provocaciones y los intentos para descalificar a los movimientos sociales, que, necesariamente, tendrán que luchar por sus reclamos.

Fuente= https://elmuertoquehabla.blogspot.com/

 

 

 

 

Diagnósticos y controversias sobre Ucrania

 

Claudio Katz

A un mes de la incursión rusa el resultado es muy incierto. La ofensiva militar está empantanada luego de la fallida toma del país y la consiguiente supervivencia del gobierno. Pero tampoco se observan grandes hitos del ejército ucraniano. La intensidad de la resistencia es dudosa y el relativo alistamiento coexiste con la masiva emigración de la población.

CONTRADICTORIAS EVALUACIONES

Algunos analistas consideran que la ambiciosa operación de Putin fracasó. Pero otros estiman que Rusia tiende a impedir en las negociaciones que Ucrania ingrese a la OTAN. Un compromiso intermedio sería la incorporación del país a la Unión Europea (victoria de Zelesky), junto a su neutralidad militar (victoria de Putin). Si falla esa opción podría acordarse una división de territorios siguiendo el modelo coreano.

Las mismas estimaciones contrapuestas se extienden al plano económico. Algunos observadores destacan la fortaleza de Rusia, que se dispondría a introducir junto a China un nuevo sistema monetario independizado del dólar y el euro. Pero otros destacan un escenario inverso de pérdida del control moscovita de gran parte de las reservas congeladas en el exterior.

También el impacto de las sanciones suscita interrogantes. Nadie sabe cuántos millonarios rusos han sido efectivamente penalizados. Cuentan con numerosos socios y resguardos en los paraísos bancarios de Occidente. Las penalidades se aplican con gran cautela para no interrumpir la comercialización mundial del petróleo y el gas. Alemania resiste esas obstrucciones y varios gobiernos europeos se niegan a cortar los convenios con Moscú.

El manejo general de la energía está en disputa. Estados Unidos logró concertar ventas millonarias de gas licuado a Europa, pero no puede sustituir la provisión estructural que aportan los gasoductos rusos. Moscú obtiene el 60% de sus ingresos de esos suministros y se desconoce si logró sustituirlos por compradores asiáticos. Tampoco se sabe cómo mantiene la importación de ciertos productos decisivos (como los semiconductores) para sostener la guerra y la economía.

Las sanciones afectan a Rusia, pero han impactado duramente en la retaguardia de Occidente. El tremendo encarecimiento de los alimentos y la energía introduce un inesperado boomerang que deteriora toda la economía global.

En el plano geopolítico el aislamiento ruso es visible. Perdió el acompañamiento en las Naciones Unidas de sus tradicionales aliados, pero cuenta con la benevolencia del denominado Sur Global. Moscú utiliza ese visto bueno para sostener su incursión militar.

Sólo la mayúscula tragedia humanitaria está exenta de indefiniciones. Aunque Rusia evitó los bombardeos masivos que descargó Estados Unidos en Irak y Afganistán, las víctimas civiles se multiplican con la prolongación de la guerra. Ya comienzan a emerger denuncias de atrocidades en ambos bandos y el descalabro de la sociedad ucraniana potencia el mayor éxodo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La salida de 4 millones de refugiados convulsiona a toda la región.

Es cierto que su recepción contrasta con el castigo propinado a los árabes y africanos. No hay 20.000 fallecidos en naufragios para llegar al continente, ni muros para impedir el ingreso de los desplazados. Tampoco se observan campos de refugiados en las condiciones infrahumanas de Lesbos. Pero se está gestando un escenario explosivo, en una zona desgarrada por agudas tensiones que la derecha atribuye a la inmigración.

En síntesis: el resultado de la guerra es aún desconocido. Pero la caracterización del conflicto no depende de ese desemboque y debe ser abordada sin esperar esa resolución.

LOS OBJETIVOS NORTEAMERICANOS

Estados Unidos intenta prolongar la guerra, para empujar a Moscú al mismo pantano que afrontó la URSS en Afganistán. Por esa razón induce el rechazo de Kiev de todos los acuerdos que frenarían las hostilidades.

El Pentágono no puede intervenir con sus propias tropas porque continúa afectado por la reciente derrota de Kabul. Ese revés también le impone cierta cautela bélica y el consiguiente veto a una zona de exclusión aérea. Por ahora promueve la continuidad de la sangría, mediante una mayor provisión de armas.

El Departamento de Estado utiliza el conflicto actual para someter a Europa a su agenda militarista. Ya consiguió 1.000 millones de euros de Bruselas para incrementar los pertrechos de Kiev. También logró un compromiso de rearme de sus socios, muy superior al financiamiento de la OTAN que exigía Trump. Por ese rumbo, el proyecto de un ejército europeo autónomo del Pentágono se diluye a pasos agigantados. Washington pretende cargar a Europa con todo el costo del cerco a Rusia, para concentrar sus recursos en la agresión a China.

El belicismo norteamericano es la principal causa de la guerra actual. Estados Unidos intentó sumar a Ucrania a su red de misiles en el Este Europeo y propició una enmienda a la Constitución de ese país (2019) para auspiciar el ingreso a la OTAN.

Con ese objetivo alentó el nacionalismo local y las agresiones contra la población ruso-parlante. Fomentó especialmente a las milicias ultraderechistas, que sabotearon la solución discutida en los acuerdos de Minsk.

La violencia desplegada por las bandas que reivindican el pasado hitlerista es silenciada por los grandes medios. Ocultan el hostigamiento a los opositores (expuestos como escudos humanos) y el racismo de los grupos que enaltecen a los ucranianos (blancos puros), para denigrar a los rusos (racialmente mixturados por la herencia asiática). Zelenski es prisionero de esa gravitación fascista y por eso alienta la rusofobia, proscribiendo varios partidos y generalizando la censura.

Esas persecuciones no aparecen en ningún informativo de Occidente. Las plataformas periodísticas de Moscú (Sputnik, RT) han sido acalladas, mientras Facebook, Instagram y WhatsApp habilitan la propagación de mensajes de odio contra Rusia. El doble rasero de la prensa hegemónica se ha potenciado en forma exponencial. Retratan los sufrimientos de Kiev con la misma intensidad que ocultan los padecimientos de Gaza. Exigen la expulsión de los deportistas rusos de eventos organizados por países como Qatar, que ostentan un récord de violaciones a los derechos humanos. La responsabilidad primordial del imperialismo norteamericano es el dato más importante y oscurecido de la guerra actual.

LA INDAMISIBLE INVASIÓN

Durante mucho tiempo Putin intentó frenar la potencial agresión estadounidense con iniciativas de negociación. Propuso establecer un status de neutralidad para Ucrania, semejante al que mantuvieron Finlandia y Austria durante la guerra fría. También convocó a reanudar el tratado que regula la desactivación de los dispositivos atómicos.

Esas prevenciones defensivas obedecen a la terrible secuencia de invasiones extranjeras que padeció Rusia. Sólo durante la invasión nazi murieron 27 millones de personas y dos tercios de esas víctimas fueron civiles. Por ese antecedente, Europa del Este fue siempre tratada por el Kremlin como una zona de amortiguación de eventuales incursiones externas. La conversión de Ucrania en una catapulta de la OTAN ha sido en los últimos años la principal preocupación del gobierno ruso.

Pero la continuada agresividad de Estados Unidos no justifica la invasión dispuesta por Putin. Washington no instaló misiles, ni adoptó nuevas medidas para sumar a su vasallo a la alianza atlántica. Tampoco irrumpió otro peligro que justificara un golpe ofensivo para garantizar la seguridad del país. Las milicias derechistas no protagonizaron atropellos distintos a los perpetrados en los últimos ocho años.

Rusia debe garantizar la integridad de su territorio, pero no tiene derecho a invocar ese principio para invadir otro país, rodear sus ciudades y provocar un caos humanitario. Una acción de semejante porte debe estar justificada en razones que Putin nunca expuso. Jamás señaló motivos suficientes para lanzar a su ejército a la captura de Ucrania. No alcanzan las generalidades o las tensiones de larga data para legitimar una acción de esa envergadura.

Putin denunció las manifiestas inconductas del gobierno de Zelensky, pero su propia gestión es objeto de acusaciones muy parecidas. En cualquiera de los dos casos correspondería a cada pueblo decidir quién lo debe gobernar. El presidente ruso no tiene atributos para reemplazar esa opción por una ocupación externa.

Estos principios básicos han sido totalmente ignorados por el Kremlin. Sus voceros no brindan explicaciones, ni responden a las condenas que sucedieron a la invasión. Esa actitud confirma la total despreocupación de Putin por la opinión de los ucranianos y otros pueblos. Ese desinterés es tan descarado, que ha eludido la habitual (y cínica) presentación de las invasiones como acciones liberadoras del país ocupado.

Putin no sólo ignoró la gran expectativa en el logro de una solución pacífica. Retomó el viejo modelo opresivo del zarismo, que niega a Ucrania el derecho a desenvolverse como nación. Reclama la pertenencia de ese territorio, sin tomar en cuenta la opinión de sus habitantes.

Por incontables razones la invasión tiene consecuencias negativas para las luchas y esperanzas emancipadoras de todos los pueblos. Nuestra crítica a esa incursión2 subraya la responsabilidad principal de Estados Unidos y comparte un enfoque muy generalizado en la izquierda3.

EL SENTIDO DE LA PAZ INMEDIATA

La mayoría de los críticos de la OTAN y la invasión de Putin convocan a poner fin del conflicto. Postulan que las negociaciones ofrecen la opción más progresista para frenar la matanza en curso4.

Pero otras opiniones del mismo espectro observan con reservas esta propuesta. Destacan que las tratativas entre gobiernos beligerantes nunca han llegado a buen puerto y recuerdan que las cancillerías no lograron impedir la guerra mediante las conversaciones de Minsk. Señalan, además, que esas concertaciones en las cumbres se consuman en detrimento de los pueblos5

Pero en la última centuria se verificaron incontables tratativas de conflictos que desembocaron en resultados diversos. Hubo triunfos, derrotas y empates muy distantes de una regla general para confrontaciones que dirimen relaciones de fuerza.

Las negociaciones no están inexorablemente destinadas a concluir en una frustración popular. Si la agresión de Washington y la respuesta de Moscú en Ucrania son vistas como acontecimientos negativos es lógico propiciar el fin inmediato del conflicto.

Este curso es también objetado desde una perspectiva socialista más ambiciosa. Se desecha el reinicio de las negociaciones, para retomar la tradición comunista inaugurada por la reunión de Zimmerwald ante el estallido de la Primera Guerra Mundial. En ese evento la izquierda alzó su voz contra todos los bandos y comenzó a constituir un polo alternativo. Ahora se propone recrear ese rumbo para transitar por el mismo sendero de la revolución socialista6.

Pero la distancia que separa el escenario de 1914-17 del contexto actual es monumental. En esa época la posibilidad, proximidad y expectativa en una victoria socialista era un dato presente en las enormes formaciones políticas de la clase trabajadora.

La ausencia de ese marco, torna completamente inviable la transformación de la guerra de Ucrania en un eslabón del camino hacia el poder de los soviets. No existen actualmente las condiciones para desarrollar la estrategia del derrotismo (y de la confraternización de tropas) que impulsó Lenin, para preparar el triunfo de la revolución rusa.

Pero ese rumbo podría ser pavimentado mediante una tregua bélica que contenga la matanza de Ucrania. Ese desahogo aportaría el escenario más favorable para reconstruir una perspectiva socialista. La convocatoria leninista a transformar una guerra regresiva en una batalla contra los opresores, no puede implementarse en los mismos términos de la centuria precedente. Pero es factible retomar la movilización contra el belicismo de los gobiernos más involucrados en la actual sangría.

Por esa razón son importantes las protestas en Rusia contra la incursión de Putin. Esas marchas cuentan con el respaldo de un gran sector de la izquierda. Exigen el inmediato retorno de las tropas y el fin de un operativo que distrae la atención pública con agresiones externas7

También en Estados Unidos y Europa se han registrado manifestaciones, pero con una tónica de meras críticas a la invasión rusa. Las demandas contra el gasto bélico y el rol de la OTAN son aún minoritarias, pero comienzan a ganar influencia. Esas peticiones fueron promovidas por la izquierda en grandes marchas de Berlín y en una asamblea de Madrid, que rechazó a la OTAN y a Putin8. Generalizar esas exigencias es la gran tarea del momento.

COMPLEJIDADES DE LA SOBERANÍA

También el ansiado logro de la autodeterminación nacional requiere el fin de la guerra. Es evidente que ese objetivo será un enunciado vacío, mientras fuerzas militares (explícitas o encubiertas) de la OTAN y Rusia permanezcan en el país.

Ucrania arrastra una larga historia de frustraciones nacionales. Desde el comienzo del siglo XX fue segmentada por las disputas imperiales entre la corte austrohúngara, el militarismo alemán y el zarismo ruso, con la activa intervención de Polonia. Al calor de revolución socialista emergió la primera configuración nacional, a través en una representación parlamentaria (Rada) que protagonizó numerosas tensiones con los soviets locales.

Del armisticio concertado entre los bolcheviques y ejército germano (Brest-Litvosk) emergió una división del país, que fue posteriormente revertida por la unificación que sucedió a la derrota del nazismo. Ucrania sufrió la pesadilla de la colectivización forzosa durante el stalinismo, pero se mantuvo como una república integrada a la URSS, hasta que el colapso de ese régimen precipitó la separación actual.

La soberanía real del país persiste como una asignatura pendiente, que requiere duras batallas políticas contra los demagogos y los hostigadores de esa causa nacional. El primer grupo está encabezado por los derechistas de Kiev, que han construido su identidad en oposición a Rusia, enarbolando todos los estandartes del nacionalismo reaccionario. El segundo sector está encarnado por Putin, que desconoce los derechos de Ucrania. Al igual que los zares, considera que ese territorio forma parte de Rusia desde tiempos inmemoriales.

Frente a estas dos posturas regresivas existe otra tradición que propicia la reconstrucción de la convivencia multiétnica. Esa mirada recuerda que durante mucho tiempo las tensiones interiores estuvieron contrapesadas por relaciones de hermandad. La convivencia prevaleció durante largos períodos en la URSS, bajo el influjo integrador de los sectores que exhibían una identidad simultánea ruso-ucraniana9.

El chauvinismo de Kiev y la guerra actual tienden a sepultar esa coexistencia multicultural y han creado un escenario de odio, que empuja al país a la misma desintegración que sufrió Yugoslavia. Sólo las negociaciones y la pacificación podrían recomponer la convivencia para apuntalar formas federativas de gobierno.

Este curso implica manejar con cautela la bandera de la autodeterminación nacional, que varias corrientes de izquierda ponderan como la gran consigna del momento. El carácter engañoso de ese estandarte salta a la vista. Si la independencia formal de Ucrania queda ratificada por una fulminante derrota militar de Putin, ese status encubrirá el sometimiento del país al Pentágono, la Unión Europa y el FMI.

La enorme deuda externa de Kiev sería utilizada para afianzar ese vasallaje, mediante la conversión del pasivo en propiedades de los acreedores externos. Los valiosos recursos naturales del país están en la mira de varias firmas multinacionales. También cabe la posibilidad que el mismo encadenamiento se consume a través de condonaciones maquilladas de la deuda (como ocurrió en Irak). Un modelo independencia custodiada por la OTAN forzaría además al Donbass y a Crimea, a someterse a mandatos occidentales rechazados por el grueso de la población.

La autodeterminación es igualmente un tema polémico entre los marxistas por la centralidad que Lenin asignó a esa demanda. Algunos autores retoman ese antecedente para destacar la continuada validez de esa petición10.

Pero los bolcheviques adoptaron ese planteo en Ucrania con muchas reservas, al calor de una guerra civil (entre rojos y blancos) y una batalla política (entre los soviets y la Rada). Las soberanías nacionales pregonadas inicialmente por Lenin -para ampliar el frente de lucha contra el zarismo- asumieron otra función luego del triunfo bolchevique. Fueron adoptadas como un principio de construcción de la URSS, en torno a territorios autónomos integrados a una misma entidad estatal.

El proyecto comunista anhelaba la paulatina transformación de esa federación en un enjambre de naciones fusionadas o pertenecientes a la misma colectividad socialista. Con esa perspectiva Ucrania quedó integrada a la URSS como una república, pero sin atributos para separarse y asumir otra condición de país capitalista independiente. Lenin siempre concibió la autodeterminación nacional como un eslabón en la construcción del socialismo y nunca le otorgó a esa demanda un valor superior a la batalla contra el capitalismo. Estas prevenciones son particularmente valederas en el escenario actual.

Los debates sobre la soberanía de Ucrania son útiles para clarificar posturas en el compartido campo de opositores al cerco de la OTAN y la respuesta de Putin. Las discusiones con otras dos visiones en la izquierda presentan en cambio otro alcance.

EXCULPAR A LA OTAN

Algunos enfoques observan a Rusia como la principal causante de la guerra y estiman que su derrota disuadirá otras aventuras bélicas en el mundo. Advierten que la victoria de Moscú conducirá al envalentonamiento de Washington y a la consiguiente generalización de conflictos de todo tipo11.

Pero con mayor realismo correspondería avizorar un desemboque inverso. Un éxito militar de Ucrania -con armas, asesores y mercenarios de Occidente- reforzaría la expansión de la OTAN con mayores sangrías en todo el planeta.

Los desaciertos de pronósticos son igualmente secundarios frente a su corolario en miradas condescendientes con la OTAN. Ese organismo es observado como una alianza aceptada por las poblaciones lindantes con Rusia, omitiendo que esas simpatías son fabricadas y transmitidas por los justificadores de la militarización.

Algunos autores consideran que la denuncia de la OTAN ya fue sobradamente expuesta en el pasado y no es pertinente en la actualidad12. La ausencia de soldados o aviones de esa alianza ilustraría su irrelevancia en Ucrania13.

Pero esa edulcorada visión olvida que todo el conflicto surgió por la auspiciada inclusión de Kiev en la estructura que digita el Pentágono. Estados Unidos y sus socios arman, adiestran y guían al ejército ucraniano y sólo evitan el envío de tropas para digerir los fracasos sufridos en otras latitudes.

Para exculpar a la OTAN se describe también la confrontación actual, como un segundo episodio de la guerra fría iniciada por Estados Unidos en Irak14. Washington habría consumado esa operación con la mira puesta en Moscú y su rival habría respondido veinte años después con la misma receta.

Pero esa equiparación carece de asidero. Rusia no cumplió ningún papel en el asalto del Pentágono a Bagdad. Padecía la devastación perpetrada por Yeltsin y el Departamento de Estado no incluía aún a Putin en su lista de grandes enemigos. Por el contrario, la guerra actual se originó en el intento estadounidense de convertir a Kiev en una catapulta contra Rusia.

El paralelo entre Irak y Ucrania es totalmente forzado. Presupone que dos potencias dominantes libran la misma guerra de saqueo en su periferia. El petrolero ambicionado por Estados Unidos tendría su correlato en el mineral de hierro y los cereales anhelados por Rusia.

Esa analogía es desacertada y equipara escenarios distintos. El ataque a Irak buscaba imponer el control norteamericano directo sobre todo el Gran Oriente Medio, para reconstruir la primacía de la primera potencia. La reciente incursión rusa sólo intenta contener el cerco de la OTAN. A lo sumo incuba un embrionario anhelo expansivo de Moscú en el espacio pos-soviético. Hay un abismo de objetivos y poder entre ambos contendientes.

La descalificación de las críticas a la OTAN como una rutinaria reacción de la “vieja izquierda”15 sintoniza con la prédica de los grandes medios de comunicación y con todos los prejuicios del liberalismo. La izquierda se forjó en la disputa contra el imperialismo y se extinguirá si se mimetiza con sus enemigos.

¿ARMAS PARA LAS TROPAS DE UCRANIA?

La consecuencia más grave del enceguecido posicionamiento antiruso es el llamado a proveer de mayores armas al ejército ucraniano16. Con enfáticas exaltaciones de Kiev se propicia exactamente lo mismo que hace la OTAN.

Algunos autores, incluso critican a las corrientes que vacilan en sumarse a ese campo militar. Subrayan que en una guerra no hay lugar para la tibieza y corresponde disparar contra un bando u otro, utilizando los suministros de cualquier proveedor. Con ese argumento dan la bienvenida a los pertrechos enviados por el Pentágono17. Otros autores suben la apuesta y exigen la entrega de armamento más pesado18.

Como ese sostenimiento cuesta dinero, no tendría sentido reclamar pertrechos negando su financiación. El apoyo material a la “resistencia ucraniana” necesariamente converge con el incremento del gasto militar, que por ejemplo votó el parlamento alemán.

Esa dramática decisión remueve restricciones imperantes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y su aceptación contradeciría la principal bandera que ha enarbolado la izquierda desde mitad del siglo XX. Los entusiastas de la confrontación con Rusia deberán arriar ese estandarte si continúan apuntalando la intensificación de la guerra.

Frente a la dramática perspectiva de un mayor desangre, algunos proponen circunscribir el armamento a pertrechos básicos y rechazan el establecimiento de una zona de exclusión aérea19. Pero también aquí coinciden con las prevenciones de Biden, Macron y Johnson para evitar un choque frontal con Rusia. Lo importante no es la diferencia establecida entre pistolas, tanques y aviones, sino la ubicación en el mismo campo bélico. La propia dinámica de los conflictos suele definir en los hechos que tipo de material bélico se utiliza.

Ese poder de fuego es también secundario en comparación a los receptores del suministro. El ejército de Ucrania actúa junto a numerosas milicias fascistas y sin ningún acompañamiento conocido de legiones socialistas o progresistas. Esa adscripción no es un dato menor, puesto que las ponderadas armas serán empuñadas por acérrimos enemigos de la izquierda.

Esta chocante realidad es vista por los promotores del armamento como una adversidad pasajera, que no modifica la justeza del reclamo. Frente a la prioritaria batalla contra Rusia, no sería muy relevante el perfil de los combatientes. Pero ese soslayado protagonismo de los derechistas es la característica central del campo reaccionario, que se forjó en Ucrania a partir de la revuelta del Maidán.

En lugar de propiciar el armamento de esos grupos, la izquierda debería denunciarlos por un simple instinto de supervivencia. En el alabado bando de Kiev ya están proscriptas las fuerzas socialistas y rige un proceso de “descomunización”, para sepultar cualquier vestigio de ideales poscapitalistas.

Las elogiadas armas serán también empuñadas por los paramilitares que se reclutan en el mundo para “luchar contra Rusia”. Una legión de 20.000 combatientes ya se organiza en 52 países, con emblemas muy familiares a la tradición anticomunista de la derecha.

Para justificar la extraña convergencia con esas formaciones, algunos establecen comparaciones con los viejos llamados a entregar armas soviéticas y chinas a la resistencia vietnamita20. Esa analogía es disparatada desde el momento que los comunistas del Vietcong eran la antítesis de las milicias de Ucrania. No es cierto, que la dirección política de un movimiento de resistencia carece de importancia.

Recientemente los talibanes expulsaron al imperialismo estadounidense de Afganistán. Sin embargo, ningún izquierdista en Europa convocó a la misma provisión de armas que ahora se propicia para Ucrania. El carácter escandalosamente reaccionario de los grupos fundamentalistas inhibió ese llamado. Pero como la denominada opinión pública del Viejo Continente aprueba la rusofobia de Kiev (pero no el antiamericanismo de Kabul) resulta aceptable acompañar al primer bando y no al segundo.

Ese acomodamiento se extiende al paralelo entre Ucrania (contra Rusia) e Irak (contra Estados Unidos). Ninguno de los autores que ahora auspicia el armamento occidental de Zelesky convocó al mismo suministro para Sadam Hussein. La inclusión de propuestas militares sólo aparece cuando el clima político imperante lo autoriza. Otro ejemplo de ese amoldamiento fue el aval a la zona de exclusión aérea en Libia, que precedió al derrocamiento de Gadafi.

El alineamiento bélico prooccidental de sectores de la izquierda también incluye la promoción de severas sanciones contra Rusia21 y rupturas de las relaciones diplomáticas22. Cómo el imperialismo norteamericano es exento de toda culpa, las demandas de penalización se circunscriben a Moscú. De esa forma el blanqueo de Washington queda convalidado.

En lugar de convocar a detener el desangre que padece Ucrania, se alienta la victoria militar de un gobierno derechista sostenido por la OTAN. La miopía política conduce a esa derivación belicista.

VAGAS Y EXPLÍCITAS APROBACIONES

Existe otro enfoque en la izquierda diametralmente opuesto al anterior. Esa visión cuestiona a la OTAN y justifica la incursión de Rusia. Describe el acoso norteamericano y considera que Moscú se vio obligado a ocupar un territorio vecino, para preservar la seguridad del país23.

Muchos exponentes de esta postura retratan la agresión del Pentágono sin evaluar la reacción de Putin. Para soslayar esa caracterización suelen omitir la propia mención del operativo que ha implementado el Kremlin. Opinan sobre una guerra sin mencionar a sus participantes.

Esta postura contiene dos méritos ausentes en el planteo contrapuesto. Ubica la responsabilidad principal del conflicto en el imperialismo norteamericano y propone la inmediata reanudación de las negociaciones. Pero estos dos aciertos no corrigen la extraña evaluación del conflicto sin ningún registro de lo hecho por Putin.

Las miradas que avalan más explícitamente el operativo ruso estiman que constituye una ocupación, pero no una invasión. La diferencia estaría dada por el carácter defensivo de una incursión destinada a contrarrestar los misiles de la OTAN. Este abordaje es mayoritariamente expuesto por quienes establecen analogías con la Segunda Guerra Mundial. Consideran que en Ucrania se desenvuelve la misma batalla que libró el ejército soviético contra el nazismo24.

Pero la existencia de grupos fascistas, no transforma la guerra actual en una copia de la conflagración mundial que desgarró al siglo XX. Rusia no enfrenta una amenaza directa a su supervivencia como la creada por la embestida de Hitler. Es muy importante precisar esa diferencia, puesto que el legítimo alcance de una respuesta defensiva siempre está correlacionado con la magnitud del peligro afrontado.

Rusia tiene derecho a defender su territorio, pero no puede hacerlo de cualquier manera, ni con acciones de cualquier envergadura. En el ámbito militar rigen ciertas pautas de proporcionalidad, que tornan inadmisible exterminar a un adversario por violaciones menores a una tregua entre las partes. Putin debió continuar con la negociación de Minsk, puesto que no se registró ningún cambio cualitativo que justificara su incursión. El peligro que sufrían los pobladores ruso-parlantes del Donabass podía ser contrarrestado con una limitada intervención a ese territorio

Pero el jefe del Kremlin actuó como un jerarca desinteresado en la reacción de los pueblos. Dispuso una expeditiva invasión, confirmando que desprecia la opinión de los habitantes de Ucrania, que en el Oeste rechazan en forma unánime su operativo. El ataque sólo ha suscitado pánico y odio contra el ocupante. Es cierto que en el Este la incursión tiene aceptación, pero conviene recordar que en los últimos ocho años Putin regimentó esa jurisdicción para desarticular los movimientos radicales. Su operativo es inaceptable y ha sido rechazado en la izquierda por sectores que incluyen a varios Partidos Comunistas del mundo.

OMISIÓN DEL SUJETO POPULAR

Las miradas aprobatorias de la invasión destacan acertadamente que Rusia no pretende la anexión de Ucrania. Sólo busca crear un contrapeso al belicismo de la OTAN, para apuntalar el equilibrio geopolítico que augura la multipolaridad25.

Pero ese razonamiento excluye a las mayorías populares y a sus organizaciones. Registra únicamente las apuestas de las grandes potencias, que dirimen fuerzas en pugnas económicas, disputas de recursos y choques militares. Desde esa óptica Ucrania es vista como ficha del tablero que zanjará predominios, entre los grandes jugadores de Occidente y Oriente.

Este enfoque habitual de los ministros y los cancilleres ni siquiera registra la existencia del movimiento popular. Las masas son observadas como un simple instrumento de los mandatos emitidos por las minorías que manejan el poder. Si la izquierda reproduce este abordaje, quedará disuelta entre las distintas variantes del establishment. Esa trayectoria ya fue transitada por la socialdemocracia y por los ex comunistas convertidos en enriquecidos oligarcas.

Con esas miradas divorciadas de la vida popular, la invasión de Putin es ponderada como una jugada magistral. Se ignora el efecto del operativo sobre las luchas (y la conciencia) de los pueblos. Ese impacto es omitido, olvidando que la reacción de las mayorías debería ser la principal referencia en la izquierda para juzgar los acontecimientos políticos.

Esta caracterización es sustituida por evaluaciones de las tensiones que se desenvuelven en las cumbres entre Estados Unidos, Rusia y China. Con esa óptica se concluye en la invariable conveniencia de cualquier derrota del imperialismo norteamericano. Pero aquí se desconoce el reducido alcance que tendría para un proyecto avanzado, un triunfo que convalida la ocupación extranjera de Ucrania. La división de pueblos, la recreación del nacionalismo y el aislamiento de la izquierda debilitarían en ese caso todos los intentos de transformación progresista.

Las visiones exclusivamente centradas en las disputas por arriba desconocen por completo las nefastas consecuencias del operativo Putin para el proyecto socialista. Esa meta central de la izquierda es habitualmente soslayada, en los razonamientos que contraponen las ventajas de la multipolaridad capitalista con los pesares de la unipolaridad capitalista. Con ese criterio se realza la incursión rusa como un paso hacia el primer escenario, olvidando que la izquierda anhela construir una sociedad sin explotadores, ni explotados.

No cabe duda que el avance hacia esa meta exige doblegar al imperialismo. Pero ese logro debe empalmar con el fortalecimiento de las luchas sociales y las aspiraciones nacionales de los pueblos oprimidos. Sólo esa mixtura permitiría apuntalar un horizonte de emancipación. La denuncia de la OTAN sin ninguna crítica a la invasión de Putin obstruye esa batalla.

Quienes suponen que la invasión a Ucrania podría reiniciar por sí misma una transición socialista olvidan que Rusia ya no es la Unión Soviética. Es un país amoldado al capitalismo y gobernado por un mandatario anticomunista, explícitamente opuesto a cualquier vestigio del legado socialista. Lejos de converger con la izquierda, Putin proscribe y hostiliza a esas fuerzas dentro de Rusia y en el Donbass. La reconstrucción del proyecto socialista transita por otro camino.

EL TIPO DE GUERRA EN CURSO

El trasfondo de los debates en la izquierda es el complejo carácter de la confrontación militar en curso. Como todas las conflagraciones, el conflicto de Ucrania entraña terribles sufrimientos para la población. La izquierda siempre ha denunciado esas tragedias, pero superando la mera condena moral de los desangres. Los enfrentamientos armados no pueden erradicarse por un simple mandato ético, en un sistema mundial asentado en la competencia, el lucro y la explotación. La turbulenta y opresiva dinámica del capitalismo recrea los choques militares que la humanidad arrastra desde hace varios milenios.

Una pacificación perdurable sólo emergerá junto a otro tipo de sistema global regido por principios de igualdad y justicia. En la batalla por ese futuro socialista, cada guerra presenta un contenido específico que aproxima o aleja a la sociedad de esa meta.

Desde el siglo pasado se registraron varias gestas armadas de liberación (descolonización, China, Vietnam, Cuba). Pero también proliferaron choques de signo opuesto, al servicio de las potencias imperialistas (Primera Guerra Mundial) o las elites locales (África en las últimas décadas).

Entre esas dos variantes polares hubo confrontaciones que combinaron aspectos de ambos procesos. La Segunda Guerra Mundial fue un ejemplo de esa mixtura. Incluyó conflictos interimperialistas (entre el Eje y Occidente por el botín) y componentes democráticos (contra la barbarie fascista) y pro-socialistas (defensa de la URSS).

También la Unión Soviética estuvo involucrada en esa compleja variedad de enfrentamientos. Protagonizó incursiones contra conspiraciones imperialistas (Afganistán), ocupaciones para acallar revueltas democráticas (Checoslovaquia) y tensiones con los socios del mismo campo (Yugoslavia, China, Camboya).

Hay que tomar en cuenta esos antecedentes para adoptar una postura frente al caso de Ucrania. Es una ingenuidad suponer que ese posicionamiento se reduce a una simplificada opción a favor de Putin o Zelensky.

Ciertamente el conflicto incluye a las grandes potencias, pero no desata una conflagración general. Se desenvuelve hasta ahora como un conflicto localmente acotado y no como el debut de la Tercera Guerra Mundial. Un choque de mayor escala es siempre posible pero todavía no se vislumbra. Conviene recordar que durante siete décadas Estados Unidos y la URSS reiteradamente afrontaron la posibilidad de una guerra que nunca se concretó.

Es importante distinguir las guerras periódicas y corrientes de las inusuales confrontaciones generales. Hasta ahora Kiev no repite la invasión de Hitler a Polonia. Esta precisión indica que no existe un enemigo a derrotar con la prioridad y la urgencia que imponía el nazismo a mitad del siglo pasado.

Las bandas fascistas operan en Ucrania, pero no son comparables a sus antecesores germanos y no representan la amenaza mundial del hitlerismo. Presentar la guerra actual como contraofensiva antifascista de Rusia en el Donbass es un error, asentado en analogías forzadas con el pasado. Embellecen la incursión de Putin apelando a la sensibilidad que rodea la memoria del nazismo.

Pero en Ucrania tampoco se libra una guerra de liberación contra opresores extranjeros. La invasión rusa es injustificable, pero no se asemeja a las operaciones imperiales de Estados Unidos, Francia o Inglaterra en la periferia. Rusia ocupa un lugar muy distinto en la estructura mundial de dominación que las primeras potencias. Por esa razón la incursión de Putin no es equivalente al ataque perpetró Bush en Irak o Thatcher en Malvinas.

La guerra actual no se amolda al expeditivo esquema de un imperio agresor contra un pueblo sojuzgado. Ucrania no es Palestina y Rusia está muy lejos de Israel. La guerra estalló porque Estados Unidos acosa a Rusia a través del gobierno derechista de Kiev y Putin respondió con una enceguecida invasión. El pueblo ucraniano es la principal víctima de esa regresiva confrontación.

Ese carácter adverso del choque militar para las causas populares se verifica en las desventuras que entrañarían los dos desenlaces contrapuestos. Un triunfo de la OTAN fortalecería al imperialismo dominante y una victoria de Putin dejaría una dramática herida en el vecino pueblo de Ucrania. Una tregua seguida con el reinicio de las tratativas es el mejor sendero para evitar esos infortunios y construir un proyecto popular contra el belicismo imperialista.

NOTAS:

1 Claudio Katz / Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

2 Katz, Claudio Dos confrontaciones en Ucrania, 1-3-2022, www.lahaine.org/katz
3Por ejemplo: Arcary, Valerio. La invasión rusa de Ucrania no es una guerra antiimperialista https://jacobinlat.com/2022/02/28/ucrania-ni-putin-ni-la-otan-son-inocentes/ Ellner, Steve. La polémica en la izquierda sobre Ucrania, 23/03/2022. Polo Ciudadano Ni OTAN, Ni Putin, Ni Biden. No a la Guerra, https://www.aporrea.org/internacionales/a310317.html. 27/2/2022.
4Transform Europe Stop the War! An Appeal for a Europe of Peace February 27, 2022  https://www.no-to-nato.org/2022/02/stop-the-war-an-appeal-for-a-europe-of-peace/ Sousa Santos, Boaventura de Por una autocrítica de Europa 8-3-2022·https://www.other-news.info/noticias/por-una-autocritica-de-europa/ Chomsky, Noam «Una escalada militar de EE UU contra Rusia no tendría vencedores»15/03/2022. Melanchon Jean Luc. Guerre en Ukranie, https://lafranceinsoumise.fr/2022/02/28/guerre-en-ukraine-intervention-de-jean-luc-melenchon-a-lassemblee-nationale/ DSA, On Russia’s Invasion of Ukraine, february 26, 2022
5Maiello, Matias Una vez más sobre los debates en torno a la guerra en Ucrania https://www.laizquierdadiario.com/Una-vez-mas-sobre-los-debates-en-torno-a-la-guerra-en-Ucrania
6 Chingo, Juan; Alcoy, Philippe, Reip, Pierre Ucrania: el desafío de una política anti-imperialista independiente, 20-3 https://www.laizquierdadiario.com/Ucrania-el-desafio-de-una-politica-anti-imperialista-independiente
7VVAA. Resolución de la mesa redonda antiguerra de las fuerzas de izquierda rusas https://www.herramienta.com.ar/resolucion-de-la-mesa-redonda-antiguerra-de-las-fuerzas-de-izquierda-rusas
9Ishchenko, Volodymyr. Stopping the War Is the Absolute Stopping the War Is the Absolute Priority, 22-3-2022, https://www.rosalux.de/en/news/id/46153/stopping-the-war-is-the-absolute-priority
10 Sáenz, Roberto. Sobre el carácter de la guerra en Ucrania https://izquierdaweb.com/sobre-el-caracter-de-la-guerra-en-ucrania/?fbclid=IwAR0t2KKbQfdEBvgua8Z7Vx- 6-3-202
11Achcar, Gilbert. L’anti-impérialisme aujourd’hui et la guerre en Ukraine. Réponse à Stathis Kouvélakis, 9 mars 2022 https://www.contretemps.eu/guerre-ukraine-reponse-achcar-anti-imperialisme/.
12Achcar, Gilbert. Memorándun sobre posición antiimperialista radical a propósito de la guerra en Ucrania Al’encontre,  27-2-2022 https://vientosur.info/memorandum-sobre-una-posicion-antiimperialista-radical-a-proposito-de-la-guerra-en-ucrania/
14Achcar, Gilbert. Memorándun
15Alba Rico, Santiago ¿No a la guerra?
16Achcar, Gilbert. L’anti-impérialisme aujourd’hui
17Petit, Mercedes. Invasión de Putin a Ucrania / Polémica con el PTS y el PO Mar 09, 2022, izquierdasocialista.org.ar/2020/index.php/blog/elsocialista/item/20267-invasion-de-putin-a-ucrania-polemica-con-el-pts-y-el
18Bious, Taras, La guerra en Ucrania y el Sur Global 19/03/2022 https://sinpermiso.info/textos/la-guerra-en-ucrania-y-el-sur-globa.
19 Achcar, Gilbert. L’anti-impérialisme
20Achcar, Gilbert. Memorándun
21 Bious, Taras, La guerra en Ucrania
22Izquierda Socialista. Por un Movimiento unitario mundial por: Fuera las tropas de Putin de Ucrania.izquierdasocialista.org.ar/2020/index.php/blog/para-la-web/item/20248 06, 2022
23Zamora R, Augusto. La muerte de Europa y el parto de un nuevo orden, 28-2-2022 https://blogs.publico.es/otrasmiradas/57281/la-muerte-de-europa-y-el-parto-de-un-nuevo-orden/
25 Zamora R, Augusto. La muerte

Fuente:https://n0estandificil.blogspot.com/

 

 

 

 

 

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