Información ALTERNATIVAS ✨ Nr.728 Sup. Cultura

 

IDES KIHLEN, a sus 105 años celebra el arte

Theodor Kallifatides, meditaciones sobre cómo vivir el tiempo que nos queda

Uruguay – Dos apuntes sobre «Misales», de Marosa di Giorgio

 

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IDES KIHLEN, a sus 105 años celebra el arte

Apasionante muestra homenaje de una conmovedora artista plástica en el Bellas Artes

No es poco pasar las barrera de los cien, ni mucho menos llegar a esa edad en plena actividad y con la creatividad y la pasión intactas. El 10 de julio pasado, Ides Kihlen cumplió ciento cinco años, cien de los cuales los ha dedicado a plasmar su vuelo artístico con acrílicos y recortes sobre tela, cartón y papel. No fue sino hace un par de décadas que Ides comenzó a exponer sus obras, ya que durante muchos años ella pintó para sí misma. Como es de esperar, no toda la obra previa subsistió pues la artista no solía guardarla, o volvía a pintar sobre ella, y lo que hay de épocas anteriores fue por el buen tino de sus familiares de rescatar esos trabajos, muchos de los cuales  hoy se exhiben en la muestra del Museo Nacional de Bellas Artes.

El Museo Nacional de Bellas Artes, en un año particularmente fructífero para esta fenomenal mujer nacida en Santa Fe -que incluye muestras en el exterior-,  expone obras de sus diversas series. Con curaduría de María Florencia Galesio, investigadora del Bellas Artes, la exposición incluye una selección de 28 piezas de Kihlen, desde las creaciones automáticas que cruzan de modo constante sus indagaciones sobre pintura y música, hasta los trabajos más
recientes de la serie Pandemia, en la que predominan el blanco y el negro.

Tanto el artista plástico avezado como el mero curioso podrán recorrer una retrospectiva de la singular obra de Ides Kihlen. Podrán quedarse absortos con la Serie del Tigre donde los recortes de tela y papel, sabiamente elegidos, se integran en armoniosa ductilidad con los acrílicos en fondos monocromáticos; formas, puntos, líneas y rayas juegan rítmicamente en una danza. El visitante podrá admirar, en la Serie Negra, cómo los colores y las formas (círculos, triángulos, pequeños banderines, trapecios) dialogan entre sí en fondos negros surcados por delicadas líneas blancas, en una composición donde prima un misterioso y calmo equilibrio.

Quien contemple la Serie de las partituras se maravillará al ver cómo pentagramas, figuras, claves y ligaduras en una Pastoral de Domenico Scarlatti parecen, como en un juego sinestésico, invitar a coloridos recortes de papel a expresar la más bella música. Y no es para menos, ya que nuestra artista es, además, una gran entusiasta de la música. La Serie Retratos Músicos podría ser lo más próximo en su producción a lo figurativo; sin embargo, atrapa la sencillez de su lenguaje; unas pocas líneas ondulantes que se unen y se alejan entre sí bastan para componer imágenes de músicos y sus instrumentos.

La sabiduría que traen los años, una vida pletórica de arte y música, y una particular dosis del niño que nunca muere en el interior de cada ser humano se reúnen en la obra de Ides Kihlen. Mirarla con detenimiento y, a la vez, con la arrobación de un niño, es uno de esos placeres que nadie debería perderse. Viviana Aubele

Se exhibió hasta el 7 de agosto de 2022
Homenaje a Ides Kihlen

Museo Nacional de Bellas Artes

 

Fuente: http://martinwullich.com/

 

 

 

Theodor Kallifatides, meditaciones sobre cómo vivir el tiempo que nos queda

Fotografía de cabecera: © Florence Montmare

Emma Rodríguez ©

Yo no tenía tiempo de adaptarme. Envejecía en un mundo que me parecía cada vez más ajeno. La nueva realidad moral me ofendía personalmente. Todo se compraba y todo se vendía. Ah, no. Esa vulgaridad no me representaba”. Quien lo dice es Theodor Kallifatides (Grecia, 1938). Acabo de descubrirlo a través de su obra Otra vida por vivir. Lo tomé por azar en la librería, impulsada por el título y por la belleza de la imagen de portada, una casa aislada en un paisaje nevado. Leí las primeras páginas y de inmediato supe que iba a gustarme. Efectivamente, se trata de un libro “tesoro”, capaz de acercarnos a lo esencial, de enriquecernos. Su efecto fue similar al que me produjo en su día la lectura de Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg.

Podría citar otros títulos, pero curiosamente pensé en la autora italiana mientras leía al escritor griego. Son esas asociaciones que hacemos de manera inconsciente, esas afinidades y puentes que va abriendo la lectura y que tanto tienen que ver con nuestra capacidad para escuchar, para recibir, para interpretar. Ahora me doy cuenta de que ambas entregas son muy distintas entre sí.  Las vivencias que narra Ginzburg son mucho más dramáticas que las de Kallifatides. A ella la atenazaba el fascismo de Mussolini, la guerra, mientras que él vive hoy en un país tan avanzado como Suecia, al que emigró de joven, en 1964, un país en el que se casó, construyó una familia y destacó en el panorama literario.

Pero en los dos hay una sencillez y una hondura que conmueven. En ambos casos estamos ante testimonios literarios que parten de una situación de despojamiento, de encuentro con verdades determinantes. Y en los dos recorridos se indaga en la relación con el lenguaje, con las palabras, en la necesidad de la escritura para sobrevivir.

Estos argumentos justifican, en cierto modo, el paralelismo que he establecido, aunque, ahora, mientras escribo este artículo, llego a la conclusión de que en el fondo han sido sobre todo mis emociones como receptora las que me han llevado a relacionar a ambos autores. En su día también percibí como un tesoro la entrega de Ginzburg. Me ofrecía esa clase de verdad, de sabiduría, de cercanía, de comprensión del camino de la vida, que también he encontrado en Kallifatides y que tanto aprecio y  agradezco.

Nuestro hombre parte de una situación de bloqueo, de vacío. Tiene setenta y tantos años y la inspiración no le llega. Él, que ha escrito novelas que le han deparado éxito de crítica y de público, se enfrenta a la página en blanco y a partir de ahí empieza a reflexionar sobre su trayecto vital, sobre las decisiones que ha tomado: su marcha de Grecia por cuestiones políticas; la adopción de una lengua y de una cultura ajenas. Empieza entonces a experimentar la urgencia por recuperar sus raíces. El bloqueo creativo le conduce a un proceso de búsqueda, al planteamiento de preguntas trascendentes, al repaso de lo vivido para llegar a comprender, a comprenderse.

A Theodor Kallifatides el bloqueo creativo le conduce a un proceso de búsqueda, al planteamiento de preguntas trascendentes, al repaso de lo vivido para llegar a comprender, a comprenderse.

Él es el centro de un relato que se sitúa en una realidad cambiante, en un presente en el que todos nos reconocemos, en un tiempo donde palabras como honestidad y dignidad han dejado de tener sentido. Theodor Kallifatides se siente incómodo en una sociedad que ha ido perdiendo el sentido de comunidad, de solidaridad. Y nos sentimos cómplices de esa incomodidad que tan bien refleja, de esa impotencia ante el discurrir vertiginoso de los acontecimientos, en esa incomprensión y perplejidad ante lo que está pasando, ante lo que nos está pasando.

Desde las primeras páginas nos sentimos cautivados por una narración que va tirando del hilo de la memoria y de la meditación. El escritor consigue interesarnos, conmovernos, aproximarnos a sus vivencias a través de un tono sobrio, evocador, poético; por medio de medidos toques de ternura, de humor, a través de grandes destellos de lucidez y de empatía. La corriente de indagación, de exploración que le mueve, nos arrastra también como lectores. Y lo seguimos complacidos y cómplices de sus descubrimientos. Hay una cierta rabia, pero no rendición en la voz del hombre de avanzada edad que cuestiona el trayecto realizado. Hay energía renovada, curiosidad innata y hallazgo.

En Otra vida por vivir el autor griego, como os decía, parte de sí mismo, pero consigue retratarnos como sociedad. Sus experiencias personales trascienden el espacio particular y nos aproximan a grandes temas que definen nuestro tiempo: el conflicto de los desplazados, los males del capitalismo salvaje, la sensación de incertidumbre y de transformación constante a la que estamos sometidos. He ahí uno de los grandes méritos de la entrega.

La emigración es una especie de suicidio parcial. No mueres, pero muchas cosas mueren dentro de ti. Entre otras, tu lengua”, escribe, manifestando sentirse más orgulloso de no haber perdido el griego, tras vivir cincuenta y cinco años en Suecia, que de haber aprendido el sueco con tal destreza que le permitió levantar con sus herramientas su obra literaria. “Lo segundo”, señala, “fue obra de la necesidad, pero lo primero es un acto de amor. Una victoria contra el olvido y la indiferencia”.

En Otra vida por vivir el autor griego parte de sí mismo, pero consigue retratarnos como sociedad. Sus experiencias personales trascienden el espacio particular y nos aproximan a grandes temas que definen nuestro tiempo.

Nuestro hombre se sitúa en el presente y mira hacia atrás. El recuerdo y la reconciliación con sus orígenes es lo que le permite tomar impulso para seguir adelante. Sus problemas, la resolución de los mismos, no le impiden olvidarse de los conflictos ajenos, del rumbo caótico del mundo. No es desde la lejanía, desde una torre de marfil, donde elige situarse, sino en un mirador con vistas al mundo, cerca del torbellino, contemplando el desastre y adoptando una actitud crítica. La escritura le permite llegar a los demás, tal vez agitar las conciencias de sus lectores. Su posición de extranjero le lleva a empatizar con los otros y a contemplar con tristeza el devenir de una Europa que da la espalda a los desfavorecidos, que se atrinchera en sus privilegios.

En un momento dado se pregunta qué opinarían los primeros socialdemócratas suecos de “el tema que dividía a la sociedad en dos”, los refugiados, un conflicto que distanciaba a las personas en dos grupos: el de quienes no querían saber nada de los que llegaban huyendo de guerras y pobreza y el de quienes opinaban que el derecho de asilo debía ser respetado sin restricciones. El autor, pese a ser consciente de las dificultades de las autoridades para encontrar soluciones a las entradas masivas, se posiciona con los segundos. “Los derechos humanos no son algo que se pueda modificar a voluntad”, opina, convencido de que en un futuro los extranjeros serán la solución al problema demográfico de las poblaciones envejecidas en los países del Primer Mundo.

En este y otros temas de candente actualidad el escritor ha expresado públicamente sus opiniones, situándose muchas veces en el centro de la polémica, no siempre del lado de las opiniones mayoritarias. En el libro que nos ocupa, a través de sus tomas de postura, el autor va trazando el mapa de un presente lleno de grietas y contradicciones en el que cada vez resulta más complicado mantener la firmeza en el criterio propio, ajenos a prejuicios y engañosos relatos institucionales y mediáticos. El escritor forma parte del mundo. Su bienestar, su felicidad, dependen en gran medida de lo que está sucediendo.

Mi problema”, nos dice, “no era solo con la escritura, era también con la sociedad que me rodeaba. No soportaba ver a Suecia dejar de ser un país de justicia social y solidaridad, para enredarse en los tentáculos del comercio. La educación se privatizaba, la salud y la asistencia médica también. Los maestros y los médicos se convertían en empresarios, los alumnos y los enfermos en clientes. Esos dramáticos cambios sucedían con tanta celeridad que ni siquiera llegaban a volverse historia…”

“Mi problema no era solo con la escritura, era también con la sociedad que me rodeaba. No soportaba ver a Suecia dejar de ser un país de justicia social y solidaridad, para enredarse en los tentáculos del comercio…», escribe Kallifatides.

Y más adelante reflexiona: “Día a día la sociedad cambiaba. Yo solía conversar con los jóvenes, muchachos y muchachas. La mayoría se exasperaba con el materialismo, la buena vida y el tedio de las sociedad. Estaban en busca de una ideología, de una salida, pero no la encontraban. La tradicional izquierda no les atraía. Los ecologistas los habían desilusionado. La socialdemocracia era para la gente de edad media y los jubilados. Ya no quedaban sino diversos matices de la derecha, desde los blancos en Finlandia hasta los fanáticos del Estado Islámico…”

He insistido en este aspecto, en la indagación sobre el presente, en la perspectiva de situarse en la realidad para cuestionarla, porque me resulta especialmente interesante. A través de su testimonio tan íntimo, Theodor Kallifatides consigue abarcar un sentimiento de perplejidad, una soterrada indignación colectiva. La pena, no exenta de rabia del autor, va en aumento cuando piensa en su país de origen, en Grecia. “Yo no era solo un inmigrante, era un griego. Mi país no atravesaba por su momento más glorioso. La deuda pública había alcanzado niveles astronómicos. Europa entera nos vilipendiaba. Éramos haraganes, ladrones, pensionistas de nacimiento”, escribe.

En 2015”, seguimos leyéndolo, “me hacía falta toda la fuerza interna que pudiera haber en mí para aguantar la vergüenza de que Grecia fuese humillada cotidianamente por todos (…) Europa calculaba cuánto le debíamos, mientras en el Egeo los refugiados arriesgaban sus vidas día tras día. Los había visto con mis propios ojos en Symi, adonde había ido aquella primavera por trabajo…”

Conmueve Kallifatides. Su relato toca nuestras fibras sensibles. Sus propias circunstancias, su sensación de pérdida, transcurren en paralelo a la deriva de un presente de zozobra, de mutación. En su vejez nuestro protagonista atraviesa una crisis personal que se acopla a la crisis del mundo, a un cambio de época que afecta a la cultura, a los usos y costumbres, a los valores, y cuyas consecuencias aún son imprevisibles. En Otra vida por vivir asistimos a un proceso de búsqueda y de transformación del autor. La edad no es un obstáculo para asumir el crecimiento, la evolución, el aprendizaje constante de la existencia. Cargar con años y experiencias a la espalda, lo que sí añade es intensidad y sabiduría. De ahí que este libro resulte altamente enriquecedor en estos tiempos de inmediatez. De ahí que nos aporte tanto.

Fotografía por Bengt Oberger

En la senda de exploración, de diálogo consigo mismo que emprende, el escritor accede a la raíz, a la esencialidad. Antes de tomar la decisión de viajar a Grecia, de abandonar el estudio de Estocolmo, donde trabaja y del que las musas han huido, le vemos conversando con su compañera de vida acerca de los hijos, de los nietos… Cuando llega el verano, la pareja emprende la marcha hacia la casa de campo en Gotland, lugar de recreo y de meditación. Hay pasajes muy reveladores durante esas estancias o cuando el autor emprende largas caminatas, sumergido en sus pensamientos. La sensación de pérdida, la muerte, el legado recibido de los antepasados, la transmisión de enseñanzas a los herederos… Todo eso entra en el relato. “La vida termina y al mismo tiempo sigue. No en el cielo o en la isla de los Bienaventurados, sino en las consecuencias de nuestras acciones”, reflexiona.

Y en otro momento, de entre los más sublimes de la entrega, medita: “Nuestra vida no es un sueño, sino una sombra fugaz entre el tiempo y la luz. La muerte no te privará de nada. Has probado ya todos los placeres. Has visto a tu mujer parir a tus hijos. A tu hijo convertirse en un hombre y a tu hija en una mujer. Has visto el cerezo de tu jardín crecer, a las olas del mar pulir los cantos, a las serpientes enredarse una al lado de la otra. ¿Qué más puede ofrecerte ya este mundo? Bebe tu vino, date la bendición y cierra los ojos. Y si mueres esta noche, nada cambiará ni nada perderás”.

Los días discurren, el tiempo avanza, los recuerdos emergen. Hay páginas maravillosas sobre los amigos griegos que conserva en Suecia, sobre un taller de arreglo de coches que durante la dictadura se convirtió en un auténtico centro de reunión y de resistencia. Hay perfiles magistrales de personas queridas y de personajes célebres como el director Ingmar Bergman y el poeta griego Yannis Ritsos, a quien visita, poco después de la caída de la dictadura griega. A ambos los conoció en diferentes etapas; de ambos extrajo lecciones que le ayudan cuando atraviesa un nuevo y trascendental trecho en su vida.

Es en el viaje a Grecia, al aceptar una invitación que le hace un  grupo de maestros que han decidido poner su nombre a una escuela, donde Kallifatides acaba encontrando la salida, la superación, la salvación. La vuelta a su infancia, a sus años de formación, a su lengua y a su cultura, se convierte en la medicina, en el nutriente que buscaba. “A mis veinticinco años, cuando me pregunté cómo viviría mi vida, la respuesta fue “yéndome”. A los setenta y siete la pregunta volvió. ¿Cómo viviría la vida que me quedaba? Y la respuesta era, cada vez con más frecuencia, “volviendo”.

En el libro hay perfiles magistrales de personas queridas y de personajes célebres como el director Ingmar Bergman y el poeta griego Yannis Ritsos, a quien visita, poco después de la caída de la dictadura griega. De ambos extrajo lecciones que le ayudan cuando atraviesa un nuevo y trascendental trecho en su vida.

Su padre había sido maestro en Molaoi, en la región del Peloponeso, y es ahí hacia donde encamina sus pasos, hacia ese pueblo donde ya hay una calle, que solo conocía por fotografías, que rinde homenaje a su figura de escritor. Ha viajado en compañía de su esposa, Gunilla, y antes han pasado por Atenas, por la casa familiar. Son inolvidables muchas de las escenas que se narran en esta segunda parte del libro. Kallifatides recupera el pasado, experimenta, como tantos que se han ido, que su ciudad, su país, ya no tiene nada que ver con el que dejó y sigue lamentando la humillación, la pobreza que se encuentra, pero aún así hay detalles, modos de ser y de actuar, en los que se reconoce, en los que se recobra. “Grecia ha dejado de ser un país para convertirse en un centro turístico (…) Grecia había cambiado sin preguntarme…”, señala.

El bloqueo creativo fue el detonante de todo ese proceso de búsqueda, de reencuentro. El bloqueo desaparece cuando el autor emprende esta aventura hacia atrás y decide recuperar su lengua y escribir en griego, con los ritmos y los matices del griego, este libro que tanto he disfrutado y que ahora tengo entre las manos, repasando los subrayados, las anotaciones que fui haciendo mientras leía. Apenas son 153 páginas, pero ¡qué intensas, qué inspiradoras! Ahora que repaso tantos momentos que destaqué como esenciales, vuelvo a la idea de “tesoro” por tanta belleza, por el sentido de hospitalidad que, finalmente, emana de este libro.

De la estancia en Grecia, contada desde la emotividad, la sencillez y la profundidad, me quedo con dos momentos esenciales. Uno es el relato de una visita a la ciudad de Mistrá, sobre el monte Taigeto. El escritor y su mujer se encuentran en el recorrido con un perro que les ladra y con su dueño. El hombre viste con ropa vieja y remendada, pero enseguida les ofrece unos higos que corta de una higuera. “Ese gesto me era tan familiar, que por primera vez durante el viaje algo se despertó en mí (…) Al extranjero siempre se le ofrece alguna cosa. Unos higos, un vaso de agua, un racimo de uvas, algo que lo refresque. Se me ocurrió pensar que eso era la dulzura de la vida de Grecia. Una mano que da. De persona a persona. De extranjero a extranjero”, escribe Kallifatides.

El segundo tiene que ver con el acto en el colegio que lleva su nombre, con la función de los estudiantes, una representación de Esquilo. “Me entregué a las voces de los chicos, a las palabras de Esquilo y mi alma se llenó de orgullo. ¿Dónde más en el mundo jóvenes alumnos representaban a Esquilo? ¿Dónde más?”, se pregunta el autor. En ese momento, nos hace saber, fue como si su vida se reanudara. “Las palabras de Esquilo caían en mí como lluvia refrescante en tierra seca”, nos dice. En páginas posteriores le vemos encendiendo su ordenador, cambiando del idioma sueco al griego, con el corazón palpitante. “Desde la primera palabra sentí cierta dulzura, como si hubiera comido miel. Dulzura y alivio”.

Otra vida por vivir de Theodor Kallifatides ha sido publicado por Galaxia Gutenberg. La traducción del griego moderno la ha realizado Selma Ancira.

 

Fuente: https://lecturassumergidas.com/

 

 

 

 

 

Dos apuntes sobre «Misales», de Marosa di Giorgio

 

El mundo de Marosa di Giorgio, que habría cumplido 90 años este junio, en la mirada de Mayte Marichal

1 Una vez con Lucía quisimos cocinar un budín á la Marosa di Giorgio. Había estado leyendo Misales y en el primero de estos relatos, “Misa de Pascua”, un budín se desparrama por la cocina, mientras la cocinera es llevada por un visitante a la alcoba. Nuestro budín llevaba granada (“un granate río de gemas”, describe la voz narradora, muy literales nosotras). Una obsesión de que oliera a rosas y la ignorancia en el tema resultó en un budín sobrecargado de un sabor que hasta ahora no sabemos definir y que se deshacía apenas lo tocábamos.

En Misales las criaturas cocinan y comen, budines y cabezas, pero principalmente devoran, en un movimiento que no deja espacio a otra posición que no sea la de devorar o ser devorado: así se da, primero, la apropiación y luego el paso consecuente, la transformación.

Lo que se da, ya dicho varias veces, es una transformación radical de lo humano por sobre lo humano. No es una metamorfosis a lo Gregorio Samsa, donde el cuerpo animal aún mantiene una consciencia humana; los seres están desconectados de rasgos humanos como identidades, emociones —que muchas veces ni siquiera existen—, ejercicios de voluntad, modalidades relacionales y distinciones sentenciosas. Los tatú pueden rechazar la oferta de llevar pantalones y lentes, las hembras pueden parir huevos o tener flores como genitales porque, como señaló Roberto Echavarren en el ensayo “Devenir intenso”, al permitir la transformación interespecial, elimina cualquier tipo de jerarquía entre especies y libera lo que queda de lo humano en las reglas y los marcos institucionales y epistemológicos que en gran parte lo crearon.

Por esto mismo, es difícil hablar de “personajes”, porque lo que hay son pronombres, figuras, sucesos. El Novio, ese carácter que se repite en Misales, no es un hombre, es en realidad una experiencia material de violencia que puede vocalizar y mirar. La violencia, constante, repetitiva e injustificada, no deja de aparecer, como si fuese algo previo a todo e inicial y formador de cualquier tipo de vida.

La cohesión y la potencia del mundo ficcional de Di Giorgio abre nuevas formas, donde el conocimiento humano aparece como limitante y defectuoso: la biología no puede explicar por completo qué es la vida y cómo evoluciona y transmuta; la gramática y la metafísica son insuficientes para pensar la organización del yo y del mundo a partir del lenguaje. Pese a estos caminos que Di Giorgio abre, no hay, en este mundo, espacio para la especulación o la reflexión sobre lo que acontece. Los cuerpos se transforman en otros pero conocidos; no hay monstruosidades nuevas, sino la exhibición de atrocidades de órdenes ya establecidos. Y es que si Di Giorgio juega con la autoridad del poder humano para ponerlo en el mismo nivel que otros órdenes de la naturaleza, los dualismos que sostienen esta confección (femenino/masculino, humano/animal, natural/artificial) se difuminan y se mezclan hasta volverse insostenibles para la comprensión.

Hay un camino en la prolongación de la obra que uno puede hacer en la posterioridad de la lectura, que es imaginar ese mundo no categorizado y en extremo violento como una continuidad futura/pasada del actual. Una vía de cuerpos desprendido de lo humano, o una vía material independiente de la existencia de los humanos, donde las subjetividades y ordenamientos son develadas como engaños de la propia biología o como una breve marca de nuestro tiempo en la historia.

Ese pulso destructor y a la vez creador aparece en Di Giorgio como marco fundacional de la escritura y de su universo, que abre radicalmente un lugar a la reinvención del poder designativo de las palabras. La expansión de ese poder se derrama desde un lenguaje que bautiza a entidades como “Una” o “Maquinaría Agrícola”, que modifica expresiones con verbos con valores permanentes por acciones transitorias (“–No, no señor, estoy virgen”; “como siempre, iba flaca, alta”), que introduce aclaraciones para abrir más sospechas (“comenzó, como era lógico, a anochecer”), que afirma y niega a la vez (“—Está diabla. Y rectificó para sí: —Esta santa”), que nombra encuentros corporales como “misas”.

2 Una de las dimensiones más difíciles de definir es, justamente, la que le da el subtítulo a Misales: “relatos eróticos”. El libro es una colección de colisiones, presentados bajo el nombre de “la boda”, donde delimitar qué es lo que pasa es el reto principal: sin órganos de reproducción humanos ni ideaciones románticas, aparece un hambre, de presentación simple, hacia otro cuerpo, que no opone resistencia pero nunca sabemos si corresponde esa voracidad (¿hay Eros donde no hay voluntad? Sade ya dejó en claro con su obra que la actividad sexual es la negación de los partenaires, aunque con Di Giorgio nunca se sabe que tan sexual es todo). Pero en algunos relatos, por detrás, después de la boda, parece esconderse algo más que ese envión inicial, una fuerza mayor que nunca podrá ser satisfecha ni comprendida y que siempre exige más, enfrentada a la fugacidad del choque y a la ausencia de justificaciones o motivos; en “Hibiscos bajo la tierra” (uno de los textos más crueles de la literatura en español, posiblemente), un Novio le pide a Elinor que le entregue “su corazoncito, lo que lleva escondido bien adentro. No, más adentro. Eso. Eso es mío. Deme el relicario de su nacimiento”.

Si el acechador alcanza de forma plena el objeto de deseo —que por momentos será indescifrable—, será a partir de la aniquilación completa del acechado, que, como aclara Echavarren, no puede hacer nada con respecto a las experiencias o fenómenos, ni huir de ellos ni detenerlos o modificarlos, ya que tanto uno como el otro son inseparables.

Esta inherencia desestabiliza, porque la víctima nunca parece completamente destruida y el agresor jamás es expuesto como culpable —ni por la víctima, ni por sí mismo, ni por la tercera persona que narra; esto habilita, entonces, que los roles puedan cambiar, como se da por ejemplo en “Misal de la novia”. O tal vez es porque ante la des-humanización constante ya no hay roles.

El erotismo aparece, entonces, como parte de ese impulso de devoración, que es a la vez alimento y muerte, pero también como parte de la libertad de la metamorfosis y del desprendimiento de categorías, en una oscilación que incluye la aventura entre la vida y la agresión (porque acá la muerte no es la oposición de la vida) para todas las criaturas de la naturaleza. El Eros asoma desde el riesgo de la apertura y del desmantelamiento; como afirma Georges Bataille, el erotismo es un peligro en proporción directa a su valor. El cuerpo, ante los acontecimientos, ya no es más una unidad certera desde un punto de vista científico; ante las consecuencias del encuentro, —opiniones de la familia, del pueblo, de ellos mismos— los seres devienen otro para desarticular identidades y liberarse, sin dejar de ser reconocidos, como en “Misa final con ronroneo”.

En ese espacio, el tiempo en Misales también abre una constelación para el Eros: a diferencia de otras obras donde la rememoración es constante, aquí la sensación de simultaneidad, de que todo está pasando en un presente que invade cada rincón desde el momento de la enunciación, se pronuncia como mutación perpetua y actúa como iniciador y fuego de esta continuación del universo en incesante expansión que es la obra de Marosa di Giorgio.

 

Fuente: https://afuerablog.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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