Revista ALTERNATIVAS-✭- n° 709 – sup. cultura

★1) Alfonsina Storni: feminismo, esa palabra tan fea

★2) Francis Wolff , la filosofía y el libro «¿Por qué la música?»

★3)   lola lópez-cózar  – grafopoemas  /video

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El calendario marca el 29 de mayo como el aniversario número 130 del nacimiento de la multifacética Alfonsina Storni. Maestra, poeta, escritora y periodista, Storni combatió con originalidad y convicción los prejuicios de su época.

En septiembre de 2020, Cazzu sacó un disco de R&B titulado Una niña inútil con referencias a Alfonsina Storni. “Me anticipo a pedir disculpas a los intelectuales que consideren que nuestro género musical y un emblema de la literatura rioplatense no tienen nada que ver entre sí. Pero espero dejar, aunque sea de manera tácita, un canal que invite a les jóvenes de esta generación a interesarse por la literatura y sobre todo, en las bases de un movimiento indispensable para la evolución humana”. Esto dice el texto que acompaña el disco de siete canciones nombradas con poemas de Storni.

No es demasiado relevante la preferencia (o no) por Cazzu, el trap o el rythm & blues. Lo interesante es la invitación tácita fuera del algoritmo, que separa de forma caprichosa cierta música de cierta literatura o ciertas reflexiones. Como si escuchar trap no fuera lo suficientemente culto o elegir el jazz fuera garantía de erudición. Como bonus track, la invitación de Una niña inútil responde por anticipado a quienes opinan con culturómetro (?) en mano.

Existen exploraciones sobre los puntos de encuentro entre las canciones y los poemas. Pero un aspecto interesante de la selección es la referencia al trabajo periodístico de Alfonsina Storni, menos recordado que su poesía o su suicidio, que siempre destacan un halo romántico o trágico más que sus críticas a los prejuicios patriarcales o sus ideas sobre los derechos políticos de las mujeres.

En las columnas y crónicas de La Nota y La Nación, con su nombre o el seudónimo Tao Lao, Alfonsina Storni solía utilizar el humor, la ironía y la parodia de los estereotipos femeninos para hablar de los prejuicios que rodeaban a su género. Incómoda en el lugar de la “amiga recomendada, que no se sabe dónde ubicar”, encontró recursos para transformar reductos diseñados como gueto en pequeñas tribunas. En “Feminidades” de marzo de 1919, narra su llegada, invitada por el director de La Nota Emín Arslán.

“¿Por qué no toma usted a su cargo en La Nota la sección Feminidades?”, le propone Arslán. Ella le responde con “la más rabiosa mirada”: “la cocina me agrada en mi casa, en los días elegidos, cuando espero a mi novio y yo misma quiero preparar cosas exquisitas”. Finalmente acepta porque, como le dice a Arslán, “voy viviendo” (nadie la mantiene). Relegada a “temas de mujeres”, Storni encuentra un tono discordante con el monotema de la belleza, el matrimonio y la maternidad de los artículos dirigidos a lectoras.

Siempre existieron periodistas y escritoras, pero el lugar de Storni en las primeras décadas del siglo XX hablaba sobre todo de un momento en que el periodismo era “oficialmente” masculino y la vida pública de las mujeres era un accesorio, siempre bajo sospecha, de su rol hogareño y familiar. Tania Diz (doctora en Ciencias Sociales, licenciada en Letras e investigadora del Conicet) dice que en el periodismo del siglo XX, “a partir de la masividad, todo se va clasificando y ordenando en sus lugares y aparece esto de ‘bueno, si esta mujer quiere escribir, que vaya a escribir cosas de mujeres’”. En sus observaciones sobre el trabajo periodístico de Alfonsina Storni y otras escritoras, rastrea el uso de imágenes y discurso alrededor del género y su “estrategia de imitar el modo de escritura típico [de los artículos ‘femeninos’] con ciertas desviaciones”.

Efectivamente, en sus columnas y crónicas hay mucho de esa parodia como respuesta al lugar de “mujer que habla de temas de mujeres”. Leemos también críticas al Código Civil y Penal argentinos (que sostenían el estatus de incapacidad de las mujeres) o al matrimonio, el apoyo al derecho al voto o las huelgas como la de telefonistas de 1919 (“las señoritas telefonistas están de huelga. Creo que es una huelga justa”). Aparece incluso Julieta Lanteri (de quien es amiga) y su candidatura por el Partido Feminista Nacional (mucho antes de que las mujeres votaran), cuando reporta la opinión de un “hombrecillo perfumado” al que le pregunta “¿qué opina usted de la doctora Lanteri?” y él responde “que es fea”. Storni cierra su columna diciendo: “me hizo tanta gracia que me estoy riendo todavía”. Esta no será su única incursión en la lucha por el derecho al voto y los esfuerzos de las sufragistas, que recorre debatiendo con los prejuicios machistas.

En “Diario de una niña inútil”, que comienza con la idea de escribir un diario propio (una tarea que considera importante para todas las mujeres), enumera un decálogo para “transformar una niña inútil en una gran mujer”. Con ironía y humor, dialoga con un sinfín de artículos que aconsejaban seriamente a las jóvenes para conseguir un marido, la única forma de dejar de ser una inútil. “Horrorizada” por su soltería a los 25 años, un día proclama “desde mañana heme a la caza de un hombre, pequeño o grande, delgado o grueso, rubio o moreno… el país necesita mi concurso maternal”.

En la sección “Bocetos femeninos” de La Nación, dedica varias crónicas a las trabajadoras y habla de la división sexual del trabajo (aún vigente), con una mayoría empleada en el servicio doméstico, en la docencia y los escalones laborales más bajos como eran entonces cigarreras, hiladoras, planchadoras y lavanderas (que, dicho sea paso, organizaron su primer sindicato con la colaboración de la propia Julieta Lanteri y otras militantes).

En “Las mujeres que trabajan” discute el prejuicio de incapacidad con las cifras del censo de 1914, que muestran que casi la mitad de la población asalariada es femenina. En “¿Por qué las maestras se casan poco?”, Storni aborda la independencia económica, en la que ve la forma de erosionar el matrimonio como única opción para las mujeres. “Mientras más seguridad económica hay en la mujer, menos prisa tiene por casarse. […] Más fácil le será entrar en estado de amor, o en estado propicio al de casamiento, a una joven necesitada del apoyo económico masculino, que a quien pueda ir sosteniendo su vida material con sus propios esfuerzos”.

Un libro quemado (editorial Excursionistas) reúne esas columnas dedicadas a “cosas de mujeres” entre 1919 y 1921. La lectura del perfil menos conocido de Storni revisita desde el pasado un problema que persiste en nuevos formatos: literatura de mujeres, música de mujeres, cine de mujeres y continúa la lista. Sigue presentándose casi como una “obligación” para las escritoras, periodistas o artistas, pronunciarse, escribir, opinar o crear en un territorio demarcado por su género, cuando de lo que se trata es de destruir esas fronteras. La existencia de esos límites, que parecen amables, para aquellas con voces más audibles solo confirma que la opresión sigue siendo ley para la mayoría, que a veces parece silenciosa pero se calla cada vez menos.

Quizás por eso la primera línea de “Un libro quemado” escrita en 1919 no suene anacrónica en 2022 :“la palabra feminista, ‘tan fea’, aun ahora, suele hacer cosquillas en almas humanas”.

 

Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/

 

 

 

El trabajo del filósofo francés es un best seller en su país

Francis Wolff , la filosofía y el libro «¿Por qué la música?»

«El desafio era escribir algo que el lector ‘culto’ pueda entender fácilmente, y que el profesional de la filosofía o de la música no pueda reprochar», asegura el autor.

Yumber Vera Rojas
Por Yumber Vera Rojas
Francis Wolff tiene publicados quince libros de filosofía. (Fuente: Eugenie Martinez)
Francis Wolff tiene publicados quince libros de filosofía.. Imagen: Eugenie Martinez

El filósofo francés Francis Wolff pasó por la última Feria del Libro promocionando su libro ¿Por qué la música? (editorial Serie Gong), de reciente publicación en la Argentina y devenido en best seller en su país. “Estamos llegando a los 23 mil ejemplares en Francia”, comenta el autor, a medio camino entre sorprendido y orgulloso, acerca de una obra públicada en francés, español, portugués y chino. “La editorial no esperaba ese éxito. Me llevó 11 años intentar escribirlo de una manera que cualquier lector pueda comprender. No uso jerga ni palabras difíciles de filosofía o musicología. El desafio era escribir algo que el lector ‘culto’ pueda entender fácilmente, y que el profesional de la filosofía o de la música no pueda reprochar».

-¿Cómo surgió la idea de este libro?

-Hay dos razones. La primera es un recuerdo de mi infancia. A los 8 años, tocaba un poco de piano y el primer libro que me dieron fue de teoría musical. Eran dos cuadernillos: uno con preguntas y otro con respuestas. Me acuerdo que la primera pregunta de la primera lección era: “¿Qué es la música?”. Y la respuesta era: “La música es el arte de los sonidos”. Hoy en día parece muy banal y sencilla, aunque para un niño era increíble explicar en tres palabras una cosa abstracta. En la adolescencia, percibí que la definición era una trampa, porque tenía a su vez dos preguntas: qué es el arte y qué es el sonido. Definir es una pasión que siempre estuvo en mí; y la pasión, cuando se es filósofo, se cura o se analiza.

-¿Y cuál fue el segundo disparador?

-La otra raíz es que escribí a fines de los ’90 un libro de metafísica que se llama Decir el mundo. Ahí explico que la constitución ontológica del mundo en el que vivimos es que hay cosas, eventos, acontecimientos y personas. Una vez, estaba dando una charla sobre el tema y un profesor me dijo que puede ver un mundo hechos por cosas, pero no de acontecimientos. Ese es el mundo de la música. El punto de partida es cómo crear un mundo hecho de acontecimientos sonoros.

-Sartre dijo que la filosofía en sí no tiene acción directa. Si bien la música fue reflexionada por muchas áreas académicas, ¿qué respuestas pueden aportar los filósofos?

-Uno de los papeles de la filosofía es intentar esclarecer lo humano, lo que escapa del concepto. Traducir las emociones. Cómo algo tan abstracto puede tener efectos tan concretos. Si mañana quieres decretar la guerra, necesitas música. Uno de los misterios es la música es que sin palabras y sin imágenes puede tener efectos tan bonitos como odiosos. La mayoría de los filósofos que se dedicaron a las artes se abocaron a la pintura o a la literatura. Hay un texto de Sartre que habla de la Séptima sinfonía de Beethoven, pero en términos muy generales. Cuando hablamos de música, los filósofos no tenemos el derecho de hablar de música en general, debemos tener ejemplos. Por eso tengo 300 ejemplos concretos en el libro y en los que atravieso a todos los géneros. Lo que me interesa es mostrar los efectos particulares en cada tipo de música.

-Hasta no hace mucho, los libros que llevaban como título Historia de la música se enfocaban en la música clásica. Nunca tomaron en cuenta las expresiones populares o étnicas. Con este libro, usted cuestiona a las élites al ampliar el espectro.

-Desconfío en esa división entre música popular y erudita. El jazz, por ejemplo, ¿es popular o erudito? Nadie puede saberlo. Empezó como un género popular, pero ahora es considerado culto. Su historia tiene raíces populares y tiene un modo de difundirse que es casi más erudito que Beethoven. Hay una transformación en su historia, al igual que en la del flamenco. No hay que confudir a la música popular con música de consumo inmediato. Tampoco debemos confundir música popular con música funcional.

-¿El inicio de una Mac o el sonido que emana de las app no son música?

-La intencionalidad no es necesariamente un criterio, de la misma manera que la no intencionalidad. Muchas veces me preguntan si el canto de los pájaros es música. Los pájaros no hacen música sino que intentan ligar así. Si eres ornitólogo, identificas de esa manera a un tipo de pájaro, pero si estás relajado en el campo, puedes oír eso como musical. Para entender algo como musical tienes que oír la sucesión de las notas como formando una unidad. Eso es el efecto melódico.

-Uno de los aciertos del libro está en relacionar con el mismo peso estilos que en teoría no tienen nada que ver entre sí. ¿Cómo generó ese hilo conductor?

-Quería romper con la idea de la filosofía como algo reservado a una élite. Es utópico, pero creo que la verdadera división está entre la mala música y la buena. La música clásica por ser clásica no siempre es buena, y no todo rap es malo por haber sido escrito para el consumo inmediato. Hay historia y raíces de por medio.

-¿Qué diferencia a una música buena de la mala?

Es una pregunta muy difícil, pero creo que hay criterios. Existe música que te entra en la cabeza y hay algo en esa sucesión de notas que tienen que ver con nuestra memoria. Creo que cualquier buena música es un cierto equilibrio entre lo imprevisible y lo previsible.

-En el libro, desestima que la música no pueda ser interpretada como alegre o triste. ¿Cómo llegó a eso?

-Con la palabra emoción entramos en un tema complejo porque significa muchas cosas. La teoría de las emociones musicales ha sido muy bien estudiada por los psicólogos de la música y lo hicieron mediante experiencia transculturales. Tristeza, alegría, paz y violencia forman parte de este repertorio, y en muchas lenguas se atribuye la emoción a la propia música. Decimos esto porque tenemos la impresión de que la música se comporta como una persona. Hay más o menos 100 páginas en el libro sobre eso.

-Es curioso que la música hoy siga representando para el hombre lo mismo que hace miles de años. Es como una necesidad básica.

-El medio cambió, pero las funciones básicas siguen siendo las mismas: comunicar, lo social, el duelo, la relación con el cielo. Con la revolución industrial se dividió el rol de los que hacen música y de los que asisten a la música. Así que es un invento del capitalismo la idea de que la música no es una función social sino una actividad de divertimento. El capitalismo también inventó la idea de la historia de la música.

-¿Por qué una función tan básica como la música fue apropiada y manipulada por la élite?

-Es más un problema sociológico que filosófico. De vez en cuando, esa división intenta romperse. El street art y la música electrónica son dos fenómenos culturales que intentan romper con la división de clases en las artes. Ambas pueden ser muy creativas y también accesibles.

-¿El título de su libro responde a la primera pregunta de ese cuadrenillo que leyó a los 8 años?

-Una preocupación que tengo en mis dos libros de filosofía es responder a esas dos preguntas: «¿qué?» y «¿por qué?». Son las dos preguntas fundamentales de la filosofía. Escribí 15 libros de filosofía. Los primeros era más académicos, pero a partir del momento que toco asuntos y objetos que son de interés general, me conformo con la conceptualidad asistida para todo el mundo.

-Respondió el por qué. Ahora la pregunta sería qué tipo de música escucha.

-Está al final de mi libro. Es antigua, por más que fue hecha en 2015. Ahí están Miles Davis, Daft Punk, Ornette Coleman, Maurice Ravel y Pink Floyd. Entre muchos otros.

-¿Su libro tuvo devolución de algún músico?

 

Una vez estuve en un concierto de música clásica y se sentó al lado mío alguien que me parecía conocido. Se me acercó y me dijo que era pianista. Me preguntó si yo había escrito este libro, le dije que sí, y me comentó que no cambió su manera de hacer música ni de tocar piano, pero sí de pensar lo que estaba haciendo. Ese fue para mí el mayor cumplido.

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/

 

 

Poesía gráfica

 

 

 

grafopoemas

Hace mucho tiempo quise subir al campanario de una iglesia. Una amiga me llevó y la persona que tenía las llaves me preguntó quién era yo. Sin dudarlo le respondí que nadie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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