Revista ALTERNATIVAS ✮ N° 737

✮  ¿por qué Estados Unidos quiere ocupar militarmente Haití?

 

  Raúl Zibechi y Miguel Benasayag: ¿Qué podemos ante la topadora?

 

✮  Rusia en decadencia

 

 

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Radiografía de la intervención: ¿por qué Estados Unidos quiere ocupar militarmente Haití?

    ¿Cuáles son las características de la crisis haitiana? ¿Cuáles los motivos que impulsan a Estados Unidos a una nueva intervención militar en la isla? ¿Cuáles son las alternativas, pacíficas y soberanas, para resolver la crisis endémica de la nación caribeña?


     

     

    Estado de excepción permanente: un círculo vicioso

     

    Desde hace casi 20 años Haití vive un estado de excepción permanente: la historia reciente del país es una especie de serpiente que amenaza con morderse la cola y volver al punto de partida.La primera excepción fue geopolítica y militar, como la amenaza que se cierne hoy por hoy sobre el país con el pedido del Primer Ministro Ariel Henry, los Estados Unidos y las Naciones Unidas de intervenir el país, por décima vez en los últimos 30 años.

    Fue en el año 2004 cuando la escalada de las tensiones entre el gobierno del ex presidente Jean-Bertrand Aristide y sus opositores alcanzó su clímax, sin desbordar lo que hasta ese momento era una lucha facciosa estrictamente local. Aristide había sido el primer gobernante democráticamente electo en la tortuosa post-dictadura consumada tras la caída de la dictadura vitalicia del clan Duvalier, removido luego por un golpe de Estado apoyado por los Estados Unidos y perpetrado por las fuerzas armadas locales, y retornado luego al poder con la propia mediación de la administración de Bill Clinton.

    En ese contexto de crisis interna, una fuerza de despliegue rápido compuesta por tropas y equipamiento militar de Estados Unidos, Francia y Canadá ocupó el país, preparando las condiciones para lo que sería, obtenido el “consenso” post facto para lo que había sido una acción completamente unilateral, el futuro despliegue de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH). Llamada a permanecer en el país seis meses, esta misión estuvo en el país 13 años, hasta el 2017, con la participación de numerosos continentes militares latinoamericanos –con la honrosa excepción de Venezuela y Cuba– y con balances que ya hemos detallado en otras ocasiones.

    Fue el ciclo de la MINUSTAH el que terminó de desestructurar algo mucho más peligroso e inquietante para el establishment que el carismático y mesiánico líder salesiano, quien había asumido a su retorno una orientación cada vez más conservadora y pro-empresarial: las tropas de los Cascos Azules terminaron de destruir los últimos vestigios del que había sido el movimiento social más poderoso y radical desde la revolución de los “cinco días gloriosos” del año 1946: el movimiento Lavalas (literal y descriptivamente, avalancha, en creol haitiano).

    Como sucede en los casos de misiones de paz (que más bien son de guerra o de post-guerra, administradoras de sus secuelas) en los países del Sur Global que han tenido la escasa fortuna de entrar en el radar de los intereses humanitaristas de Occidente, fue la propia Misión y sus patrocinadores (Estados Unidos, la OEA, las propias Naciones Unidas) quienes se encargaron de abonar el terreno para la gobernabilidad civil cuando el orden pretoriano de las tropas de ocupación finalmente se retiró del escenario, envuelto en rencillas internas, y fuertemente desacreditado por los casos de violencia sexual, las masacres perpetradas en barrios populares y la introducción en el país de la epidemia de cólera.

    Es en ese contexto que emerge el Pati Ayisyen Tèt Kale (Partido Haitiano de los Cabezas Rapadas en su traducción más literal), una formación política de laboratorio, una criatura incubada por la “comunidad internacional” con financiamiento externo y el reclutamiento de elementos pronorteamericanos de la diáspora haitiana en los Estados Unidos y de elementos residuales del duvalierismo, en particular de los tristemente célebres Tonton Macoutes, la fuerza de choque paramilitar creadas por François Duvalier con entrenamiento y financiamiento de la CIA. Su propio líder, y primer presidente surgido de este agrupamiento político, el cantante de konpa Michel Martelly, fue él mismo un macoute durante su juventud. No es casual que la curva de deterioro más grave de la situación haitiana coincida bastante perfectamente con la llegada al poder del PHTK en el año 2011, un partido que hoy podríamos asimilar a las derechas emergentes y reaccionarias como la de Jair Bolsonaro en Brasil, Viktor Orbán en Hungría o Donad Trump en Estados Unidos, por citar algunos ejemplos emblemáticos de diferentes regiones del globo.

    Fue este partido el que estableció el segundo estado de excepción, de tipo político-institucional, y gobernó el país antes y después de la partida de la MINUSTAH y su misión sucesora, la MINUJUSTH. El carácter autoritario de esta formación se profundizó con la llegada al poder del ex presidente Jovenel Moïse, que consumó, a lo largo de su mandato, la ruptura del orden democrático del país, violando su mandato constitucional, estableciendo relaciones de promiscuidad con el crimen organizado, suspendiendo los actos electorales, cerrando virtualmente el congreso de la república e interviniendo los principales tribunales del país.

    Pero el precario orden establecido por el PHTK y sus aliados internacionales comenzó a erosionarse desde la misma llegada el poder de Moïse: las denuncias de fraude masivo de los comicios que lo llevaron a la presidencia, las llamadas «marchas del hambre», los reclamos de las trabajadores y trabajadores de las zonas francas industriales por salario mínimo y el impacto del Huracán Matthew en 2016 comenzaron a socavar su escasísima legitimidad de origen. El equilibro terminó de saltar por los aires con la insurrección popular de julio de 2018 contra el aumento de los combustibles impulsados por el gobierno por recomendación del FMI, y más tarde con el escándalo suscitado por el desfalco, de parte de la clase política haitiana, del dinero líquido disponible en las arcas del Estado por la muy ventajosa participación de Haití en la plataforma energética Petrocaribe. Mas tarde Moïse se retiraría de ella forma unilateral, iniciando una crisis energética crónica en un país que volvió entonces al oneroso mercado norteamericano de carburante.

    Fue entonces que comenzó el tercero de los estados de excepción: cuando la excepción geopolítica y militar de la MINUSTAH ya había abandonado el país, y cuando el estado de excepción político-institucional se demostró incapaz de poner un dique de contención al masivo descontento popular mostrado en las calles del país, las clases dominantes locales y sus aliados internacionales comenzaron a ensayar otra estrategia: la paramilitarización del país. De hecho, y coincidentemente con el pico de las protestas, comenzaron a ingresar en Haití–siendo detectados por las propias autoridades policiales locales– mercenarios y ex marines estadounidenses que arribaron al país precisamente para armar, entrenar y financiar a estos grupos criminales, dado que estos juegan en el país un inestimable rol en la represión paramilitar del movimiento social organizado, al inducir un terror generalizado que, con bastante éxito, inhibió por un tiempo el ciclo de movilización masiva y permanente que inició allá por el año 2018.

    Por último, en julio de 2021, un hecho volvió a enturbiar las aguas de la política nacional: el magnicidio de Jovenel Moïse, perpetrado por un pelotón de mercenarios colombianos y estadounidenses: su investigación no ha arrojado a la fecha ningún avance, no sólo en lo que concierne al poder judicial haitiano, sino también en relación a las líneas de investigación abiertas por la justicia de los propios Estados Unidos. Sean cual sean las motivaciones profundas del magnicidio –hemos trazado algunas hipótesis en otros artículos–, y considerando las serias sospechas que recaen sobre el propio entorno del ex presidente y su propio partido político, la realidad es que su asesinato permitió instalar el cuarto estado de excepción –y un estado de sitio formalmente declarado– llevando al poder interino a Ariel Henry, induciendo un estado de shock generalizado y justificando la postergación ad infinitum de la normalización política y electoral que por fin había prometido Moïse en los últimos estertores de su mandato.

    Pero tampoco Henry ha logrado estabilizar la proa del país, ni siquiera en términos represivos, ya ni hablar de los consensuales. A nivel interno, Henry concita el apoyo de tan sólo una parte de la burguesía importadora y de la oligarquía haitiana, las dos fracciones principales de las clases dominantes locales. Incluso poderosas familias de la clase dominante mulata, negra y sirio-libanesa están en contra de su permanencia en el poder, en parte por el mismo motivo por el que fueron parte de la oposición del último tramo del mandato de Moïse: porque en la inestabilidad y el desgobierno crónicos, algunos sectores del capital no encuentran las condiciones mínimas para garantizar su reproducción ampliada.

    Por mencionar un ejemplo: las maquilas necesitan a sus trabajadores en las fábricas y no en las calles; los capitales de la energía eléctrica necesitan del abastecimiento de combustible para poder generarla y venderla; las concesionarias de autos precisan de la capitalización más elemental de las clases medias y medias altas para vender sus vehículos; y los importadores necesitan de una frontera estable y abierta con la República Dominicana. Eso sin contar los poderosos intereses internacionales, vinculados a la agricultura de los monocultivos de exportación, las iniciativas megamineras, los proyectos turísticos de enclave, las zonas francas industriales y las remesas de la diaspora.

    El principal apoyo y puntal de Henry, como el de los gobiernos de Michel Martelly y Jovenel Moïse, es internacional, lo que explica que todas las movilizaciones contra su gobierno se dirijan de manera invariable, y aún antes de la propuesta formal de intervención, contra las embajadas de Estados Unidos, Francia, Canadá, o contra establecimientos de las Naciones Unidas y la Unión Europea. Pero los factores puramente externos no son suficientes para garantizar el orden, o al menos no de forma permanente: hasta el poderoso Imperio Británico precisaba de los llamados sepoy (más conocidos por su castellanización, cipayos) para garantizar su dominio colonial.

    Salir del laberinto

     

    El debate político sobre Haití parece estar entrampado: hay quiénes aducen que es imposible realizar elecciones, convocar a un gobierno de transición o normalizar la situación política e institucional del país en un contexto de violencia y proliferación de grupos criminales y bandas paramilitares. Se trata de los mismos que paradójicamente impulsaron la celebración de elecciones muy discutidas en contextos tan dramáticos como los que en 2010 tuvieron como telón de fondo la mayor catástrofe natural de la historia del país, el sismo del 12 de enero que se cobró más de 300 mil víctimas fatales; o quiénes convalidaron numerosas elecciones realizadas bajo el estado de excepción permanente de la ocupación militar multilateral de la MINUSTAH a lo largo de 13 largos años.

    La razón de esta negativa del PHTK, las clases dominantes haitianas y sus aliados euro-norteamericanos a celebrar elecciones es mucho más sencilla y tanto menos humanitaria: cualquier candidatura que presentara el establishment en este contexto de total descrédito, perdería holgadamente frente a cualquier contendor progresista o de izquierda, o incluso frente a algún outsider imprevisible. Vale la pena recordar que el antecesor de Henry, Jovenel Moïse, llegó al poder tras dos elecciones consecutivas calificadas de fraudulentas por numerosos actores nacionales e internacionales, y que aún así se hizo con la presidencia con una participación de tan sólo el 18 por ciento del padrón electoral.

    Pero por lo menos Moïse fue votado: Henry, en cambio, ejerce hoy por hoy un cargo interino, para el que fue designado de manera ridícula e inédita por un tweet del Core Group, el autodenominado “grupo de países amigos de Haití” que nuclea a las principales potencias con intereses económicos y geopolíticos en el país, tales como Estados Unidos, Francia, Canadá y otros. El mandato de Henry debió cesar el 7 de febrero del presente año y debieron celebrarse elecciones que nunca fueron convocadas. Además, la constitución haitiana reconoce como principal autoridad nacional a un presidente hoy por hoy inexistente, y no a un Primer Ministro que debería ser elegido por el propio presidente para fungir tan sólo como jefe de gobierno.

    La trampa, entonces, es señalar que no hay soluciones nacionales a los problemas nacionales de Haití, y que la crisis de inseguridad puede y debe prolongar hasta una fecha indeterminada la situación de crisis política, institucional y económica. Muy por el contrario, la ausencia de una autoridad política con un mínimo de legitimidad política y consenso social es el principal motivo para explicar la total parálisis del Estado haitiano, y su total incapacidad para afrontar problemas elementales de índole económica, social o securitaria. ¿Cómo puede, por ejemplo, una Policía Nacional empobrecida, debilitada, desmoralizada y carente de conducción y mando hacer frente a poderosos grupos criminales pertrechados con el masivo tráfico de armas proveniente de los Estados Unidos? ¿Y cómo podría, en cambio, una fuerza militar internacional hacer frente a un problema de seguridad esencialmente nacional, haciendo abstracción de sus bases económicas –las políticas económicas austericidas– y geopolíticas -la propia implicación de mercenarios y armas de los Estados Unidos en las propias bandas armadas?

    Una de las críticas unánimes a la MINUSTAH fue el error operacional de utilizar fuerzas militares, no capacitadas para afrontar problemas de seguridad interior, en funciones esencialmente policiales. Esto podría agravarse enormemente considerando el fortalecimiento de los grupos criminales en los últimos años. Más aún considerando el extendido rechazo que la idea de una ocupación genera en la población haitiana. Un enfrentamiento a gran escala entre una misión militar multilateral y las bandas locales colocaría a las poblaciones, en particular a las más vulnerables, como rehenes de un conflicto de características, ahora, internacionales.

    El otro lado de esta trampa tiene que ver con la invisibilización de las numerosas propuestas que la propia sociedad civil y las propias fuerzas haitianas han venido elaborando de manera pública y manifiesta en los últimos años de crisis: algunas de ellas proponen la celebración inmediata de elecciones. Otras, quizás las mayoritarias, se han nucleado en el llamado Acuerdo de Montana, una coalición en la que varios cientos de organizaciones políticas, sindicales, campesinas, religiosas y de todo tipo, eligieron a un Consejo Nacional de Transición y elaboraron un Plan de Transición para tomar las riendas del Estado con la participación de un amplio y representativo arco de fuerzas políticas y sociales.

    El Acuerdo de Montana prevé un gobierno colegiado e interino que pueda hacer frente a algunas de los problemas más perentorios que aquejan a la población haitiana, como la inflación, el hambre y la situación de inseguridad, así como introducir una reforma política que pueda garantizar en un plazo de dos a tres años los primeros comicios limpios y transparentes en mucho tiempo. En definitiva, las alternativas son varias, pero todas son y han de ser forzosamente nacionales, partiendo del respeto de la soberanía y la autodeterminación de la más antigua república independiente constituida al sur del Río Bravo, so pena de agravar e internacionalizar los dramas del país.

    El Consejo de Seguridad

     

    La línea intervencionista sufrió un importante revés en el último Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Allí, el veto casi garantizado de China y Rusia a la intervención militar impulsada por Estados Unidos, llevó a que los estadounidenses, junto a México, propusieran una salida más consensual focalizada en la aplicación de una serie de sanciones legales y financieras a las bandas armadas. Más allá de la eficacia relativa que puedan tener estas medidas, esto otorga algo de tiempo para maximizar la presión internacional contra una intervención que Estados Unidos podría impulsar de forma unilateral, sin el necesario apoyo del organismo supranacional (como lo ha hecho con regularidad en los últimos años).

    Incluso, la propia resolución firmada por los 15 miembros del Consejo revalidó la aplicación a Haití del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, que considera al país una “amenaza para la paz y la seguridad de la región”, sosteniendo en alto la espada de Damocles que puede dar coartada legal a una próxima intervención. Estados Unidos ya adelantó que está preparando otro borrador de resolución para avalar la ocupación de la nación caribeña.

    Una intervención que no es nada novedosa ni puede arrojar resultados distintos a los del pasado: una decena de misiones militares o civiles ocuparon el país en los últimos 30 años, persiguiendo los objetivos declarados de alcanzar la “estabilización”, la “paz” o la “justicia” en el país. Como un comunicado de la propia OEA reconoció hace pocos meses, esta política de intervención ha fracasado rotundamente. ¿Por qué habría de tener éxito ahora, en condiciones sociales aún más dramáticas y explosivas que las de ayer? El oneroso costo de una misión como la MINUSTAH equivale hoy a la mitad del PBI haitiano. Esos recursos podrían ser utilizados en sistemas de agua potable, en una red eléctrica nacional, en vacunas o en apoyos al campesinado y estímulos a la producción agrícola. No deben ser utilizados en tanques y armas, en un escenario que podría propiciar una guerra civil de características internacionales. Los principales motivos esgrimidos para lanzar una nueva ocupación internacional en Haití son responsabilidad directa o indirecta de los mismos actores internacionales que hoy promueven la intervención. Nada bueno puede salir de eso.

    Fuente: ALAI

     

     

    Entrevista

    Raúl Zibechi y Miguel Benasayag: ¿Qué podemos ante la topadora?

     

    En la previa a la presentación de la serie audiovisual «Manuales imposibles para luchas territoriales», un diálogo con el filósofo argentino y el ensayista uruguayo.

    Por: Ariel Pennisi

    Miguel Benasayag -filósofo y psicoanalista argentino- y Raúl Zibechi -militante social y ensayista uruguayo, experto en política internacional- conversarán sobre los dilemas que enfrentan las experiencias de resistencia al extractivismo y la colonización técnica de la vida, sobre la complejidad que caracteriza nuestro presente y los desafíos para nuevas alternativas. Organizan la Fundación Rosa Luxemburgo y Red Editorial.

    Relaciones de fuerza, fin del antropoceno y nuevos posibles

    -El agotamiento de la racionalidad moderna se vuelve perceptible en el sentido común, más allá de los discursos de denuncia del desastre ambiental y de las militancias que día a día pelean en los distintos territorios. Al mismo tiempo podemos revalorizar experiencias que, o bien nunca formaron parte de esa lógica y modo de ser del mundo que algunos llaman «antropoceno», o bien ensayan modos de vida alternativos. Sin embargo, ¿no tienen la sensación de que las formas de extractivismo a gran escala, de producción neodesarrollista y de colonización técnica de la vida conforman una relación de fuerza que no deja a nadie fuera de riesgo?

    Raúl: Sin duda hay un riesgo existencial como humanidad, por eso hablamos de crisis civilizatoria, algo que sin embargo no afecta a todas las personas por igual. Por eso creo que el riesgo es diferenciado según geografías, clases sociales, colores de piel, sexos y modos de vida. Si hablamos de afectaciones ambientales, siempre las más afectadas son las poblaciones que habitan en territorios de pobreza, en los márgenes de las ciudades, en zonas inundables, porque las personas más vulnerables son siempre las más afectadas por las crisis climáticas.El panorama que tenemos por delante es el fin de las formas de vida que conoció la humanidad, por la conjunción de crisis ambiental, crisis sistémica y geopolítica, y el desarrollo de tecnologías que anulan la autonomía de los seres humanos, convirtiendo a la sociedad en una enorme jaula/prisión regulada por la inteligencia artificial. Este último aspecto representa el fin no traumático de la humanidad, sin guerras ni alteraciones violentas en poco tiempo, sino cocinada a fuego lento por tecnologías digitales.

    -Miguel: Creo que es muy importante caracterizar la crisis que, a nivel mundial, y con diferentes modos, marca nuestra época. Lo que llamamos antropoceno, que corresponde a un modo de producción de sí y del mundo ha llegado hace ya un tiempo, a un punto crítico de “no viabilidad”. Es decir, ese modo, que por supuesto es el modo colonial de apropiarse del mundo, de la vida, encuentra desde hace unos decenios una suerte de inversión, o dicho de otra manera, el pretendido progreso que provoca ese modo de apropiarse del mundo y de la vida, provoca una destrucción  muchísimo más grande de lo que puede producir. Esto puede identificarse utilizando las categorías de Rodolfo Kusch, como la crisis radical del “mundo del ser”. Es así como observamos un fenómeno muy interesante. Las culturas y sociedades del “estar siendo” salen de las sombras, salen de la relegación a la cual habían sido sometidas y aparecen como una alternativa que se diría es posible y necesario, habitar nuestro mundo, nuestras sociedades de otra manera.

    -¿Qué modo de comprensión ensayan sobre lo que está pasando? Ya que, si bien sus recorridos son bien distintos, los encuentran preocupaciones en común y, tal vez, una caracterización sobre las lógicas del poder (incluyendo a los cercanos) y la historia reciente de experiencias de contrapoder…

    -Raúl: Asistimos a una mutación profunda de los Estados-nación que renunciaron a integrar a las mayorías para limitarse al control y vigilancia, porque han sido secuestrados por el 1%, o sea el capital financiero, que los colocó a su servicio. Uno de los aspectos más preocupantes, por lo menos en el Sur, es la creciente militarización de las sociedades destinada a impedir la protesta social colectiva, que ha sido uno de los caminos que encontraron las clases populares y las y los diferentes para hacer valer sus intereses. Ese camino de cambiar el mundo desde arriba ha sido completamente bloqueado y no se registran procesos de cambio reales desde el Estado desde que se instaló el neoliberalismo. Lo que denominas contrapoder son hoy procesos de construcción de autonomías en casi todos los países latinoamericanos, de la mano de pueblos originarios y negros, campesinos y periferias urbanas, mujeres y disidencias sexuales. Son los extensos procesos de creación de mundos nuevos desde abajo, que en Argentina practican, entre otros, el pueblo mapuche, lo que explica que se lo califique como “terrorista” tanto desde la derecha macrista como, ahora, desde el progresismo kirchnerista.

    -Miguel: Ambos estamos de acuerdo en que la caída del “mundo del ser” corresponde a la crisis del modo occidental y cartesiano según el cual “el hombre debe ser amo y posesor de la naturaleza”. Pero, al mismo tiempo, observamos que, en realidad, lejos de abrir masivamente las puertas a una mirada de experiencias y experimentaciones de otros modos de vivir, “buen vivir” o “vivir bien” (que, por supuesto, siguen desplegándose), esta caída da lugar mayoritaria y extendidamente a una celebración del mundo de la alta tecnología, ese mundo sin cuerpos, sin territorios que pretende continuar el proyecto de la modernidad en una suerte de híper modernidad. Por eso hablamos de la colonización tecnocientífica de la vida como la dominante y más peligrosa de nuestro tiempo…

    -¿Por dónde sienten la presencia de puntos ciegos que tienden a paralizar o a generar desazón? ¿Por dónde avizoran la emergencia de nuevos posibles o, al menos, indicios de interés para explorar? 

    -Raúl: El principal punto ciego es plegarse al sistema, renunciar a la diferencia, porque si los pueblos no mantienen y profundizan sus diferencias respecto al sistema, simplemente desaparecen. Ahora bien, acotar la capacidad de ser diferentes a los pueblos originarios (“como no somos indígenas, no podemos”) es un modo muy cómodo de no moverse del lugar. Un ejemplo: si actuamos, en el barrio, en el colectivo que integramos, en la universidad… estamos desafiando el individualismo. Pero para hacer trabajos colectivos, minga, debemos trabajar los egos individuales, el deseo de ser más que el resto, y además desafiar a un sistema que no lo admite. En la universidad, y pongo este ejemplo porque buena parta de las y los jóvenes pasan por ese antro, ¿no podemos exigir que todas las tareas sean colectivas en vez de individuales? Podríamos forzar para hacer tesis de maestría o doctorados con trabajos enteramente colectivos… a ver qué pasa. Lo que pretendo apuntar es que todas y todos podemos hacer las cosas de otro modo, que la capacidad de resistir no depende de la geografía ni del sector social al que pertenecemos. Si fuera así, podemos colgar la toalla y chau.

    -Miguel: La situación que estamos describiendo nos obliga a pensar y construir nuevos modos de actuar, que no caigan en la trampa del enfrentamiento directo (ahí un punto ciego, tal vez), sino que se dispongan a elaborar de otro modo el conflicto. Comprender cómo desde experiencias del “estar siendo” se puede resistir a la destrucción no es fácil. Además, para actuar es necesario asumir la complejidad y encontrar los ejes situacionales…  Pero sobre todo, si tenemos en cuenta que 70 por ciento de los habitantes del mundo viven en las grandes “Babilonias”, es decir, bajo la lógica o la influencia de las metrópolis tecnificadas, el desafío parece mucho más complejo. Para decirlo de cierta manera, si en frente nuestro tenemos un monstruo militar o industrial, en nosotros mismos tenemos la “monstruosidad” de vivirnos sobre todo como individuos. El problema es que las formas de emancipación que heredamos no dejaban de ser antropocéntricas ni de dirigirse a individuos (por separado u organizados), al tiempo que respondían a una forma teleológica que permitía pensar que si se partía del punto A se llegaba al punto B. Mientras que hoy necesitamos poder asumir, por un lado, el carácter situacional del actuar, donde no se trata más de ir del punto A al punto B, sino de habitar las coordenadas situacionales y desarrollar ahí mismo vectores de justicia social, solidaridad, libertad; por otro lado, la eficacia de la resistencia y creación de alternativas depende de corrernos del centro de la escena para, mejor, participar de ecosistemas o formas de coexistencia donde lo humano es un elemento más.

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    Raúl Zibechi: militante social y ensayista uruguayo, experto en política internacional, periodista. Colabora con varios medios alternativos latinoamericanos. Vinculado a diversos movimientos latinoamericanos, mundos indígenas, experiencias alternativas, luchas sociales. Publicó: Los arroyos cuando bajan: los desafíos del zapatismo (1996), Genealogía de la revuelta argentina: la sociedad en movimiento (2003), Territorios en resistencia (2008), Autonomías y emancipaciones: América Latina en movimiento (2011), Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías (2015), Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo (2017), El 68 en América Latina. Los desbordes desde abajo (2019), entre otros. Fue parte del movimiento estudiantil vinculado a los Tupamaros en Uruguay y en su exilio en España se vinculó al Movimiento Comunista.

    Miguel Benasayag: filósofo y psicoanalista argentino que vive en París. Doctor en Psicopatología en la Universidad de Paris VII, Diploma en Investigación de Tercer ciclo en Biología, Neurofisiología en la Universidad de Montpeliér. Dirige Laboratorios Sociales entre Brasil, Italia, Francia y Argentina. Publicó más de treinta títulos, algunos de los cuales son: La singularidad de lo vivo (2019), El cerebro aumentado el hombre disminuido (2015), El mito del individuo (2013), Che Guevara. La gratuidad del riesgo (2012), Pasiones tristes. Sufrimiento psíquico y crisis social (2010), El compromiso en una época oscura y Elogio del conflicto (con Anélique del Rey, 2022, 2018), La vida es una herida absurda (con Luis Mattini, 2013). Formó parte activa del PRT-ERP; estuvo detenido en la década del ’70, hasta exiliarse a Francia, tras cuatro años en prisión. Fundó el colectivo Malgré Tout.

    Ariel Pennisi es ensayista, docente (UNPAZ, UNA), editor (Red Editorial), integrante del IEF CTA A.

    Fuente: https://www.tiempoar.com.ar/

     

     

     

    Rusia en decadencia

     

    Boris Kagarlitsky

    Los  infantes de marina de la Flota del Pacífico, que luchan en el territorio de Donbass, están escribiendo una queja al gobernador de Primorsky Krai en relación con las grandes pérdidas injustificadas, a las que fueron condenados por un comando incompetente. En Voronezh, las esposas y madres de los movilizados, enviados al frente sin preparación y sin las armas adecuadas, se reúnen cerca de la administración regional y piden saber la suerte de sus seres queridos. En varias regiones del país, los movilizados escriben llamamientos a los gobernadores reprochándoles la falta de chalecos antibalas, uniformes, alimentos y hasta armas.

    Pero, ¿y los gobernadores? En todos estos casos, estamos hablando de las fuerzas armadas federales, que no están subordinadas a las autoridades regionales. E incluso si los ejemplos anteriores pueden explicarse por una propaganda extremadamente exitosa, que redirige la ira de la gente del «buen zar» a los «malos boyardos», todo esto indica claramente que la máquina estatal de gobierno no funciona como debería.

    Transferir la responsabilidad del centro federal a los gobernadores y autoridades locales es un viejo juego que los funcionarios del Kremlin han estado jugando imprudentemente durante muchos años, sin darse cuenta de que a medida que cambia la situación general del país, también cambia el significado de este juego. Al transferir responsabilidades a las localidades y cambiar la responsabilidad a las regiones, sin otorgarles ningún derecho real o recursos de los que pudieran disponer con relativa libertad, los jefes federales confiaban en mantener el control total, mientras que al mismo tiempo abdicaban de cualquier responsabilidad por lo que estaba pasando. Pero ya durante la epidemia de covid, quedó claro que tal política está socavando gradualmente la unidad de gobierno. Y la irresponsabilidad del centro da lugar a la misma irresponsabilidad sobre el terreno. Las autoridades regionales no logran hacer frente a las tareas o asumir gradualmente los poderes. Si carecen de recursos financieros, en el contexto de la creciente crisis esto se compensa en parte con recursos políticos. Las decisiones deben tomarse de forma independiente, sin mirar demasiado al centro. Y cuanto mayor sea la dependencia del centro irresponsable, menos posibilidades de lograr un resultado decente. Y mayor el riesgo de ser regañado por las mismas autoridades federales por fallar. Aunque, por otro lado, ¿merece la pena tener tanto miedo a esto dadas las circunstancias? El gobierno central está en manos claramente debilitadas. Todo el mundo lo ve.

    En  esencia, tenemos síntomas claros del colapso del Estado. Y no se trata en absoluto de la desintegración territorial con la que nos asustan los Z-patriotas, angustiados con terribles presentimientos de fracaso inminente. La vertical de control que han construido Putin y su equipo a lo largo de dos décadas se está desintegrando, los lazos gerenciales se están destruyendo y las señales dentro de la burocracia ya no se transmiten. El caos del aparato va en aumento cuando las decisiones del centro o no se llevan a cabo, o no se llevan a cabo en la forma que esperan quienes las hicieron.

    La lucha por el poder ya se lleva a cabo de manera bastante abierta, aunque los grupos más influyentes y prometedores están tratando de hacer el menor ruido posible. Una campaña de relaciones públicas grosera y agresiva la llevan a cabo aquellos que no solo no tienen posibilidades reales de tomar y mantener el poder, sino que generalmente tienen poca comprensión de cómo funciona la política. Esto, por supuesto, se trata de Yevgeny Prigozhin, quien está tratando de convertir a Wagner PMC en una especie de centro de poder, en ausencia total de personal político y administrativo. Alguien está tratando de retratar la alianza de Prigozhin y Kadyrov como potenciales salvadores de Rusia, mientras que otros esperan que establezcan una dictadura fascista. Alguien puede verse afectado por las historias de los corresponsales militares sobre la increíble eficacia de los militantes de Prigozhin reclutados entre los prisioneros de los campos del régimen estricto, o los compañeros chechenos que filman numerosos videos sobre sus hazañas. Pero incluso si todas estas historias fueran ciertas, no significan absolutamente nada: la lucha militar es un mecanismo complejo de interacción entre ramas militares, servicios, frente y retaguardia, comandantes y ejecutores, una combinación de improvisación y planificación. Sólo el ejército puede realizar operaciones serias, y el éxito o el fracaso de algunas unidades individuales depende solo de él.

    Mientras tanto, los problemas del ejército, al que ahora se intenta culpar de todos los fracasos, están estrechamente relacionados con el estado general de cosas en el país. Los problemas se han ido acumulando durante décadas, no sólo nadie los ha resuelto, sino que incluso han tratado de hacerlos pasar por logros. Después de todo, incluso la existencia misma y el crecimiento a la escala actual del PMC de Wagner en condiciones en las que el ejército regular no cuenta con recursos es en sí mismo un síntoma de problemas fatales y una de las razones por las que incluso el bloque de poder del estado ruso está trabajando cada día peor.

    Los que están en el poder se encuentran en una situación de zugzwang clásico, cuando el problema ya no es una solución específica, sino la propia continuación de sus actividades. Intentar salir, encontrar algún tipo de solución mágica y retrasar el inevitable reconocimiento de la trágica realidad, solo exacerban la situación. Cuanto más lo intenten, peor será el resultado, mayores serán las consecuencias de las decisiones irreversibles y desastrosas que se tomaron a principios del invierno pasado. Pero después de todo, estas decisiones, a su vez, no son generadas por un error en los cálculos, no por una sola vez que se nubla la mente de una o varias personas en el poder, sino por la decadencia a largo plazo de todo el sistema de poder. y la degradación de la economía, de la que, por desgracia, tenemos que hablar durante más de una década.

    El sistema está al borde de una transición inevitable. Y nos guste o no, esta transición tendrá lugar a través de la desintegración de la estructura de poder existente. Este es un tipo clásico de crisis revolucionaria, cuyo papel decisivo en la resolución de la misma seguirá jugando la capacidad de ciertas fuerzas para ofrecer al país un proyecto político que responda a los requisitos de la situación histórica.

     

    En cuanto a los verdaderos participantes en la futura lucha por el poder, los veremos muy pronto. Y es muy posible que la composición de los participantes en esta carrera nos parezca muy inesperada.*

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    Fuente : Rabkor.ru 

    Publicado :  https://n0estandificil.blogspot.com/

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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